| Las
transiciones, la incertidumbre y los enigmáticos actores Haroldo
Dilla, desde Santo Domingo Cubaencuentro, Febrero 20, 2003 En
torno al estudio de Alberto Álvarez 'La Transición a
la democracia en Cuba', de reciente aparición. “La
Transición a la democracia en Cuba” es el resultado de
una investigación que Alberto Álvarez desarrolló durante
varios años. Por sus numerosas virtudes intelectuales, esta
obra debe ser parte del debate (no concibo mejor ubicación para
un trabajo teórico) sobre el futuro de Cuba y la transición
que inevitablemente ocurrirá hacia un sistema capitalista y
un régimen político-liberal. El libro está dividido
en dos partes. En la primera, el autor recrea la discusión sostenida
en los 80 y principios de los 90 sobre las transiciones a la democracia,
y lo hace con una notable agudeza crítica. En la segunda, más
extensa y más interesante para nuestros fines, Álvarez
realiza un análisis de las características de la economía,
la sociedad y la política en Cuba a partir de la crisis de los
90, y sugiere la existencia de una serie de escenarios posibles de
formas de transición y de puntos de arribo. Tanto en una como
en la otra parte, es evidente que el autor se alinea con una perspectiva
socialdemócrata, lo que en el plano teórico lo acerca
a los planteamientos de autores como Terry Karl y Phillip Schmitter,
al mismo tiempo que en el plano propositivo acerca su visión
de "lo deseable" a una economía social de mercado
y a un sistema político democrático con amplios espacios
de participación y auditoría social. Como tanto
los lectores como el autor esperan de este comentario una aproximación
crítica al libro, intentaré hacerlo a partir de la discusión
de los dos aspectos que considero más polémicos y atractivos:
los actores y el escenario final de la transición. Los
actores: Uno de los retos menos satisfechos de la politología
cubanológica ha sido hurgar en la composición, posiciones
sectoriales y tendencias evolutivas de la clase política cubana.
Durante un tiempo estas interpretaciones se centraron en la existencia
de sectores identificados por su pertenencia a los grupos que inicialmente
conformaron el Partido Comunista, lo que más tarde dio lugar
a otras configuraciones especulativas sobre la adherencia a liderazgos
personales. En realidad fueron meditaciones poco fructíferas
y de poco fundamento empírico. Y es que se trataba de una especulación
muy difícil, dada la monotonía discursiva de la clase
política a partir de la repetición, con pocas variaciones,
de los textos del presidente cubano. La crisis de los años
90 mostró las primeras fisuras de esta clase política,
sea porque la pérdida de los horizontes teleológicos
despertó la imaginación de algunos, o porque la vejez
de los líderes históricos animó la ambición
sucesoria de otros. Dos de estas estrellas en ascenso —Carlos
Aldana y Roberto Robaina— fueron defenestradas en el curso de
esta misma década, y aunque son visibles en el actual buró político,
figuras con orientaciones diversas, no creo que esta percepción
sea suficiente para prefigurar las clásicas distinciones entre
softliners, hardliners, moderados, marxistas radicales, etcétera,
que abundan en el texto. Mucho menos la potencialidad de estos líderes
en un proceso de transición, si nos atenemos al dato simple
de que ningún político en Cuba —excepto Fidel Castro— tiene
una base política propia, y los que pueden preciarse al menos
de tener interlocutores de base poseen plena conciencia de que es una
base prestada, delegada, y por consiguiente tan revocable por arriba
como volátil desde abajo. La invisibilidad oportuna es la principal
condición para la sobrevivencia de un político en Cuba.
Probablemente, lo que estamos presenciando hoy con la apertura económica
es el surgimiento de una nueva elite que acumula cuotas propias de
poder a partir de su relación con el mercado y sus actores internacionales,
y que pudiera crear su propia base si la reforma económica avanzara
lo suficiente como para desfragmentar los mercados. Este asunto
se torna especialmente complicado cuando se transita al campo de las
instituciones, y en particular de las fuerzas armadas. Calificarlas
de "duras" o "blandas" es un ejercicio muy relativo.
