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Bolivia o la terca insistencia en el disparate

La mitad de los bolivianos votó por el dirigente cocalero Evo Morales, un consumado neopopulista de la cuerda política de Hugo Chávez y Fidel Castro. Lo acompañaba en la boleta, en calidad de vicepresidente, un ex guerrillero que en los años noventa fue a la cárcel por emplear las armas para tratar de destruir el frágil sistema democrático que sostenía al país. Durante la campaña, el hoy presidente electo prometió la inmediata nacionalización de los recursos energéticos y de las comunicaciones. También aseguró que su elección lo convertiría en una pesadilla para los Estados Unidos. Cumplirá ambas advertencias.

Las creencias de Morales son muy apreciadas en esa convulsa porción del planeta: estatismo, dirigismo, colectivismo, rechazo al mercado y a la apertura comercial, proteccionismo, nacionalismo y antiamericanismo. Estamos, pues, ante otra aventura revolucionaria de las muchas que ha vivido ese atribulado continente a lo largo del último siglo, desde que en 1910 los mexicanos se enfrascaron en una sangrienta guerra civil que no terminó hasta casi dos décadas más tarde. El único matiz que Morales aporta es un enérgico compromiso racial con quechuas, aymaras y guaraníes, acaso la mayoría del censo nacional, así como su defensa del cultivo de la hoja de coca para consumo nacional.

Naturalmente, el señor Morales fracasará, exactamente de la misma manera que fracasaron o fracasan Perón, Velasco Alvarado, los sandinistas, Chávez, Castro y el resto de la infatigable patulea revolucionaria, a izquierda y derecha del espectro ideológico. Los revolucionarios siempre terminan en el mayor desastre porque el presupuesto político del que parten está equivocado. Si algo se pudo aprender y confirmar innumerables veces a lo largo del siglo XX es que el desarrollo, la prosperidad general y la armonía social son la consecuencia de la seguridad jurídica, las inversiones y la colaboración internacional, el mercado, la libertad para producir o consumir y la educación.

La eficaz interacción entre esos factores durante un largo periodo, —entre 15 y 30 años— dentro de un Estado de Derecho razonable, establece un clima propicio para la creación de empresas capaces de generar beneficios, ahorrar, invertir y multiplicar ad infinitum el ciclo del desarrollo. Esa, con diversas variantes, es la historia económica de España, Irlanda, Chile, Taiwán, Corea del Sur y del resto de los países que han logrado dar un salto a la prosperidad, reduciendo sustancialmente los niveles de pobreza. Sólo que esos ejemplos nada tienen que ver con el clima de atropellos, violencia y arbitrariedad que caracteriza a los gobiernos revolucionarios, tenazmente empeñados en encontrar un atajo hacia el éxito que sólo existe en las afiebradas maquinaciones de sus fantasías ideológicas.

Los revolucionarios, además, no sólo se enfrentan a la experiencia y a la realidad. También , tozudamente, se lanzan contra la esencia misma del modelo de Estado que conquistan, ya sea por la fuerza o mediante el voto. En efecto: el modelo republicano latinoamericano con el que se fundaron nuestras naciones —muy influido por Estados Unidos— fue concebido para garantizar la propiedad y los derechos individuales, con poderes que se equilibraban y límites claros a la autoridad oficial. Se trataba de una arquitectura institucional al servicio de un individuo libre —el gran protagonista de la historia— absolutamente contraria a la nefasta superstición revolucionaria de que la justicia, la equidad y el progreso dependen de las acciones de una persona excepcional y generosa que toma adecuadamente todas las decisiones importantes en nombre de un pasivo sujeto plural llamado “pueblo”.

¿Hasta cuándo las sociedades latinoamericanas seguirán repitiendo el mismo dispa-rate? Es difícil saberlo, pero los síntomas apuntan a que este comportamiento suicida es un rasgo prácticamente inherente al tipo de formación e información que recibe el bicho latinoamericano desde la cuna, lo que lo condena a equivocarse incesan-temente. Si uno tiene la cabeza llena de errores, lo predecible es que actúe equivocadamente. La propia Bolivia parecía ser el terreno menos propicio para intentar, otra vez, el camino revolucionario, pero no ha sido así. En 1952 el país tuvo una sangrienta y profunda revolución social, saldada años más tarde en medio del mayor desbarajuste y una inflación del 50,000 anual. En 1985, Víctor Paz Estenssoro, el líder de esa revolución y su mejor cabeza política, regresó al poder con la lección aprendida y dispuesto a someterse a los dictados del sentido común, lo que le permitió reencaminar a la nación en la dirección correcta, que era la de los países que habían conseguido escapar del subdesarrollo. Los bolivianos, sin embargo, han optado por insistir en el error. Inevitablemente, les saldrá muy mal.

Diciembre 26, 2005
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