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POR JAIME VALDIVIESO BUSTAMANTE, Puerto de Santa María (España)
Tres libros, dos versiones, un autor y una Historia real.
Escribo la palabra ‘Historia’ en negrita para destacar que no se trata de una novela. Lo que narra el autor, Carlos Morla Lynch, son unos hechos históricos, expuestos –sin proponérselo– con tal maestría que sus tres libros uno desearía leerlos sin interrupción hasta el final, como novela de suspense. Pero no es posible; suman en total 1.630 páginas, eso sí, cada libro es un todo independiente y pueden leerse por separado.
El autor, nacido en Chile en 1885 y fallecido en Madrid en 1969, era diplomático e hijo de diplomáticos, lo que le significó recibir una educación en los mejores centros europeos y dominar muchos idiomas. Como diplomático chileno acreditado en España desde 1928 hasta marzo de 1939, le cupo ser testigo en primera fila del fin de la monarquía, la instauración de la II República con sus vicisitudes y su progresivo deterioro, la Guerra Civil y finalmente la entrada de las fuerzas franquistas en Madrid. Todo esto, constituye la amena narración de sus tres libros. Quien quiera conocer y analizar sin prejuicios una era tan saturada de acontecimientos de extrema gravedad y trascendencia en la historia de España, no puede prescindir de esta lectura que es, sobre todo objetiva.
No era la intención de Morla publicar aquellos dramáticos sucesos narrados en sus tres libros, sólo se limitaba a escribir en la intimidad de la noche su diario de vida, pero ésta se vio sacudida por unos acontecimientos tan extraordinarios que decidió en un momento crucial publicar una fracción de ellos. Ese momento fue la muerte violenta de su entrañable amigo Federico García Lorca. |
"En España con Federico García Lorca," por Carlos Morla Lynch
(Editorial Renacimiento, febrero 2008, 643 páginas, € 33)
En recuerdo de la muerte de García Lorca, Carlos Morla publicó en Madrid, Aguilar 1957, un libro con este mismo título subtitulado "Páginas de un diario íntimo 1928-1936. Pronto se agotó y se hizo una segunda edición en 1958. Aquel libro era una selección de los muchos momentos registrados en su diario que lo vinculaban con García Lorca desde que se conocieron hasta septiembre de 1936, cuando se enteró de su trágica muerte.
Obviamente las ediciones originales ya no se encuentran mas que en bibliotecas y colecciones privadas pero esta nueva versión que acaba de ser publicada por encargo de sus herederas con el mismo título,se diferencia de las anteriores por reproducir todo el contenido del diario de Morla, no sólo las partes referentes a García Lorca, lo cual contribuye a entender mejor al autor, a su personaje y las circunstancias en que vivieron esa amistad que, según todos los indicios, fue íntima. El nuevo material incorporado hace la lectura aún más interesante por darnos una visión muy amplia del ambiente bohemio y a la vez crecientemente convulso del Madrid republicano. El nuevo libro, también incluye otros importantes pasajes que el autor decidió en su día eliminar por temor a la censura franquista, así esta segunda versión es aproximadamente un 40% más extensa que el libro original.
La personalidad de Carlos Morla Lynch reflejada en la espontaneidad de sus escritos presenta rasgos tan peculiares y diferentes de lo que cabe esperar de un diplomático profesional, que algunos hechos más o menos conocidos adquieren con su pluma una dimensión jamás sospechada, original, subyugante, además de mostrarnos elementos que nunca hubiéramos llegado a conocer por otras fuentes. Otra característica notable del autor es su pasión por la poesía y la música, llegando a componer varias piezas musicales a petición de García Lorca para sus obras y para otros autores relevantes. Confiesa Morla al comienzo del libro que por un disgusto con sus superiores, se planteó dejar la vida diplomática para entregarse a su vocación que era estudiar contrapunto y componer operetas y revistas musicales. También su esposa, Bebé, voz privilegiada y pianista y su hijo Carlitos, estudiante de medicina y músico aficionado le van en saga.
