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POR TOMÁS
G. MUÑOZ, Marbella
Libros:
La Rabia y el Orgullo
Autor:
Oriana Fallaci
Editor: La Esfera de los Libros, Madrid
Diez
años de silencio (“Inshallah,” fue su último
libro, una novela publicada en 1992) y regresa la Fallaci con un ensayo-diatriba molto
fallaciesco, escrito al compás de su orgullo italiano (que
la lleva a un autoexilio en Nueva York ) y al del calor canicular y pluriemocional
de los sucesos del 11-S, que la televisión trae a su casa en Manhattan,
no muy lejos de las Torres Gemelas. Ensayo éste, con el mismo título,
salido de un artículo escrito para el milanés Corriere della
Sera, y reproducido en muchos lugares, que rápidamente se ha convertido
en un best-seller.
De
rancia estirpe antifascista, la Fallaci es rabiosamente anticomunista (perdió su
primer empleo de repórter en un diario de su Florencia nativa al
negarse a escribir flores sobre Palmiro Togliatti, el dirigente comunista
italiano), anti-Pinochet, anti-Arafat y anti cualquier cosa que huela a
imposición, al enfeite de la mentira con el trucco de la verdad.
Pero, se engaña quien la tache de liberal. La Fallaci es un espíritu
libre que, moderno Quijote-Savonarola-Bruno en faldas o vaqueros, da igual,
va por el mundo desfaciendo entuertos, sin etiquetas confesionales, políticas
o filosóficas. En el México de 1968, herida y dada por muerta,
la rescatan entre un montón de cadáveres durante la asonada
de Tlateloco...
Hay
que admitirlo, el ensayo es muy controvertido. No está escrito para
almas piadosas, ni para talibanes, ni palestinos, ni israelíes,
o estadounidenses o europeos. Es, en primer lugar, una ácida invectiva
contra el mito de las Dos Culturas (la islámica y la cristiano-judaica);
el Corán (“escrito plagiando la Biblia, y la Torah, y el Nuevo
Testamento, y la filosofía helénica”); la atribuída
invención de las matemáticas a los antecesores de Arafat
(“no las inventaron, no... nacieron en Mesopotamia, en Grecia...
en la tierra de los mayas”). Y deja su mejor vitriolo para contrastar
a Homero, Platón, Aristóteles, Fidias, el Renacimiento, Leonardo,
Michelangelo, Raffaello, El Greco, Rembrandt y Goya, Bach y Mozart y Beethoven,
el Cuppolone, el Duomo di Milano, la Torre Eiffel, con “unos cuantos
hermosos edificios en España (la Alhambra, por ejemplo), Omar Khayam
y Averroes.”
Por
supuesto, que aquí no se detiene. La diatriba continúa contra
los “hijos de Alah” que “se reproducen como ratas” e “invaden
su nativa Florencia con sus mierdas (sic) y sus meados (sic).” Tampoco
quedan inmunes los Chirac y Berlusconi, que permiten la invasión
de Europa por estos elementos. Y no se salva el “pobre Bush, que
con sus veinticuatro millones de americanos árabe-musulmanes tiene
que ser diplomático.”
En
medio de todo esto, salen bien parados Hussein, el fallecido Rey de Jordania,
y el pakistaní Ali Bhutto. Quedan mejor aún los ítalo
americanos (Giugliani es el campeón), bomberos y policías
héroes de las Torres Gemelas, y todos aquellos que contribuyeron
a la construcción de los Estados Unidos.
No,
la Fallaci no ha sido totalmente objetiva, ni ha analizado los dos lados
totalmente. También lo dice el imparcial The Economist
(“Mussolini estaría orgulloso de esta octavilla extremista
y potencialmente peligrosa”). Pero, no tanto: la octavilla es fiel
reflejo de lo que muchos hemos pensado y sentido —aunque sea por
breves segundos— cuando, grudados a nuestros televisores,
presenciamos el holocausto del 11-S...
Julio
17, 2002
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