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POR TOMÁS G. MUÑOZ, Marbella
Libros: “Chiquita,”
AUTOR: ANTONIO ORLANDO RODRÍGUEZ
EDITOR: Santillana Ediciones Generales, Madrid (2008), 518 páginas
El autor, Antonio Orlando Rodríguez (Ciego de Ávila, Cuba, 1956) es graduado de Periodismo en la Universidad de La Habana. En busca de “nuevas perspectivas y nuevos horizontes” abandona la Isla en 1991, vive en Costa Rica y Colombia y actualmente en Miami. Ha publicado numerosas obras para niños y jóvenes, investigaciones literarias, libros de cuentos, dos novelas, y una obra de teatro. En una entrevista reciente a CNN España, confiesa “no ser cubanólogo,” lo que no quiere decir que “no tenga mis opiniones.” Y agrega que “… anhelo que haya cambios [en Cuba], pero… no sólo económicos… sino “transformaciones que afecten a los derechos elementales de cualquier ser humano. Cuando haya en Cuba libre expresión, se puedan defender las posiciones políticas en las que cada uno crea y se pueda entrar y salir libremente del país, entonces empezaré a creer en las palabras de los que mandan.”
Brochazos y pinceladas
Es 1930, y estamos en una mansión de la Empire Avenue, Far Rockaway. [1] Próxima a su anochecer, la heroína (Chiquita, por supuesto) encarga a Cándido Olazábal, cocinero desempleado, dactilógrafo de profesión, y también cubano de Matanzas, que le transcriba las memorias que ella le dicta, a brochazos, con la expresa prohibición de que no cambie ni una letra de sus sentencias ―nada de pinceladas, que el teclista no siempre cumple. Con el tiempo, Cándido se hastía de la dictadora y regresa a Cuba, donde trabaja como corrector de pruebas en la revista Bohemia. Los papeles de la autobiografía se quedan en la mansión.
A la muerte de Chiquita, en 1945, su sirvienta Rústica recibe la mitad de la herencia y los papeles. Inicialmente, quiso quemar los “indecentes” escritos, pero opta por pasárselos a Cándido, lo que hace a su regreso a Cuba. Éste, entonces muy ocupado en su nuevo puesto, los abandona al tiempo y sus inclemencias ―el huracán de 1952 hace pulpa de un tercio de los archivos.
En 1990, el ya octogenario Cándido pone su vasta biblioteca a la venta. Desconocedor del futuro que está de guardia en ese lugar, y con la sola intención de curiosear qué se ofrece, el eventual firmante de Chiquita se encuentra con el anciano, aunque pronto descubre que nada hay que le llame la atención. El siempre parlanchín de Cándido entonces le espeta, “¿Tú eres escritor? Aquí hay algo que te puede interesar.” Saca dos cajas llenas de papeles amarillentos y apolillados, las coloca sobre la cama, y le propone escribir la biografía de Chiquita, la artista matancera. Y ese es el génesis de Chiquita, donde los brochazos de la narradora original [¿u original narradora?] devienen finas pinceladas de sus inspirados intérpretes.
Primeros Años en Cuba
Espiridiona, primogénita de Don Ignacio Cenda, Doctor en Medicina de la Universidad de Lieja [Bélgica] y Doña Cirenia del Castillo, materfamilias de rancia estirpe criolla, nace un 14 de diciembre de 1869 en Matanzas [costa norte de Cuba]. El exótico nombre lo debemos a Doña Lola, su abuela materna, y a San Espiridión, [2] de quien era devotísima. Con cierta preocupación, el partero pronuncia a la hembrita “linda y sana, aunque… un poco pequeña.” Medía ocho pulgadas [20.3 centímetros], menos de la mitad de un neonato normal.
Febrilmente, los progenitores se entregan a solucionar la parvedad de la nena: sin éxito, le administran una fórmula a base de la leche de Nefertiti, la única camella sobreviviente de una importación de doce; mientras tanto, el Dr. Cenda escribe a sus mejores colegas en Europa, que le envían pócimas tan caras como inútiles. Más adelante, Doña Cirenia y su esclava Minga visitan a una mayombera, que sólo consigue traer al espíritu de Kukamba, el primer esclavo africano en llegar a Cuba, muerto hacía 300 años. La aparición se enojó por la banalidad del conjuro, y exigió resignación y conformidad. Desde aquel momento, los padres decidieron no lamentarse más y aceptar a la cría más por los dones que por los defectos.
