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CHARLA
DE LA DRA. LAURA YMAYO TARTAKOFF
CON MOTIVO DE LA PRESENTACIÓN DE SU LIBRO
"CON
TODOS Y PARA EL BIEN DE TODOS: EL PENSAMIENTO POLÍTICO Y SOCIAL
DE JOSÉ MARTÍ"
Noviembre 12, 2003
Amigos
todos de la libertad, permítanme comenzar esta noche repartiendo,
como le gustaba hacer a José Martí “justas
alabanzas”. Es decir, dando las gracias a quienes han hecho
posible esta nueva antología de la prosa de Martí--
a Carlos Alberto Montaner y a José Miguel González
Llorente, por tanta generosidad, perseverancia y ecuanimidad, a
Lilliam Moro y Luis García Fresquet por sus dones tipográficos,
editoriales y artísticos, al Prof. Jaime Suchlicki y al
IECCA por su acogida y a todos ustedes por apoyar los esfuerzos
de la Biblioteca de la Libertad.
I
Cuando
se me pidió en febrero hacerme cargo de esta
antología del pensamiento político y social de
Martí, pensé que era un honor, pero sentí cierto
miedo e incomodidad… y tuve dudas… Miedo… porque
recordé las palabras de Gabriela Mistral. Dijo Gabriela
Mistral en su ensayo “La Lengua de Martí” que “Es
prueba fuerte… escoger un asunto o un lugar amado y dicho
por muchos otros”. Efectivamente, Martí ha sido “un
asunto y un lugar amado y dicho por muchos otros” – Sarmiento,
Hostos y Darío lo honraron; Gabriela Mistral, Juana de
Ibarbourou y Julia de Burgos también; y tantos cubanos,
entre ellos, Jorge Mañach, Carlos Ripoll, Ismael Sambra,
Enrico Mario Santí, Luis Gómez y Amador… ¿Cómo
me iba a atrever yo a encargarme de una nueva antología… y
que no fuera sólo una más?
Pero
no sentía sólo miedo, sino también
incomodidad… Incomodidad porque Martí es “un
asunto o lugar” no “amado” sino usado y manoseado
por demasiados otros. Y eso duele y molesta y cuesta mucho esfuerzo
perdonar. Yo a veces por eso no quería ni escuchar el
nombre de Martí… ni escribirle un poema. Me dolía
ver su rostro en mi biblioteca en Ohio… esa imagen que
ahora aparece en la portada de nuestro libro. Hasta apenas recordaba
que había sido el querido amigo imaginario de mi niñez…mi
maestro gracias a su “Edad de Oro”… el maestro
con quien yo a menudo conversaba cuando tenía once años
y cursaba el sexto grado en Puerto Rico. Sí, déspotas
y demagogos han usado y siguen usando a Martí como escudo
y coartada. El Martí hombre, el ser humano honrado y polifacético,
es reemplazado por un Martí retórico, partidista,
reducido. Tenía razón Gabriela Mistral, ocuparse
de Martí… seleccionar cartas, crónicas y
discursos… y escribir cortos prólogos iba a ser
(y ha sido) una “prueba fuerte”…
No
obstante, pensando en voz alta con mi marido Alan y con mis
hijos, decidí que aquella estudiante de sexto grado
en Puerto Rico, ahora mujer madura, tal vez podría venir
al rescate de Martí, tratar de salvar a mi viejo maestro
y amigo. (Pero recuerden que a Martí no le fue posible
ser viejo. Murió a los 42 años, pero tampoco hubiera
llegado a ser viejo si hubiera fallecido al cumplir los 100… pues
como él bien decía solo son viejos los egoístas”.
Y egoísta Martí nunca fue.) Por amor a ese Martí eternamente
joven perdí el miedo y la incomodidad, y acepté darme
a la tarea de seleccionar estos ensayos, discursos y cartas sobre
su pensamiento político y social.
