| Diario
de una escritora con jardín Belkis Cuza Malé, enero
7, 2003 Queridos amigos: ... sin más preámbulo, les
envío este Boletín con un capítulo de mi libro
inédito “Diario de una escritora con jardín”,
escrito en Cuba y que abarca desde 1970 a 1979, año de mi salida
de la isla.
Cumanayagua: una experiencia única Sábado,
7 de agosto de 1971 Hace una semana que llegamos. Sin duda, el
lugar es lindo. Vivimos en el Plan de Cítricos Arimao, muy cerca
de Cumanayagua. Todo esto pertenece al Plan Especial del Escambray.
La casita es pequeña: dos dormitorios, sala, comedor, cocina,
baño al final de los cuartos, y al frente un pequeño
portal. Tiene aspecto de casita humilde de campo, como las que yo dibujaba
de niña y que de algún modo remedaban al clásico
bohío. Pero la han recién pintado: azul, rosado, beige,
verde. Una verdadera amalgama, como para que se alegren sus ocupantes.
Sólo el azul es muy lindo. El techo es blanco y de madera, al
igual que las persianas, pero las paredes divisorias no alcanzan el
techo y esto le da aspecto de vivienda humilde. En un principio
dijeron que era una casa provisional, que la nuestra sería en
definitiva la de al lado, rodeada de corredores y con mejor aspecto;
que tan sólo tendríamos que esperar a que se mudara "el
Caballo de Yaguarama"(*), que ahora la habita con su familia.
Pero no lo creo, porque han arreglado para nosotros ésta en
que ahora vivimos y hasta la han pintado, como digo. Y lo siento, porque
la casa del Sub-Capitán Gustavo Castellón --que es el
verdadero nombre del "Caballo de Yaguarama"-- está cercada,
tiene aire de trópico bien cuidado y hay muchas flores alrededor.
Una casa con encanto modesto, que no abunda sin embargo en los alrededores. Y
apenas si hace una semana y ya surge ante mis ojos, bañada con
la aureola de lo desconocido como si la habitaran seres extraídos
de la imaginación, no este hombre famoso en la comarca por sus
actividades con el ejército durante la Lucha contra los alzados
de la zona, al que no hemos visto aún porque según cuentan
anda siempre afuera. Pero alguna que otra vez ha asomado el rostro
Neyda, su esposa, una muchacha rubia, tímida, de aspecto más
bien agradable, madre de dos niñitos rubios que parecen adorar
las pistolas y todas las armas de fuego. Se irán al pueblo,
a vivir en una de esas casas de mal gusto que se enciman sobre las
aceras y tragan todo el polvo de estos caseríos. Se irán,
dicen, pero mientras, aquí estamos, viendo cómo las ratas
cruzan por encima de las divisiones del cuarto, tapando huecos para
que no perforen los cartuchos con la comida que hay depositada en la
alacena del comedor. No hemos traído nada, tan sólo
nuestras ropas y algunos efectos personales. Aquí encontramos
de todo: cacerolas, losa, sábanas y toallas, y antier nos enviaron
dos manteles para la mesa del comedor. Cuando me despierto en la noche
por el trajín de las ratas, me pregunto con inquietud, casi
con asombro, qué hacemos aquí. Creo que nadie ha podido
explicárnoslo todavía. Vinimos como va uno a ciertos
sitios, sin mucho entusiasmo, dejándose llevar por razones ajenas.
La cosa se había presentado de momento. Un día Alberto
Mora (**) se apareció por casa contándonos lo maravilloso
que había sido su recorrido por el interior de la isla como
emisario de Fidel, viendo y recogiendo impresiones en un Chevrolet
Bel-Air del año cincuenta y siete que le habían facilitado.
El informe de Alberto nos incluía a nosotros, por supuesto.
Era partidario de que fuésemos a algún sitio en el campo,
que saliéramos del agobio de la gran ciudad llena de problemas.
