| Una
Isla dentro de una Isla: la imagen íntegra de Dulce María
Loynaz
Carlos Espinosa Domínguez, desde Miami
Cubaencuentro, diciembre 10, 2002
Hace cinco años, las fundaciones Jorge Guillén
(Valladolid) y Hermanos Loynaz (Pinar del Río) coeditaron
un volumen, Cartas que no se extraviaron, que vio la luz en España.
Es un libro cuya circulación ha sido más bien escasa
y que, por eso, muchos no conocen, pero que constituye un valioso
testimonio para conocer mejor a esta relevante escritora, cuyo
centenario celebramos este mes.
El libro recoge una muestra del epistolario de la autora de
Jardín. Tiene un primer bloque donde se reproducen cartas
fechadas entre 1932 y 1942, que Dulce María dirigió,
entre otros, a escritores como Carmen Conde, José María
Chacón y Calvo, Virgilio Piñera, Gabriela Mistral,
Juan Ramón Jiménez y Emilio Ballagas. La sección
más interesante y la que ocupa más espacio (ciento
cinco de las ciento noventa y siete páginas que tiene
el volumen) es, sin embargo, la segunda, integrada por las cuarenta
y siete cartas que envió, entre 1971 y 1991, al periodista
y escritor Aldo Martínez Malo. Una cifra que viene a ser
un simple botón de muestra –así apunta el
destinatario en la introducción-- de las más de
mil que la escritora le envió. En todo caso, son suficientes
para reconstruir el itinerario de la hermosa y limpia amistad
que se estableció entre Dulce María y aquel joven
admirador pinareño, que se iba a convertir en el más
celoso custodio de su legado literario.
En la primera carta, Dulce María se admira de que Martínez
Malo conozca toda su obra, a excepción de Últimos
días de una casa. Aunque entonces, por razones lógicas,
no le da más explicaciones, las causas de su asombro son
obvias: hacía trece años que nada suyo se publicaba
en la Isla, y aún tendrían que pasar trece más
para que ese olvido de las editoriales finalizara. Se refiere,
no obstante, a lo mucho que para ella pesan ya los años,
más pesados que "el cortejo de penas y fatigas que
han venido siguiéndonos". A ello opone, sin embargo,
la satisfacción por lo que alcanzó a hacer: "Desde
luego, está la obra y eso no me lo puede quitar nadie.
Aunque quisieran. Contra ella nada pueden ni los años
ni los hombres que tanto han podido contra mí". A
medida que va ganándose su confianza y su aprecio, Martínez
Malo la convence para que colabore con él en el proyecto
de escribir un libro sobre ella, pese a que entonces las posibilidades
de que se pudiera publicar en Cuba eran remotísimas. Así,
en 1975 Dulce María le apunta: "Sea como usted quiera.
Escriba la biografía de una poetisa olvidada. Sólo
pongo una condición: que lleve ese título".
Conviene detenernos en las causas que motivaron el largo ostracismo
que sufrió Dulce María en esa nueva realidad que
la rechazó, pero que no logró excluirla de un ámbito
cultural y vital del que, por derecho y méritos propios,
ella formaba parte. En una sociedad donde el arte y la cultura
habían pasado a ser "un arma al servicio de la revolución",
no había espacio para una obra que para Cintio Vitier
está "sostenida en su trémula delicadeza y
en sus puras inflexiones líricas". En realidad, tanto
Dulce María como su obra eran inofensivas para la revolución,
pero desafortunadamente a los funcionarios y comisarios les tomó muchos
años llegar a comprenderlo. Hay quienes sostienen que
la marginación a la que fue confinada la escritora se
debió a la intervención personal de Nicolás
Guillén. Sea cierto o no, en una carta de 1981 Dulce María
cuenta a Martínez Malo un incidente que la llevó a
enfrentarse con el entonces presidente de la UNEAC. Año
y pico antes, la revista Bohemia publicó una entrevista
con Dámaso Alonso hecha por Guillén. Allí,
a una pregunta del poeta español, éste le contesta
que la Academia Cubana de la Lengua era ya como si no existiera,
pues a la caída de la dictadura de Batista, sus miembros
se habían puesto en fuga, etcétera. Para Dulce
María, "esta ofensa gratuita hecha por alguien a
quien nunca y en ninguna forma nosotros habíamos agraviado,
pecaba además de injusta y mentirosa". Reconocía
que algunos miembros de la Academia se marcharon del país, "no
a la caída de la dictadura, pues no tenían ningún
vínculo vergonzoso con ella, pero sí al cabo de
algún tiempo por distintas razones, entre ellas, sin duda,
la de no estar de acuerdo con el régimen imperante".
