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POR
CARLOS ESPINOSA DOMÍNGUEZ, Miami *
Una
Isla dentro
de una Isla: la imagen íntegra de Dulce María Loynaz
Hace
cinco años, las fundaciones Jorge Guillén (Valladolid) y
Hermanos Loynaz (Pinar del Río) coeditaron un volumen, Cartas que
no se extraviaron, que vio la luz en España. Es un libro cuya circulación
ha sido más bien escasa y que, por eso, muchos no conocen, pero
que constituye un valioso testimonio para conocer mejor a esta relevante
escritora, cuyo centenario celebramos este mes.
El
libro recoge una muestra del epistolario de la autora de Jardín.
Tiene un primer bloque donde se reproducen cartas fechadas entre 1932 y
1942, que Dulce María dirigió, entre otros, a escritores
como Carmen Conde, José María Chacón y Calvo, Virgilio
Piñera, Gabriela Mistral, Juan Ramón Jiménez y Emilio
Ballagas. La sección más interesante y la que ocupa más
espacio (ciento cinco de las ciento noventa y siete páginas que
tiene el volumen) es, sin embargo, la segunda, integrada por las cuarenta
y siete cartas que envió, entre 1971 y 1991, al periodista y escritor
Aldo Martínez Malo. Una cifra que viene a ser un simple botón
de muestra –así apunta el destinatario en la introducción--
de las más de mil que la escritora le envió. En todo caso,
son suficientes para reconstruir el itinerario de la hermosa y limpia amistad
que se estableció entre Dulce María y aquel joven admirador
pinareño, que se iba a convertir en el más celoso custodio
de su legado literario.
En
la primera carta, Dulce María se admira de que Martínez Malo
conozca toda su obra, a excepción de Últimos días
de una casa. Aunque entonces, por razones lógicas, no le da más
explicaciones, las causas de su asombro son obvias: hacía trece
años que nada suyo se publicaba en la Isla, y aún tendrían
que pasar trece más para que ese olvido de las editoriales finalizara.
Se refiere, no obstante, a lo mucho que para ella pesan ya los años,
más pesados que "el cortejo de penas y fatigas que han venido
siguiéndonos". A ello opone, sin embargo, la satisfacción
por lo que alcanzó a hacer: "Desde luego, está la obra
y eso no me lo puede quitar nadie. Aunque quisieran. Contra ella nada pueden
ni los años ni los hombres que tanto han podido contra mí".
A medida que va ganándose su confianza y su aprecio, Martínez
Malo la convence para que colabore con él en el proyecto de escribir
un libro sobre ella, pese a que entonces las posibilidades de que se pudiera
publicar en Cuba eran remotísimas. Así, en 1975 Dulce María
le apunta: "Sea como usted quiera. Escriba la biografía de
una poetisa olvidada. Sólo pongo una condición: que lleve
ese título".
Conviene
detenernos en las causas que motivaron el largo ostracismo que sufrió Dulce
María en esa nueva realidad que la rechazó, pero que no logró excluirla
de un ámbito cultural y vital del que, por derecho y méritos
propios, ella formaba parte. En una sociedad donde el arte y la cultura
habían pasado a ser "un arma al servicio de la revolución",
no había espacio para una obra que para Cintio Vitier está "sostenida
en su trémula delicadeza y en sus puras inflexiones líricas".
En realidad, tanto Dulce María como su obra eran inofensivas para
la revolución, pero desafortunadamente a los funcionarios y comisarios
les tomó muchos años llegar a comprenderlo. Hay quienes sostienen
que la marginación a la que fue confinada la escritora se debió a
la intervención personal de Nicolás Guillén. Sea cierto
o no, en una carta de 1981 Dulce María cuenta a Martínez
Malo un incidente que la llevó a enfrentarse con el entonces presidente
de la UNEAC. Año y pico antes, la revista Bohemia publicó una
entrevista con Dámaso Alonso hecha por Guillén. Allí,
a una pregunta del poeta español, éste le contesta que la
Academia Cubana de la Lengua era ya como si no existiera, pues a la caída
de la dictadura de Batista, sus miembros se habían puesto en fuga,
etcétera. Para Dulce María, "esta ofensa gratuita hecha
por alguien a quien nunca y en ninguna forma nosotros habíamos agraviado,
pecaba además de injusta y mentirosa". Reconocía que
algunos miembros de la Academia se marcharon del país, "no
a la caída de la dictadura, pues no tenían ningún
vínculo vergonzoso con ella, pero sí al cabo de algún
tiempo por distintas razones, entre ellas, sin duda, la de no estar de
acuerdo con el régimen imperante". Y argumentaba luego: "¿Cuántos
que recibieron con palmas al nuevo caudillo no se marcharon después? ¿Cuántos
que llegaron al Poder con sus huestes, lo abandonaron por la razón
que fuese? ¿Cuántos lo siguen abandonando todavía?".
