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El
tambor de Cuba
Mauricio Vicent (El País, Madrid)
Marzo
22, 2004
A
mediados de 1946, meses
antes de que partiera rumbo a Nueva York, el legendario rumbero
cubano Chano Pozo fue con algunos familiares
y amigos al barrio habanero de Guanabacoa a darle un tambor a Changó,
divinidad africana dueña del rayo y del trueno, que también
encarna la hombría. “Chano tocó y, cuando bajó,
Changó le dijo que antes de viajar tenía que hacerse
santo o de lo contrario no regresaría. “Yo estaba
allí,” recuerda su heremana Petrona Pozo, de 75 años,
con voz ronca de fumadora, en su humilde casa de la calle Gervasio,
en La Habana.
El 2 de diciembre de
2003 se cumplieron 55 años del fallecimiento
de Chano Pozo, asesinado a balazos en un pequeño cafetín
de Harlem, Nueva York, por un asunto relacionado con unos pitillos
de mala marihuana. Su mito, sin embargo, no sólo pervive,
sino que con el paso del tiempo se agiganta.
“Chano
fue el primero en introducir el ritmo de las tumbadoras en
una orquesta de jazz, la de Dizzy Gillespie, dando origen
a una auténtica revolución musical: el Afrocuban
jazz, hoy conocido como jazz latino,” afirma Tata
Guines, quizá el percusionista vivo más famoso
después
de Chano.
Como él, Tata fue limpiabotas y nunca estudió música.
Ambos aprendieron el lenguaje de los tambores en la calle, rumbeando
en los solares de La Habana y tocando sus cueros en fiestas de
santería. “Él era lo máximo. Chano
era la verdad,” comenta al pie de la sepultura del rumbero,
en el Cementerio Colón de La Habana, a la que ha venido
a traerle frlores blancas acompañado de Jorge Reyes, contrabajista
del grupo Irakere, y otro destacado percusionionista cubano,
Jesús Quintana, Changuito, quien considera que “no
sólo su muerte, sino toda la vida de Chano Pozo está envuela
en la leyenda.”
Ciertamente,
nadie sabe qué hubiera ocurrido si Luciano
Pozo —su verdadero nombre— se hubiera iniciado en
la santería
antes de marchar a Nueva York. Ni tampoco qué habría
pasado si, en vez de conocerle a él, Gillespie hubiera
escogido a otro rumbero con menos dotes y carisma para entrar
a su orquesta. Quizá Chano no hubiera muerto, a los 33
años, de siete disparos, a manos de Eusebio Muñoz,
El Cabito, en el Rio Café de la avenida Lennox, en Harlem.
Y quizá el jazz latino hubiera tomado otros derroteros.
Pero... ¿qué parte hay de leyenda y qué de
realidad en la vida de Chano Pozo? Y, ¿cuál fue
su verdadero aparte al be-bop y al nuevo sonido del jazz?
En
los últimos años, músicos, estudiosos
y amantes del jazz latino han vuelto a escarbar en la vida y
obra de Chano atrapados por la fascinación de su mito.
Recientemente el musicólogo y productor español
Jordi Pujol Baulenas ha elaborado el primer estudio pjublicado
hasta la fecha sobre la figura del legionario rumber, El
Tambor de Cuba, que, editado por el sello Tumbao Cuban Classics,
incluye tres discos compactos con la recopilación más
completa de temas y canciones compuestos e interpretados por
Chano Pozo
y una biografía con numerosas fotografías poco
conocidas del artistas —el diario The New York Times incluyó esta
producción en su selección de los 100 mejores discos
de jazz de la historia. Además, un documental, un musical
inspirado en su vida y un festival de percusión en La
Habana han recordado la figura de Chano.
Luciano Pozo González nació el 7 de enero de 1915
en La Habana, muy cerca de la Loma de los Catalanes, donde está hoy
la Plaza de la Revolución, en el barrio marginal de La
Timba. Chano se crió entre la miseria más cruda
y el influjo espiritual de los santos. Su padre era limpiabotas,
y él mismo lo fue hasta que se rebeló contra su
destino, apuro golpe de tambor y puñetazos.
Negro, consumidor
compulsivo de droga y bravucón, no
fueron pocos los obstáculos con los que chocó Chano
Pozo en La Habana racista de aquel entonces, pero llevaba un
tesoro en sus entrañas: el soido ancestral y mágico
de los tambores de África. Perteneció a la sociedad
secreta Abakuá, donde aprendió a dominar el sonido
del ritmo.
