 |
-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
POR
BELKIS CUZA MALÉ, Fort Worth
Diario de una
escritora con jardín
Queridos
amigos: ... sin más preámbulo, les envío este Boletín
con un capítulo de mi libro inédito “Diario de una
escritora con jardín”, escrito en Cuba y que abarca desde
1970 a 1979, año de mi salida de la isla.
Cumanayagua:
una experiencia única
Sábado,
7 de agosto de 1971
Hace
una semana que llegamos. Sin duda, el lugar es lindo. Vivimos en el Plan
de Cítricos Arimao, muy cerca de Cumanayagua. Todo esto pertenece
al Plan Especial del Escambray. La casita es pequeña: dos dormitorios,
sala, comedor, cocina, baño al final de los cuartos, y al frente
un pequeño portal. Tiene aspecto de casita humilde de campo, como
las que yo dibujaba de niña y que de algún modo remedaban
al clásico bohío. Pero la han recién pintado: azul,
rosado, beige, verde. Una verdadera amalgama, como para que se alegren
sus ocupantes. Sólo el azul es muy lindo. El techo es blanco y
de madera, al igual que las persianas, pero las paredes divisorias no
alcanzan el techo y esto le da aspecto de vivienda humilde.
En
un principio dijeron que era una casa provisional, que la nuestra sería
en definitiva la de al lado, rodeada de corredores y con mejor aspecto;
que tan sólo tendríamos que esperar a que se mudara "el
Caballo de Yaguarama"(*), que ahora la habita con su familia. Pero
no lo creo, porque han arreglado para nosotros ésta en que ahora
vivimos y hasta la han pintado, como digo. Y lo siento, porque la casa
del Sub-Capitán Gustavo Castellón --que es el verdadero nombre
del "Caballo de Yaguarama"-- está cercada, tiene aire
de trópico bien cuidado y hay muchas flores alrededor. Una casa
con encanto modesto, que no abunda sin embargo en los alrededores.
Y
apenas si hace una semana y ya surge ante mis ojos, bañada con la
aureola de lo desconocido como si la habitaran seres extraídos de
la imaginación, no este hombre famoso en la comarca por sus actividades
con el ejército durante la Lucha contra los alzados de la zona,
al que no hemos visto aún porque según cuentan anda siempre
afuera. Pero alguna que otra vez ha asomado el rostro Neyda, su esposa,
una muchacha rubia, tímida, de aspecto más bien agradable,
madre de dos niñitos rubios que parecen adorar las pistolas y todas
las armas de fuego.
Se
irán al pueblo, a vivir en una de esas casas de mal gusto que se
enciman sobre las aceras y tragan todo el polvo de estos caseríos.
Se irán, dicen, pero mientras, aquí estamos, viendo cómo
las ratas cruzan por encima de las divisiones del cuarto, tapando huecos
para que no perforen los cartuchos con la comida que hay depositada en
la alacena del comedor.
No
hemos traído nada, tan sólo nuestras ropas y algunos efectos
personales. Aquí encontramos de todo: cacerolas, losa, sábanas
y toallas, y antier nos enviaron dos manteles para la mesa del comedor.
Cuando me despierto en la noche por el trajín de las ratas, me pregunto
con inquietud, casi con asombro, qué hacemos aquí. Creo que
nadie ha podido explicárnoslo todavía. Vinimos como va uno
a ciertos sitios, sin mucho entusiasmo, dejándose llevar por razones
ajenas. La cosa se había presentado de momento. Un día Alberto
Mora (**) se apareció por casa contándonos lo maravilloso
que había sido su recorrido por el interior de la isla como emisario
de Fidel, viendo y recogiendo impresiones en un Chevrolet Bel-Air del año
cincuenta y siete que le habían facilitado. El informe de Alberto
nos incluía a nosotros, por supuesto. Era partidario de que fuésemos
a algún sitio en el campo, que saliéramos del agobio de la
gran ciudad llena de problemas. Le había encantado el Escambray,
la obra gigantesca que --contaba con entusiasmo nada común en él--
había encontrado a su paso por aquella tierra. "Te gustará el
Escambray, Heberto; para ti es ideal porque tiene un clima único,
frío como te gusta. Y luego, cuando pase un poco el tiempo, cuando
todo se haya olvidado, volverás a La Habana y las cosas serán
distintas. Yo sé que le agradará mucho a Fidel que escojas
el campo".
