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POR
DAVID GONZÁLEZ, New York *
La magia de las
artes gráficas en La Habana
En
el Callejón del Chorro, a un costado de la Catedral...
El
futuro de las artes gráficas en Cuba se encuentra entre gruesos
muros de piedra y antiguas prensas al final de un callejón, algo
apartado de la Plaza de la Catedral. Pasados los sempiternos tríos
cubanos que cantan viejas tonadas en la falsamente festiva atmósfera
turística, la verdadera fiesta está en el Estudio de Gráficas
Experimentales, donde impresores, poetas y músicos comparten ideas
e inspiración.
Durante
40 años, el estudio de La Habana Vieja ha sido la casa de los principales
nombres de las artes gráficas en la isla, que han salido para ganar
honores en bienales en Europa, Japón y Latinoamérica.artistas.
Sin embargo, una camaradería descontraída prevalece dentro
de un salón de alto puntal, que huele a pintura y cigarrillos fuertes,
donde veteranos artistas y novatos trabajan codo con codo. El salón
es en parte un recibidor, donde cantantes y escritores pasan a hacer una
visita, y en parte un aula sin paredes, donde no hay secretos de técnicas
u opiniones.
“No
es una escuela formalmente hablando, pero es la mejor escuela porque no
te obligan a ceñirte a una lección,” dice Raimundo
Respall, que dirige la galería del estudio. “Los artistas
aprenden de los otros. Necesitas que alguien vea lo que estás hacienda.
Todo lo que sale de este estudio es nuestro mayor valor. El resto es un
taller de impresión.”
El
estudio comenzó en 1962, para revivir técnicas de impresión
en otra época usadas en la confección de etiquetas y vitolas
de tabacos. “Algunos litógrafos habían ido a México,” dice
Raspall, “para aprender de los maestros allá, pero no prosperaron
hasta tener un encuentro casual con Pablo Neruda.” “Las prensas
viejas estaban abandonadas en un almacén, y las viejas piedras usadas
en el proceso litográfico acabaron en la calle,” agrega Respall.
Los fundadores del estudio pidieron a Neruda que persuadiera a su amigo
el Ché Guevara, entonces el ministro cubano de Industria, a que
les diera las prensas y un lugar de trabajo.
“El
estudio se comprometió a que las artes gráficas cubanas no
murieran,” dice Eduardo Roca Salazar, uno de los grabadores más
distinguidos de la Isla, también conocido como “Choco.” “Este
es uno de los lugares más impresionantes del mundo, no sólo
Cuba, por toda la magia que ha corrido entre estas paredes.”
Alguno
diría que la magia real ha sido cómo el estudio ha prosperado
a pesar del alto costo del papel y la tinta –todos importados-- así como
la prohibición de vender sus obras en los Estados Unidos. La galería
contribuye a reducir los costos, al vender grabados desde $40 hasta $500.
“Me
impresionó mucho ver cuánto hacen con lo poco que tienen,” dice
Marjorie Devon, director del Tamarind Institute de Nuevo México,
que entrena a los grabadores. “El trabajo era bueno y tenía
pasión,” dice Marjorie Devon, directora del Tamarind Institute
de Nuevo México, que entrena a los grabadores. La inventiva en sí ya
es un arte que los cubanos han perfeccionado; ellos sazonan sus conversaciones
con referencias a “resolver la situación,” su manera
de decir “improvisar.”
La
caída de la Unión Soviética a principios de los ´90
creó graves penurias a la Isla, dicen los artistas, que probaron
su creatividad en maneras insospechadas: por ejemplo, se improvisaron tintas
a base de polvo negro y jabón, y se utilizó el metal de las
latas de cerveza para hacer planchas de grabar.
“Aprendimos
a varlernos de lo que teníamos,” dice Jose Omar Torres, el
Director Artístico del estudio. Sin duda, fue una época de
miseria. Lo que teníamos que salvar era el espíritu. La miseria
se va, pero si matas el espíritu, se va el hombre.”
Sin
embargo, aquella época trajo oportunidades de que los artistas comenzaran
a mostrar su trabajo a un público mayor, en la medida que la isla
se volcó al turismo como salvación económica. Coleccionistas
de España y Japón activamente compraron grabados e invitaron
a los artistas a intercambios culturales. Y aunque hay una prohibición
formal de que los estadounidenses no hagan negocios en Cuba, se dice que
hay muchos marchands en Manhattan y Miami que secretamente venden grabados
cubanos.
El
trabajo en sí es variado, que según Respall se hace a propósito.
