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La lucha contra las terribles maras
La prensa española suele traer abundante información sobre las pandillas juveniles latinoamericanas y sus frecuentes enfrentamientos con los skin - heads nacionales. Los skin - heads son pandilleros racistas que usan símbolos nazis. Entre los latinoamericanos, además de los Latin-King ya se oye hablar de la Mara Salvatrucha, una feroz ganga de muchachos delincuentes y asesinos muy popular en Centroamérica.
En Miami también comienza a proliferar el fenómeno. Son jóvenes copiosamente tatuados que gesticulan con una mezcla de vulgaridad y matonismo. Coinciden con las pandillas centroamericanas en la propensión al delito y en una absoluta falta de compasión. Entre sus rasgos más notables está la crueldad: ser capaz de golpear, mutilar o asesinar al prójimo sin el menor escrúpulo confiere prestigio y jerarquía dentro del grupo. A veces hasta filman sus fechorías en teléfonos móviles dotados de cámaras fotográficas.
La existencia de esas Maras en España y la Florida - o en Los Ángeles, donde son numerosas - desmiente la teoría de que estos delincuentes son el producto de la pobreza o de la falta de oportunidades. Se trata, básicamente, de uno de esos comportamientos colectivos irracionales que cada cierto tiempo afectan a los jóvenes, estimulados por una curiosa pulsión hacia la imitación que termina por convertirse en una seña de identidad y en un factor de pertenencia. Recuerdo que en La Habana, en la década de los cincuenta, tras la exhibición de la película Rebelde sin causa, súbitamente aparecieron unos jackets negros que comenzaron a comportarse como las pandillas americanas. Poco tiempo después Fidel Castro llegó al poder al frente de una pandilla mucho más poderosa y nadie volvió a oír hablar de los jackets negros.
En todo caso, tanto en España como en Estados Unidos la sociedad puede enfrentarse a este reto. No será fácil erradicar a las maras, pero podrán ser controladas. Son naciones ricas y poseen instituciones sólidas. La policía, que tiene un nivel de educación medio - casi todos son bachilleres y muchos poseen alguna formación universitaria - es experta en infiltrarse e investigar, y tiene medios eficientes para el espionaje electrónico. Los fiscales saben formular las acusaciones a los detenidos. Los jueces actúan con relativa celeridad y el sistema carcelario, generalmente, funciona dentro de los estándares regulados por las convenciones internacionales.
La reflexión anterior viene a cuento de la estrategia represiva que se sigue en Guatemala, Honduras y El Salvador, países en los que las Maras, literalmente, asesinan, maltratan o roban a miles de personas todos los años. En los tres países se dictan leyes de “mano dura” y de “super mano dura”, que no están equivocadas, y que son útiles para calmar a la desesperada ciudadanía, pero que no pueden resolver el problema. Con pobres y hambreados policías semianalfabetos, carentes de conocimientos y recursos técnicos, con abogados incompetentes, con sistemas judiciales absolutamente precarios e ineficientes, con cárceles que son viveros de criminales, las Maras seguirán existiendo o, lo que acaso es más grave, llevarán a esas naciones a enfrentarlas por medio de horribles asesinatos masivos en los que la policía y los para-policías contratados por los civiles adoptan las mismas tácticas de sus enemigos y entre todos terminan por destruir el Estado de Derecho.
El orden y la justicia se componen de muchos factores encadenados y todos requieren grandes recursos. Naturalmente, es importante contar con la legislación adecuada, pero ése es sólo el punto de partida. Tiene que haber criminólogos, antropólogos, sociólogos y otros especialistas en la conducta del bicho humano aptos para crear el marco teórico desde el cual actuar. Siempre que se habla del éxito del alcalde Rudolph Giulani en su lucha contra el crimen en New York se olvida que sus tácticas policiacas fueron precedidas por un notable estudio sociológico. Hay que formar bien y pagarles mejor a los policías. Hay que invertir en laboratorios y equipos sofisticados de investigación. Las universidades tienen que graduar buenos abogados preparados para aplicar las leyes. Es indispensable que haya suficientes juzgados, fiscales y jueces justos y competentes auxiliados por numerosos funcionarios. Las cárceles deben ser seguras y humanas, sin que por ello renuncien a la severidad. Existen, además, terapias efectivas para modificar la conducta antisocial de los pandilleros juveniles, concebidas y brillantemente explicadas por el Dr. William Glasser, pero su utilización requiere del concurso de psicólogos bien adiestrados y todo eso cuesta, claro, mucho dinero.
Pero vale la pena pagarlo. De todas las obligaciones del Estado, la más importante es el cumplimiento de la ley. Es en ese terreno donde primero se legitima el ejercicio del poder. En la Edad Media la función primordial de los reyes era actuar en su jurisdicción . O sea, decía el derecho en el ámbito de su reinado. Por eso se acataba su autoridad. Más allá de la ley sólo existen la barbarie, la fuerza bruta y la destrucción de la convivencia. Hay que pagar lo que eso cueste.
Marzo 05, 2006
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