Ha
sido una operación de rescate fundada en amor, no
en reverencia desmedida; y no sólo en amor sino también
en respeto. Yo no he querido “apropiarme” a Martí ni
quiero que nadie se lo apropie. Porque lo amo, lo respeto, y
no lo quiero títere ni marioneta de las ideas, los programas
o las agendas de ningún ventrílocuo. Sólo
he deseado al escoger estas cartas, discursos y “correspondencias” (como
Martí llamaba a sus trabajos peridísticos), dejarlo
hablar a él en paz, dejarlo compartir ideas en sus propias
palabras… y sin intérpretes oficiales. Pero tengan
en cuenta que publicar en forma completa unos ochenta escritos,
hubiera requerido unas quinientas páginas… y por
lo tanto tuve que usar tijeras para quedar sólo con puntos
importantes o esenciales… en unas trescientas. Eso explica
los fragmentos en esta antología. Dicho eso, claro, cualquier
lector que lo desee y tenga tiempo, puede juzgar mi criterio
yendo a las obras completas.
Y
así fue que perdí el miedo y la incomodidad..
y acepté someterme a la “prueba fuerte”… pero
aún tenía dudas. ¿Quién a estas alturas
iba a leer a Martí seriamente? En el destierro, hay cansancio y distracciones. En Cuba, agobio
y miserias. Un buen cubano que sabe mucho de Martí me
dijo, “En el destierro, Laura, ya nadie lee… Casi
nadie se hará socio de la Biblioteca de la Libertad”.
Pero este verano en Madrid, Lilliam Moro y yo pensamos en voz
alta que eso poco importaba aunque fuera verdad… pues nuestro
propósito principal es que esta antología se lea
dentro de Cuba… que acompañe a la disidencia… y
que alcance en la Isla los estantes de todas las bibliotecas
independientes. Luego en Cádiz, en la reunión “Con
Cuba en la Distancia”, jóvenes liberales suecos,
conscientes de la ola represiva del mes de marzo, expresaron
lo mismo. Como Lilliam Moro, y como mi marido e hijos, ellos
también me ayudaron a pensar en voz alta y proseguí casi
sin dudas este rescate donde Martí – noble y magnánimo
maestro -- termina rescatándome a mi misma
I I
La
antología se divide en cinco partes, todas bajo un
título que las resume e hilvana en ocho palabras, Con
todos y para el bien de todos – Educación, Concordia
y convivencia, Derechos y deberes, Elecciones, y Justicia y libertad.
Se me ha preguntado alguna vez por qué dividí la
antología en estos cinco temas --- y cuáles son
algunos de mis ensayos favoritos. Voy a responder a esas preguntas
dejándome llevar por la nota en la contraportada, que
concluye diciendo que la palabra de Martí “puede
aún servir de guía y esperanza en el siglo que
recién comienza”…. y dejándome llevar
también por los epígrafes y los prólogos
cortísimos. La palabra de Martí como “guía
y esperanza en el siglo que recién comienza”… ¿Qué palabra? ¿Qué palabras? ¿Por
qué estos cinco temas?
1.
EDUCACIÓN
La
primera parte de la antología tenía que tener
como tema la educación… pues Martí, maestro
innato, la consideraba base fundamental de concordia y convivencia,
de derechos y deberes, de elecciones, de justicia y libertad.
Y tales eran, en el pensamiento de Martí, las raíces
primordiales del bien común, de la salud de cualquier
nación-Estado. Raíces primordiales… por eso
dividí el libro en estos cinco temas porque cada uno de
ellos es una raíz fundamental.