Como otros rumberos
de la calle, tocaba en fiestas de santo y en juergas de solar,
pero sus congas sonaban de un modo muy
especial. “Bailaba, cantaba y tocaba muy bien. En los carnavales
era la estrella de la comparsa Los Dandys, abría el espectáculo
vestido muy elegante: todo el mundo quería contar con él,” recuerda
su hermana Petrona, que de joven bailó también
en una comparsa, la de La Guarachera.
“En realidad, cuenta Helio Orovio, autor del Diccionario
cubano de la música, “quien lo catapultó a
la fama es el músico y cantante Miguelito Valdés,
que le anima a que ponga letra y música a su talento.” Chano
no tenía conocimientos musicales, pero, por iniciativa
de Valdés, el pianista y arreglista de la Orquesta Casino
de la Playa, el músico Anselmo Sacasas, le ayuda a dar
forma a algunas composiciones. Así nacen Bien, Bien,
Bien y Ariñañara, las primeras que grabó.
Cuando
Valdés se marcha a Nueva York en 1940, da a conocer
otras rumbas de Chano, como Anana Boroco Tinde —grabada
por Xavier Cugat y su Orquesta del Waldorf Astoria— o las rumbas
afro Nague y Zarabanda, que Miguelito Valdés interpreta con la orquesta
de Machito y sus Afro-Cubans.
Mientras Valdés triunfa en Nueva York, Chano sigue en
La Habana abriéndose paso golpe a golpe de tumbadora,
y cada vez es más requerido para actuar con conocidas
orquestas, la de Julio Cueva o la Orquesta del Hotel Nacional.
A mediados de los cuarenta, dirige el llamado Conjunto Azul,
cuyo propietario, Amado Trinidad Velasco, lo apadrina y lo convierte
en su guardaespaldas.
Durante
estos años, Chano compone rumbas y guarachas:
Ampárame, el Pin Pin, Rumba en swing o Timbero, la timba
es mía, e incluso graba a ritmo de son Ave María morena, con
el Conjunto Azul.
A fines de 1946, Chano
ya estaba listo para probar suerte en Estados Unidos. Tenía tantos amigos, una obra que se empezaba
a conocer, talento y algunas cicatrices (de cuchillo y de bala)
ganadas en no pocas riñas y broncas callejeras. Lucía
un buen puñado de prendas de oro -dientes, sortijas, cadenas,
anillos, esclavas- y disfrutaba alardeando de cochazo y amantes.
Una de ellas, la bellísima bailarina Cacha, le acompañó en
su viaje de barco a Estados Unidos.
Miguelito
Valdés fue quien convenció a Chano para
que viajase a Nueva York, donde ya otros músicos cubanos,
como Mario Bauzá, Machito y él mismo, se habían
abierto camino y triunfaban. Su fecha de llegada es incierta,
aunque Pujol asegura que debió ser a mediados de enero
de 1947. Introducido por Valdés, Pozo comenzó a
trabajar en el famoso cabaret La Conga, en Brodway, y un mes
más tarde grabó sus primeros temas —entre ellos
No se fue de rumba y Abasi— para el sello discográfico
Coda. Enseguida entró en contacto con Machito y sus Afro-Cubans,
y con ellos se presentó en diversos escenarios, en ocasiones
acompañando a Olga Guillot.
En aquel momento,
las orquestas de Dizzy Gillespie y Stan Kenton interpretaban
el jazz más progresista en Nueva York. Y
Dizzy y Charlie Parker eran los reyes indiscutibles del be-bop.
La pasión por los ritmos afrocubanos se introducía
poco a poco en los círculos más selectos de la
Gran Manzana.
La historia posterior
es conocida: Dizzy Gillespie le pidió a
Mario Bauzá (músico y arreglista cubano con gran
experiencia en las bandas de jazz americans) que le recomendase
un buen rumbero, alguien que dominase los ritmos de la tumbadora. “Mario
me llevó al apartamento de Chano, y nos entendimos bien
aunque él no hablaba inglés. Cuando nos estrechamos
las manos sentí como si estuviera apretando hormigón.
Aquella misma noche lo ví actuar en La Conga y comprendí que
aquel tipo era realmente bueno,” recordaría Gillespie
después del encuentro.
El flechazo entreDizzy
y Chano provocó un terremoto.
El 29 de septiembre de 1947, Gillespie llevó por primera
vez el be-bop al Carnegie Hall con su banda de 17 músicos
y con una invitada especial: Ella Fitzgerald. Aquel día
se estrenó la Afro-Cuban suite, compuesta por George Fulle.
Fue la primera aparición pública de Chano con la
orquesta de Dizzy, y arrasó.