Y
aquí estamos ahora sin saber bien si era correcto este paso, desorientados
en medio de un ambiente completamente inusitado, aunque amable, pero inusitado.
Sin
embargo, no había que tener mucha imaginación para conocer
cómo sería nuestra vida acá. Cuando visitamos por
primera vez el sitio, en aquel VW, con Gustavo toda amabilidad y sonrisas
(el mismo hombre designado por la Seguridad del Estado para vigilarnos),
lleno ahora de un entusiasmo que no le correspondía, caí en
la cuenta: no había dónde escoger ni teníamos otra
alternativa. Y Alberto lo sabía y trataba de entusiasmarnos con
el paisaje.
Lo
primero que tuve ante mis ojos cuando visitamos la casa en aquella ocasión
fue un ramo de flores. Las señoras de la Federación de Mujeres
--que limpiaban a toda prisa la desordenada vivienda-- parecían
ignorar quiénes serían los nuevos huéspedes. Les habían
pedido colaboración en una actividad que para ellas debía
tener toda la traza de la actividad política acostumbrada, y por
eso no podían imaginar ni remotamente quiénes éramos.
Me
ofrecieron los flores, sus casas y prometieron invitarnos a conocer a sus
familias; es decir, un trato demasiado amistoso para que sospechasen que
se trataba de gente con problemas con la Revolución. ¿Acaso
la orden no había sido arreglar rápidamente la casita? ¿No
había movilizado el Partido regional a sus albañiles y fabricado
un nuevo baño y una nueva cocina, a la que se le había añadido
una estufa de gas y un refrigerador, y se habían traído muebles
de las viviendas del gobierno en los edificios recientemente fabricados?
El
caos era total desde nuestra llegada; como si no supieran qué hacer
a ciencia cierta con nosotros una vez instalados allí, como si esta
confusión reinante los obligara de algún modo a cubrir huecos,
vacíos, en una relación improvisada entre bastidores. Así comenzaron
a llegar excesivas cantidades de carne, queso, tabaco, arroz, picadillo
de carne en latas, galletas. Y todo eso para nosotros, para que alimentáramos
la idea de que con este trato único se intentaba limar asperezas,
congraciarnos con la esperanza.
Nicolás
Chao, primer secretario del Partido en la Región del Escambray,
nos acompañò en un inicial recorrido por las montañas.
Atravesamos de norte a sur el Escambray en su jeep de fabricación
soviética; lugares en otros tiempos infranqueables, aún en
mulas. Vimos Jibacoa, Topes de Collantes, Trinidad, Iznaga-Manacas, Casilda,
la playa El Ancón. Almorzamos espléndidamente en Topes, en
una casa de visita del Partido. Fue una larga mesa compartida por más
de cuarenta personas, todas a la expectativa de lo que dijera el primer
secretario, de por sí conversador. No se nos escapó el hecho
de que aquella comida estaba previamente coordinada y de que nadie era
ajeno a nuestra llegada, aunque Chao nos hiciera ver lo contrario. Almorzamos
bisteck, arroz blanco, ensalada de lechuga, vino tinto Baltazar y melocotones
búlgaros. Hubo hasta whiskey, otra de las sorpresas de la tarde,
que ya dejaba de serlo, porque aunque Chao se empeñara en hacernos
creer que todo era parte de la cotidianidad del lugar, resultaba difícil
imaginar a tanta gente reunida a diario alrededor de lo que podría
llamarse ahora una comida opulenta.
A
la caída de la tarde nos desvíamos por un terraplén
cerca de Casilda, hacia una pequeña aldea de pescadores donde el
Partido tenía una casa de descanso. Cuco, el cocinero, nos esperaba
también con una magnífica cena: pescado empanizado, plátanos
verdes fritos, congrí y café. Allí conocimos a Volodia
(su verdadero nombre es Carlos), el jefe del Plan Especial del Escambray:
gordo, joven, de carácter afable, y al secretario del organizador
del Partido, un muchacho rubio y delgado, con unos dientes pequeñitos
y ojos turbios. A todos les ganaba Chao con la incesante conversación,
porque le gusta ir explicando lo que vamos conociendo, y porque se las
da de intelectual, por lo menos de dirigente culto. Durante años
estuvo en Topes en un puesto importante, y entre sus hazañas cuenta
con orgullo la de haber promovido al grupo de Teatro Escambray, que dirige
Sergio Corrieri. Chao les ha ofrecido todas las facilidades para que puedan
trabajar en la zona, captando campesinos, combatiendo con un teatro militante
a los Testigos de Jehová.
