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DE CUBAENCUENTRO.COM,
Madrid
Habanera:
Basado en una historia real
Con su mordaz pluma, Paquito nos deleita con un solo de
sax digital.
Era
como si contra su voluntad, la enorme bola de fuego fuera siendo atraída hacia las profundidades por la fuerza mágica
de algún monstruo sumergido en el mar, y su sonoro grito de protesta
fuera la muda explosión amarilla, naranja, púrpura, blanca
y roja con que teñía las aguas que ahora lo ahogaban, salpicando
la pulida superficie de los coches, los lentes calobares de los hombres,
las acharoladas carteras de las señoras y los limpios cristales de
las miles de ventanas de los edificios de La Rampa.
El
que alguna vez tuvo la ocasión de observar un
atardecer del mes de Abril caminando calmadamente Rampa abajo, ya nunca más
logrará lavarse la indeleble mancha que sus colores dejan en la memoria,
ni podrá jamás borrar de su mente el inaudible alarido del
astro rey hundiéndose en las rutilantes aguas del estrecho de la Florida.
Hacia
finales de los años cuarentas entrando en los "fabulosos
cincuentas", el centro de acción de La Habana empezó a
desplazarse un poco hacia la zona del Vedado, cuyo vértice estaba
alrededor de la calle 23, a partir de L, que bajaba dramáticamente
la cuesta por M, N, O, P y San Lázaro, hasta pasar la panorámica
vidriera de la Ambar Motors y desembocar en el apoteósico y espumosamente
jacarandoso Malecón Habanero. Ese trozo de sabrosura urbana era conocido
simplemente como La Rampa , y pasearse a ambos lados de la amplia avenida
dio origen al verbo "Rampear", actividad tan refrescante como desesperante
a veces, principalmente por la cantidad y calidad de las mozas paseantes
y bamboleantes inherentes al rampeo.
Por
aquellos años se construyó en la cúspide
del rampeante paseo el azulísimo Hilton, con el hermoso mural de Amelia
Peláez a la entrada, y su exótico restaurante Polinesio a un
costado. Bajando por 23 pa' bajo,el edificio Alaska, la alegre funeraria
Rivero, la tienda Indochina, el Tikoa, el Club 23, el cine La Rampa, y por
ahí, cerca del Maracas , a veces podía uno hasta tropezarse
con el compositor Frank Domínguez saliendo del edificio donde vivió nocturna
y habaneantemente durante muchos años, o al menos escuchar las Imágenes
de su piano filinero, volando desde el balcón de su apartamento en
los altos del club La Zorra y el Cuervo.
Goar
Mestre, el entusiasta empresario nacido en la provincia de Oriente, había estrenado por fin en 23 entre L y M, frente al hospital
Reina Mercedes , en el propio corazón de la flamante zona vacilónica
del Vedado, el gigantesco y modernísimo edificio de Radiocentro .
Allí instalaron el cine Warner, las plantas de CMQ radio y televisión,
la emisora de música clásica CMBF, y en los bajos del restaurante
chino Mandarín , el radiante “showroom” de Vaillant Motors
. También abrieron en el mismo sitio algunas boutiques, una mueblería,
una tienda de discos, farmacia y peluquería, además de un bar
y una cafetería por donde pasaban la crema y nata del arte, las letras,
la política y el periodismo internacional. Radio Reloj , la popular
estación del constante Tic-Tac, que transmitía las últimas
noticias 24 horas al día estaba instalada en uno de los pasillos de
la planta baja, cerca de la concurrida y refrigerada barbería, donde
caían al suelo los cabellos de las cabezas más reconocibles
del país.
Por
la cantidad de actividades diversas que sucedían
en el enorme centro, aquello era un hormigueo constante desde muy temprano
en la mañana hasta aproximadamente las once de la noche en que terminaba
la programación televisiva. A la entrada principal de la emisora,
que estaba por la calle M, siempre había un empleado de guardia que
servía también como servicio de información.
