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La magia de las artes gráficas en La Habana

Noviembre 13, 2002
Traducido del New York Times
David González

En el Callejón del Chorro, a un costado de la Catedral ---

El futuro de las artes gráficas en Cuba se encuentra entre gruesos muros de piedra y antiguas prensas al final de un callejón (NdelT: el Callejón del Chorro), algo apartado de la Plaza de la Catedral. Pasados los sempiternos tríos cubanos que cantan viejas tonadas en la falsamente festiva atmósfera turística, la verdadera fiesta está en el Estudio de Gráficas Experimentales, donde impresores, poetas y músicos comparten ideas e inspiración.

Durante 40 años, el estudio de la Habana Vieja ha sido la casa de los principales nombres de las artes gráficas en la isla, que han salido para ganar honores en bienales en Europa, Japón y Latinoamérica.artistas. Sin embargo, una camaradería descontraída prevalece dentro de un salón de alto puntal, que huele a pintura y cigarrillos fuertes, donde veteranos artistas y novatos trabajan codo con codo. El salón es en parte un recibidor, donde cantantes y escritores pasan a hacer una visita, y en parte un aula sin paredes, donde no hay secretos de técnicas u opiniones.

“No es una escuela formalmente hablando, pero es la mejor escuela porque no te obligan a ceñirte a una lección,” dice Raimundo Respall, que dirige la galería del estudio. “Los artistas aprenden de los otros. Necesitas que alguien vea lo que estás hacienda. Todo lo que sale de este estudio es nuestro mayor valor. El resto es un taller de impresión.”

El estudio comenzó en 1962, para revivir técnicas de impresión en otra época usadas en la confección de etiquetas y vitolas de tabacos. “Algunos litógrafos habían ido a México,” dice Raspall, “para aprender de los maestros allá, pero no prosperaron hasta tener un encuentro casual con Pablo Neruda.” “Las prensas viejas estaban abandonadas en un almacén, y las viejas piedras usadas en el proceso litográfico acabaron en la calle,” agrega Respall. Los fundadores del estudio pidieron a Neruda que persuadiera a su amigo el Ché Guevara, entonces el ministro cubano de Industria, a que les diera las prensas y un lugar de trabajo.

“El estudio se comprometió a que las artes gráficas cubanas no murieran,” dice Eduardo Roca Salazar, uno de los grabadores más distinguidos de la Isla, también conocido como “Choco.” “Este es uno de los lugares más impresionantes del mundo, no sólo Cuba, por toda la magia que ha corrido entre estas paredes.”

Alguno diría que la magia real ha sido cómo el estudio ha prosperado a pesar del alto costo del papel y la tinta –todos importados-- así como la prohibición de vender sus obras en los Estados Unidos. La galería contribuye a reducir los costos, al vender grabados desde $40 hasta $500.

“Me impresionó mucho ver cuánto hacen con lo poco que tienen,” dice Marjorie Devon, director del Tamarind Institute de Nuevo México, que entrena a los grabadores. “El trabajo era bueno y tenía pasión,” dice Marjorie Devon, directora del Tamarind Institute de Nuevo México, que entrena a los grabadores. La inventiva en sí ya es un arte que los cubanos han perfeccionado; ellos sazonan sus conversaciones con referencias a “resolver la situación,” su manera de decir “improvisar.”

La caída de la Unión Soviética a principios de los ´90 creó graves penurias a la Isla, dicen los artistas, que probaron su creatividad en maneras insospechadas: por ejemplo, se improvisaron tintas a base de polvo negro y jabón, y se utilizó el metal de las latas de cerveza para hacer planchas de grabar.

“Aprendimos a varlernos de lo que teníamos,” dice Jose Omar Torres, el Director Artístico del estudio. Sin duda, fue una época de miseria. Lo que teníamos que salvar era el espíritu. La miseria se va, pero si matas el espíritu, se va el hombre.”

Sin embargo, aquella época trajo oportunidades de que los artistas comenzaran a mostrar su trabajo a un público mayor, en la medida que la isla se volcó al turismo como salvación económica. Coleccionistas de España y Japón activamente compraron grabados e invitaron a los artistas a intercambios culturales. Y aunque hay una prohibición formal de que los estadounidenses no hagan negocios en Cuba, se dice que hay muchos marchands en Manhattan y Miami que secretamente venden grabados cubanos.

