| La
Cultura del Poder. Vanguardia revolucionaria versus vanguardia
intelectual. De cómo la sangre llegó al río.
Dennos Matos, desde Madrid
Cubaencuentro, enero 24, 2003
Años sesenta: Nunca antes en la historia cultural cubana
un gobierno había abierto horizontes tan amplios y profundos,
planteados desde un discurso democrático y popular. Tampoco
nunca antes la vanguardia intelectual y artística había
soñado contar con tantos medios para producir y difundir,
a una escala social inimaginable hasta entonces, su experimentación
creadora, lo cual la convertía en sujeto y objeto de transformación
de la realidad cultural en la Isla. Para la mayor parte de los
intelectuales y artistas de aquel momento, el desarrollo del
programa revolucionario representaba el progreso. Estas condiciones
hacen posible que, por ejemplo, jóvenes escritores como
Jesús Díaz y Juan Valdés-Paz, en el texto
Vanguardia, tradición y subdesarrollo —número
5 de la Revolución y Cultura de 1968— afirmen "que
las vanguardias culturales, hasta aquí condenadas virtualmente
a la clandestinidad histórica, constituyen sus aspiraciones
en políticas".
Es
precisamente en la consecución de estas aspiraciones
donde el proyecto de la vanguardia artística, consciente
de un panorama de subdesarrollo sociocultural y, por tanto, centrada
en buscar nuevos lenguajes y conceptos con los que reinventar
las categorías interpretativas de la tradición
cultural cubana, entronca con el proyecto de la vanguardia política
revolucionaria. Para Rafael Hernández —La otra muerte
del dogma, en La Gaceta de Cuba de 1994—, esta vanguardia
política ya ha asumido en cierto sentido el papel de vanguardia
intelectual, "en la medida en que produjo la ruptura con
viejos esquemas y la apertura de nuevas visiones sobre la realidad
nacional e internacional". Sin embargo, la confluencia en
puntos importantes del programa de ambas vanguardias no es suficiente
para que el matrimonio entre el poder revolucionario y la intelectualidad
se consume.
Hacia
finales de los sesenta, la revolución toma una
serie de medidas dirigidas a eliminar aquellos símbolos
y representaciones que, en el orden económico, político
e ideológico, significaban la existencia de un espacio
plural. En esta llamada "Ofensiva Revolucionaria",
el Gobierno enfrenta abiertamente y barre lo que podía
quedar de independencia en el campo del pensamiento. Pero la
revolución necesitaba controlar el capital simbólico
del que, en el plano sociocultural, los artistas e intelectuales
eran portadores. En otras palabras: precisaba apropiarse de esos
distintivos y representatividad social, empleándolos para
desarrollar aquellos vectores de su programa que le legitimarían
a la hora de abordar a corto y largo plazo el adoctrinamiento
de las masas. El poder revolucionario pretendía, además,
que en la operación los intelectuales convocados prescindieran
de su individualidad creativa y distanciamiento crítico,
o lo que es lo mismo, les exigía que desecharan, de forma
consciente y militante, la ya de por sí desarticulada
autonomía expresiva del campo cultural. Desde entonces,
este último gravita alrededor de un centro político
que en un primer momento intentará animarlo, dando muestras
de tolerancia y simpatía por la actividad artística,
pero que más tarde —ya controlado el campo y neutralizada
su capacidad de generar respuestas— se dedica a dictar
el contenido de la producción intelectual.
Esta
postura denota, en buena medida, el peligro que representaba
la actividad crítica para el rumbo totalitario tomado
por la revolución y, por ende, la desconfianza política
de que eran objeto los intelectuales y artistas. ¿Cómo
argumentar esta actitud de manera que resultara lo menos sospechosa
posible de cara al paulatino control de la esfera cultural? La
dirigencia revolucionaria comienza, por un lado, a reprocharle
a los intelectuales su escasa participación en la lucha
contra Batista. Por el otro, a utilizar una retórica marxista
esclerótica, articulada sobre la base del discurso nacionalista:
comienza a desentrañar la "tradicional mentalidad
pequeño-burguesa" de la clase pensante. Ambas tácticas
cierran el círculo, y el estigma de no ser "auténticamente
revolucionaria" empieza a planear sobre la producción
intelectual. Según Fidel Castro, el verdadero intelectual
o artista revolucionario sería "aquel que estuviera
dispuesto a sacrificar hasta su propia vocación artística
por la revolución". Aquí se plantea ya el
desgarrante dilema enfrentado por el creador cubano tras 1959:
quiere apoyar y servir al proyecto cultural revolucionario, pero
mantenerse fiel a su vocación literaria o artística.