Doce años después, el ilustre galeno volvió a medir a su hija. Para entonces [y por el resto de la vida] se había estirado a 26 pulgadas, algo menos que la mitad de la estatura normal de una mujer de la época. Ya hacía rato que Doña Cirena no consentía que calificaran a su hija de “enana,” sino liliputiense, ya que en la nena se habían desarrollado un bello rostro y un cuerpo armonioso, características que no tenían los enanos. Pero, desde que tuvo uso de razón, Espiridiona no gustó de su estrambótico nombre, y, en vez, adoptó el de Chiquita, o Chiquitica, como la llamaron desde sus días de bebé.
Hacia sus tres añitos, Chiquita ya leía, aunque, todavía presas de un complejo que ella nunca tuvo, sus padres no la matricularon en un Colegio de Señoritas, sino que contrataron a una profesora que se haría cargo de su educación. Más adelante apareció Don Francisco de Ximeno, enciclopedia bípeda, a quien la nena acribillaba con preguntas sobre astronomía, geografía, historia, botánica, y el antiguo Egipto ―esto, probable consecuencia de los tempranos sorbetones de la leche de la camella Nefertiti. Como premio a tales disquisiciones, Don Francisco le regaló un ejemplar vivo del Atractosteus tristoechus, vulgo manjuarí, auténtico fósil viviente, que Chiquita llamó Cuco, y depositó en el estanque de la casona. A lo largo de las décadas tuvieron una estrecha relación, en la que el fósil una vez le salvó la vida al ama.
Años después, al ver que Chiquita tenía facilidad para las lenguas extranjeras, el Dr. Cenda encomendó su enseñanza a un amigo que hablaba veinte idiomas. Pasado el tiempo, la liliputiense se expresaba en siete lenguas, latín, griego, francés e inglés incluídos, y acompañada al piano por su primo Segismundo, cantaba arias de ópera, y recitaba poemas ―principalmente de su coterráneo José Jacinto Milanés, a quien el desprecio de la abuela Lola había enajenado. Con esa base, la criatura estaba lista para lanzarse al mundo, en consonancia con su carácter dominante, ambicioso y emprendedor, aunque, a pesar de todo, sus padres, tres hermanos y una hermana tenían otras ideas: protegerla hasta la sepultura.
Dos visitantes
Después de un episódico viaje a Estados Unidos, a principios de 1872, aparece en Matanzas ―la Atenas de Cuba, como le habían recomendado― el Gran Duque Alexei Románov, que no se da por enterado que la Guerra de los Diez Años estaba en pleno desarrollo. Los notables matanceros le rinden los honores del caso, y Don Ignacio le regala un grabado del Valle de Yumurí. Misteriosamente, Alexei conoce la existencia de Chiquita y reciproca con un misterioso talismán, que ella no se quitará ni para asearse. Con los años, el amuleto le da, entre otros, el poder de bilocación, que la lleva a una arcana Orden de los Auténticos Pequeños, una peculiar hermandad de liliputienses.
En 1887, Sarah Bernhardt debuta en el Teatro Esteban de Matanzas. Al finalizar su última presentación, Don Ignacio y Chiquita más sus dos primas van a saludar a la Divina. Ésta se dirige a Chiquita, la agarra por un brazo y establece un fugaz diálogo que acaba en un susurro de la Bernardt, “La grandeza no tiene tamaño.” Acto seguido, se despide abanicando sus pestañas postizas. Aquella noche, Chiquita no pudo dormir, mientras el talismán del Gran Duque brillaba como un cocuyo, lo que siempre hizo en las encrucijadas de la vida de Chiquita.
Últimos años en Cuba: la primera picardía
Muerta la pareja Cendan-del Castillo, a Chiquita le queda la casona más una renta para mantenerla y vivir holgadamente. Rústica, la nieta de la antigua esclava Minga la acompaña, la protege, y la dirige, sobre todo cuando irrumpe la Guerra del ´95.
