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POR
TOMÁS G. MUÑOZ, Marbella
Libros:
¿Arde Nueva York?
Autores: Dominique
Lapierre y Larry Collins
Editor: Editorial Planeta (Barcelona), 2004
El
libro sale a
la luz cuando el Congreso estadounidense ha obligado a la Casa Blanca
a declarar sobre “omisiones” presidenciales –reales
o imaginarias– antes del 11-S, y al tiempo que los heridos sobrevivientes
de la masacre del M-11 se reponen en hospitales de Madrid. Su timing no
puede ser más fresco.
Su
autoría es del dueto Dominique Lapierre/Larry Collins, y sus varias
historias noveladas (O llevarás el luto por mí, Esta
noche la libertad, O Jerusalén, y Arde París) y
de suspenso (El Quinto Jinete), que después de 20 años
se reencuentran en ¿Arde Nueva York?. Según una entrevista
que Lapierre recientemente dio a Protagonistas, el programa matinal de
Ondacero, la radioemisora española, el duo “ha seguido el
mismo método de las otras obras: una concienzuda investigación
de dos años. Tuvimos que dar la vuelta a las reticencias y paranoias
de muchos que consintieron hablar con nosotros.”
Sin
embargo, ¿Arde Nueva York? no sigue el estilo de viñetas
y flashbacks del primer opus de la dupla, ¿Arde París?. Con ímpetu
de TGV, salta ciudades, países y continentes sin mirar atrás, –sempre avanti—
un romance cuyo resultado emana de una mezcla de personajes y sucesos reales
con otros ficticios, y ambos, a veces, con un tenebroso plumaje. Y dentro
de este marco, el libro consigue mantener una fresquísima actualidad:
el terrorismo islámico se ha entronizado en este planeta, vive en
medio de nosotros, y macabramente nos lo recuerda.
A
principios de 2003, en un profundo refugio subterráneo, Saddam Hussein
recibe a otro personaje real: Imad Mugnieh, libanés chiíta,
hijo de palestinos, buscado por la CIA. Como líder terrorista tiene
varios megas a su haber –la embajada estadounidense en Beirut; el
cuartel de las fuerzas de ocupación, también en Beirut; el
centro de la comunidad judía en Buenos Aires; y last and foremost, el
11-S. Saddam lo ha llamado porque, al intuir que están al acabarse
sus días en el poder, quiere entregarle, no una bomba atómica,
sino los planos para confeccionar un mecanismo nuclear capaz de reducir
a polvo al enemigo en su propia casa, sea ésta Tel-Aviv, Londres
o Nueva York. El dictador no ha conseguido materializar el proyecto porque
todos los proveedores potenciales de la materia prima básica -uranio
enriquecido- han resultado ser charlatanes o estafadores. En los siguientes
diez meses, Imad recorre el mismo camino con idénticos proveedores
y resultados.
Una
vez que reconoce su fracaso, Imad se reúne con Osama bin Laden en
un remoto lugar de Afganistán. Éste lo reconforta: emisarios
de bin Laden han hecho parecidos peregrinajes
"en Jartún, unos impostores sudaneses; otro cayó en una
trampa tendida por la policía alemana en Hamburgo; han hablado con
los chechenios, y también nada. Hay que seguir una vía nueva,
la islámica."
Días
después, bin Laden presenta a Imad a dos paquistaníes: uno
es Abdul Sharif Ahmad, que había participado en la creación
de la bomba atómica paquistaní, miembro de Lashkar e-Toïba,
cercana a Al Qaeda. El otro es el general Habib Bol, ex comandante del
servicio secreto paquistaní. Bol conseguirá el uranio en
el arsenal paquistaní; Ahmad preparará la bomba.
El
plan es simple: tres miembros de Al Qaeda introducirán la bomba
en Nueva York. Una vez lista, enviarán un mensaje a la Casa Blanca:
si en cinco días a partir de la recepción, Israel no consiente
en replegarse a los territorios ocupados a Palestina, explotará la
bomba.
El
libro magistralmente hace su retrato de los principales personajes a través
de sus diálogos: Osama, voz fuerte que contrasta con su fragilidad
corporal: “Nuestra bomba islámica por fin va hacer justicia
a nuestros hermanos en Palestina.” El Presidente Bush, hiperactivo,
con el humor a flor de piel y poco capaz de un pensamiento propio: “¡Hay
que hacer algo! ¡Dios mío, hay que hacer algo! Pero, ¿qué?” Ariel
Sharon, cuello de toro y barriga que desborda el cinturón: “Recuerde
lo que le pasó a su padre (Bush Sr.), cuando en 1992 nos amenazó con
suprimir las garantías a nuestros créditos. Ese chantaje
le costó la reelección porque los judíos estadounidenses
no lo votaron.”
El lector se queda con el sabor –o la paranoia– de que las mega-masacres
del S-11 y del M-11 no sean sino una cuenta del largo rosario que ya es el
terrorismo islámico.
Abril
2, 2004
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