Una
situación que se agudiza a medida que las facciones
identificadas con los dogmas seudo-marxistas se van haciendo
con el poder. Una buena parte de la intelectualidad cubana no
pudo (o no quiso) asumir la duplicidad ética y estética
necesaria para nadar entre dos aguas. Contestó reivindicando
la libertad creativa como derecho inalienable. Es el origen de
los desencuentros, de las rupturas y de los amargos silencios
creativos. De las persecuciones y el ostracismo de los herejes
y renegados. Sobre todo después de que la fidelidad a
la revolución fuera enmarcada por rígidos esquemas
ideológicos y el derecho a la libertad creativa provocara,
en un marco institucionalizado, sospechas y desconfianzas mutuas.
La vanguardia intelectual veía que el acceso a los nuevos
espacios culturales no dependía ya de su talento o esfuerzo,
sino de su capacidad para aceptar y divulgar el credo del poder
político. La vanguardia revolucionaria, temiendo que su
autoridad pudiera ser resquebrajada en la medida en que fuera
cuestionada la integridad ideológica de sus postulados
culturales, desautorizó socialmente la legitimidad del
campo intelectual y artístico. Ello motivó la categórica
descalificación de quienes pretendían fortalecer
la autonomía del pensamiento. Desde entonces, como puede
leerse en El socialismo y el hombre en Cuba, impedir "que
la generación actual, dislocada por sus conflictos, se
pervierta y pervierta a las nuevas", fue una obsesión
del poder revolucionario. Es por ello que uno de los objetivos
de la política cultural oficialista es ensayar sistemáticamente
la desautorización social. Y no sólo en la figura
del intelectual y su papel de vector pedagógico, sino
en la legitimidad de sus obras, a través de una hermenéutica "marxista" que
en el fondo trabaja con categorías estéticas de
corte estalinista. Esta política está dirigida
a descalificar incluso el dominio de los capitales simbólicos
específicos, toda vez que dichas obras son consideradas
nocivas para los intereses de la nueva sociedad revolucionaria.
La
revolución, la educación, el pueblo y los intelectuales
En Cuba, tras el triunfo revolucionario, una fracción
de la población sometida por el nuevo régimen (aquella
que pertenecía a la burguesía criolla) abandonó la
Isla organizándose en el exilio de Miami. Hubo otra fracción —quizá la
menos numerosa— que se quedó y aun organizó,
hasta mediados de los sesenta, la resistencia armada. Estas posturas
enfrentadas a la nueva ideología, desde dentro y fuera,
señalaron al régimen que si quería afianzarse
y sobrevivir a la guerra de desgaste que se avecinaba debía
lograr el apoyo del total de la población. Lo que justifica
los insistentes llamamientos de Fidel Castro en Palabras a los
intelectuales: "La revolución debe tratar de ganar
para sus ideas a la mayor parte del pueblo".
Como
se deduce del propio documento, esa mayoría aún
no mostraba "una actitud realmente revolucionaria ante la
realidad". Por lo que la tarea impostergable del nuevo gobierno
fue conseguir el apoyo no ya de aquellos sectores (mayormente
obreros, estudiantes e intelectuales de la pequeña burguesía
urbana) que participaron activamente en el derrocamiento de la
dictadura de Batista, sino el de esa mayoría que había
vivido hasta entonces "en la explotación y el olvido
más cruel". Un objetivo que no podría lograrse
sin un adoctrinamiento sistemático y masivo, articulado
sobre las bases de los enunciados político-ideológicos
de la revolución. La Campaña Nacional de Alfabetización —el
primer gran gesto y tal vez el más audaz de todos los
desarrollados por el programa revolucionario— se propuso
erradicar el analfabetismo como primer paso hacia la democratización
de la educación y la cultura. Algo que desde el proyecto
de la república martiana no sólo se había
postergado, sino que bajo la mira de las elites criollas se convirtió en
instrumento y fuente de legitimación clasista. De ahí que
la Alfabetización Nacional fuese, además, una campaña
que rompía con los viejos esquemas socioculturales, una
extensa maniobra política (como muestran los contenidos
de los manuales y libros empleados) considerada de vital importancia
para la sobrevivencia del nuevo orden, que tuvo incluso sus mártires.
