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Las drogas y los deportes
Rafael Palmeiro, como acreditan los récords, es uno de los mejores jugadores de béisbol de todos los tiempos. Más de tres mil hits y más de 500 cuadrangulares dan fe de ello. Su nombre había sido propuesto para el Hall de la Fama, una especie de Olimpo reservado a los grandes peloteros. No había duda de que merecía estar ahí, pero, súbitamente, ha caído en desgracia: una rutinaria prueba de orina pareció demostrar que se inyectaba esteroides para fortalecer su musculatura y golpear la bola con mayor contundencia. Desde el año 2002, en las Grandes Ligas se había prohibido recurrir a esta sustancia. Palmeiro se hundió ante los ojos de los amantes del deporte.
Curiosamente, los esteroides no es la única droga que Palmeiro utilizaba. También anunciaba Viagra. El laboratorio, presumiblemente, le pagaba una buena suma. La sociedad veía con simpatía que un deportista tan notable asumiera con humildad que hasta las personas más vigorosas a veces necesitan de una cierta ayuda. El anuncio era simpático. O sea, que a Palmeiro lo premiaban cuando usaba drogas para batear de jonrón en la cama, pero lo castigaban cuando lo hacía en el terreno de juego. ¿Quién entiende?
Su caso no es excepcional. A Lance Armstrong, el más grande ciclista de todos los tiempos, siete veces ganador del Tour de Francia, le imputan haberse dopado al menos en 1999, la primera vez que obtuvo la victoria. Como el ciclismo requiere un esfuerzo casi sobrehumano, es frecuente que quienes compiten tomen alguna sustancia que les permita pedalear cuesta arriba furiosamente cuando están a punto de desfallecer. Eso lo saben las autoridades deportivas y acechan en los caminos con unos siniestros laboratorios portátiles destinados a obtener muestras de orina, para descalificar culpables.
Eso me parece un injustificable atropello del derecho que tiene todo adulto sobre su propio cuerpo. Técnicamente, el supuesto delito por el uso de esteroides consiste en su ingestión o inyección sin receta médica. Pudiera darse el caso de que un médico, invocando motivos terapéuticos, le prescribiera esteroides a un deportista y entonces desaparecería la falta. Gran hipocresía: los esteroides pueden hacer un daño severo a cambio de aumentar la masa muscular. Pero si los atletas, tercamente decididos a triunfar, optan por correr esos riesgos, ¿qué derecho tiene la sociedad a castigarlos y privarlos de los honores que obtuvieron sacrificando su salud a cambio de la gloria?
Mi amigo X, teniente coronel durante la guerra de Vietnam, obtuvo no sé cuantas medallas por pelear al frente de una patrulla que operaba contra el Vietcong en territorio enemigo. Antes de entrar en combate, recurría a las anfetaminas. Lo ayudaban a controlar el miedo y aumentaban su agresividad. Terminada la batalla solía fumar marihuana para relajarse. Si la lógica de las autoridades deportivas fuera la misma del Pentágono, a mi amigo, tras degradarlo deshonrosamente, deberían quitarle las medallas.
Ernest Hemingway escribió El viejo y el mar bajo los efectos del whisky. A los académicos suecos les pareció que con ese pequeño relato se demostraba la maestría total del narrador americano y le otorgaron el Premio Nóbel. ¿Hubiera escrito igual sin alcohol? ¿Deberían privarlo póstumamente del galardón?
Por supuesto que el uso de ciertas drogas es una peligrosa estupidez que puede conducir a la destrucción de quien se habitúa a ellas, y hacen muy bien las autoridades en obligar a consignar estas perniciosas consecuencias en los envases. Pero, simultáneamente, existe el derecho de los adultos a disponer libremente de sus cuerpos sin que el Estado u otras autoridades laterales decidan por nosotros qué debemos o no consumir. En última instancia, si los mejores goles de Maradona se debían a la cocaína, o si los más espectaculares batazos de Palmeiro se impulsaban con los esteroides, ¿disminuye ese dato el gozo de los espectadores o la gloria pasajera de estos atletas? No lo creo.
Septiembre 2, 2005
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