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El cha-cha-chá cumple 50 años

Qué rico vacilón
El País (Madrid), Noviembre 16, 2003
Por Mauricio Vicent, desde La Habana

 

En 1953, el mismo año en que Fidel Castro asaltaba el cuartel Moncada, en la primera acción armada contra la dictadura de Fulgencio Batista, en los clubes y academias de La Habana arrasaba La engañadora. La canción contaba la historia de una joven de tremendas curvas que iba a bailar a un famoso salón de la calle del Prado. ¿Se acuerdan? Decía,

"A Prado y Neptuno
iba una chiquita
que todos los hombres la tenían que mirar
Estaba gordita,
muy bien formadita,
era graciosita,
en resumen, colosal"

Y continuaba la letra,

"Pero todo en esta vida se sabe
sin siquiera averiguar
se ha sabido que en sus formas
relleno tan sólo hay
qué bobas son las mujeres
que nos tratan de engañar"

Entonces la orquesta coreaba un ¿Me dijiste? que había hecho famoso Biondi, el cómico argentino, del dueto Dick y Biondi, que vivieron largos años en La Habana.

Y lapidariamente acababa en,

Ya nadie la mira,
Ya nadie suspira,
Ya sus almohaditas
Nadie las quiere apreciar

Aquella canción pegajosa del violinista y compositor Enrique Jorrín, por aquel entonces director artístico de la Orquesta América, fue el primer cha-cha-chá. Y su ritmo revolucionó la música popular cubana en los años ´50, causando furor en todo el mundo.

En 1955, Rosendo Ruiz Quevedo creó para la América otros dos cha-cha-chás legendarios, Rico Vacilón y Los Marcianos, que decía aquello de:

"Los marcianos llegaron ya
y llegaron bailando rica-chá
Rica-chá, rica-chá, rica-chá,
Así llaman en Marte al cha-cha-chá"

Poco después, Nat King Cole grabó en La Habana El bodeguero, obra del flautista Richard Egües, y el cha-cha-chá atrapó al mundo como antes lo había hecho el son, la rumba, el mambo y otros ritmos salidos de Cuba.

En aquel año insurgente de 1953, el sello discográfico Panart grabó por primera vez La engañadora. Por aquel entonces en Cuba había 10,000 vitrolas, alrededor de 100 emisoras de radio, varios canales de televisión –que emitían fantásticos programas musicales como El Cabaret Regalías, de la CMQ—y un sinnúmero de locales y establecimientos para escuchar música y bailar.

Cabarés lujosos

Tropicana, Sans Soucí y Montmartre eran algunos de los lujosos cabarés, frecuentados por igual por turistas norteamericanos que por cubanos. Pero había otros muchos clubes dirigidos a una clientela casi exclusivamente nacional, como el Sierra, el Bambú o el Ali Bar, donde se presentaba habitualmente Benny Moré. También estaban en auge las sociedades como Silver Star y Buena Vista Social Club, mientras que la academia Galiano Sport o el salón de Prado y Neptuno se llenaban a rebosar los fines de semana.

Como la mayoría de las orquestas cubanas, a mediados de los años ´40, la América tocaba sobre todo danzones. Ya Orestes e Israel López Cachao experimentaban con el danzón de nuevo ritmo o danzón-mambo, y Jorrín dio un paso más allá.

“El danzón era instrumental, pero él empieza a meter en la parte final unos montunos cantados por varios músicos, a modo de coros. Cambia el tiempo y el ritmo, el güiro comienza a sonar diferente y Jorrín se percata de que eso les gusta a los bailadores” según cuenta Helio Orovio, autor del Diccionario de la Música Cubana. Han pasado 50 años del pelotazo de La Engañadora, y en Prado y Neptuno queda poco o nada del salón de baile. Orovio asegura que alguna vez vino aquí a bailar. Hoy, los mármoles del segundo piso están subdivididos, y en esta planta habita una decena de familias. Hilda Elisa Hernández es una mulata dulce de 79 años, y su casa ocupa el lugar en el que antes estaba la barra, donde se echaron tragos de ron grandes músicos de la época.

Hilda vive aquí desde 1959 y conoce bien la historia del lugar, aunque confiesa que a ella siempre le gustó más el danzón que el cha-cha-chá. “Cuando Jorrín independiza totalmente el nuevo ritmo del danzón original y el coro alcanza igual protagonismo que la música, arrasa,” cuenta Helio.

