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Matones sueltos *   

El 28 de enero, la Galería Alinka de Santo Domingo inauguró una excelente exposición de pinturas de Pedro Ramón López. Exhibía varias docenas de retratos de José Martí y la fecha elegida fue la del natalicio del Apóstol. Me invitaron a dar una conferencia el día 29 y acepté gustosamente. Era una buena oportunidad de explicar cuáles eran y cómo se formaron las ideas sobre el Estado que Martí sostenía, y por qué fracasó ese experimento. Por otra parte: República Dominicana es un país por el que tengo un especial cariño. Mis antepasados -por la vía materna- Rodrigo de Bastidas y su yerno Gonzalo Fernández de Oviedo llegaron a La Española a principios del siglo XVI, y allí vivieron sus descendientes directos hasta que mi abuela emigró a Cuba iniciado el XX. Cada vez que puedo retomo esas raíces, mucho más largas y profundas que las cubanas. Me gusta hacerlo.

La víspera del viaje me llamó un viejo amigo con quien comparto el amor por la historia, alto funcionario dominicano que no ignora mi cordial relación y aprecio por el presidente Leonel Fernández y por el canciller Carlos Morales Troncoso. No era una llamada oficial, sino oficiosa. Quería advertirme, en un plano personal, que la inteligencia, bastante alerta y competente, había detectado que la embajada cubana planeaba armar un escándalo utilizando a sus peones locales. Ya “los cubanos” lo habían hecho en el pasado, durante una visita de la novelista Zoé Valdés, y ahora repetirían la operación. Es una práctica habitual de los servicios secretos de Castro. Trasladan al exterior su intolerancia y fanatismo, su rabia incontrolable, y nunca pierden oportunidad de insultar a los escritores o artistas cubanos de la oposición con las más peregrinas acusaciones. Guillermo Cabrera Infante, Raúl Rivero, Heberto Padilla, Rafael Rojas y muchos otros han sufrido “actos de repudio” parecidos. Ni siquiera algunos críticos no cubanos, como Mario Vargas Llosa, se han salvado de ese comportamiento frenético.

Provista de esa información, la policía, muy responsablemente, el día de la charla colocó a varios agentes dentro y fuera del local, y cuando los enviados de la embajada cubana -tres personas- comenzaron a dar alaridos y a decir vulgaridades, cortés pero firmemente los invitaron a abandonar el lugar mientras el público les reprochaba a los castristas su salvaje comportamiento. Santo Domingo, felizmente, no es La Habana, donde una de las funciones del gobierno es golpear, escupir e injuriar a todo el que discrepa de la dictadura. Tras el incidente, en una mesa en la que me acompañaron e hicieron aportes inteligentes, Carmen Imbert Brugal, José Israel Cuello y Luis González Ruisánchez , dicté mi conferencia y ahí terminó el episodio.

El siguiente día mis amigos dominicanos me contaron otros detalles que ignoraba. El aparato cubano de espionaje y control político ha aumentado notablemente su presencia en el país. Muchos de los agentes encubiertos que estaban en México se han instalado en Santo Domingo y trabajan intensamente en el reclutamiento o penetración de todos los estamentos nacionales, con énfasis especial en los medios de comunicación, la policía, el ejército y los sectores económicos. Desde República Dominicana burlan el embargo norteamericano decretado contra Cuba, y utilizan el país para comercializar donaciones recibidas en La Habana, supuestamente destinadas a aliviar las enormes carencias que padecen los cubanos. Eso ocurrió, por ejemplo, con el aceite comestible regalado por Libia: fue secretamente transportado por la marina cubana a República Dominicana y aquí lo vendieron. Simultáneamente, la Seguridad cubana compila información sobre la vida íntima de los líderes dominicanos de todos los partidos y de todos los sectores sociales relevantes con el objeto de poder extorsionarlos o utilizarlos cuando lo necesiten. Es una práctica que aprendieron del KGB y en la que han resultado ser unos verdaderos maestros.

Para el gobierno de Leonel Fernández este espectáculo es muy decepcionante. Sin olvidar los intereses económicos y los principios democráticos de los dominicanos, fuertemente vinculados a Occidente, Leonel ha puesto buen cuidado en mantener unas relaciones cordiales con La Habana, ciudad que visitó recientemente, sin interferir en lo más mínimo en los asuntos internos cubanos, a la razonable espera de que ese trato respetuoso generara una respuesta similar. Pero no ha sido así: el gobierno cubano y sus servicios secretos ignoran la soberanía dominicana y actúan en este territorio como si fuera el traspatio castrista. Hacen lo que les da la gana y cómo se les antoja. Hasta un día, en que se agote la educada paciencia dominicana y los echen del país. Es muy difícil convivir armónicamente con estos matones.        

             

Publicado en "El Listín Diario," (Santo Domingo) / Febrero 14, 2008              

            
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