Un logro —convertido en definitiva ventaja— inalcanzable
para las fuerzas opuestas a la legitimación del castrismo.
El
proceso mediante el cual el régimen desautoriza a
los artistas e intelectuales está relacionado con el concepto
de pueblo practicado por los enunciados político-ideológicos
de la revolución (proceso que comienza a manifestarse
a partir de las Palabras a los intelectuales, se acentúa
en 1965 y se impone institucionalmente a mediados de los setenta,
con la creación del Ministerio de Cultura). Ellos postulan
al pueblo como verdadera conciencia crítica: un concepto
construido desde los enunciados seudo-marxistas más dogmáticos
y extremistas, y que será parte esencial de la instrumentalización
partidista de la cultura. Una noción de pueblo convertida
desde 1959 en referente esencial de las transformaciones operadas
en la sociedad cubana, pero sin que soportara al principio, al
menos en los cuatro o cinco años iniciales, las aplicaciones
reduccionistas de que fue objeto posteriormente. Ni siquiera
después de ser sometida a redefiniciones, sobre los presupuestos
revolucionarios perfilados entre 1961 y 1964, la noción
es empleada como instrumento de marginación o criminalización
política y fuente de deslegitimación social. Luego
sí se aplicaría a aquellos grupos que, sin tomar
el camino de la lucha armada, no compartían el rumbo socialista
que tomaba la revolución.
También a aquellos que, aun compartiendo el derribo de
la dictadura de Batista, prefirieron no involucrase en la dialéctica
de los cambios radicales. Algo que puede advertirse cuando en
Palabras a los intelectuales Fidel Castro dice: "...la revolución
nunca debe renunciar a contar con la mayoría del pueblo;
a contar no sólo con los revolucionarios, sino con todos
los ciudadanos honestos que, aunque no sean revolucionarios,
es decir, que aunque no tengan una actitud revolucionaria ante
la vida, estén con ella..." Aquí persiste
cierto
contenido
de civilidad, todavía se habla de ciudadanos —no
de masas— a los que se le reconoce (y tolera) su individualidad.
Esta concepción de pueblo, comprensivo y tolerante con
las disyuntivas sociales que las transformaciones revolucionarias
iban generando, fue blanco de sistemáticas purgas. Se
le borró todo contenido que no fuese el asignado por los
presupuestos más oportunistas y extremos del poder. Las
directrices del proceso se aceleran a partir de 1965, y éste
culmina a mediados de la década de los setenta. Esta fase
coincide —y no casualmente— con un elevado desarrollo
de la "cultura política de las masas", también
con un definitivo giro de la revolución hacia una "dictadura
del proletariado". En el periodo, el discurso que enuncia
las posturas político-ideológicas del régimen
comienza a cerrar su concepción de "pueblo".
Empieza a restringir y clasificar sus figuras y categorías
semánticas, instaurando un nuevo límite para su
significado dentro del contexto social. Un postura argumentada
por el Partido Comunista (PCC), que ya afianzaba su poder. El
10 de octubre de 1968 —En la velada conmemorativa de los
cien años de lucha—, Castro habla en nombre del
Partido: "Cuando decimos pueblo hablamos de revolucionarios;
cuando decimos pueblo dispuesto a combatir y a morir no pensamos
en los gusanos ni en los pocos pusilánimes que quedan:
pensamos en los que tienen el legítimo derecho a llamarse
cubanos y pueblo cubano". A la concepción de pueblo
más abierta y dialogante de los primeros años de
revolución, se le han practicado lecturas simplificadoras
en aras de conseguir una homogeneidad discursiva acorde con los
dogmas marxista-leninistas.