Y argumentaba luego: "¿Cuántos que recibieron
con palmas al nuevo caudillo no se marcharon después? ¿Cuántos
que llegaron al Poder con sus huestes, lo abandonaron por la
razón que fuese? ¿Cuántos lo siguen abandonando
todavía?".
Comenta, además, las difíciles condiciones en
que la Academia se había visto obligada a funcionar, "sin
casa, sin subsidio, sin voz pública, sin nada... Pero
subsistimos, y ése ha sido nuestro pecado". De ahí su
indignación por las palabras de Guillén; por el
silencio de Dámaso Alonso, "que no lo refutó ni
siquiera levemente"; y por que Bohemia publicara la entrevista
y se negase luego a hacer lo mismo con la carta en la que, "en
términos muy dignos y mesurados", del Doctor Dihigo,
presidente de la Academia, aclaraba lo que sobre ésta
se había dicho. Desde entonces, escribe Dulce María, "no
he hecho yo otra cosa que sentarme a la puerta de mi tienda a
ver pasar el cadáver de mi enemigo". La oportunidad
demoró año y pico, pero al fin llegó. Gracias
a la ayuda de una amiga, la periodista Nidia Saravia, Bohemia
aceptó incluir en sus páginas un texto suyo, Palabras
cruzadas, donde más que "una pequeña venganza",
quiso "poner las cosas en su sitio". En esa carta a
su amigo pinareño, aquella mujer suave, pequeña,
delicada, demuestra que también poseía un carácter
rotundo y firme, al expresar: "De ese modo, en la misma
revista que dio publicidad al infundio de Guillén, doy
fe de vida de la negada Academia; en la misma revista que no
quiso publicar la carta aclaratoria de nuestro Director, publico
yo que en la Academia se trabaja; y por último me doy
el gusto de poner en ridículo al Sr. Guillén que
todavía a los ochenta años hace versos de amor
y no cesa de estar abrumándonos con su verborrea senil
y, al parecer, incontenible".
A medida que el intercambio epistolar con su fiel lector se
regulariza, las cartas de Dulce María se hacen más
largas, pues como ella comenta, nunca supo "escribir cartas
breves, de las que se hacen para salir del paso". En 1974
le envía a Martínez Malo, en calidad de préstamo,
el tomo IV de las Obras Completas de Gertrudis Gómez de
Avellaneda, y le pide que "vea como prueba de amistad el
ponerlo en sus manos". Era uno de los muchos ejemplares
valiosos que atesoró a lo largo de una vida dominada por
una gran pasión: la literatura. En 1976, en respuesta
a algo que Martínez Malo le cuenta, escribe: "Comprendo
que le acongoje el espectáculo de una biblioteca destruida. ¿Pero
qué quiere usted, amigo mío? Hemos visto tantas
destrucciones en torno nuestro que ya no hacemos más que
eso mismo, cruzarnos de brazos. Yo procuro salvar la mía,
aun preguntándome cuál será su destino.
Quizás el que tuvo la de mi padre, la fábrica de
pulpa de papel de Puentes Grandes...".
Hay, como es natural, abundantes referencias a la literatura
y a varios de los escritores que Dulce María conoció y
trató. De Ramón Menéndez Pidal anota que
era "un anciano que rezumaba erudición por todos
los poros". Interrogada por Martínez Malo acerca
de Juan Ramón Jiménez, le contesta que "más
me impresionó Zenobia, cuya personalidad parecía
apagar más al marido tristón y silencioso".
Dedica unas hermosas palabras a Regino Pedroso, "un espíritu
exquisito, hecho para los altos vuelos, para las más transparentes
regiones del aire". Cuenta cómo, poco antes de morir,
José Lezama Lima le dirigió una carta para comentarle
Jardín, que hasta entonces no había leído.
Descifrar la letra del autor de Paradiso sólo fue posible
gracias a la ayuda del padre Gaztelu, quien le pidió que
le regalase la misiva. No faltan los comentarios sobre su obra,
ante el insistente y en ocasiones inquisitivo interés
de Martínez Malo, "que quiere saberlo todo".
