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LIBROS
La rabia y el orgullo
Oriana Fallaci (2002)
La Esfera de los Libros, Madrid
Tomás G. Muñoz
Julio 17, 2002
Diez años de silencio (“Inshallah,” fue su último
libro, una novela publicada en 1992) y regresa la Fallaci con un
ensayo-diatriba molto fallaciesco, escrito al compás de su
orgullo italiano (que la lleva a un autoexilio en Nueva York ) y
al del calor canicular y pluriemocional de los sucesos del 11-S,
que la televisión trae a su casa en Manhattan, no muy lejos
de las Torres Gemelas. Ensayo éste, con el mismo título,
salido de un artículo escrito para el milanés Corriere
della Sera, y reproducido en muchos lugares, que rápidamente
se ha convertido en un best-seller.
De rancia estirpe antifascista, la Fallaci es rabiosamente anticomunista
(perdió su primer empleo de repórter en un diario de
su Florencia nativa al negarse a escribir flores sobre Palmiro Togliatti,
el dirigente comunista italiano), anti-Pinochet, anti-Arafat y anti
cualquier cosa que huela a imposición, al enfeite de la mentira
con el trucco de la verdad. Pero, se engaña quien la tache
de liberal. La Fallaci es un espíritu libre que, moderno
Quijote-Savonarola-Bruno en faldas o vaqueros, da igual, va por el
mundo desfaciendo entuertos,
sin etiquetas confesionales, políticas o filosóficas.
En el México de 1968, herida y dada por muerta, la rescatan
entre un montón de cadáveres durante la asonada de
Tlateloco...
Hay que admitirlo, el ensayo es muy controvertido. No está escrito
para almas piadosas, ni para talibanes, ni palestinos, ni israelíes,
o estadounidenses o europeos. Es, en primer lugar, una ácida
invectiva contra el mito de las Dos Culturas (la islámica
y la cristiano-judaica); el Corán (“escrito plagiando
la Biblia, y la Torah, y el Nuevo Testamento, y la filosofía
helénica”); la atribuída invención de
las matemáticas a los antecesores de Arafat (“no las
inventaron, no... nacieron en Mesopotamia, en Grecia... en la tierra
de los mayas”). Y deja su mejor vitriolo para contrastar a Homero,
Platón, Aristóteles, Fidias, el Renacimiento, Leonardo,
Michelangelo, Raffaello, El Greco, Rembrandt y Goya, Bach y Mozart
y Beethoven, el Cuppolone, el Duomo di Milano, la Torre Eiffel, con “unos
cuantos hermosos edificios en España (la Alhambra, por ejemplo),
Omar Khayam y Averroes.”
Por supuesto, que aquí no se detiene. La diatriba continúa
contra los “hijos de Alah” que “se reproducen como
ratas” e “invaden su nativa Florencia con sus mierdas
(sic) y sus meados (sic).” Tampoco quedan inmunes los Chirac
y Berlusconi, que permiten la invasión de Europa por estos
elementos. Y no se salva el “pobre Bush, que con sus veinticuatro
millones de americanos árabe-musulmanes tiene que ser diplomático.”
En medio de todo esto, salen bien parados Hussein, el fallecido
Rey de Jordania, y el pakistaní Ali Bhutto. Quedan mejor aún
los ítalo americanos (Giugliani es el campeón), bomberos
y policías héroes de las Torres Gemelas, y todos aquellos
que contribuyeron a la construcción de los Estados Unidos.
No, la Fallaci no ha sido totalmente objetiva, ni
ha analizado los dos lados totalmente. También lo dice el
imparcial The Economist (“Mussolini estaría orgulloso
de esta octavilla extremista y potencialmente peligrosa”).
Pero, no tanto: la octavilla es fiel reflejo de lo que muchos hemos
pensado y sentido –aunque
sea por breves segundos-- cuando, grudados a nuestros televisores,
presenciamos el holocausto del 11-S...
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