Martí creía en la educación “para
todos y por el bien de todos”. Palabras tales como “la
paciencia inteligente”… y “la calma activa” sirven
de guía y esperanza. “La paciencia inteligente” y “La
calma activa”… En el prólogo de los Cuentos
de hoy y de mañana de Rafael de Castro Palomino, Martí dice
que la inteligencia humana “da bondad, justicia y hermosura:
como un ala, levanta el espíritu; como una corona, hace
monarca al que la ostenta; como un crisol, deja al tigre en la
taza, y da curso feliz… a las palomas”. Ala, corona,
crisol… y en la reseña sobre los cuentos de Palomino,
escribe: “…es consejo de higiene nacional, y elemental
precaución… promover y por todas las vías
auxiliar una verdadera, útil,[y] aplicable educación
pública. Todo hombre es una fiera dormida. Es necesario
poner riendas a la fiera. Y el hombre es una fiera admirable:
le es dado llevar las riendas de sí mismo”.
Martí insistía que los mejores amigos son siempre
maestros. En su crónica sobre los “Los Lunes de ‘La
Liga’”, dice que “Para todas las penas la amistad
es remedio seguro”… que “el bien más
enérgico de la vida” son “los buenos amigos”… “los
buenos amigos”.
Y
en el “cúmulo de verdades esenciales que caben
en el ala de un colibrí”, Martí indica que
aquellos que se dan y aprenden, crecen… y que los maestros
(ambulantes o no) han de llevar a la enseñanza no sólo
explicaciones, sino también la ternura, “la ternura
que… tanta falta y tanto bien [hace] a los [seres humanos]”.
La ternura es un elemento básico de la pedagogía
de Martí.
2. CONCORDIA Y CONVIVENCIA
Así se llega a la concordia y a la convivencia, segunda
raíz fundamental y segunda parte de la antología.
Para Martí era sentido común lo que en el siglo
XX, obsevaba el cubano Calvert Casey: ese entenderse “en
el gran lenguaje atávico y no hablado con que se entienden
los hombres de una misma tierra”… Para alcanzar la
concordia y la convivencia, Martí siempre recalcó lo
que une, no lo que separa. Coincidía con Marco Aurelio
en pensar que los seres humanos estamos hechos para cooperar
los unos con los otros como lo hacen nuestros pies, nuestras
manos, nuestros párpados… y nuestras quijadas.
Magistral
es el énfasis que pone Martí en la dignidad
de la persona – negra o blanca, mulata, india, mestiza
o asiática, cristiana o judía, rica o pobre, vieja
o joven, hombre o mujer, desterrada o habitante de la isla. Lo
que interesa a Martí es el ser humano, especialmente aquéllos
que sufren y padecen, y en particular, sus compatriotas todos.
Martí se opuso a que predominara una raza o clase social
sobre otra. La epidermis en Cuba libre tendría un solo
color, el cubano. No idealizó a los pobres que después
de todo pueden ser codiciosos, ni a los ricos que después
de todo pueden ser soberbios. Reconoció que “lo
singular y sublime de la guerra en Cuba” fue que “los
ricos que en todas partes se le oponen , en Cuba la hicieron”.
Admiró la virtud en cualquier grupo, en los obreros y
en los millonarios. Esencial para Martí fue siempre escuchar
más de una voz. En su artículo “ Pascuas
y Christmas”, vemos cuánto le complacieron las fiestas
de cristianos y judíos que en concordia convivían
en aquel Nueva York de su destierro.
En
la lucha por la independencia de Cuba, en la guerra y en la
paz, Martí se propuso conciliar colores y sueños,
diferencias de clase social y discrepancias políticas.
En fin, sanar heridas. Muchas había dejado el fracaso
de la Guerra Grande o de los Diez Años. Martí se
sintió eternamente llamado a consagrar la concordia para
asegurar la convivencia – una concordia, como indica en
su discurso “Con todos y para el bien de todos”, “íntima,
venida del dolor común”. En ese discurso declara, “No
juzgue de prisa el de arriba, ni por un lado: no juzgue el de
abajo por un lado ni de prisa. No censure el celoso el bienestar
que envidia en secreto”… Para Martí, “los
poderes más terribles y activos de la tierra” eran “el
egoísmo y la envidia”. Martí quiso evitar
que los cubanos fueran víctimas de ellos, del egoísmo
y la envidia.
