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Chávez y la conquista de la zona andina
La renuncia de Carlos Mesa era predecible desde que él mismo, con una dosis grave de irresponsabilidad y oportunismo, contribuyó al derrocamiento del presidente Sánchez de Lozada en octubre de 2003. En aquella fecha el país se estremeció con los desórdenes provocados por los cocaleros, el indigenismo radical y el sindicalismo trotskista, — tres fuerzas envenenadas por el colectivismo, el odio a Occidente y el rechazo a la modernidad— a las que se sumaba el conflicto entre Santa Cruz y La Paz, enfrentamiento que trasciende la geografía y se mezcla con choques raciales y culturales de muy difícil solución. Veinte meses más tarde la crisis volvió a repetirse, pero con un mayor grado de intensidad. Era un giro de 360 grados que devolvió a Bolivia al amargo punto de partida.
El caos es la normalidad boliviana. Así ha sido casi desde su fundación. Sólo que ahora ese permanente desasosiego se inscribe dentro de un conflicto generalizado que Hugo Chávez alienta desde Caracas. Me lo confirmó melancólicamente Sánchez de Lozada, poco después de su apresurado exilio, cuando coincidimos en un programa de televisión dirigido por Andrés Oppenheimer en Miami: “a mí me tumbó Chávez”. Y era cierto. Los petrodólares alimentaban a Evo Morales y a Felipe Quispe en Bolivia, a los golpistas hermanos Humala en Perú, a los indigenistas radicales en Ecuador, a las narcoguerrillas comunistas en Colombia. Ahora Chávez ha contribuido a la caída de Mesa y no se detendrá hasta que siente a Evo Morales en la casa de gobierno. Su primera línea de actuación es la zona andina, precisamente el territorio que D. Simón liberó de España a principios del siglo XIX.
El asunto es muy grave. Como suele oírse en Caracas, “Chávez es tan responsable como un mono borracho con una pistola en la mano”. El problema es que los gobiernos latinoamericanos carecen de política exterior y son incapaces de defender las libertades de manera colegiada. El cono sur vivió felizmente 35 años con el señor Stroessner instalado en el gobierno paraguayo. Mesoamérica ignoró cuatro décadas la dictadura de los Somoza y los diez espantosos años de los sandinistas. Todo el continente ha convivido 46 años con Fidel Castro, y todavía recibe al Comandante, le ríe sus ocurrencias seniles y le da homenajes. Para eso se inventó la doctrina de la no intervención. Para enterrar la cabeza en la arena o para ponerse a silbar nerviosamente cuando surge el zarpazo intervencionista de quiénes, como Chávez, aunque sea monstruosa, sí tienen política exterior.
Junio 8, 2005
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