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Chavez entre el cielo y el infierno
El 17 de noviembre de 2004 el presidente Hugo Chávez dio a conocer de manera restringida un esquemático documento titulado La nueva etapa: el nuevo mapa estratégico. El texto sintetizaba el contenido del seminario dictado cinco días antes en Fuerte Tiuna, sede central de las Fuerzas Armadas venezolanas. Poco después, el profesor Asdrúbal Aguiar hizo una sobria disección de las palabras de Chávez en un inteligente ensayo al que llamó Hacia el comunismo del siglo XXI: La revolución bolivariana al descubierto.
A partir de estos papeles no tiene mucho sentido continuar preguntándose hacia dónde pretende llevar Hugo Chávez a los venezolanos, a los latinoamericanos y al resto del planeta. Estamos en presencia de un revolucionario integral. Un revolucionario holístico, como seguramente le gusta clasificarse en medio de sus peregrinos arrebatos verbales. Una persona gallardamente decidida a cambiar el mundo para hacerlo más justo, igualitario y próspero. Chávez no sólo ha hecho un diagnóstico de los males que aquejan a la humanidad, sino que sabe cómo curarlos, al tiempo que ha identificado con claridad a los malvados que los provocan.
Los enemigos, claro, son el mercado, la ambición descocada de los capitalistas sin corazón, Estados Unidos y el resto de las naciones imperiales. Pero todo eso se corregirá bajo su firme dirección, utilizando como instrumento la remodelación del Estado para que la legalidad vigente se coloque al servicio de un proyecto revolucionario bolivariano que, eventualmente, desembocará en la existencia de un venezolano nuevo, sacrificado y laborioso, entregado al solidario mejoramiento de la raza humana. El documento, que define diez grandes objetivos estratégicos y enuncia las “herramientas” para alcanzarlos, no aclara cómo Chávez adquirió tantas certezas, pero se hace obvio que el teniente coronel, además de su deslumbrante sabiduría, posee una nítida idea de su inmenso peso histórico, lo que explica que no lo amedrente la enorme tarea que le espera por delante.
Bien: ya está claro a dónde pretende llegar Hugo Chávez. Lo interesante, pues, es predecir a dónde realmente llegará si se mantiene, digamos, una década más en el poder. No hay duda: generará más pobreza, pulverizará el tejido económico y la moneda se depreciará notablemente como consecuencia del aumento de la inflación. Las inversiones disminuirán hasta casi desaparecer y se reducirá el crecimiento de empleo en el menguante sector privado. Aumentarán el éxodo de personas calificadas y la fuga de capitales. Se multiplicarán la delincuencia violenta y el deterioro del entorno urbano. Habrá desabastecimiento, corrupción galopante y una desagradable crispación social en un país polarizado y amargado que adoptará como mantra la melancólica frase de Bolívar escrita al final de sus días: “la única cosa que se puede hacer en América es emigrar”.
En el terreno internacional, la crisis con Estados Unidos y las fricciones con los países del entorno subirán de temperatura. Varias naciones “hermanas” llamarán a las puertas de la Casa Blanca con la súplica de que “los americanos” hagan algo para detener el injerencismo del desquiciado vecino, pero advirtiendo, eso sí, que sus gobiernos tendrán que condenar la acción imperialista de Washington para contentar a la galería. En algún punto del conflicto, cuando existan otras fuentes alternas de suministro y unas buenas reservas nacionales, y cuando Chávez estreche aún más los lazos con naciones encuadradas en el eje del mal, Estados Unidos dejará de comprarle petróleo, precipitando a Venezuela en una peligrosa catástrofe económica, con la esperanza de que el caos resultante se resuelva con la salida del poder del locuaz militar.
Sin embargo, la desaparición del gobierno de Chávez, si llega a suceder como consecuencia del desastre que acecha, no será el fin del problema. Su paso por Miraflores dejará una perniciosa herencia que perseguirá a los venezolanos durante al menos tres generaciones. La destrucción del sector económico tomará tiempo en ser reparada, pero el daño más peligroso y duradero ocurrirá en el terreno de las relaciones humanas. Chávez transmitirá un país dividido en grupos irreconciliables, descreído y suspicaz ante cualquier forma de liderazgo, sordo a los mensajes democráticos racionales, y acostumbrado a expresiones letales del más burdo populismo clientelista. Como los heroinómanos, que ansían la droga que saben los condena a la miseria, un número muy notable de venezolanos permanecerán para siempre adictos al veneno del populismo, odiando el país en el que viven y soñando con una utopía que supuestamente les habrían arrebatado cuando estaban a punto de alcanzarla. Chávez quiso llevarlos al paraíso y acabaron en el infierno. Suele ocurrir.
Junio 5, 2005
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