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Habanera: Basado en una historia real

Paquito D´Rivera, músico y escritor cubano
Febrero 14, 2003

Con su mordaz pluma, Paquito nos deleita con un solo de sax digital.

Era como si contra su voluntad, la enorme bola de fuego fuera siendo atraída hacia las profundidades por la fuerza mágica de algún monstruo sumergido en el mar, y su sonoro grito de protesta fuera la muda explosión amarilla, naranja, púrpura, blanca y roja con que teñía las aguas que ahora lo ahogaban, salpicando la pulida superficie de los coches, los lentes calobares de los hombres, las acharoladas carteras de las señoras y los limpios cristales de las miles de ventanas de los edificios de La Rampa.

El que alguna vez tuvo la ocasión de observar un atardecer del mes de Abril caminando calmadamente Rampa abajo, ya nunca más logrará lavarse la indeleble mancha que sus colores dejan en la memoria, ni podrá jamás borrar de su mente el inaudible alarido del astro rey hundiéndose en las rutilantes aguas del estrecho de la Florida.

Hacia finales de los años cuarentas entrando en los "fabulosos cincuentas", el centro de acción de La Habana empezó a desplazarse un poco hacia la zona del Vedado, cuyo vértice estaba alrededor de la calle 23, a partir de L, que bajaba dramáticamente la cuesta por M, N, O, P y San Lázaro, hasta pasar la panorámica vidriera de la Ambar Motors y desembocar en el apoteósico y espumosamente jacarandoso Malecón Habanero. Ese trozo de sabrosura urbana era conocido simplemente como La Rampa , y pasearse a ambos lados de la amplia avenida dio origen al verbo "Rampear", actividad tan refrescante como desesperante a veces, principalmente por la cantidad y calidad de las mozas paseantes y bamboleantes inherentes al rampeo.

Por aquellos años se construyó en la cúspide del rampeante paseo el azulísimo Hilton, con el hermoso mural de Amelia Peláez a la entrada, y su exótico restaurante Polinesio a un costado. Bajando por 23 pa' bajo,el edificio Alaska, la alegre funeraria Rivero, la tienda Indochina, el Tikoa, el Club 23, el cine La Rampa, y por ahí, cerca del Maracas , a veces podía uno hasta tropezarse con el compositor Frank Domínguez saliendo del edificio donde vivió nocturna y habaneantemente durante muchos años, o al menos escuchar las Imágenes de su piano filinero, volando desde el balcón de su apartamento en los altos del club La Zorra y el Cuervo.

Goar Mestre, el entusiasta empresario nacido en la provincia de Oriente, había estrenado por fin en 23 entre L y M, frente al hospital Reina Mercedes , en el propio corazón de la flamante zona vacilónica del Vedado, el gigantesco y modernísimo edificio de Radiocentro . Allí instalaron el cine Warner, las plantas de CMQ radio y televisión, la emisora de música clásica CMBF, y en los bajos del restaurante chino Mandarín , el radiante “showroom” de Vaillant Motors . También abrieron en el mismo sitio algunas boutiques, una mueblería, una tienda de discos, farmacia y peluquería, además de un bar y una cafetería por donde pasaban la crema y nata del arte, las letras, la política y el periodismo internacional. Radio Reloj , la popular estación del constante Tic-Tac, que transmitía las últimas noticias 24 horas al día estaba instalada en uno de los pasillos de la planta baja, cerca de la concurrida y refrigerada barbería, donde caían al suelo los cabellos de las cabezas más reconocibles del país.

Por la cantidad de actividades diversas que sucedían en el enorme centro, aquello era un hormigueo constante desde muy temprano en la mañana hasta aproximadamente las once de la noche en que terminaba la programación televisiva. A la entrada principal de la emisora, que estaba por la calle M, siempre había un empleado de guardia que servía también como servicio de información.