De su conocida novela le dice que "es un libro que se ha
convertido en mi sombra"; y apunta que "la historia
de mi heroína es aburrida, aunque bien escrita".
Se muestra extremadamente generosa cuando se refiere a la obra
de sus hermanos, en particular Enrique, por quien confiesa sentir "una
especial predilección". Y anota: "Ganas de llorar
siento todavía al pensar cómo se fue del mundo
sin que nadie o casi nadie conociera su talento, su sabiduría,
su gran bondad de corazón".
A pesar de que en una carta de los ochenta le comenta a Martínez
Malo que su largo trato con él ha estado desligado de
temas políticos, en varias ocasiones Dulce María
deja traslucir con claridad diáfana cuál es su
postura respecto a lo que sucedió en Cuba después
de 1959. En febrero de 1985, cuando ya se ha puesto en marcha
su tardía recuperación, escribe: "Yo estoy
aquí por mi voluntad y a todas sus consecuencias, y si
lo decidí así, fue con sentido de responsabilidad,
sabiendo que tendría que respetar las leyes del país
donde me quedaba, aunque fueran contrarias a mi modo de pensar
y de sentir". A lo cual añade: "A Don Manuel
Aguilar, mi editor, que bondadosamente me escribió poniendo
a nuestra disposición un piso nuevo que acababa de adquirir
en Madrid, y con el piso, medios de ganar decorosamente nuestra
subsistencia, le contesté agradeciendo su generosa oferta,
pero excusándome de aceptarla porque sucediera lo que
sucediera, preferiría quedarme y correr la misma suerte
de mi país. Quisiera yo saber si algunos de los que entonces
--y luego-- cantaron loas al vencedor, puestos en mi caso hubiesen
dado la misma respuesta. Preferí pues, enfrentarme sola
como me enfrenté con todos los trabajos y problemas que
esperaban aquí a una mujer ya vieja, no hecha a la lucha
y ajena en absoluto a la clase triunfadora. Dispuesta además
a no identificarme con ella, entre otras razones porque antes
no lo había hecho". Y en otra carta de 1987 expresa: "Cuando
se producen los sucesos históricos que todos conocemos,
yo me quedé al margen de ellos. No quise unirme al carro
del vencedor como hicieron otros sin ningún derecho, nunca
pertenecí a un bando político y no tenía
por qué hacerlo entonces, salvo que me moviera algún
interés bastardo. Me quedé pues tranquilamente
en mi casa, porque tampoco tenía nada que temer. Ése
fue al parecer mi pecado, y me castigaron con el silencio".
Y del mismo modo que antes no se dejó amilanar por los
reveses, cuando vino su recuperación no se dejó deslumbrar
por los premios y halagos. En una carta de 1990 le comenta a
su amigo que "ahora están en el portal un par de
tontos esperándome. Otro quiere que tome parte en no sé qué evento
sobre Julián del Casal. ¿Por qué no se acordaron
de mí? Treinta años dormí como la Bella
Durmiente, porque fueron treinta equivalentes a cien. Ahora me
alegan que porque no habían nacido. Miren que esto es
triste, tener que empezar con gente que no existía cuando
existía yo". Para una escritora de su edad, la rectificación
de las injusticias cometidas llegaba demasiado tarde: "Perdí el
tiempo mejor, que no es precisamente el de la juventud sino el
de la madurez, y el tiempo es la única cosa que no puede
recuperarse".
Pero Cartas que no se extraviaron no sólo nos entrega
la imagen íntegra de esta mujer, que con su dignidad solitaria
y su silencio elegante y cargado de mensajes se convirtió en
un mito viviente, en una leyenda. Es también el reconocimiento
emocionado a Aldo Martínez Malo, a cuyo incansable empeño
se debe la creación de la Fundación Hermanos Loynaz,
y al que nuestra cultura tiene mucho que agradecerle. Dulce María
Loynaz, por su parte, ya lo hizo en vida, cuando en una de sus
cartas le da las "gracias por la fe que tiene en mí,
por el fugaz pero cálido rescoldo que ha animado en mi
fría existencia. (...) Su voz fue la única que
logró traspasar el cerco de tinieblas: su voz llegó a
mí, cuando todos callaban resguardándose en un
silencio cómplice de la injusticia".
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