Guerra o no, Chiquita ya tiene 25 años cumplidos, y las largas horas de lectura solitaria ―más bien escapadas del asedio de Rústica― le encienden sus primeros fogajes. Aunque ni la misma Chiquita reveló dónde había aprendido las artes eróticas, en una tarde de solaz se le ocurrió que era capaz de ejercer una sojuzgante lascivia que haría sucumbir a cualquier Adán. La oportunidad se le presentó en el zapatero Tomás, que pretendía a Rústica. Habría casorio, pero ésta quiso recibir la bendición de su ama ―dejar a Chiquita era una traición a los largos años de convivencia. Por casualidad, Chiquita creía lo mismo. No obstante, era aconsejable que ella hablara con Tomás, a solas, para constatar su responsabilidad y pundonor. Lo hizo, pornográficamente, en la chaisse-longue de lectura, donde su virginidad hizo mutis merced a la inspirada [por Chiquita] falange de Tomás. A los lógicos gritos y gemidos acudió Rústica, que con gran vigor y dignidad echó al falangista para siempre y arropó a la coitada [3] damisela. En un golpe de maestría, Chiquita había matado dos pájaros de un tiro.
Nueva York y el Mundo
La reconcentración que decretó Weyler para cercar a los mambises no tuvo ningún efecto estratégico en el lado español de la guerra, como no fuera la depauperación de la Isla y el fortalecimiento de la moral de los patriotas. A la sazón, de Estados Unidos regresa Rumaldo, el hermano emprendedor, y propone a Chiquita irse al Norte y montar un espectáculo. “Sí,” retrueca la liliputiense, “pero nada de shows de enanos. Yo haré vaudeville.” Venden casa y hacienda, cuyo producto les permitirá una vida galante hasta que Chiquita se encauce. Junto a ella embarcan Rumaldo el Manager, Segismundo el pianista, Rústica la doncella, y hasta Cuco el manjuarí, sabedor éste de que su ancestro paleozoico le permitía vivir en aguas más frías.
En Nueva York, Chiquita recaba la ayuda de la Divina Bernhardt, que le abre las puertas del show business. Le siguen sustanciosos contratos, tournées en Estados Unidos y Europa, amores de todos tamaños y profesiones. Chiquita se codea con Estrada Palma, Quesada, el Presidente McKinley, Buffalo Bill, Calamity Jane, La Bella Otero, varios marqueses, duques y reyes, y todo lo granado a ambos lados del Charco.
Aquí dejo al lector, que todavía le quedan casi cuatrocientas páginas sobre un personaje que realmente existió, y sus memorias de asesinatos sin resolver, aventuras, magia, arroz de realidades con picadillo de fantasías. La ficha de cata de un glorioso vino tinto diría que “Nariz de frutas rojas maduras y mermelada de fresas junto a mentol, chocolate y el tostado de la barrica…” Al saborear la lectura de Chiquita aparecen el picaresco español de Quevedo o Delicado, el realismo mágico cubano de Arenas o Sarduy, la novela negra de Borges o Bioy Casares… Y en algún párrafo se asoman los retruécanos de Cabrera Infante o las barroquerías de Carpentier. Su originalidad radica en el hábil uso de todas estas vertientes y hasta algunas más. Muy merecidamente ha recibido el Premio Alfaguara de 2008 a la mejor novela de las 511 presentadas en el concurso de este año.
[1] Una de las cuatro barriadas de la península de Rockaway, en el condado de Queens, Nueva York. En su época fue residencia de famosos ―artistas, escritores, financieros, dos laureados Nobel y varios deportistas. Al esplendor siguió la decadencia, que las autoridades locales han frenado gracias a ingentes esfuerzos de renovación y limpieza. En muchos sentidos, sus altibajos son típicos de muchas ciudades estadounidenses..
[2] Santo Obispo y confesor nacido en Chipre en la segunda mitad del siglo III, conocido por sus numerosos milagros en vida y después de muerto.
[3] Español antiguo, “cuitada,” o “atribulada.” Nada tiene que ver con el moderno “coito," pero el símil es divertido.
Septiembre 12, 2008
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