Pero,
detrás de su amabilidad, Chao no puede ocultar la fanfarronería
del que ostenta un poder otorgado. Aprovecha, a la entrada de Trinidad,
cuando pasamos junto al río, para detenerse y sin que pudiéramos
imaginar lo que iba a suceder, ha sacado su pistola y disparado contra
uno de los patos que nadaban apaciblemente en el río. Tuve que hacer
un esfuerzo para que no se me notara la satisfacción que me dió ver
que le había fallado la puntería.
Carlos
Joaquín Serguera, historiador de Trinidad, se ha encargado de mostrarnos
el palacio Brunet, del que su mujer fue también restauradora. Serguera
habla sin cesar, con todo el cuerpo; habla de música, de arte y
de pelota (Chao se ha quedado en casa del historiador oyendo el partido
que transmiten por la radio), pero no cesa de hacer el elogio del primer
secretario, le atribuye todos los méritos de la reconstrucción
de la ciudad, del palacio Brunet, de las grandes casonas devastadas por
el tiempo.
Abandonamos
Trinidad rumbo a la Torre Iznaga. Una torre y un pozo, una vieja competencia
de familia, aún no descifrada del todo; por las dudas y las interpretaciones
queda esa extraña torre en pie. Cuando regresamos a Cumanayagua
nos encontramos con el mensaje de Colina: su mujer ha dado a luz en Santa
Clara. A Colina no le gusta la carne de lata, pero es un entusiasta de
los frijoles y el arroz. Viven al frente, en una casa más humilde
que la nuestra; desde que llegamos no hace más que pedir cosas.
Todos los días, el pobre, viene por algo distinto pero en calidad
de préstamo, dice. Está encantado conque seamos sus vecinos,
de este modo se surte él también de lo no le dan por la libreta
de abastecimiento. Así, cada hora que pasa nos va acercando a la
verdad: somos los únicos con la despensa y el refrigerador repleto
de comida. Por lo visto, ésa ha sido la orden.
Otro
personaje cercano a nosotros es El Guardia, secretario del Partido Municipal
de Cumanayagua, un campesino que estuvo trabajando durante ocho años
en Güinía de Miranda y que participó activamente en
la lucha contra los alzados del Escambray. Parece un vaquero o un peón
de algunos de esos planes agrícolas de por acá, pero le dicen
El Guardia y el apodo le queda como un traje a la medida.
Esta
semana estuvo a visitarnos y prometió que pronto iríamos
al Tablón, la zona activa ganadera, y se extendió largamente
contándonos en detalle los problemas que han surgido con los Testigos
de Jehová, pues son muchos y andan haciendo proselitismo todo el
tiempo y hablando del Armagedón y su próxima llegada. Cuando
la conversación languideció por falta de tema, se animó a
mostrarnos las huellas de dos tiros de sub-ametralladora que él
mismo se había hecho accidentalmente. Sin duda El Guardia es de
los que no alardean más que con su propia experiencia, que ha sido
intensa, según vamos armando el rompecabezas de este hombre.
Otra
cosa es Yayi, la arquitecta que dirige aquí Planificación
Física y que pasó a recogernos una mañana para visitar
La Sierrita, un pueblecito de montaña rebautizado por los orientales.
A raíz de la lucha contra los
alzados,
decidieron que aquello no era la Sierra -- para Sierra, la Sierra Maestra--,
y desde entonces todo el mundo empezó a llamarla así. Lo
curioso es que el cambio ha sido total, pues el paisaje es otro; recientemente
terminaron una carretera a Topes y planean construir un cine como el "Arimao" de
Cumanayagua, que no tiene nada que envidiarle a los de La Habana.
Con
Yayi fuimos al Plan de Plátanos de Santa Martina, un bellísimo
sitio de cientos de caballerías, al que las cortinas rompevientos
de pinos dan cierto aire fantasmal. Continuamos viaje hasta el puesto de
mando de la agricultura
y almorzamos allí en una vieja casa reconstruida, antigua propiedad
de un norteamericano que habitó la zona a finales del siglo XIX.