Dice
en su discurso “Los Pinos Nuevos” que no era “de
cubanos vivir, como el chacal en la jaula, dándole vueltas
al odio. (…) Donde se fue muy vil, se ha de ser muy grande”.
Esos dos discursos – “Con todos y para el bien de
toodos” y “Los pinos nuevos” -- son prueba
formidable de la grandeza de Martí… Esa grandeza
explica no sólo la creación del Partido Revolucionario
Cubano, sino también el que el sueño de una nueva
guerra se hiciera por fin realidad en 1895.
Martí unió y reunió en labor común
a dos generaciones de cubanos. Ya en 1887 declaraba que el movimiento
separatista estaba compuesto “de personas de distintos
pareceres y procedencias” y proponía “unir
con espíritu democrático, y en relaciones de igualdad,
todas las emigraciones”.
Excepcional,
Martí se deleitó en venerar y alabar.
Veneró a los ancianos que no son viejos. Alabó a
la pobre mujer de setenta años “que perdió con
la guerra su gente y su hogar” pero no se dio por vencida.
Dijo que ella es “el alma cubana”. Alabó,
entre muchos otros, a Céspedes por su “genio del
hombre de Estado”, a Agramonte que no “humilló nunca” a
nadie, y a Roloff “que trajo su juventud y su fortuna a
la guerra de la libertad, la guerra de un país donde él
no había nacido”.
Su
consejo es claro y corto, sirve de guía y esperanza.
Martí nos pide, como le pedía a su amigo Rafael
Serra, que no nos cansemos de amar. Nos lo pide a nosotros desterrados
y a los cubanos dentro de la Isla.
3. DERECHOS Y DEBERES
Octavio
Paz observa que “[s]on democráticas aquellas
naciones en donde todavía, cualesquieras que sean las
injusticias y los abusos, los hombres pueden reunirse con libertad
y expresar sin miedo su reprobación y su asco”.
La
cita de Paz abarca Derechos y deberes, tercera raíz
doble y fundamental y tercera parte de la antología– el
derecho a reunirse con libertad y el deber de expresar reprobación
y asco ante el abuso y la injusticia. La libertad es derecho
progenitor. Provienen de ella todos los otros. Bien le explicaba
Martí a los niños de América que “Libertad
es es derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar
y a hablar sin hipocresía”.
Martí llegó a Nueva York en enero de 1880 y vivió en
esa ciudad casi sin interrupción durante los últimos
quince años de su vida. En 1887, describe para La Nación
de Buenos Aires, con su habitual prosa sabia y poética,
las fiestas por el centenario de la Constitución en Filadelfia.
En ese reportaje -- una de mis correspondencias favoritas --
un Martí emocionado rinde honor a los fundadores de la
república donde él y tantos otros cubanos habían
hallado refugio. Martí hace patente, una vez más,
su aversión a los tiranos. Señala que “la
política virtuosa” es “la única útil
y durable” y que la concentración de vanidades y
ambiciones es “amenaza perpetua” para todas las repúblicas.
Palabras que sirven de guía y esperanza: Es deber “la
política virtuosa”, la única útil
y durable”.
Martí admira a Washington, hombre de Estado que “juntó sobre
su corazón a los partidos hostiles”. Recuerda como
los cincuenta y cinco delegados, de los cuales treinta y nueve
llegaron a firmar la Constitución, habían pasado
cuatro largos y calurosos meses diseñando, cortando y
puliendo el brillante documento -- entre ellos, Hamilton, Madison
y Wilson en cuyo brazo se apoyaba el octogenario Franklin. Martí enfatiza
cómo “el norteamericano se apasiona, se exalta,
se rebela, se aturde, se corrompe lo mismo que el hispanoamericano”.