El trabajo en sí es variado, que según Respall se hace a propósito. Al contrario de los artistas en la Unión Soviética, donde el socialismo realista dominaba, los grabadores cubanos rechazaron aquel tonto heroísmo, y prefirieron enraizarse en la cultura del Caribe. “Hasta hoy, no hay presiones políticas para que hagamos tal o más cual trabajo.”

Con sus relieves y tonos profundos, que evocan temas religiosos afrocubanos, los grabados de Choco pueden parangonarse con las irónicas xilografías de Eduardo Abela, que convierten la famosa farola de El Morro en un anuncio de forma de botella, “Absolut Kuba.

También, hay algunos con furtivas alusiones políticas. Abela ha hecho una xilografía que muestra un taxi convertido en balsa, lleno de gente. Otro artista grabó una calle playera lóbrega y angular, donde una solitaria figura oteaba el vasto y vacío mar. En “Vigilancia Colectiva,” un artista muestra una cadena de margaritas que se espían unas a otras con telescopios.

Aunque muchos artistas pueden viajar al extranjero para presentar sus obras, encuentran muchos obstáculos para visitar los Estados Unidos. Como los músicos, bailarines y escritores cubanos han experimentado, las autoridades estadounidenses han sido reacias a conceder muchas visas a los artistas, a pesar de la existencia de viejas políticas de promoción de intercambios culturales.

“En años recientes, el mayor debate dentro del Estudio no ha sido sobre política, sino arte. Los novatos que llegaron a principios de los ´90 tachaban el trabajo de los mayores como sentimental o muy literal. “ dice Respall. “Lo llamaban ´arte conceptual´ pero eso es discutible, porque para mí no tenían concepto alguno. “Eran artistas con un sesgo por las palabras. Y hablaban de artistas del pasado como si no hubieran hecho nada nuevo en el presente.”

Choco, blanco favorito de los nuevos críticos, ha hecho grabados sobre la vida rural en los ´70, aunque aquello era sólo un reflejo de las prioridades del país en aquella época, cuando miles de personas se vieron obligadas a blandir el machete para cortar caña. Su trabajo actual tiene colores intensos, con elementos tradicionales que podrían colgarse en Chelsea o Sojo. Ahora, Choco tiene su propio estudio dentro de un viejo almacén, donde graba y pinta al compás de música de Miles Davis. Su estudio es cómodo y espacioso, removido de el Estudio, pero íntimamente ligado a él.

“El Estudio fue el comienzo,” dice. “Sin ellos, todo esto sería imposible. ¿Cómo podría yo hacer arte sin ellos? No tenía ni máquinas ni material.

Una de las estrellas nacientes, Julio César Peña, puede vincularse a ese punto de vista. Salido de los barrios bajos de La Habana, su familia no tenía ni idea de que una persona podía ganarse la vida con el arte. Peña comenzó a pintar como un hobby, se auto-educó, y al tornarse adicto al arte, trató, infructuosamente, de enrolarse en una Escuela de Arte. El Estudio lo aceptó en 1997.

“De esto me alimentaron,” dice. “Aprendí de esos grandes maestros allí. Esta ha sido mi escuela. No sé si es suerte o casualidad, pero así es como aprendí. Aquí.”

Hoy sus grabados de esqueletos en escenas callejeras figuran entre los grabados más conocidos en el Estudio. Su “Rumberos del Momento,” que muestra esqueletos en una rumba callejera, ganó el primer premio en la Trienal de Kanagawa en el Japón, donde además fue el tema de la cubierta del catálogo de 2001.

“La vida trae consigo la garantía de la muerte, “ dice Peña. La muerte siempre está con nosotros, así que quiero tocar la vida. Tú ya tienes un esqueleto dentro de ti.

Mientras se mueve y habla con velocidad de ametralladora, Peña se asemeja a un esqueleto, pelado al rape, su cuerpo todo huesos y ángulos. Fiel a sus raíces y al momento, y usando una camiseta que dice “Héroe proletario,” avanza hacia un bar en La Habana Vieja, y abraza a todos, desde la camarera hasta los miembros de la banda.

“Tienes que bailar,” dice la cantante. “Tienes que bailar,” repite. Peña, que hacía un boceto en un rasguño de papel, dió un paso rápido con una sonrisa. Las calles fueron su escuela tanto como el Estudio. “Es importante conocer la vida de un artista, “ dice. “Hago mi trabajo y disfruto el momento, bebiendo, bailando. Eso es también mi trabajo.”

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