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Aznar o la seriedad política

José María Aznar ha escrito un buen libro de memorias titulado Retratos y perfiles. Aparentemente, se trata de las impresiones que le dejaron una serie de personajes notables. En realidad, hay mucho de autobiografía. Leer lo que Aznar dice de Clinton, de Bush, de Fidel Castro o de cualquier otro de los treinta y cinco personajes a los que aborda en la obra, es una forma de conocer mejor al propio autor, entender cómo razona, cuáles son sus valores e intereses, y qué rasgos de su personalidad sobresalen de una manera más perceptible.

Aznar es el político español más maltratado y peor entendido de la historia post-franquista. Sus enemigos, y algunos de sus amigos, suelen describirlo como una persona poco cálida, malhumorada, aquejada de la sequedad que el estereotipo popular atribuye a los castellanos. En realidad es otra cosa: se trata de un hombre reflexivo y seguro de sí mismo, que ha identificado las tareas que tiene por delante y se ha decidido a emplear todo su esfuerzo de una manera eficaz para realizarlas en el plazo más breve posible. No es un seductor, como fue Adolfo Suárez, ni un amable manipulador, como es Felipe González. Es alguien que no tiene tiempo para las frivolidades ni paciencia con las estupideces. Incluso, aunque sabe ser cordial, no parece tener especial interés, como Clinton, en deslumbrar a sus interlocutores. Ese rasgo de su carácter se muestra, precisamente, en un comentario elogioso que hace de Antonio Maura Montaner, un político mallorquín de fines del siglo XIX, también ex presidente de gobierno: a Aznar le complace que una obra sobre su admirado antecesor se titule Antonio Maura o la seriedad política. Creo que es así como le gustaría que titularan su propia biografía.

Conocí a Aznar a principios de los noventa, cuando acaba de hacerse cargo de un partido desorientado y en crisis. Hablamos mucho de Cuba —país en el que vivieron su abuelo y su padre, éste último alumno del Colegio Belén en La Habana— y de inmediato pactamos la creación de un comité español para impulsar la libertad de la Isla. Le pidió a su colaborador Guillermo Gortázar, abogado y estimable historiador, luego diputado durante una década, que codirigiera la aventura, y hasta animó a uno de los líderes del Partido Popular, al notario Félix Pastor Ridruejo, para que generosamente nos prestara una oficina situada en la muy representativa calle de Génova, frente a la sede del Partido.

Mi primera impresión tuvo pocas correcciones con el paso del tiempo. Se me hizo evidente que Aznar poseía una enorme dosis de la virtud que los romanos más valoraban en los hombres públicos: la prudencia. Sabía a dónde quería llegar. Medía sus pasos. No se planteaba quimeras, ni perseguía utopías ni corría riesgos innecesarios. Como los buenos clínicos, identificaba los males y escogía la mejor terapia para curarlos. Por eso su obra de gobierno se puede reseñar en un párrafo que recoge la solapa de su libro: “Durante su mandato (ocho años) se crearon en España casi cinco millones de puestos de trabajo. El PIB creció en ese periodo un total agregado del 64% y se pasó del 78% al 87% de la renta media de la Unión Europea. El déficit público bajó del 6% del PIB hasta lograr el equilibrio presupuestario en 2002. Asimismo, durante su gobierno tuvieron lugar las dos primeras bajadas del impuesto sobre la renta en la democracia española”. Nadie ha administrado mejor la hacienda pública en la historia contemporánea de España.

Me resultó curiosa una notable ausencia en el libro: Hugo Chávez. Y me figuro por qué. En 1999, en una conversación que tuvimos en La Moncloa, la víspera de la Cumbre Iberoamericana de La Habana, le pregunté por el pintoresco coronel, ya entonces presidente de Venezuela, quien se mostraba peligrosamente atraído por Fidel Castro. A Aznar no le parecía peligroso. Creía que Chávez era tonto, pero educable, y para enseñarle la verdad profunda de la realidad cubana le había regalado Trilogía sucia de la Habana de Pedro Juan Gutiérrez , un excelente y descarnado libro de relatos que había que leer con guantes y con la luz apagada. Yo sabía que había sido un gesto inútil. Pensar que un libro podía convertir a un fanático era una ingenuidad. Es la única imprudencia que le he conocido.

Junio 10, 2005
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