Tal
postura es una evidente manifestación de poder del
grupo que se había hecho con el control de la revolución.
También una advertencia para aquellos que no compartían
completamente sus ideas. De este todo la revolución —ya
dictadura "del proletariado"— consigue incorporar
la fórmula Revolución=Pueblo, o hacer de "pueblo" un
sinónimo de "revolución". Logra institucionalizar
una especie de terrorismo nacional (el terror rojo contra el
terror blanco del que hablaba Lenin) que defiende y protege los
intereses de un pueblo previamente definido por el poder, reprimiendo
brutalmente todo lo que atenta contra la unidad e integración
de ese "pueblo" en torno al castrismo. El proceso fue
dirigido por un PCC que, además de autoproclamarse único
representante de los intereses nacionales, se convertía
en su vanguardia militante. La fórmula, con toda la carga
de sadismo social que comporta, será la punta de lanza
con la que se aterrorizaran —en actos de infinita crueldad— todas
aquellas posturas intelectuales, artísticas, políticas
o ideológicas divergentes, o que contradigan el "poder
del pueblo" personificado en la "vanguardia revolucionaria".
El
PCC, la revolución y los intelectuales:
"Una revolución —decía Engels— es,
indudablemente, la cosa más autoritaria que existe. Es
el acto por el que una parte de la población impone su
voluntad a la otra por medio de fusiles, bayonetas y cañones,
recursos autoritarios si los hay; y el partido victorioso, si
no quiere haber luchado en vano, tiene que mantener este dominio
por el terror que sus armas inspiran a los reaccionarios".
El
PCC, refundido en 1965, se organiza siguiendo el esquema de
Partido de Nuevo Tipo leninista, que inaugurara el principio
del monopolio político-ideológico. El propio Fidel
Castro enunció las líneas de lo que después
sería la práctica totalitaria, cuando pronunció su
discurso en el acto de presentación del Comité Central
del Partido Comunista de Cuba, el 3 de octubre de 1965: "De
una vez por todas y para siempre ha de desaparecer todo tipo
de matiz y todo tipo de origen que distingan a unos revolucionarios
de otros". La reagrupación de las vanguardias políticas
en un partido de orientación leninista que, además,
ya se había hecho con el poder, tuvo repercusión
inmediata en la política cultural de la revolución.
Puede decirse que, hasta ese momento, dicha política estaba
marcada por una cierta espontaneidad e improvisación.
Carácter que de algún modo sellaba el proceso revolucionario,
motivado en buena medida por "la necesidad de enfrentarse
a muchos problemas apresuradamente" (Palabras a los Intelectuales).
En este sentido, y aunque se habían creado ya numerosas
aulas como parte del ambicioso programa inicial, se daban todavía
los primeros pasos en la reforma de los programas educacionales
y universitarios. No existía un órgano rector y
centralizador —no existía el actual Ministerio— de
los contenidos político-ideológicos y administrativos
de la cultura. Paralela, por ejemplo, a la actividad desarrollada
de forma independiente por el ICAIC, Casa de las Américas
o el Museo Nacional de Bellas Artes, el INRA (Instituto Nacional
de la Reforma Agraria) desarrollaba sus propias prácticas
de extensión cultural.
Este
fenómeno preocupaba seriamente a Fidel Castro, y
sobre el cual llamara la atención en las reuniones sostenidas
con los intelectuales en el verano de 1962. En ellas resaltó la
importancia que para la revolución tenía la unidad
de dirección y, sobre todo, la autoridad en torno a la
toma de decisiones en la esfera cultural. Es el nuevo PCC quien,
armado ya de una retórica marxista-estalinista, comienza
a articular sobre las bases del nacionalismo revolucionario un
discurso donde se redefine tanto la figura como la función
de los intelectuales y artistas en una sociedad socialista. La
educación y el desarrollo de la cultura serán patrimonio
exclusivo e inalienable del Partido. Al respecto Castro, en el
discurso citado, es categórico: "Nuestro Partido
educará a las masas, nuestro Partido educará a
sus militantes. ¡Ningún otro partido, sino nuestro
Partido y su Comité Central!". Ello impuso a los
intelectuales y artistas un bloqueo en el acceso a los dispositivos
de decisión: ya no sólo eran incapaces de influir
en los signos y la orientación que tomaba el proyecto
revolucionario, sino que ni siquiera podían decidir su
papel dentro de la sociedad que comenzaba a construirse.