Y anota: “Jamás asamblea de latinos apasionados
debatió, injurió, estorbó, amenazó tanto”.
Pero “a fuerza de concesiones mutuas surgió por
fin la Constitución en que actúan sin choque los
gobiernos libres de los Estados”, el sistema federal al
que debían los norteamericanos su buenaventura. Al aludir
a la antesala del documento -- es decir, a la Declaración
de Independencia --Martí observa otra realidad, la “elocuencia
judicial que viene a las almas fundadoras de la ternura del amor
y la dignidad de la virtud”. “La ternura del amor
y la dignidad de la virtud”. Palabras que sirven de inspiración
y esperanza.
Es
innegable que los derechos para Martí conllevan obligación
moral y deber. Y por moral Martí entendía el juzgar,
el distinguir el bien y el mal, lo esencial y lo marginal, hombres
de Estado y políticos, políticos y déspotas,
constituciones legítimas y constituciones de papel. Es
que la libertad no puede divorciarse de la responsabilidad de
las personas. Indiferencia o distracción pueden ponerla
en peligro. “La política virtuosa” era deber
imprescindible. Donde reinan derechos constitucionales. la atención,
la compasión, la participación y la paciencia son
salvavidas. La dinamita y la bomba conducen casi siempre al fracaso
y a veces al patíbulo.
Martí condenó la violencia callejera y los crímenes
de los anarquistas. Entendió adolorido los justos reclamos
de los obreros pero no tales métodos.Violencias y crímenes
son “innecesarios en un país donde hora a hora,
desde todas las tribunas, pueden decir los
hombres lo que quieren, y juntarse para hacerlo”. Piensa
que “la mayoría trabajadora” debe y puede
convencer, debe y puede persuadir, a “la minoría
acaudalada de la necesidad de un cambio”. Ese es un deber
de los obreros. Tuvo razón una vez más Martí.
Comprendió que la moderación era la vía
más efectiva para obtener cambios favorables, para reorganizar
la sociedad de manera equitativa. Sólo se lanzaba uno
a la calle, o al campo de batalla, cuando un sistema gubernamental
no proveía esperanza de remedio.
Se
debe tener en cuenta que Martí también condenó la
violencia del Estado, aún en los gobiernos democráticos.
Siempre se opuso a la pena de muerte. Muy joven anotaba: “Desde
que pude sentir, sentí horror a la pena [de muerte].—Desde
que pude juzgar, juzgué su completa inmoralidad.”
4. ELECCIONES
El
libre sufragio es la cuarta raíz fundamental en el
pensamiento sociopolítico de Martí y la cuarta
parte de la antología. Honesto y realista, Martí no
idealizó a los Estados Unidos. Admiraba el país
que lo había acogido pero también desconfiaba de él,
de sus intereses expansionistas, innegables en aquel siglo XIX
del Destino Manifiesto y del Canal de Panamá. Como explica
a su amigo mexicano Manuel Mercado en la famosa carta que dejó sin
terminar, le conocía esas “entrañas” al
vecino poderoso. Sin embargo, en esa carta dice que, dada la
voluntad del país en guerra, la anexión de Cuba
a los Estados Unidos era improbable, no importaba cuánto
la desearan algunos estadounidenses, cubanos y españoles.
Martí, nacionalista liberal, quería a Cuba sin
amo.
No
hay en la presentación de Martí contradicción.
Sí, censuró sin pelos en la lengua el materialismo
y el expansionismo, la corrupción y los monopolios, los
abusos y los privilegios, pero admiró, a fin de cuentas,
el sistema democrático estadounidense, pluripartidista
y representativo, con sus libertades y elecciones. Esa democracia
protegía a la persona frente a los abusos del poder y
brindaba oportunidades de participación propicias al desarrollo
humano.
