Cine:
La Pasión de Jesús Cristo
Por: Tomás G. Muñoz
Abril
9, 2004
Director: Mel Gibson
Jesús: James Cazeviel
María: Maia Morgenstern
Pilato: Cristo Shopov
Judas: Luca Lionello
Si
bien el director Mel
Gibson haya dicho que su film es resultado de “una
especie de mandato divino,” no parecería que se haya
rodado con la sola intención de ser controvertido: algunos
lo han visto así. Sin duda, es violento, violentísimo,
porque, al ser igualmente violenta la tónica de aquellos
tiempos, el fin humano de Jesús muy probablemente fue el
que muestra La Pasión. De su duración de poco más
de dos horas, y salvo las escenas de las muertes de Judas y el
ladrón malo, todo su salvajismo gira alrededor de Jesús,
enmarcado en las 12-15 horas que siguieron a Getsemaní.
Tampoco debe tachársele de anti-semita
porque algunos no estén de acuerdo con la realidad
histórica
que La Pasión proyecta, en primer lugar el tema judío,
que debe enmarcarse en su contexto histórico: de la eventual
división de un único reino de las doce tribus de
Israel (ver Reyes, 11:1-13, 29-35) resultaron dos: uno, que comprendía
diez de las originales, con capital en Samaria, y otro (Judá y
Benjamín), que formaron el reino de Judá asentado
en Jerusalén. Así, los judíos eran israelitas
de Judá, tan israelitas como los de Samaria. Es decir,
aunque todos los judíos son israelitas, no todos los israelitas
son judíos. De hecho, aparte de Judá y Samaria,
había
asentamientos israelitas en Siria, Egipto y otros lugares del
mediterráneo —la llamada Antigua Diáspora,
que se produce siglos antes del nacimiento de Jesús.
Por tanto, parece cierto que, si por razones
geográficas
o las que fuere, la inmensa mayoría de los israelitas
nada tuvo que ver con la Pasión, una minúscula
minoría de israelitas judíos sí participó en
el martirio de Jesús. Pero, mientras éstos se limitaron
a bofetones, escupitajos, y la provocativa instigación
a su muerte, fueron los gentiles romanos quienes Lo golpearon,
flagelaron y clavaron a una cruz, todo con la bestialidad que
los hizo célebres durante siglos. Pero, es más
cierto —la razón de ser del advenimiento de Jesús
y el Cristianismo— que Él fue a la crucifixión
por todo el género humano, antes, entonces, ahora y mañana.
Sobre Jesús, se han rodado una veintena
de films, el primero (francés), en 1898. La Pasión
rompe todos los estereotipos del pasado, en el que estábamos
acostumbrados a un Jesús de poses afectadas, incluso algo
displicente sobre el martirio que Le esperaba; a una María ñoña
y siempre joven; a un Judas avieso, o a un Pilato indeciso. Otra
gran diferencia es que la mayoría de estos largometrajes,
al menos los recientes, dedican un pequeño protagonismo
a la Pasión, y de hecho ocasionalmente se van por los
cerros de Úbeda —las sempiternas danzas de Salomé y
las francachelas romanas, por ejemplo. Otra: poco hay del ersatz gregoriano,
tan presente en los demás. La principal: el director.
Gibson está comprometido. Y, finalmente, el intérprete
de Jesús. Beach-boys como Jeffrey Hunter, o
policías-agentes
secretos como Max von Sidow o William Dafoe no han tenido la
versatilidad de salirse de sus moldes, lo que nos lleva al idioma
usado. La Pasión es hablada en arameo, hebreo y latín,
los idiomas de la época. No hace mucha gracia un Jesús
con acento californiano, neoyorkino o nordeuropeo.
En el papel de Jesús, James Cazeviel muestra su gran
versatilidad: consigue que el espectador no lo relacione con
rol pasado alguno. Su Jesús el retrato del lado humano
de un Ser que sabe lo que Le viene encima, del sufrir que no
Le dará tregua después de su comienzo. La rumana
Maia Morgenstern aporta una María creíble, madura,
sin llantos ramplones. Y el italiano Luca Lionello retrata dramáticamente
a un Judas pérfido, ingenuo y, finalmente, desesperado.
La palma se la lleva el director, Mel Gibson, que hace posible
que en los 126 minutos que dura el film no haya respiro, ni momento
ocioso. El singular uso de los idiomas de la época, el
pletórico empleo de close-ups como común denominador,
al paso que los esporádicos flash-backs del Jesús
predicador muestran el antes y después de Getsemaní,
e imparten a La Pasión un indeleble viso de realidad,
ergo credibilidad.
Sin embargo, no me satisface haber sucumbido a la lógica
de hacer una reseña individual de los principales participantes
en La Pasión. Al menos para los creyentes, el film trata
de una idea: redención a través de resurrección. “…si
Cristo no resucitó,” dice San Pablo (Corintios,
15.14) “vana es entonces nuestra predicación y vana
es también nuestra fe.” Y para resucitar, primero
hay que morirse.
Ya lo dije: La Pasión es violenta. A mi alrededor en
el cine, lloraban señoras y señores, adolescentes.
Confieso que yo también. Es el mejor tributo que puede
rendirse a Mel Gibson y a su equipo.
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