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POR TOMÁS G. MUÑOZ, Marbella
Cine: La Pasión de Jesús Cristo

Director: Mel Gibson
Jesús: James Cazeviel
María: Maia Morgenstern
Pilato: Cristo Shopov
Judas: Luca Lionello


Si bien el director Mel Gibson haya dicho que su film es resultado de “una especie de mandato divino,” no parecería que se haya rodado con la sola intención de ser controvertido: algunos lo han visto así. Sin duda, es violento, violentísimo, porque, al ser igualmente violenta la tónica de aquellos tiempos, el fin humano de Jesús muy probablemente fue el que muestra La Pasión. De su duración de poco más de dos horas, y salvo las escenas de las muertes de Judas y el ladrón malo, todo su salvajismo gira alrededor de Jesús, enmarcado en las 12-15 horas que siguieron a Getsemaní.

Tampoco debe tachársele de anti-semita porque algunos no estén de acuerdo con la realidad histórica que La Pasión proyecta, en primer lugar el tema judío, que debe enmarcarse en su contexto histórico: de la eventual división de un único reino de las doce tribus de Israel (ver Reyes, 11:1-13, 29-35) resultaron dos: uno, que comprendía diez de las originales, con capital en Samaria, y otro (Judá y Benjamín), que formaron el reino de Judá asentado en Jerusalén. Así, los judíos eran hebreos de Judá, tan hebreos como los de Samaria. Es decir, aunque todos los judíos son hebreos, no todos los hebreo son judíos. De hecho, aparte de Judá y Samaria, había asentamientos hebreos en Siria, Egipto y otros lugares del Mediterráneo —la llamada Antigua Diáspora, que se produce siglos antes del nacimiento de Jesús.

Por tanto, parece cierto que, si por razones geográficas o las que fuere, la inmensa mayoría de los hebreos nada tuvo que ver con la Pasión, una minúscula minoría de hebreos judíos sí participó en el martirio de Jesús. Pero, mientras éstos se limitaron a bofetones, escupitajos, y la provocativa instigación a su muerte, fueron los gentiles romanos quienes Lo golpearon, flagelaron y clavaron a una cruz, todo con la bestialidad que los hizo célebres durante siglos. Pero, es más cierto —la razón de ser del advenimiento de Jesús y el Cristianismo— que Él fue a la crucifixión por todo el género humano, antes, entonces, ahora y mañana.

Sobre Jesús, se han rodado una veintena de films, el primero (francés), en 1898. La Pasión rompe todos los estereotipos del pasado, en el que estábamos acostumbrados a un Jesús de poses afectadas, incluso algo displicente sobre el martirio que Le esperaba; a una María ñoña y siempre joven; a un Judas avieso, o a un Pilato indeciso. Otra gran diferencia es que la mayoría de estos largometrajes, al menos los recientes, dedican un pequeño protagonismo a la Pasión, y de hecho ocasionalmente se van por los cerros de Úbeda —las sempiternas danzas de Salomé y las francachelas romanas, por ejemplo. Otra: poco hay del ersatz gregoriano, tan presente en los demás. La principal: el director. Gibson está comprometido. Y, finalmente, el intérprete de Jesús. Beach-boys como Jeffrey Hunter, o policías-agentes secretos como Max von Sidow o William Dafoe no han tenido la versatilidad de salirse de sus moldes, lo que nos lleva al idioma usado. La Pasión es hablada en arameo, hebreo y latín, los idiomas de la época. No hace mucha gracia un Jesús con acento californiano, neoyorkino o nordeuropeo.

En el papel de Jesús, James Cazeviel muestra su gran versatilidad: consigue que el espectador no lo relacione con rol pasado alguno. Su Jesús el retrato del lado humano de un Ser que sabe lo que Le viene encima, del sufrir que no Le dará tregua después de su comienzo. La rumana Maia Morgenstern aporta una María creíble, madura, sin llantos ramplones. Y el italiano Luca Lionello retrata dramáticamente a un Judas pérfido, ingenuo y, finalmente, desesperado.

La palma se la lleva el director, Mel Gibson, que hace posible que en los 126 minutos que dura el film no haya respiro, ni momento ocioso. El singular uso de los idiomas de la época, el pletórico empleo de close-ups como común denominador, al paso que los esporádicos flash-backs del Jesús predicador muestran el antes y después de Getsemaní, e imparten a La Pasión un indeleble viso de realidad, ergo credibilidad.

Sin embargo, no me satisface haber sucumbido a la lógica de hacer una reseña individual de los principales participantes en La Pasión. Al menos para los creyentes, el film trata de una idea: redención a través de resurrección. “…si Cristo no resucitó,” dice San Pablo (Corintios, 15.14) “vana es entonces nuestra predicación y vana es también nuestra fe.” Y para resucitar, primero hay que morirse.

Ya lo dije: La Pasión es violenta. A mi alrededor en el cine, lloraban señoras y señores, adolescentes. Confieso que yo también. Es el mejor tributo que puede rendirse a Mel Gibson y a su equipo.

Abril 9, 2004
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