Martí fue específico y concreto al escribir sobre
las elecciones en los Estados Unidos. Respetó a Arthur,
quien llegó a ser presidente de forma inesperada tras
la muerte de Garfield. Aplaudió en 1884 la victoria de
Cleveland, y aunque lamentó la de Harrison en 1888, reportó las
inauguraciones de ambos con igual aprecio. En 1892, le fue algo
alentador el regreso de Cleveland a la Casa Blanca.
Nunca
dejó de abogar Martí por el voto libre.
Lo impresionaban “los debates contínuos de la contienda” y “el
comedimiento” de los partidos políticos en Estados
Unidos. Optimista, previó experiencias de ese tipo para
su patria-pueblo. “Muchos votos se venden; pero hay más
que no se venden. Las pasiones trastornan, y el interés
aconseja villanías; pero la justicia vela”. Martí se
hubiera hecho eco de las palabras de Gastón Baquero: “Siempre
es mejor un hombre libre imperfectamente gobernado, que un esclavo
dirigido a las mil maravillas”.
Martí enfatiza la “seguridad democrática” como
característica del Partido Revolucionario Cubano (PRC).
No podía ser más claro: “La idea de la persona
redentora es de otro mundo y edades, no de un pueblo crítico
y complejo”. Por eso en los estatutos del PRC se fija “en
el plazo brevísimo de un año la autoridad del Delegado”,
el título modesto con que se identificaba a Martí.
Quiere él que los cubanos desarrollen inmunidad perpetua
contra el personalismo de ególatras y caudillos.
El
PRC no iba a ser partido único. Se fundó “para
preparar una guerra inminente” y evitar el desorden de
la república a la que la guerra iba a dar parto, no para
gobernar y administrar un Estado. La guerra sería “generosa
y breve”, y el momento vendría después para
ocuparse con todos de crear las instituciones republicanas necesarias.
Martí era demasiado hospitalario, demasiado abierto, para
pensar que esa nueva nación-Estado debería ser “la
voluntad de un hombre solo” o de un solo partido. El PRC
estaba dispuesto a competir con otros y a fraguar compromisos
también.
Muchas
lecciones aprendió Martí sobre el desarrollo
y la importancia de los partidos políticos y la democracia
representativa durante sus años neoyorquinos. Fueron lecciones
claves el valor de la libre asociación y del franco intercambio,
así como la necesidad de elecciones honestas para legitimar órganos
y acciones del Estado.
5.
JUSTICIA Y LIBERTAD
Llegamos
así a la quinta raíz fundamental y última
parte de la antología, Justicia y libertad -- doble tema
como derecho y deber, pues no hay justicia sin libertad ni libertad
sin justicia. Sin duda la libertad fue fuente y foco de todas
las labores de Martí. La libertad era para él,
como para Whitman, “la religión definitiva” – libertad
sociopolítica, religiosa y económica. “Sólo
la libertad”, dice. “trae consigo la paz y la riqueza”.
Pero le advertía a Fermín Valdés Domínguez
que “el caso es no comprometer la…justicia por los
modos equivocados o excesivos de pedirla”.
Para
Martí la libertad es un instinto humano. Al observar
al pueblo estadounidense dar la bienvenida a la Estatua de la
Libertad, escribe conmovido sobre el “desborde de placer
humano, al ver erguido con estupenda firmeza en un símbolo
de hermosura arrebatadora aquel instinto de la propia majestad
que está en la médula de nuestros huesos”.
Pero mientras, en la América hispana “la suerte” con
frecuencia “estaba echada”. Al triunfar el golpe
revolucionario de Porfirio Díaz, Martí afirma: “Una
revolución es necesaria todavía: la que no haga
Presidente a su caudillo, la revolución contra todas las
revoluciones”.
Tiempo
después, Martí dejará la Guatemala
de Barrios y hará corta su estadía en Venezuela
dada la dictadura de Guzmán Blanco… …En “Con
todos y para el bien de todos”, Martí proclama que
los cubanos no trabajaban para erigir “la mayordomía
espantada de Veintimilla… o la hacienda sangrienta de Rosas… o
el Paraguay lúgubre de Francia…” No se luchaba
contra España para eso.