En realidad son "duras" en relación con la política
y la democracia, pero al mismo tiempo son notablemente "blandas" en
relación con la apertura económica. Como el autor menciona
en el libro, ellas han provisto las ideas básicas para las decisiones
aperturistas en el campo económico, y en ocasiones ha sido el
propio Raúl Castro quien ha enarbolado el discurso pragmático
legitimador de esas decisiones. Son sencillamente los proveedores de
la opción china, y no como afirma el autor porque estén
aferrados a "la dictadura del proletariado" (página
96), tema del cual ya no se acuerdan ni los faraónicos voceros
de la escuela Ñico López, sino porque un régimen
autoritario es, desde la óptica de los cuarteles, la mejor cobertura
política para el esquema de acumulación depredador que
le corresponde a una Isla cuyo futuro previsible, como gustaba decir
Moreno Fraginals, es ser capitalista y pobre. No digo que sea
una alternativa viable, sino que es una propuesta entre las muchas
que habrá que negociar. Y habría que tomar en cuenta
que posiblemente estamos hablando de la institución estatal
cubana más coherente y legitimada, sea por su éxito comprobado
en el campo militar (ofensivo y defensivo) o por su eficacia en acciones
de alta resonancia pública, como la defensa civil o la producción
de alimentos baratos. A diferencia de lo sucedido en Europa del Este
(donde los militares tenían roles muy subordinados) o América
Latina (donde los militares estaban muy desacreditados y eran en sí el
problema), cualquier transición en Cuba, hasta donde es previsible
en la actualidad, tiene que atenerse a la idea de que los militares
serán actores claves y muy exigentes en la negociación
del poder político y económico. Y probablemente sin las
fisuras entre oficiales jóvenes y generales que el autor prefigura
en la página 52 sin ofrecer suficiente argumentación
demostrativa. Dentro de los actores, vale la pena discutir algunas
de las muy sugerentes ideas avanzadas por Alberto Álvarez sobre
la sociedad civil cubana. Sobre este asunto reconoce tres segmentos —la
sociedad civil oficial, la sociedad civil emergente y la oposición
(páginas 52-53)—, pero en realidad solamente se detiene
en la tercero, y resume los dos primeros en unas breves líneas.
Es una omisión lamentable, sobre todo si consideramos que las
transiciones, como agudamente precisa el autor en la primera parte
del libro, tienen que atenerse a las "contingencias estructurales" emanadas
de la historia. Me detengo en esta discusión sólo para
señalar que estas organizaciones posiblemente también
serán partes negociadoras de una transición, o al menos
soportes de alguna de las partes, y que todas ellas —oficiales
o emergentes— han sido el resultado del fuerte consenso popular
en torno al hecho revolucionario, y exponentes de una cultura cívica
peculiar. Más relevante es sin lugar a dudas su análisis
sobre los grupos de oposición, sobre los que el autor ofrece
datos e interpretaciones novedosos, que constituyen aportes significativos
sobre este fenómeno político. Me atrevería, sin
embargo, a expresar algunas ideas hipotéticas que no se alinean
con varias de las propuestas interpretativas de Alberto Álvarez. Ante
todo, la relevancia de estos grupos es cualitativa, no cuantitativa.
Y su importancia cualitativa reside en que por primera vez existen
en el espectro político cubano posterior a 1959 grupos organizados
que ejercen una oposición antisistémica por medios pacíficos
y cuyos programas, salvo excepciones, no remiten a un retorno al pasado
pre-revolucionario. El Proyecto Varela, por sus implicaciones públicas,
es sin lugar a dudas un punto de no retorno en la historia cubana reciente,
tanto por su significado contestatario como por haber inducido al Gobierno
cubano a la vulgar aberración de proclamar inmutable al régimen
político, sobre lo cual remito al incomparable artículo
de Juan Antonio Blanco publicado en el número 25 de Encuentro
de la Cultura Cubana. Y por ello los cálculos sobre la
excedencia de sus membresías sobre la que tenía el Movimiento
26 de julio no indica nada sustancial, sencillamente porque a diferencia
de los miembros del 26 de julio, estos grupos no aspiran y no podrían
planear el asalto a un cuartel ni hacer guerrillas en las montañas
orientales. Tampoco parece conducir a lugar alguno el argumento de
que en Europa Oriental grupos similares a estos formaron gobiernos,
lo cual no creo que sea empíricamente sustentable. Es sintomático
que con pocas excepciones, los grupos disidentes este-europeos hayan
sido más eficaces en movilizar a las poblaciones en medio de
serias crisis políticas y vacíos de poder que en formar
gobiernos elegidos. De esto último se encargaron las
viejas nomenclaturas recicladas, pródigas generadoras de liberales,
socialdemócratas, democristianos, nacionalistas, fascistas,
neoliberales, keynesianos y toda la posible variedad de cosmovisiones
políticas que hoy pululan en el mundo. Sucede cuando hay un
solo partido. Y al menos de forma hipotética, cabe considerar
que Cuba no será excepción. Otra "contingencia estructural". Por
otra parte, y volviendo a la trampa de los números, no importa
cuántos grupos sean o cuántos miembros posean, nada indica
que hayan logrado una implantación efectiva en la sociedad cubana.
Siguen siendo más impactantes en el exterior que dentro de la
Isla. Es cierto que a ello contribuye la injustificable represión
del Gobierno. Pero si el régimen puede reprimirlos es sencillamente
porque los costos de la represión son mucho menores que los
costos probables de la tolerancia. No se trata de una valoración ético-emotiva,
sino de puro realismo político. El incierto punto de desembarco: En
sus páginas finales, el libro entra en una discusión
realmente apasionante acerca de los escenarios posibles de la transición,
tomando en cuenta las posibles posiciones de la elite y de las masas.
