| Paquito
D’Rivera y el tramonto Bernés
Por: Carlos Wotzkow
Bienne, Suiza, Mayo 14, 2003
José de la Luz León (1) decía que Berna
era una ciudad aburrida y que en las tardes, el chorro continuo
de sus múltiples fuentes creaba una sensación única
de monotonía. Él mismo decía que no sabía
si era más triste esperar por una muchacha al lado de
esas fuentes, o quedarse sin novia. Yo, que la habité durante
tres interminables años, diría que es una ciudad
un poco cansada y llena de mujeres hermosas, pero cabizbajas.
Por eso cuando Paquito llegó y me anunciaba por teléfono
que ya habían llegado al pueblito de Berna, un poco que
me sonrojó decirle que estaba, nada más y nada
menos, que en la capital de Suiza.
¿Cómo, - me dijo con sorpresa - esto es la capital
de Suiza? ¡Compadre!, ¿pero cómo es eso si
Cacocún (2) es más ciudad que esto?
Y es que Berna, además de ser pequeña, estar llena
de mujeres bellas con la cara triste, y parecer cansada y aburrida,
no es una ciudad alegre. La poca gente que allí se reúne
lo hace generalmente para protestar frente al Palacio Federal.
Lejos de los conciertos que de vez en cuando se organizan entre
sus calles, el ruido nace por el descontento por el precio de
la leche, la agitación que crean las violaciones de los
Derechos Humanos en el Tibet (fuera del Tibet, raramente les
importan los derechos de los demás), por la guerra de
Irak (pero sólo los que gustan de criticar a Bush), y
muy raramente en cantidades que superen los 5’000 participantes.
En Berna la gente no camina, sino que resbalan como si fuesen
sobre una estera mecánica. La vida de sus transeúntes
transcurre sin brío, sin penas, pero sobretodo, sin risas.
Entre muchas otras cosas, eso es lo que demuestra en cualquier
caso que Berna no es New York ni tampoco La Habana. No se trata
de una urbe seductora, ni conozco (fuera de mi suegro) a nadie
que se sienta entusiasmado como para contar haber nacido allí.
Sin embargo, a veces Berna deja de ser una ciudad antipática
y la gente se abre y se contagia con aquellos que la visitan.
Y si ese que llega es un músico cubano, y además
viene desde New York, entonces Berna se aviva, sus fuentes se
desbordan y la gente saca a flor de piel su júbilo.
Cuando pisé por primera vez Berna, una tarde de Agosto
de 1992, no hubo nada que me confundiera más que la belleza
de sus mujeres. ¡Qué caras! ¡Dios mío
qué cuerpos! Pero sobre todo ¡qué c... olas
más preciosas! ¿Cubanas bellas? Sí, es cierto... ¿y
qué? A estas rubias no le hacía falta nada, aunque
tal vez, un poco de música, algunas cucharadas de buen
ritmo y un poco de sandunga. Cuando la obtienen, la ciudad de
Berna y sus mujeres se comportan que da espanto. La expresión
corporal de una bernesa sentada a los pies del piano que tocaba
Alon Yavnai no tenía desperdicio. Es más, si hubiera
una descripción perfecta del orgasmo femenino, aquella
mujer era en cuerpo y alma su concepto.
Muy por encima de hacer mover a una mujer así (y si no
que lo diga su maravillosa esposa Brenda), una de las características
que parecen primar en la personalidad de Paquito D’Rivera
es su claro rechazo a cualquier intento por manipular el arte.
Paquito es un cubano que, por encima de su aprecio a la causa
de la libertad en Cuba, cuida mucho la independencia de su libertad
individual. La música, no importa de dónde venga,
no conoce de sugerencias y no acata ninguna conveniencia momentánea.
Esta hecha, interpretada y pertenece a todos. Ejemplos sobran
y testigos (sus oyentes), entre los que más abundan.
Para Paquito lo primero es el arte y después la yunta
del artista con su alma. Y como que no hay música que
invite al Saxo que no sea profundamente espiritual, no hay tampoco
un Paquito D’Rivera al que una gota de orgullo reste un ápice
de su ganada independencia para recrear. Mientras muchos artistas
se desviven por la fama y la devoción de sus admiradores,
a Paquito lo seduce el respeto, el homenaje, y la admiración
de todos los buenos músicos que le han precedido. Y diría
más, de todos los que en cada pieza y cada noche le acompañan.
Decía un colega acarólogo que el ideal del cubano
debería estar cerca de una garrapata cuyo pene es 32 veces
más largo que su propio cuerpo. Pero hoy no estoy tan
seguro de eso. Después de conocer a este excelente músico
cubano (aún y cuando mis conocimientos de música
sean inversamente proporcionales a la envidia que siento por
la mencionada garrapata) yo diría que Paquito es el perfecto
compatriota. El ideal de ese cubano que está siempre examinando
su conciencia, ayudando a sobrellevar el dolor del corazón
ajeno y por tanto, apretándonos en un inmenso abrazo y
siempre a todos.
Durante años, y sobretodo desde que desertó en
Madrid, Paquito D’Rivera se convirtió para muchos
en un símbolo tropológico, pero nada sería
más injusto que utilizar una metáfora para alguien
que trabaja y vive sinceramente de su arte. En su música,
un solo de saxo es solo eso, una melodía que no necesita
demostrarle nada a nadie. Por suerte, la buena música
no alarga ni aletarga a las dictaduras y Paquito, que goza de
un certificado impecable de cubano, lo sabe muy bien. No existe
arte en este mundo que resulte un quitamanchas en la vida de
un hombre, como que no hay música (por excelente que sea)
que perdone al hombre que no se haya comportado con honestidad.
Recuerdo que esa noche de abril, a las afueras del Marian’s
Jazz Room, los taxis que traían a los músicos pedían
el Boicot a USA y no aceptaban tarjetas American Express. Dentro
del local del Innere Enge, un cubano, totalmente curado de espanto,
tocaba el saxo y sin encabronarse él mismo divertía. ¡Que
lección! ¡Y que orgullo! Que sea un cubano el que
con un susurro de saxo le diga a esta "vieja Europa" que
no vale la pena conservar destruyendo, que no vale de nada tergiversar
la historia para intentar con ello contradecir los objetivos
por los que la libertad nació.
La gran coherencia de un buen músico es su trabajo y
el respeto impecablemente aplicado a los demás. Por tanto,
la obra de Paquito D’Rivera es su vida y la vida, en la
obra de Paquito, su incuestionable independencia. Libertad para
componer e independencia para interpretar, para improvisar, para
ayudar, incluso hasta la equivocación, porque por encima
de todas las cosas en este desgraciado mundo, nuestro compatriota
ha comprendido que su arte es más eterno, más trascendente,
y muchísimo más limpio que el deseo de sobrevivir
de una terrible dictadura enquistada en el Caribe.
Notas
1.- José de la Luz León: diplomático y
escritor cubano cuyos textos sobre Suiza quedaron plasmados en
un bello libro intitulado "El Bordón del Peregrino".
2.- Cacocún: Caserío (hoy un poblado) del término
municipal de Holguín, construido alrededor de la antigua
ermita de Santa Margarita de Cacocún, a 789,7 km de La
Habana, Cuba.
A la izquierda del Gran Paquito
de Rivera (con pullover negro) esta este humilde servidor que
tan malos textos les envía.
Así, los que no me conocen que por mis artículos,
pueden apuntar a la persona indicada cuando me tengan en su mira.
Al otro, déjenlo vivo, que tan buenos no abundan.
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