Ya
noche cerrada, habían salido los últimos
músicos de la orquesta Sabor de Cuba que dirigía Bebo Valdés,
la vedette Rosita Fornés , Chocolate el trompeta y los del Trío
Taicuba, que terminaban de transmitir en vivo un programa Casino de la Alegría
. Detrás de ellos, el animador Germán Pinelli bajaba las escaleras
cantando a dúo con Pedro Vargas, seguidos de Agustín Lara que
venía tomado del brazo de Carmen Amaya y Cab Calloway ; y el monumental
dúo de las hermanitas chilenas Sonia y Miriam ensayaban al bajar unos
de sus increíbles arreglos vocales. En aquella época, muchos
artistas de todo en mundo venían a trabajar con frecuencia, o se establecían
en aquella ciudad fascinante donde la palabra extranjero tenía muy
poco uso práctico.
-
Apúrate Choco, que vamos a llegar tarde al baile
de La Tropical. - Le gritó desde la calle, sentado al volante de su
bellísimo Buick convertible Beny Moré, tocado con su inseparable
sombrero alón que hacía juego con aquella voz de oro y su clara
y cubanísima sonrisa. El trompeta subió de un salto sobre el
Benymóvil , que pronto desapareció entre el enmarañado
tráfico de La Rampa.
Casi
todos se habían marchado, menos Alfredo Cataneo,
el mulato calvo y jaranero que cantaba y tocaba las maracas con el Taicuba.
Cataneo, que estaba como siempre de buen humor, se había quedado charlando
y gastándole bromas al empleado de guardia, cuando desde lo alto de
la escalera de rojiza terracota, vieron ambos detenerse frente a la emisora
un taxi, del que bajó un personaje de aspecto solemne que lucía
rasgos y vestimenta propios de la realeza de algún lejano país
del Asia. El curioso personaje que se apoyaba en un bastón de madera
tallada y empuñadura de marfil en forma de cabeza de dragón,
vestía un traje blanco de seda pura abrochado hasta el cuello, gorro
redondo del mismo material, zapatillas de finísima suela, lacios bigotes
y una larga trenza que le llegaba a la cintura.
- ¡Coñóoo Tato, ahí viene el
mismísimo Charly Chan, el detective chino!
-
SShhhhh, cállate Cataneo, que ese es el embajador
de la China, que viene a hacer el programa "Ante la Prensa"- dijo
el guardia mientras se ponía de pie para recibir al dignatario que
ya venía subiendo ceremoniosamente las escaleras.
-
Bienvenido su excelencia- dijo Tato reverenciando al recién
llegado- por favor Cataneo, lleva al Doctor Chiú al estudio #3, que
ya debe de estar al llegar mi relevo nocturno.
-
Sí como no.... pase por aquí su excelencia-
pronunció con pompa e inclinándose ante el altivo personaje,
que no profería ni el más mínimo sonido.
Alfredo
Cataneo condujo al diplomático por el elevador,
pero no precisamente al salón donde él sabía que lo
esperaban, sino que lo hizo entrar en un pequeño estudito donde los
miembros de la orquesta Aragón guardaban sus instrumentos, y allí le
pidió al hombre que tomara asiento en la banqueta del piano hasta
que alguien lo viniera a buscar para su intervención en el programa.
Haciendo
una profunda reverencia al retirarse, Cataneo aseguró con
llave exterior las dos sólidas puertas del cubículo perfectamente
sonorizado que no dejaba salir ni entrar el menor ruido. Cuando terminó su
fechoría, con la mayor tranquilidad, bajó por el elevador,
y se despidió de Felipe, el nuevo guarda nocturno que media hora después
apagaría desde un control maestro cerca de la entrada todas las luces
de los locales desocupados del edificio. Al bajar las escaleras encontró aún
estacionado frente a la emisora el mismo taxi que trajera al diplomático
minutos antes. Se montó en él, le pidió al chofer que
lo llevara a la Bodeguita del Medio , diciéndole que no se preocupara
por el señor embajador, que el gerente general del canal 6 se encargaría
de devolverlo a su residencia al terminar el programa de televisión.
A
la mañana siguiente, al abrir la puerta del estudio
para que los de la orquesta pudieran sacar sus instrumentos, ni los músicos
ni el empleado de limpieza de la emisora podían entender qué hacía
un tipo tan parecido a Charly Chan , durmiendo en el suelo de aquel pequeño
cubículo, entre tumbadoras, timbales y el forro del contrabajo de
Cachao sirviéndole de manta.
Febrero
14, 2003
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