Le había encantado el Escambray, la obra gigantesca que --contaba
con entusiasmo nada común en él-- había encontrado
a su paso por aquella tierra. "Te gustará el Escambray,
Heberto; para ti es ideal porque tiene un clima único, frío
como te gusta. Y luego, cuando pase un poco el tiempo, cuando todo
se haya olvidado, volverás a La Habana y las cosas serán
distintas. Yo sé que le agradará mucho a Fidel que escojas
el campo". Y aquí estamos ahora sin saber bien si
era correcto este paso, desorientados en medio de un ambiente completamente
inusitado, aunque amable, pero inusitado. Sin embargo, no había
que tener mucha imaginación para conocer cómo sería
nuestra vida acá. Cuando visitamos por primera vez el sitio,
en aquel VW, con Gustavo toda amabilidad y sonrisas (el mismo hombre
designado por la Seguridad del Estado para vigilarnos), lleno ahora
de un entusiasmo que no le correspondía, caí en la cuenta:
no había dónde escoger ni teníamos otra alternativa.
Y Alberto lo sabía y trataba de entusiasmarnos con el paisaje. Lo
primero que tuve ante mis ojos cuando visitamos la casa en aquella
ocasión fue un ramo de flores. Las señoras de la Federación
de Mujeres --que limpiaban a toda prisa la desordenada vivienda-- parecían
ignorar quiénes serían los nuevos huéspedes. Les
habían pedido colaboración en una actividad que para
ellas debía tener toda la traza de la actividad política
acostumbrada, y por eso no podían imaginar ni remotamente quiénes éramos. Me
ofrecieron los flores, sus casas y prometieron invitarnos a conocer
a sus familias; es decir, un trato demasiado amistoso para que sospechasen
que se trataba de gente con problemas con la Revolución. ¿Acaso
la orden no había sido arreglar rápidamente la casita? ¿No
había movilizado el Partido regional a sus albañiles
y fabricado un nuevo baño y una nueva cocina, a la que se le
había añadido una estufa de gas y un refrigerador, y
se habían traído muebles de las viviendas del gobierno
en los edificios recientemente fabricados? El caos era total
desde nuestra llegada; como si no supieran qué hacer a ciencia
cierta con nosotros una vez instalados allí, como si esta confusión
reinante los obligara de algún modo a cubrir huecos, vacíos,
en una relación improvisada entre bastidores. Así comenzaron
a llegar excesivas cantidades de carne, queso, tabaco, arroz, picadillo
de carne en latas, galletas. Y todo eso para nosotros, para que alimentáramos
la idea de que con este trato único se intentaba limar asperezas,
congraciarnos con la esperanza. Nicolás Chao, primer secretario
del Partido en la Región del Escambray, nos acompañò en
un inicial recorrido por las montañas. Atravesamos de norte
a sur el Escambray en su jeep de fabricación soviética;
lugares en otros tiempos infranqueables, aún en mulas. Vimos
Jibacoa, Topes de Collantes, Trinidad, Iznaga-Manacas, Casilda, la
playa El Ancón. Almorzamos espléndidamente en Topes,
en una casa de visita del Partido. Fue una larga mesa compartida por
más de cuarenta personas, todas a la expectativa de lo que dijera
el primer secretario, de por sí conversador. No se nos escapó el
hecho de que aquella comida estaba previamente coordinada y de que
nadie era ajeno a nuestra llegada, aunque Chao nos hiciera ver lo contrario.
Almorzamos bisteck, arroz blanco, ensalada de lechuga, vino tinto Baltazar
y melocotones búlgaros. Hubo hasta whiskey, otra de las sorpresas
de la tarde, que ya dejaba de serlo, porque aunque Chao se empeñara
en hacernos creer que todo era parte de la cotidianidad del lugar,
resultaba difícil imaginar a tanta gente reunida a diario alrededor
de lo que podría llamarse ahora una comida opulenta. A
la caída de la tarde nos desvíamos por un terraplén
cerca de Casilda, hacia una pequeña aldea de pescadores donde
el Partido tenía una casa de descanso. Cuco, el cocinero, nos
esperaba también con una magnífica cena: pescado empanizado,
plátanos verdes fritos, congrí y café. Allí conocimos
a Volodia (su verdadero nombre es Carlos), el jefe del Plan Especial
del Escambray: gordo, joven, de carácter afable, y al secretario
del organizador del Partido, un muchacho rubio y delgado, con unos
dientes pequeñitos y ojos turbios. A todos les ganaba Chao con
la incesante conversación, porque le gusta ir explicando lo
que vamos conociendo, y porque se las da de intelectual, por lo menos
de dirigente culto. Durante años estuvo en Topes en un puesto
importante, y entre sus hazañas cuenta con orgullo la de haber
promovido al grupo de Teatro Escambray, que dirige Sergio Corrieri.
