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Por
Wenceslao Cruz Blanco
Libros:
En la boca del lobo, por Lillian Moro* (Editorial Verbum)
Como
dijera el teólogo, filósofo, musicólogo
y médico misionero alemán, Albert Schweitzer, “El
dolor es para la humanidad un tirano más terrible que la misma
muerte”. Ese dolor al que se refiere este —ya fallecido— premio
Nobel de la Paz es el mismo que ha obligado y obliga
a lanzarse al mar, desafiando a la muerte, a miles de cubanos que
han decidido arriesgar su vida por cambiar su destino.
La
escritora y poetisa Lillian Moro nos trae de la mano de la Editorial
Verbum el libro “En la boca del lobo”. Del
libro, ganador del I Premio de Novela Corta “Villanueva del
Pardillo”, más que la excelencia de su escritura destaca
la desgarradora experiencia de seis cubanos y la perrita “Pulga”.
La
novela se desarrolla como en dos planos existenciales, uno el
de la realidad de los
balseros y otro espiritual en el que Elegguá,
Oggún, Ochosi y otros orishas o dioses afrocubanos cuidan
a sus protegidos. Protegidos que rememoran —durante la travesía
del estrecho de la Florida— sus vidas a base de monólogos
mentales descubriéndonos la triste realidad cubana. Hasta “La
Habana” tiene su propio monólogo.
Cada personaje tiene
un pasado y una experiencia concreta con la que un cubano puede
fácilmente identificarse. Entre ellos
hay un excombatiente de Angola y una antigua alfabetizadora y ex-informante
de la Seguridad del Estado cubana. Utilizando el “flash back” cada
historia de los personajes se funde con la situación cubana
hasta en sus detalles más olvidados y antiguos.
Durante los diálogos se utilizan frases que caracterizan
muy bien a la Cuba actual. El llamar a Cuba “El país
de los susurros, allí donde todo son frases ambiguas y gestos
subrepticios” o cuando se alejan y expresan que “La
Isla ha quedado atrás, apenas un punto de tierra muy lejano,
tan lejano que produce alivio no verlo” hacen notar los sentimientos
que pueden albergar ante el hecho de un país esclavizado
por una tiranía. Llegan a preferir la muerte porque al menos
es algo importante que pueden escoger ó incluso plantear
que “... el único futuro que poseemos, al que se puede
acceder con toda seguridad, el que no podrá ser escamoteado
por ninguna ideología, por ningún Dios, por ningún
amor, es la muerte.”
Como muy bien decía uno de los balseros “..el silencio
es como un pasillo largo y oscuro por donde se desliza la desgracia” y
el pasillo de los cubanos tiene más de 45 años de
longitud. Un silencio que intentan romper los que disienten con
palabras “paz” o “reconciliación”.
Una paz que el gobierno enmudece encarcelando y una reconciliación
imposible por ser con un verdugo consciente de su despotismo.
El
libro tiene momentos de esperanza como cuando en medio del mar
tienen fe en que una
avioneta perteneciente a “Hermanos
al Rescate” —una organización del exilio
que salvó muchas vidas— los divise. Y tiene momentos
tristes como cuando Aurelia muestra la poesía del padre
que se encuentra junto a un dibujito —hecho por él
mismo— de una flor naciendo dentro de una calavera en un cementerio.
Decía así:

Triste flor, ¿dónde naciste
terrible y dura suerte,
que al primer paso que diste
te encontraste con la muerte?
El dejarte, es cosa triste;
arrancarte, es cosa fuerte;
y dejarte con la vida
es dejarte con la muerte.
El
padre escribió la poesía como una premonición
de una realidad que no alcanzaría sufrir porque moriría
antes de que una calavera barbuda convirtiera a Cuba en un extenso
cementerio donde nacerían cubanos igualmente sin libertad.
La verdad sobre Cuba
sigue reservada para los que la han sufrido. Para los que se
dan un paseo por el cementerio como turistas creerán
ver libertad porque encuentran silencio. Ese mismo silencio al
que han recurrido miles de balseros en su huida por mar, deseando
una noche cerrada para no ser descubiertos y acribillados a balazos.
Una noche cerrada que como boca de lobo puede cerrarse definitivamente
y acabar con sus vidas. Pero es el precio que están dispuestos
a pagar por el viaje de la opresión a la Libertad.
Madrid
/ Septiembre 23, 2004
*
Lilliam Moro (La Habana,1946), reside en España desde
la década de los setenta. Estudió Letras en la Universidad
de La Habana y recibió el primer premio de Poesía
Universitaria en Cuba (El extranjero, 1965). Ha publicado los libros
de poesía "La cara de la guerra (Madrid, 1972) y "Poemas
del 42" (Madrid, 1988). Poemas suyos han sido recogidos en
numerosas antologías.
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