Junto
a la presa del Hanabanilla, convertida ahora en espléndido lago
artificial con atracadero y pequeños botes para navegarlo, contemplamos
un paisaje ennoblecido por la mano del hombre, al estilo de los de las
clásicas bellezas suizas.
Pero,
al regreso, Yayi --experta en planificación y paisajes-- no supo
responder a mi pregunta sobre la escuela primaria de Cumanayagua. Su entusiasmo
por todo lo que hace, por lo que debe planear a cada paso en el trajín
de ambientar los entornos, produciendo hermosas piezas de jardinería
como si se tratase de un tapiz donde armonizasen los habitáculos
humanos con la naturaleza, la traen distraída. Está en el
pueblo y no ve las casas.
Domingo,
8 de agosto de 1971
Ayer,
inesperadamaente, se presentó Chao en casa. Preguntó si necesitábamos
comida, como si ignorara que la alacena está repleta, que tenemos
además dos cajas de carne de picadillo ("la carne de Milián",
como le llaman irónicamente porque fue idea Arnaldo Milián,
Secretario del Partido provincial). Insistió amablemente en traer
algunas cosas que según él nos faltaban: ceniceros, tabaco
para Heberto y una cerca de madera para cerrar la casita. Veremos si cumple
y si nos enseña Ranchuelo, como también ha prometido. No
tardó en aparecer Hugo, el jefe de lote de Avilés (donde
estamos situados), para "invitarnos" al trabajo voluntario en
Tamarindo, otro de los lotes del Plan. Al sitio llegaron también
ciento cincuenta muchachas del
Pedagógico
de Santa Clara, con las que trabajamos en los naranjales, aún pequeños.
Arrancar los frutos para que las matas no se debiliten y regar abonos no
fue tarea que exigiera mucho esfuerzo, porque además, las muchachas
trabajaron como hormigas organizadas. A las cuatro de la tarde estábamos
de regreso en casa.
Por
la noche visitamos la Coctelera de Cumanayagua, recientemente construida;
especie de cafetería-restaurante de aspecto agradable y bastante
bien atendida. Como había que compartir las mesas para dar oportunidad
a un mayor número de personas, nos sentamos con una parejita de
trece y quince años respectivamente, con la que tuvimos la oportunidad
de hablar largamente y conocer así sus puntos de vista. Ramón,
un ingenioso niño con una cara de tonto que parecería desmentirlo,
dejaba que fuese Caridad, su amiga, más madura y astuta, quien hiciera
las conclusiones finales, incluso los juicios de valores sobre la revolución.
No, no parecían interesarse por lo que sucedía a su alrededor,
la indiferencia era total. Una extraña indiferencia difícil
de imaginar en un ambiente como aquel altamente politizado. Insistían,
con la mayor tranquilidad del mundo, en no conocer a los dirigentes municipales
del partido y no haber oído jamás hablar de ellos. Cuando
les pregunté quién mandaba entonces en el pueblo, y Caridad
me respondió sin mucho entusiasmo que ella creía que "el
Caballo de Yaguarama", me di cuenta que la política es una
decisión personal de la que participan --como en la trayectoria
de los actores de cine--, la verdad y la mentira unidos por el hilo exitoso
de la publicidad. La torpe respuesta de Caridad dejaba al descubierto una
sola cosa: que el Partido había fracasado con sus dirigentes regionales
y por supuesto, que no era popular entre la gente joven.
(*)
Según leí hace un par de años, el Sub-Capitán
Gustavo Castellón, conocido como "el Caballo de Yaguarama",
y que participó activamente en la lucha contra los campesinos
alzados en el Escambray contra la Revolución, se suicidó a
principios de la década de los 90, engrosando así la lista
de los dirigentes y personalidades que optaron por el suicidio, llevados
por el desencanto o en algunos casos, la mala conciencia.
(**)
También en septiembre 13 de 1972, nuestro amigo, el comandante Alberto
Mora, hijo de Menelao Mora, muerto en el ataque a Palacio, también
se suicidaría. En su caso, las razones fueron obvias, y respondieron
a su postura de enfrentamiento y desengaño de la Revolución.
Enero
7, 2003
....................................................................................................................................................................................
|