Chao les ha ofrecido todas las facilidades para que puedan trabajar
en la zona, captando campesinos, combatiendo con un teatro militante
a los Testigos de Jehová. Pero, detrás de su amabilidad,
Chao no puede ocultar la fanfarronería del que ostenta un poder
otorgado. Aprovecha, a la entrada de Trinidad, cuando pasamos junto
al río, para detenerse y sin que pudiéramos imaginar
lo que iba a suceder, ha sacado su pistola y disparado contra uno de
los patos que nadaban apaciblemente en el río. Tuve que hacer
un esfuerzo para que no se me notara la satisfacción que me
dió ver que le había fallado la puntería. Carlos
Joaquín Serguera, historiador de Trinidad, se ha encargado de
mostrarnos el palacio Brunet, del que su mujer fue también restauradora.
Serguera habla sin cesar, con todo el cuerpo; habla de música,
de arte y de pelota (Chao se ha quedado en casa del historiador oyendo
el partido que transmiten por la radio), pero no cesa de hacer el elogio
del primer secretario, le atribuye todos los méritos de la reconstrucción
de la ciudad, del palacio Brunet, de las grandes casonas devastadas
por el tiempo. Abandonamos Trinidad rumbo a la Torre Iznaga.
Una torre y un pozo, una vieja competencia de familia, aún no
descifrada del todo; por las dudas y las interpretaciones queda esa
extraña torre en pie. Cuando regresamos a Cumanayagua nos encontramos
con el mensaje de Colina: su mujer ha dado a luz en Santa Clara. A
Colina no le gusta la carne de lata, pero es un entusiasta de los frijoles
y el arroz. Viven al frente, en una casa más humilde que la
nuestra; desde que llegamos no hace más que pedir cosas. Todos
los días, el pobre, viene por algo distinto pero en calidad
de préstamo, dice. Está encantado conque seamos sus vecinos,
de este modo se surte él también de lo no le dan por
la libreta de abastecimiento. Así, cada hora que pasa nos va
acercando a la verdad: somos los únicos con la despensa y el
refrigerador repleto de comida. Por lo visto, ésa ha sido la
orden. Otro personaje cercano a nosotros es El Guardia, secretario
del Partido Municipal de Cumanayagua, un campesino que estuvo trabajando
durante ocho años en Güinía de Miranda y que participó activamente
en la lucha contra los alzados del Escambray. Parece un vaquero o un
peón de algunos de esos planes agrícolas de por acá,
pero le dicen El Guardia y el apodo le queda como un traje a la medida. Esta
semana estuvo a visitarnos y prometió que pronto iríamos
al Tablón, la zona activa ganadera, y se extendió largamente
contándonos en detalle los problemas que han surgido con los
Testigos de Jehová, pues son muchos y andan haciendo proselitismo
todo el tiempo y hablando del Armagedón y su próxima
llegada. Cuando la conversación languideció por falta
de tema, se animó a mostrarnos las huellas de dos tiros de sub-ametralladora
que él mismo se había hecho accidentalmente. Sin duda
El Guardia es de los que no alardean más que con su propia experiencia,
que ha sido intensa, según vamos armando el rompecabezas de
este hombre. Otra cosa es Yayi, la arquitecta que dirige aquí Planificación
Física y que pasó a recogernos una mañana para
visitar La Sierrita, un pueblecito de montaña rebautizado por
los orientales. A raíz de la lucha contra los alzados,
decidieron que aquello no era la Sierra -- para Sierra, la Sierra Maestra--,
y desde entonces todo el mundo empezó a llamarla así.