En
sus Apuntes anota, “Oh patria, salvarte de España
para verte caer en dictadura[s como la de] Guatemala [y] Caracas…piedra
quiero volverme aquí para castigo mío y ejemplo
de los que me han de seguir, si a tanta vileza, con mis actos
o con mi silencio me prestase”.
Sí, Martí condena toda dictadura… Inclusive
la dictadura del proletariado. Las prédicas de Karl Marx
nunca lo convencieron: la lucha de clases… el materialismo
histórico… el socialismo científico… el
partido único…la completa desaparición del
Estado… Martí, clarividente y racional, se daba
cuenta de que Marx, incurable materialista mesiánico,
fallaba al no tomar en cuenta la naturaleza humana.
Después de asistir a un homenaje a la memoria de Marx
en Nueva York, escribió lo siguiente: “Como se puso
del lado de los débiles, merece honor. Pero no hace bien
el que señala el daño y arde en ansias generosas
de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blando
al daño. Espanta la tarea de echar a los hombres sobre
los hombres”. Martí simpatizaba con aquéllos
que se ponían “del lado de los débiles”.
Por eso sintió cierta admiración por Marx, pero
nunca aceptó el comunismo ni justificó sus métodos
y metas.
Cuando
de justicia y libertad se trata, es difícil separar
lo político y social de lo económico. Martí vio
un vínculo estrecho entre la libertad personal y la próspera
felicidad de la república que casi llegó a diseñar
-- conección entre propiedad privada y justicia y libertad.
Sus comentarios sobre agricultura, industria y comercio envisionan
hombres independientes con toda la dignidad clásica de
la ciudadanía republicana. En una carta a Valdés
Domínguez identifica claramente como peligro de la idea
socialista: “la rabia disimulada de los ambiciosos”,
que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse… frenéticos
defensores de los desamparados”. Había que encontrar
formas de ayudar a los “débiles”, respetándolos
como personas, compartiendo ánimo y fuerza para realizar
una “verdadera igualdad”.
Martí pensó desde muy joven que todo debía
ser “libre a la par que justo”. ¿Cómo
no iba entonces a simpatizar con aquellos que denunciaban “los
monopolios y las concesiones descaradas” y peleaban “por
las vías de la Constitución contra las causas de
la pobreza?” Martí no alcanzó a dar detalles
para la economía de una Cuba independiente, pero claro
queda que era partidario del libre comercio y la competencia
y sólo de cambios impuestos a través de las instituciones
de un Estado de derecho, democrático y pluripartidista.
Hombre
de centro, Martí reconocía que tanto los
funcionarios de gobierno [los burócratas] como los magnates
industriales podían ser sátrapas y bandidos. Por
lo tanto el mejor remedio era siempre, con todos y para el bien
de todos, evitar los extremos, encontrar el punto medio, el equilibrio.
De equilibrio efectivamente tratan las Bases del PRC, las cartas
que Martí le escribió a Gómez, y el Manifiesto
de Montecristi. Justicia y libertad hay en todos ellos. Martí lo
indica claramente. Se va a fundar “un pueblo nuevo y
de sincera democracia, capaz de vencer, por el orden real del
trabajo y el equilibrio de las fuerzas sociales” cualquier
peligro. Martí realista le confiesa a Gómez que
esa “libertad verdadera y durable” tendría
que ser “obra de gigante[s] de amor… valor… pensamiento… [y]
paciencia”. Lo principal era sin duda evitar cualquier
posibilidad “de despotismo personal, que sería
más vergonzoso y funesto” que el depotismo de
España y más difícil aún de erradicar
por proceder de los mismos cubanos.
Martí,
en sus cartas a Gómez, propone una vez
más equilibrar “en la cordialidad y la justicia” todos
los elementos, los de dentro y los de afuera, diferentes generaciones,
los que combatieron en la guerra anterior y los dispuestos a
hacerlo en la guerra nueva.