En
estas circunstancias el poder no veía —ni le
interesaba ver— a "artistas de gran autoridad que,
a su vez, tengan gran autoridad revolucionaria", como escribiera
Guevara en El hombre y el socialismo en Cuba. Por lo que, en
términos de estrategia de gobierno, comenzó a estimarse
peligroso que la intelectualidad formara culturalmente a las
nuevas generaciones. De acuerdo con el pensamiento guevariano, "los
hombres del Partido deben tomar esa tarea entre manos y buscar
el logro del objetivo principal: educar al pueblo". Con
ello se despojaba a los intelectuales y creadores del potencial
sociocultural que para estos efectos había generado la
propia revolución. El lugar de los pensadores y artistas
dentro de la nueva sociedad, su función educadora y de
resorte del pensamiento crítico, era sustituida por las
funciones y resoluciones del PCC. Se trata de una de las primeras
constricciones practicadas en la esfera cultural cubana (luego
vendrán otras mucho más aberradas y grotescas).
A la intelectualidad se le escamoteará prestigio y se
despreciará su valor cívico y crítico. Su
importancia político-social será objetada. En el
fragmento La actividad cultural, del Primer Congreso Nacional
de Educación y Cultura en abril de 1971, puede leerse: "La
conciencia crítica de la sociedad es el pueblo mismo y
en primer término la clase obrera, preparada por la experiencia
histórica y por la ideología revolucionaria para
comprender y juzgar con más lucidez que ningún
otro sector social los actos de la revolución".
A
partir de 1966, la dirigencia cubana insiste cada vez más
en la necesidad de una educación capaz de crear "el
hombre nuevo". Uno totalmente exento de las ideas del siglo
XIX, pero también de las limitaciones del XX (para Guevara "decadente
y morboso"). El argentino estaba convencido de que la creación
del "hombre nuevo", de educación integral e
inquebrantable confianza en el futuro socialista, sería
el gran aporte de la revolución a la causa del marxismo-leninismo,
y a la humanidad entera. Es de suponer que para el poder, habiendo
mostrado el movimiento intelectual tantas "confusiones ideológicas",
la altísima responsabilidad de crear el "hombre nuevo" debía
quedar, en todo caso, en manos de quienes habían sido
formados bajo los enunciados político-ideológicos
del régimen. En manos de unos "intelectuales y artistas" dedicados,
por sobre todas las cosas, a instrumentar la ideología
partidista. Había que crear los nuevos cuadros del PCC
para "el frente cultural". Es una especie de pragmática
de los ideales gramscianos sobre el intelectual orgánico,
aplicada al contexto cubano. La incorporación masiva de
los "trabajadores de la cultura" —y aficionados
a ella, desde campesinos hasta combatientes de las FAR y el MININT— y
los cuadros del PCC, acaba borrando la relativa autonomía
del campo cultural y su capacidad de generar debate. Ello trae
como consecuencia la sindicalización del pensamiento.
Los intelectuales y artistas son milicianos uniformados o, incluso,
simples trabajadores de la esfera productiva (una especie de
inducción forzada a los mea culpa que aún sigue
practicándose). Obreros, trabajadores, los artistas e
intelectuales tienen que ser "socialmente útiles",
producir bajo sospecha de parasitismo. Había que desaparecer
cualquier rastro de independencia en la producción de
contenidos ideológicos respecto a los dogmas generalizadores
del poder revolucionario. Lo que se intentaba —y se logró de
manera despiadadamente eficaz— era desarticular el campo
de producción cultural desactivando su núcleo:
la vanguardia intelectual.
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