Lo curioso es que el cambio ha sido total, pues el paisaje es otro;
recientemente terminaron una carretera a Topes y planean construir
un cine como el "Arimao" de Cumanayagua, que no tiene nada
que envidiarle a los de La Habana. Con Yayi fuimos al Plan de
Plátanos de Santa Martina, un bellísimo sitio de cientos
de caballerías, al que las cortinas rompevientos de pinos dan
cierto aire fantasmal. Continuamos viaje hasta el puesto de mando de
la agricultura y almorzamos allí en una vieja casa reconstruida,
antigua propiedad de un norteamericano que habitó la zona a
finales del siglo XIX. Junto a la presa del Hanabanilla, convertida
ahora en espléndido lago artificial con atracadero y pequeños
botes para navegarlo, contemplamos un paisaje ennoblecido por la mano
del hombre, al estilo de los de las clásicas bellezas suizas. Pero,
al regreso, Yayi --experta en planificación y paisajes-- no
supo responder a mi pregunta sobre la escuela primaria de Cumanayagua.
Su entusiasmo por todo lo que hace, por lo que debe planear a cada
paso en el trajín de ambientar los entornos, produciendo hermosas
piezas de jardinería como si se tratase de un tapiz donde armonizasen
los habitáculos humanos con la naturaleza, la traen distraída.
Está en el pueblo y no ve las casas. Domingo, 8 de agosto
de 1971 Ayer, inesperadamaente, se presentó Chao en casa.
Preguntó si necesitábamos comida, como si ignorara que
la alacena está repleta, que tenemos además dos cajas
de carne de picadillo ("la carne de Milián", como
le llaman irónicamente porque fue idea Arnaldo Milián,
Secretario del Partido provincial). Insistió amablemente en
traer algunas cosas que según él nos faltaban: ceniceros,
tabaco para Heberto y una cerca de madera para cerrar la casita. Veremos
si cumple y si nos enseña Ranchuelo, como también ha
prometido. No tardó en aparecer Hugo, el jefe de lote de Avilés
(donde estamos situados), para "invitarnos" al trabajo voluntario
en Tamarindo, otro de los lotes del Plan. Al sitio llegaron también
ciento cincuenta muchachas del Pedagógico de Santa Clara,
con las que trabajamos en los naranjales, aún pequeños.
Arrancar los frutos para que las matas no se debiliten y regar abonos
no fue tarea que exigiera mucho esfuerzo, porque además, las
muchachas trabajaron como hormigas organizadas. A las cuatro de la
tarde estábamos de regreso en casa. Por la noche visitamos
la Coctelera de Cumanayagua, recientemente construida; especie de cafetería-restaurante
de aspecto agradable y bastante bien atendida. Como había que
compartir las mesas para dar oportunidad a un mayor número de
personas, nos sentamos con una parejita de trece y quince años
respectivamente, con la que tuvimos la oportunidad de hablar largamente
y conocer así sus puntos de vista. Ramón, un ingenioso
niño con una cara de tonto que parecería desmentirlo,
dejaba que fuese Caridad, su amiga, más madura y astuta, quien
hiciera las conclusiones finales, incluso los juicios de valores sobre
la revolución. No, no parecían interesarse por lo que
sucedía a su alrededor, la indiferencia era total. Una extraña
indiferencia difícil de imaginar en un ambiente como aquel altamente
politizado. Insistían, con la mayor tranquilidad del mundo,
en no conocer a los dirigentes municipales del partido y no haber oído
jamás hablar de ellos. Cuando les pregunté quién
mandaba entonces en el pueblo, y Caridad me respondió sin mucho
entusiasmo que ella creía que "el Caballo de Yaguarama",
me di cuenta que la política es una decisión personal
de la que participan --como en la trayectoria de los actores de cine--,
la verdad y la mentira unidos por el hilo exitoso de la publicidad.
La torpe respuesta de Caridad dejaba al descubierto una sola cosa:
que el Partido había fracasado con sus dirigentes regionales
y por supuesto, que no era popular entre la gente joven. (*)
Según leí hace un par de años, el Sub-Capitán
Gustavo Castellón, conocido como "el Caballo de Yaguarama",
y que participó activamente en la lucha contra los campesinos
alzados en el Escambray contra la Revolución, se suicidó a
principios de la década de los 90, engrosando así la
lista de los dirigentes y personalidades que optaron por el suicidio,
llevados por el desencanto o en algunos casos, la mala conciencia. (**)
También en septiembre 13 de 1972, nuestro amigo, el comandante
Alberto Mora, hijo de Menelao Mora, muerto en el ataque a Palacio,
también se suicidaría. En su caso, las razones fueron
obvias, y respondieron a su postura de enfrentamiento y desengaño
de la Revolución.
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