En el Manifiesto de Montecristi, habla de “felicidad pública” – es
decir la enraizada en la atención y el intercambio “de
modo que no quede el decoro de un solo hombre lastimado, ni el
sacrificio parezca inútil a un solo cubano”. Palabras
que pueden servir de guía y esperanza en este siglo XXI
que recién comienza.
Cuando
en 1892, visitando San Agustín, Martí se
inclina sobre la tumba del Padre Varela, ya sabía que
conquistar justicia y libertad iba a ser más fácil
que mantenerlas.
I I I
Para
concluir quiero recordar (y enfatizar) ciertos puntos en el
prólogo general de este nuevo libro de la Biblioteca
de la Libertad. Sí, Martí conoció ciertas
corrientes políticas importantes de su época, el
anarquismo, el socialismo utópico y el socialismo científico.
Pero se debe tener en cuenta que no llegó a saber nada
del conflicto ideológico entre democracia y totalitarismos.
Murió sin enterarse de la evolución del capitalismo
en Estados Unidos ni de la evolución del marxismo hecho
realidad por Lenin en el Imperio Ruso que se llamó hasta
hace poco “Unión Soviética”. No supo
jamás de las salvajadas de Mussolini, Hitler, Stalin,
Mao, Mengistu, Pol Pot, o Bin Laden. No vivió lo suficiente
para aprender que un presidente norteamericano quiso ser buen
vecino y una guerra pudo ser larga y fría. Nada supo de
la cibernética ni de los viajes espaciales. Muchos olvidan
que Martí nació hace ciento cincuenta años
y murió en 1895.
Pero
las reflexiones de Martí trascienden las fronteras
de su época. Por clásico y cosmopolita, resulta
contemporáneo, invita una y otra vez a la relectura. Hay
un Martí que no se puede desprender de su corta, y por
lo tanto limitada, biografía, y otro Martí universal
y perdurable. El Martí universal y perdurable sobresale
en esta nueva antología.
Para
llegar al bienestar común -- eso que él resumió en
ocho palabras, Con todos y para el bien de todos -- hace falta
el freno que limita las pasiones. Ese freno permite que sobrevivan
las conquistas políticas. Los gobiernos deben encontrar
su fuerza, pero también su límite, en el derecho… y
la libertad debe, claro, encontrar su límite en la libertad
y en el derecho de los demás. A la vez, cada individuo,
todas las personas, deben encontrar fuerza y límite en
la virtud.
Hace
pocas semanas, discutía con mis estudiantes la última
escena en Las Euménides de Esquilo. La diosa Atenea convence
a las Furias, antiguas deidades de la venganza que acepten ubicarse
en una cueva-santuario localizada bajo el Areópago, el
tribunal supremo de Atenas. El tribunal representa la justicia
que se basa en la razón; las Euménides, la venganza
que se basa en las pasiones. Que la cueva quede ubicada bajo
el Areópago es clara metáfora o alegoría:
la justicia debe controlar la venganza; las pasiones deben ser
controladas por el raciocinio. Le dije a mis estudiantes que
Martí, admirador de Esquilo, le daba toda la razón
al dramaturgo griego.
Como
digo en el libro, leer o releer los escritos de Martí es
la mejor forma de confrontar sus ideas y, por ende, las de uno
mismo. Martí acompaña, calma y ennoblece. Es delicia
simultánea para la cabeza y para el pecho. Su pensamiento
político y social abre ventanas y puertas. Hay que leeerlo
despacio en paz y silencio.
Ojalá que esta antología, como los cuentos de
Palomino, sea más que un buen libro, una buena acción… pues
como dijo Martí, “No hay pena que no pueda consolar,
ni crimen que no pueda redimir, el gusto de ser útil”.
Laura Ymayo Tartakoff
21 de octubre de 2003
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