Sobre ello no me detengo, sino para recomendar su lectura crítica
por constituir un excelente compendio de análisis de situaciones.
Prefiero dedicar el espacio restante a debatir, a partir de las propuestas
de Alberto Álvarez sobre cuál puede ser el futuro del
país, el diseño distributivo de recursos y valores y
las formas políticas que deben acompañar este diseño. En
la explicación que el autor nos ofrece hay una mezcla de dos
conceptos ubicados en campos muy diferentes. El primero es la noción
de reconciliación nacional y de una "patria para todos",
ciertamente muy lejana de las consideraciones de la transitología
y cuya carga ético/emotiva deja poco espacio para la seriedad
analítica. El segundo, más sustancial, es el ya mencionado
desideratum socialdemócrata de la economía social de
mercado y su correlato político democrático. En
este sentido, el autor propone la construcción de un proyecto
alternativo basado en la inclusión pluralista y en un rol activo
del Estado en la protección de los derechos sociales, económicos,
civiles y políticos. Esta construcción estaría
amparada en dos pactos: uno político que garantizaría
la equidad de acceso donde, recordando la vieja metáfora corporativista,
la mejor opción para todos debe ser la segunda mejor opción
de cada uno; y otro que operaría como un contrato social" garante
de la democracia socioeconómica. Es difícil discrepar
del valor programático de esta propuesta, y creo que si ese
es el punto de desembarco de la transición, la nación
cubana habría logrado el mejor de los mundos posibles. Pero
soy menos optimista que el autor, y aunque hay que reconocerle un lugar
a la política en la configuración de los modelos, éstos
no son únicamente el resultado de la política, o al menos
de la política que se puede hacer en los espacios nacionales.
Como el autor se encarga de recordar, esta combinación de pactos
fue exitosa en algunas transiciones, como las ocurridas en Europa,
y un estruendoso fracaso en América Latina. No creo que en este último
lugar haya sido un simple descuido de los diseñadores. Fue una
exigencia de la acumulación capitalista en la periferia. Y este
es el mundo, y no el europeo, que toca a Cuba. El desideratum
socialdemócrata ha sido viable únicamente en aquellas
sociedades noratlánticas en las que ha existido un excedente
económico suficiente para distender la relación entre
el capital y el trabajo, y al mismo tiempo en modelos fordistas de
acumulación, en los que los mercados internos eran los lugares
primordiales para la realización de las mercancías. Nada
de esto es previsible en el futuro capitalista de Cuba. La inserción
de Cuba al mercado mundial globalizado se apoya en la oferta de dos
condiciones: mano de obra barata y recursos naturales. Si el actual
Gobierno ha logrado evitar los casos de pobreza extrema, ha sido al
costo de repartir la pobreza y sólo permitir la prosperidad
a grupos muy selectos, que no afectan decisivamente las escalas de
distribución. Si ha logrado mantener los servicios sociales,
ha sido a expensas de los salarios extremadamente bajos que paga al
personal técnico y profesional. Si ha logrado algunos repuntes
económicos, ha sido a expensas de la reducción del consumo
personal y de la sobre-explotación de una fuerza de trabajo
sin amparo gremial consistente. Y ello ha sido posible en el marco
de un régimen de encuadramiento y estricto control de los sectores
afectados. Una apertura económica dislocaría este
esquema, disparando las desigualdades y, en un mediano plazo, también
las demandas sociales. El tránsito de Cuba al capitalismo generará muchos
perdedores y unos pocos ganadores, y de hecho ya los está generando.
Es lo que el discurso oficial cubano y la academia tributaria llaman —de
manera vergonzante— una inversión de la pirámide
social, cuando en realidad se trata de la erección de otra pirámide. Cualquiera
que sea la composición de la clase política cubana en
el futuro —sean ex-disidentes, funcionarios reciclados, exiliados
retornados o lo más probable, una combinación de todos
ellos—,tendrá que responder con muchas dificultades a
estos retos, sumados a los que se derivarían del mercado financiero
internacional. Es un esquema muy frágil de gobernabilidad, que
dejará poco espacio para sofisticaciones democráticas
que permitan a la gente común incidir en las decisiones públicas
y controlar sus vidas cotidianas. Es posible que la propuesta implícita
de un ordenamiento neo-corporativo no reducido a las relaciones entre
el capital y el trabajo sea el orden político más conveniente
que pueda dar cuenta de los requisitos de la democracia y la justicia
social, y de las demandas de la gobernabilidad. Desearía
que en este tema tan especulativo mi amigo Alberto Álvarez tuviera
total razón, como la ha tenido otras muchas veces. Tanto como
deseo que esta no sea su última contribución a las ciencias
políticas cubanas. Los lectores deberían revisar esta
sugerente obra y participar en el debate, aunque sólo fuese
en la soledad del pensamiento.
|