Pero todavía no existía el concepto del cha-cha-chá. En aquel disco de la Panart, todavía La Engañadora aparece catalogado por su autor como mambo-rumba.

¿Quién fue La engañadora? ¿De dónde salió aquella mujer que puso el mundo a gozar? Según el propio Jorrín, un día, en la esquina de las calles Infanta y Sitios, pasó caminando una chica de caderas voluptuosas y por su belleza se detuvo hasta un tranvía. Un hombre, exagerando, se arrodilló en medio de la calle y le lanzó un piropo. Ante el desprecio de la mujer, alguien dijo: “Tanto cuento, y cuando viene a ver, es de goma.” Por la tarde, en el salón de Prado y Neptuno, el director de la Orquesta América vio a una muchacha muy delgada que tenía un tremendo fondillo. La vió entrar al baño, y al salir estaba diferente. “¿Usará postizos,?” se preguntó.

El desaparecido Enrique Jorrín contó también alguna vez, aun que hay diversas versiones, que el nombre de su ritmo se debió a los propios bailadores: “Fue la forma en que se deslizaban sus pies, que sonaba cha-cha-chá.”

A pocas manzanas de Prado y Neptuno, en el teatro Fausto, recientemente se celebró un nuevo Festival del Cha-cha-chá, durante un año suspendido por la crisis. Se hizo un concurso de baile y otro de composición, y se rindieron homenajes a Rosendo Ruiz Quevedo, a Richard Egües y a la Orquesta Aragón.

Orovio habla de Rosendo como un patriarca. Y lo es. Tiene más de 300 canciones, de todos los géneros imaginables: sones, guarachas, rumbas, boleros, guapachás, guajiras, temas de filin, mambos, y claro está, cha-cha-chás. Su casa en la calle Paz, en el barrio de Santos Suárez, es como la guarida de un sabio despistado. Al lado de una vieja máquina de escribir, seguramente rusa, se desborda un montón de partituras, recortes de prensa, fotos, libros de música, más tarde todo lo que uno pueda imaginar.

Rosendo tiene 85 años, pero no los aparenta. Nada más llegar, le entrega a Orovio una fotocopia del manuscrito de un libro sobre su vida, que se llama Mi mejor canción. Orovio recuerda, aunque no viene al caso, la letra de Rico vacilón:

"Vacilón, que rico vacilón,
Cha-cha-chá, que rico cha-cha-chá
A la prieta hay que darle cariño,
a la china tremendo apretón,
a la rubia hay que darle un besito,
pero todas gozan el vacilón"

“Es el cha-cha-chá más escuchado y grabado en el mundo,” señala Helio. Y cuenta que Rosendo es también autor de rumbas famosas como Saoco, y que su padre, Rosendo Ruiz Suárez, fundador del movimiento de la Trova tradicional, fue premiado en la Expo de Sevilla de 1929 por su son De mi Cubita es el mango.

“Esta isla tiene una magia especial. Es la magia del cubano y de la mezcla, y eso marca a la música” afirma Rosendo. Y sentencia: “Fuera de sus fronteras, de Argentina se conoce sobre todo el tango. De México el corrido y la ranchera, y de Brasil, un país de enorme tradición y talento, la samba. Pero Cuba tiene la particularidad de tener una gran variedad de ritmos y estilos, todos de gran fuerza, de ahí lo internacional de nuestra música.”

Orovio interviene: “No se puede entender la música cubana sin el son. En el son se reúnen dos raíces de una fuerza arrolladora: la guitarra española y la percusión africana, y a partir de ahí…”

Hoy ya no quedan vitrolas en La Habana y la mayoría de los cabarés y clubes de los años ´50 están cerrados. Rosendo sigue cobrando derechos de autor por Rico vacilón, pero muchos menos de los que debiera, aunque ésa es otra historia.

“Sin duda, la influencia de la música cubana está en todos lados,” dice con voz firme Orovio. Chano Pozo, Mongo Santamaría y otros revolucionaron el jazz norteamericano con sus tumbadoras, y hay ecuaciones de Los Beatles que suenan a cha-cha-chá,” afirma el musicólogo.

Y lo fabuloso: cuenta Richard Egües que la canción que encandiló a Nat King Cole se debe a un bodeguero amigo suyo de Santa Clara. “De vez en cuando nos echábamos unos tragos juntos.”

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