Al contrario de los artistas en la Unión Soviética, donde
el socialismo realista dominaba, los grabadores cubanos rechazaron aquel
tonto heroísmo, y prefirieron enraizarse en la cultura del Caribe. “Hasta
hoy, no hay presiones políticas para que hagamos tal o más
cual trabajo.”
Con
sus relieves y tonos profundos, que evocan temas religiosos afrocubanos,
los grabados de Choco pueden parangonarse con las irónicas xilografías
de Eduardo Abela, que convierten la famosa farola de El Morro en un anuncio
de forma de botella, “Absolut Kuba.
También,
hay algunos con furtivas alusiones políticas. Abela ha hecho una
xilografía que muestra un taxi convertido en balsa, lleno de gente.
Otro artista grabó una calle playera lóbrega y angular, donde
una solitaria figura oteaba el vasto y vacío mar. En “Vigilancia
Colectiva,” un artista muestra una cadena de margaritas que se espían
unas a otras con telescopios.
Aunque
muchos artistas pueden viajar al extranjero para presentar sus obras, encuentran
muchos obstáculos para visitar los Estados Unidos. Como los músicos,
bailarines y escritores cubanos han experimentado, las autoridades estadounidenses
han sido reacias a conceder muchas visas a los artistas, a pesar de la
existencia de viejas políticas de promoción de intercambios
culturales.
“En
años recientes, el mayor debate dentro del Estudio no ha sido sobre
política, sino arte. Los novatos que llegaron a principios de los ´90
tachaban el trabajo de los mayores como sentimental o muy literal. “ dice
Respall. “Lo llamaban ´arte conceptual´ pero eso es discutible,
porque para mí no tenían concepto alguno. “Eran artistas
con un sesgo por las palabras. Y hablaban de artistas del pasado como si
no hubieran hecho nada nuevo en el presente.”
Choco,
blanco favorito de los nuevos críticos, ha hecho grabados sobre
la vida rural en los ´70, aunque aquello era sólo un reflejo
de las prioridades del país en aquella época, cuando miles
de personas se vieron obligadas a blandir el machete para cortar caña.
Su trabajo actual tiene colores intensos, con elementos tradicionales que
podrían colgarse en Chelsea o Sojo. Ahora, Choco tiene su propio
estudio dentro de un viejo almacén, donde graba y pinta al compás
de música de Miles Davis. Su estudio es cómodo y espacioso,
removido de el Estudio, pero íntimamente ligado a él.
“El
Estudio fue el comienzo,” dice. “Sin ellos, todo esto sería
imposible. ¿Cómo podría yo hacer arte sin ellos? No
tenía ni máquinas ni material.
Una
de las estrellas nacientes, Julio César Peña, puede vincularse
a ese punto de vista. Salido de los barrios bajos de La Habana, su familia
no tenía ni idea de que una persona podía ganarse la vida
con el arte. Peña comenzó a pintar como un hobby, se auto-educó,
y al tornarse adicto al arte, trató, infructuosamente, de enrolarse
en una Escuela de Arte. El Estudio lo aceptó en 1997.
“De
esto me alimentaron,” dice. “Aprendí de esos grandes
maestros allí. Esta ha sido mi escuela. No sé si es suerte
o casualidad, pero así es como aprendí. Aquí.”
Hoy
sus grabados de esqueletos en escenas callejeras figuran entre los grabados
más conocidos en el Estudio. Su “Rumberos del Momento,” que
muestra esqueletos en una rumba callejera, ganó el primer premio
en la Trienal de Kanagawa en el Japón, donde además fue el
tema de la cubierta del catálogo de 2001.
“La
vida trae consigo la garantía de la muerte, “ dice Peña.
La muerte siempre está con nosotros, así que quiero tocar
la vida. Tú ya tienes un esqueleto dentro de ti.
Mientras
se mueve y habla con velocidad de ametralladora, Peña se asemeja
a un esqueleto, pelado al rape, su cuerpo todo huesos y ángulos.
Fiel a sus raíces y al momento, y usando una camiseta que dice “Héroe
proletario,” avanza hacia un bar en La Habana Vieja, y abraza a todos,
desde la camarera hasta los miembros de la banda.
“Tienes
que bailar,” dice la cantante. “Tienes que bailar,” repite.
Peña, que hacía un boceto en un rasguño de papel,
dió un paso rápido con una sonrisa. Las calles fueron su
escuela tanto como el Estudio. “Es importante conocer la vida de
un artista, “ dice. “Hago mi trabajo y disfruto el momento,
bebiendo, bailando. Eso es también mi trabajo.”
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Traducido de The New York Times / Noviembre 13, 2002
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