Ya noche cerrada, habían salido los últimos músicos de la orquesta Sabor de Cuba que dirigía Bebo Valdés, la vedette Rosita Fornés , Chocolate el trompeta y los del Trío Taicuba, que terminaban de transmitir en vivo un programa Casino de la Alegría . Detrás de ellos, el animador Germán Pinelli bajaba las escaleras cantando a dúo con Pedro Vargas, seguidos de Agustín Lara que venía tomado del brazo de Carmen Amaya y Cab Calloway ; y el monumental dúo de las hermanitas chilenas Sonia y Miriam ensayaban al bajar unos de sus increíbles arreglos vocales. En aquella época, muchos artistas de todo en mundo venían a trabajar con frecuencia, o se establecían en aquella ciudad fascinante donde la palabra extranjero tenía muy poco uso práctico.

- Apúrate Choco, que vamos a llegar tarde al baile de La Tropical. - Le gritó desde la calle, sentado al volante de su bellísimo Buick convertible Beny Moré, tocado con su inseparable sombrero alón que hacía juego con aquella voz de oro y su clara y cubanísima sonrisa. El trompeta subió de un salto sobre el Benymóvil , que pronto desapareció entre el enmarañado tráfico de La Rampa.

Casi todos se habían marchado, menos Alfredo Cataneo, el mulato calvo y jaranero que cantaba y tocaba las maracas con el Taicuba. Cataneo, que estaba como siempre de buen humor, se había quedado charlando y gastándole bromas al empleado de guardia, cuando desde lo alto de la escalera de rojiza terracota, vieron ambos detenerse frente a la emisora un taxi, del que bajó un personaje de aspecto solemne que lucía rasgos y vestimenta propios de la realeza de algún lejano país del Asia. El curioso personaje que se apoyaba en un bastón de madera tallada y empuñadura de marfil en forma de cabeza de dragón, vestía un traje blanco de seda pura abrochado hasta el cuello, gorro redondo del mismo material, zapatillas de finísima suela, lacios bigotes y una larga trenza que le llegaba a la cintura.

- ¡Coñóoo Tato, ahí viene el mismísimo Charly Chan, el detective chino!

- SShhhhh, cállate Cataneo, que ese es el embajador de la China, que viene a hacer el programa "Ante la Prensa"- dijo el guardia mientras se ponía de pie para recibir al dignatario que ya venía subiendo ceremoniosamente las escaleras.

- Bienvenido su excelencia- dijo Tato reverenciando al recién llegado- por favor Cataneo, lleva al Doctor Chiú al estudio #3, que ya debe de estar al llegar mi relevo nocturno.

- Sí como no.... pase por aquí su excelencia- pronunció con pompa e inclinándose ante el altivo personaje, que no profería ni el más mínimo sonido.

Alfredo Cataneo condujo al diplomático por el elevador, pero no precisamente al salón donde él sabía que lo esperaban, sino que lo hizo entrar en un pequeño estudito donde los miembros de la orquesta Aragón guardaban sus instrumentos, y allí le pidió al hombre que tomara asiento en la banqueta del piano hasta que alguien lo viniera a buscar para su intervención en el programa.

Haciendo una profunda reverencia al retirarse, Cataneo aseguró con llave exterior las dos sólidas puertas del cubículo perfectamente sonorizado que no dejaba salir ni entrar el menor ruido. Cuando terminó su fechoría, con la mayor tranquilidad, bajó por el elevador, y se despidió de Felipe, el nuevo guarda nocturno que media hora después apagaría desde un control maestro cerca de la entrada todas las luces de los locales desocupados del edificio. Al bajar las escaleras encontró aún estacionado frente a la emisora el mismo taxi que trajera al diplomático minutos antes. Se montó en él, le pidió al chofer que lo llevara a la Bodeguita del Medio , diciéndole que no se preocupara por el señor embajador, que el gerente general del canal 6 se encargaría de devolverlo a su residencia al terminar el programa de televisión.

A la mañana siguiente, al abrir la puerta del estudio para que los de la orquesta pudieran sacar sus instrumentos, ni los músicos ni el empleado de limpieza de la emisora podían entender qué hacía un tipo tan parecido a Charly Chan , durmiendo en el suelo de aquel pequeño cubículo, entre tumbadoras, timbales y el forro del contrabajo de Cachao sirviéndole de manta.

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