Comenta,
además, las difíciles condiciones en que la Academia se había
visto obligada a funcionar, "sin casa, sin subsidio, sin voz pública,
sin nada... Pero subsistimos, y ése ha sido nuestro pecado".
De ahí su indignación por las palabras de Guillén;
por el silencio de Dámaso Alonso, "que no lo refutó ni
siquiera levemente"; y por que Bohemia publicara la entrevista y se
negase luego a hacer lo mismo con la carta en la que, "en términos
muy dignos y mesurados", del Doctor Dihigo, presidente de la Academia,
aclaraba lo que sobre ésta se había dicho. Desde entonces,
escribe Dulce María, "no he hecho yo otra cosa que sentarme
a la puerta de mi tienda a ver pasar el cadáver de mi enemigo".
La oportunidad demoró año y pico, pero al fin llegó.
Gracias a la ayuda de una amiga, la periodista Nidia Saravia, Bohemia aceptó incluir
en sus páginas un texto suyo, Palabras cruzadas, donde más
que "una pequeña venganza", quiso "poner las cosas
en su sitio". En esa carta a su amigo pinareño, aquella mujer
suave, pequeña, delicada, demuestra que también poseía
un carácter rotundo y firme, al expresar: "De ese modo, en
la misma revista que dio publicidad al infundio de Guillén, doy
fe de vida de la negada Academia; en la misma revista que no quiso publicar
la carta aclaratoria de nuestro Director, publico yo que en la Academia
se trabaja; y por último me doy el gusto de poner en ridículo
al Sr. Guillén que todavía a los ochenta años hace
versos de amor y no cesa de estar abrumándonos con su verborrea
senil y, al parecer, incontenible".
A
medida que el intercambio epistolar con su fiel lector se regulariza, las
cartas de Dulce María se hacen más largas, pues como ella
comenta, nunca supo "escribir cartas breves, de las que se hacen para
salir del paso". En 1974 le envía a Martínez Malo, en
calidad de préstamo, el tomo IV de las Obras Completas de Gertrudis
Gómez de Avellaneda, y le pide que "vea como prueba de amistad
el ponerlo en sus manos". Era uno de los muchos ejemplares valiosos
que atesoró a lo largo de una vida dominada por una gran pasión:
la literatura. En 1976, en respuesta a algo que Martínez Malo le
cuenta, escribe: "Comprendo que le acongoje el espectáculo
de una biblioteca destruida. ¿Pero qué quiere usted, amigo
mío? Hemos visto tantas destrucciones en torno nuestro que ya no
hacemos más que eso mismo, cruzarnos de brazos. Yo procuro salvar
la mía, aun preguntándome cuál será su destino.
Quizás el que tuvo la de mi padre, la fábrica de pulpa de
papel de Puentes Grandes...".
Hay,
como es natural, abundantes referencias a la literatura y a varios de los
escritores que Dulce María conoció y trató. De Ramón
Menéndez Pidal anota que era "un anciano que rezumaba erudición
por todos los poros". Interrogada por Martínez Malo acerca
de Juan Ramón Jiménez, le contesta que "más me
impresionó Zenobia, cuya personalidad parecía apagar más
al marido tristón y silencioso". Dedica unas hermosas palabras
a Regino Pedroso, "un espíritu exquisito, hecho para los altos
vuelos, para las más transparentes regiones del aire". Cuenta
cómo, poco antes de morir, José Lezama Lima le dirigió una
carta para comentarle Jardín, que hasta entonces no había
leído. Descifrar la letra del autor de Paradiso sólo fue
posible gracias a la ayuda del padre Gaztelu, quien le pidió que
le regalase la misiva. No faltan los comentarios sobre su obra, ante el
insistente y en ocasiones inquisitivo interés de Martínez
Malo, "que quiere saberlo todo". De su conocida novela le dice
que "es un libro que se ha convertido en mi sombra"; y apunta
que "la historia de mi heroína es aburrida, aunque bien escrita".
