| La
Negra Tomasa
Enrique Collazo, desde Madrid
Cubaencuentro, Febrero 11, 2003
La Negra Tomasa: Desde hace aproximadamente cuatro años
este local de ambiente cubano –enclavado como está en
el mismo centro del corazón de la capital española--
es sitio de referencia para los que por una razón u otra
disfrutan o se identifican con la cultura nacional.
Rebasada la media noche, y cuando la degustación de daiquirís
y mojitos comienza a desperezar los cuerpos, celtíberos
y celtíberas empiezan a moverse arrítmicamente
al compás de un rico tumbao ejecutado por músicos
cubanos de la diáspora. Los hay de todas partes de la
Isla, desde los barrios más calientes de La Habana, como
San Leopoldo, pasando por el Cerro y Luyanó, hasta localidades
como Camajuaní y ciudades tan representativas de la cultura
sonera y de la rumba y el guaguancó como Matanzas y Santiago
de Cuba.
Viene a la mente, salvando las distancias y consabidas diferencias,
el boom que disfrutó la música criolla en el París
de finales de los años 20 y principios de los 30. Los
estudiosos señalan al Melody's Bar y el Cabaña
Bambú, en el distrito de Montmartre, como dos de los primeros
locales que contribuyeron a la popularización de la rumba
en el extranjero. Se dice que Moisés Simons, el autor
de El Manisero, frecuentaba el Melody's interpretando al piano
algunas de sus más famosas composiciones. De acuerdo con
Carpentier, por un corto período de tiempo, a principios
de la década del 30, el distrito de Montmartre estuvo
dominado en su totalidad por espectáculos de música
y danza cubanas.
Por supuesto que los españoles no pueden considerarse
legos en el conocimiento de nuestra música; desde que
Antonio Machín decidiera establecerse aquí, el
son, los boleros y las guarachas prendieron en el gusto popular.
Sin embargo, la más reciente explosión salsera
en España data de finales de los 80 y principios de los
90, con cultores como Lalo Rodríguez —Devórame
otra vez— y Juan Luis Guerra —Me sube la bilirrubina.
Aprovechando este tirón, que aún dura y que sin
duda ha sido estimulado por el rotundo éxito comercial
del Buenavista Social Club, las pequeñas formaciones que
amenizan La Negra Tomasa consiguen que el público que
abarrota el local disfrute a plenitud. Da igual que sea escuchando
o bailando, aunque por la estrechez del sitio los estilistas
del "casino" apenas pueden mostrar sus habilidades:
aquello se asemeja más al camarote de los hermanos Marx
que a un salón de baile convencional.
Sin embargo, la espontaneidad que preside las interpretaciones,
la capacidad de improvisación que exhiben algunos músicos,
francamente virtuosos, y la atmósfera que trasmiten al
tocar, convierten sus "descargas" en un auténtico
goce para los sentidos. Merece la pena referirse a dos de esos
grupos: Latin Son y Changó. Este último, compuesto
por Andrés Cisneros en las congas, Juan Castillo en el
teclado y Arnelio Carbonell como vocal, cultiva una timba potente
y agresiva, basada en la pesada mano que exhibe Cisneros en el
repiqueteo de las tumbadoras y el resto de los instrumentos de
percusión, de los que se acompaña y que sincopadamente
ejecuta. Andrés Castillo hace lo suyo, combinando casi
siempre los acordes del bajo con los de la melodía en
su sorprendente teclado Yamaha.
Mención aparte merece Carbonell; es de esos soneros sandungueros
e improvisadores, con una voz bien timbrada que consigue proyectar,
dejando la tarima caliente cada vez que se sube a ella. La "moña" sube
de temperatura cuando en plan informal y desenfadadamente descargoso,
se suman a la tropa, al final de la noche, Miguel Mundy en el
bajo y el pichón de jamaiquino Vicente Hershey. Este holguinero
ejecuta como un consagrado su guitarra eléctrica Washburn,
siempre con un tono muy grave, a mitad de camino entre el tres
de Arsenio Rodríguez y el del Niño Rivera, improvisando
un fraseo que desafía constantemente al piano a un contrapunto
estilístico. Ello obliga a más de uno a "desmayar" el
baile por un momento y sentarse a escuchar la hermosa filigrana
que tejen al calor de la pasión y la nostalgia.
Latin Son está formado por Emilio Campos en la guitarra
española (eléctrica), Yamil Medina, con su bajo
bien afincao, Raúl Fernández (el bombero de Nueva
York) en el bongó, y el diestro Vicente Hershey con su
particular instrumento. En esta formación la máxima
responsabilidad recae en Campos. En los interludios de los temas
bailables éste combina como todo un profesional las improvisaciones
que le arranca a la guitarra con su cálida y afinada voz,
trayendo a la memoria a uno de los grandes en esta difícil
técnica: George Benson y sus antológicos temas
On Broadway y Masquerade. También aquí Hershey
y Campos se enzarzan en una especie de duelo interpretativo y,
mientras éste ataca los agudos, aquél, con su Washburn,
cubre el terreno de los tonos graves. Entre ambos hilvanan una
exuberante polifonía que se desentiende de hacer bailar "al
personal".
A esas alturas, "la moña" ha devenido genuina
descarga de jazz latino, la cual combina atrevidamente elementos
de música pop con una base soneada muy cadenciosa, a la
cual dan respaldo Yamil y Raúl y que finalmente arranca
aplausos unánimes. Un verdadero privilegio para expertos
y profanos. Al término de la noche, tras tanto delirio,
salen los cuerpos sudados y vibrantes a la calle, a la busca
de otra clase de emoción que supere, o al menos esté a
la altura, de la que acaban de vivir.
|