“Fue
increíble,” recuerda Al McKibbon, el
contrabajista que tocó aquella noche memorable en el Carnegie
Hall. McKibbon, de 85 años, viajó a La Habana por
la primera vez el pasado mes de diciembre, y cumplió un
viejo sueño: conocer a Petrona y la ciudad de la que tanto
le habló Chano. Todavía sonríe al recordar
su primera reacción cuando, en vísperas del concierto,
Dizzy le dijo que iba a introducir “uno de esos tam-tam” en
la orquesta : “Yo no estuve de acuerdo, le dije que no
iba a funcionar.” Pero funcionó, y de qué forma.
Las siguientes actuaciones de Chano con la big band de Gillespie
confirmaron el éxito del nuevo jazz, y el 30 de diciembre
de 1947 tuvo lugar otro hito: la grabación de Manteca —firmada
por Chano, Fuller y Dizzy— en los estudios de la RCA Victor.
Según Gillespie, Manteca fue”una mezcla
de la música afrocubana y del jazz que significó la
salida definitiva del ritmo antiguo.” Y Manteca se convirtió en
el himno del jazz latino.
Once meses después de la histórica grabación
de Manteca, tras una accidentada gira por Europa y numerosos
conciertos por Estados Unidos, se produjo un hecho fortuito que
algunos atribuyeron al azar, y Tata Guines y otros santeros cubanos,
al destino. Corría el mes de noviembre de 1948 y la orquesta
de Gillespie recorría el sur de Estados Unidos. Un día,
tras actuar en Raleigh (Carolina del Norte), a Chano le robaron
del camerino sus tumbadoras.
“Él quiso volver a Nueva York a comprar otras y
dijo que luego se reuniría con la orquesta,” contó después
Dizzy. Chano, efectivamente, compró los instrumentos,
pero en vez de regresar con la orquesta, decidió esperar
a Gillespie en Nueva York. Machito, una de las últimas
personas que lo vio con vida, reveló después: “Chano
no quería tocar en el sur, porque no podía soportar
la discriminación racial, ni los aseos y los hoteles separados
para negros, ni tener que viajar en los asientos posteriores
del autobús.”
Chano
fumaba mucha marihuana y siempre necesitaba comprar. Unos días
después de llegar a Nueva York, se encontró con
Eusebio Muñoz, un mulato de origen cubano apodado El
Cabito —por haber sido veterano de la
II Guerra Mundial— que era corredor de lotería clandestina
y vendía
cigarrillos de marihuana. Según la versión de Pujol,
que corrobora McKibbon, Chano le compró un número
y 25 pitillos, que resultaron ser de muy mala calidad —algunos
dicen que se
trataba de orégano. Chano se enfadó y fue en busca
de El Cabito. Lo encontró al fin en el restaurante
La Palma, en la avenida Lennox de Harlem, y después de
una violenta discusión, lo golpeó y le quitó quince
dólares
del bolsillo.
Al
día siguiente, Machito se encontró con él
en el Rio Café. Hablaron un rato, y, al despedirse, Chano
se quedó bailando y bebiendo con despreocupación.
Minutos después, El Cabito entró en el local,
se dirigió a él y le disparó a bocajarro.
El velatorio del rumbero
fue todo un acontecimiento en Nueva York. Días después , los restos de Chano llegaron
a La Habana. Petrona todavía recuerda el enterro multitudinario: “Aquello
fue el no va más. Vinieron todos los músicos. Mi
hermano se había convertido en un mito.”
Hay quienes piensan
que los verdaderos padres del Afrocuban jazz fueron Bauzá y Machito, y que el mérito de
Chano consistió sólo en haber estado allí en
el momento oportuno; sin embargo, otros muchos opinan que sin
su carisma y talento el experimento de Gillespie no hubiera llegado
tan lejos. “Chano no sólo creó un estilo
de tocar las tumbadoras: compuso e influyó en los nuevos
caminos del jazz,” afirma Jorge Reyes, que tiene en su
poder muchas canciones inéditas de Pozo.
Para Dizzy Gillespie,
Chano cambió el gusto de la música
en Estados Unidos: “Él fue el factor decisivo en
el proceso de introducir e integrar la música afrocubana
en el jazz norteamericano.”
Cincuenta y cinco
años después de su desaparición,
la vida y la muerte de Chano Pozo continúan siendo una
leyenda.
(El
cofre con tres discos “Chano Pozo, el tambor de Cuba” está editado
por el sello Tumbao Cuban Classics. Más información
en Internet en: www.rythmweb.com/chano_pozo).
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