Se muestra extremadamente generosa cuando se refiere a la obra de sus hermanos,
en particular Enrique, por quien confiesa sentir "una especial predilección".
Y anota: "Ganas de llorar siento todavía al pensar cómo
se fue del mundo sin que nadie o casi nadie conociera su talento, su sabiduría,
su gran bondad de corazón".
A
pesar de que en una carta de los ochenta le comenta a Martínez Malo
que su largo trato con él ha estado desligado de temas políticos,
en varias ocasiones Dulce María deja traslucir con claridad diáfana
cuál es su postura respecto a lo que sucedió en Cuba después
de 1959. En febrero de 1985, cuando ya se ha puesto en marcha su tardía
recuperación, escribe: "Yo estoy aquí por mi voluntad
y a todas sus consecuencias, y si lo decidí así, fue con
sentido de responsabilidad, sabiendo que tendría que respetar las
leyes del país donde me quedaba, aunque fueran contrarias a mi modo
de pensar y de sentir". A lo cual añade: "A Don Manuel
Aguilar, mi editor, que bondadosamente me escribió poniendo a nuestra
disposición un piso nuevo que acababa de adquirir en Madrid, y con
el piso, medios de ganar decorosamente nuestra subsistencia, le contesté agradeciendo
su generosa oferta, pero excusándome de aceptarla porque sucediera
lo que sucediera, preferiría quedarme y correr la misma suerte de
mi país. Quisiera yo saber si algunos de los que entonces --y luego--
cantaron loas al vencedor, puestos en mi caso hubiesen dado la misma respuesta.
Preferí pues, enfrentarme sola como me enfrenté con todos
los trabajos y problemas que esperaban aquí a una mujer ya vieja,
no hecha a la lucha y ajena en absoluto a la clase triunfadora. Dispuesta
además a no identificarme con ella, entre otras razones porque antes
no lo había hecho". Y en otra carta de 1987 expresa: "Cuando
se producen los sucesos históricos que todos conocemos, yo me quedé al
margen de ellos. No quise unirme al carro del vencedor como hicieron otros
sin ningún derecho, nunca pertenecí a un bando político
y no tenía por qué hacerlo entonces, salvo que me moviera
algún interés bastardo. Me quedé pues tranquilamente
en mi casa, porque tampoco tenía nada que temer. Ése fue
al parecer mi pecado, y me castigaron con el silencio".
Y
del mismo modo que antes no se dejó amilanar por los reveses, cuando
vino su recuperación no se dejó deslumbrar por los premios
y halagos. En una carta de 1990 le comenta a su amigo que "ahora están
en el portal un par de tontos esperándome. Otro quiere que tome
parte en no sé qué evento sobre Julián del Casal. ¿Por
qué no se acordaron de mí? Treinta años dormí como
la Bella Durmiente, porque fueron treinta equivalentes a cien. Ahora me
alegan que porque no habían nacido. Miren que esto es triste, tener
que empezar con gente que no existía cuando existía yo".
Para una escritora de su edad, la rectificación de las injusticias
cometidas llegaba demasiado tarde: "Perdí el tiempo mejor,
que no es precisamente el de la juventud sino el de la madurez, y el tiempo
es la única cosa que no puede recuperarse".
Pero
Cartas que no se extraviaron no sólo nos entrega la imagen íntegra
de esta mujer, que con su dignidad solitaria y su silencio elegante y cargado
de mensajes se convirtió en un mito viviente, en una leyenda. Es
también el reconocimiento emocionado a Aldo Martínez Malo,
a cuyo incansable empeño se debe la creación de la Fundación
Hermanos Loynaz, y al que nuestra cultura tiene mucho que agradecerle.
Dulce María Loynaz, por su parte, ya lo hizo en vida, cuando en
una de sus cartas le da las "gracias por la fe que tiene en mí,
por el fugaz pero cálido rescoldo que ha animado en mi fría
existencia. (...) Su voz fue la única que logró traspasar
el cerco de tinieblas: su voz llegó a mí, cuando todos callaban
resguardándose en un silencio cómplice de la injusticia".
*
Para Cubaencuentro.com, Madrid / Diciembre 10, 2002
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