Comienza el libro reproduciendo las páginas de su diario cuando era Agregado Diplomático en París. En Francia su vocación cultural le llevó a frecuentar amistades tan relevantes como Foujita, Stravinsky, Blaise Cendrars, Jean Cocteau, Juan Gris, Ana Pavlova, etc. Por eso no es de extrañar que a poco de ser trasladado a España como Consejero de la Embajada, comenzó a frecuentar la flor y nata de la intelectualidad madrileña, la generación del 27. Su residencia en calle Alfonso XII se hizo famosa por las frecuentes tertulias donde participaban las personalidades más en boga de la cultura: García Lorca, Alberti, Neruda, Azaña, Guillén, Cernuda, Salinas, d’Ors, Maeztu, Fernando de los Ríos, Vicente Huidobro, Ortega, Gabriela Mistral, Arthur Rubinstein, Gerardo Diego, Claudio Arrau, Regino Sáinz de la Maza, Altolaguirre y muchísimos más. Según cuenta el autor, el gran atractivo de esas reuniones era García Lorca. Así fue como se incorporó Rubinstein, que ensayaba sus conciertos de piano en casa de los Morla. Era tal la frecuencia y la notoriedad de estas reuniones, muchas terminaban en auténticas juergas otras en acaloradas discusiones intelectuales y distanciamientos, que solían trascender al público (y a los vecinos que se quejaban del ruido pero se les apaciguaba incorporándolos al jaleo). La fuerza narrativa con que el anfitrión presenta a sus invitados ‑sus peculiaridades y sus ideologías‑ nos transporta en buena medida a aquel ambiente intelectual, cómico a veces, otras grave o solemne, siempre fascinante.
La idea de publicar sus vivencias con García Lorca se la sopló ‘alguien’ que conocía de cerca aquella amistad, que sabía que quedaba registrada en esos diarios y del profundo sentimiento de pena que afligía a Morla desde aquella pérdida. Resumidamente, así nos introduce el autor en su relato:
“Comencé, pues, a recorrer las páginas de mis diarios en los años que viví en España y me encontré con un caudal inmenso de anotaciones espontáneas concernientes a nuestro inolvidable amigo, apuntes que encierran un valor de autenticidad y de exactitud inapreciables. Son “instantáneas”, tomadas sin plan preconcebido, que lo han sorprendido en cualquier hora del día— a veces, a través de la puerta entreabierta desde la habitación vecina—, viñetas que nos dan de él una estampa viva, cuando no asumen las proporciones de un film. Este es el Federico que quiero evocar: el “Federico” que entra y sale, que viene y se va, que irrumpe y luego se hace humo, que ríe, que canta, que recita, que cuenta historietas, que coge la guitarra o se sienta al piano, que se exalta, se apasiona, se enfada y se conmueve, se aflige y se ensombrece, un espíritu que sufría ascensos y declives repentinos de entusiasmo y depresiones crepusculares. “Dramones”, como él, los llamaba.”
Esa personalidad caprichosa, infantil de García Lorca queda plasmada en una escena memorable, donde Morla narra los preparativos con que organizó en su casa el encuentro del poeta con Rubinstein. Éste, de paso por Madrid para dar unos conciertos le había manifestado su interés por conocer a Federico, era la ocasión oportuna y se les invitó a ambos a cenar. Esa misma noche había otra cena en la Embajada Británica donde algún indiscreto comentó de la reunión que preparaba Morla, de modo que muchos de aquellos comensales sencillamente se dejaron caer luego en casa de los Morla para conocer personalmente a las dos figuras. Pero avanzaba la noche y Federico no aparecía. Se agotaron los comestibles, luego las bebidas, y del poeta ¡nada! Todas las llamadas a su puerta y al teléfono sin respuesta. Rubinstein inquieto, esperaba. Dieron las cinco de la madrugada y el poeta no llegó ni dio explicaciones. Al cabo de un mes sin noticias, mientras la familia Morla almorzaba, cuenta el autor: “por la puerta del comedor se asomó Federico en forma inesperada, deliciosa, encantadora, primorosamente ‘garcilorquiana’, e inclinando la cabeza sacó del bolsillo un papel que leyó:
ALELUYAS TIERNAS DEL FEDERICO (PIRULINO)
A LOS AMIGOS DISGUSTADOS
Me habéis llamado farsante
Y corazón de diamante.
Salvaje me habéis llamado
y egoísta redomado.
Que ya no queréis nada
con la poesía de Granada.
¿Será posible que así
sigáis hablando de mí?
¡Oh Bebé de mis amores,
toma este ramo de flores!
Carlos, de mirada hermosa,
para ti la mejor rosa.
Y para el niño Carlitos
los más radiantes tallitos.
¿Os veré o no os veré?
Pero ¡tomad mi querer!
Este es el estilo, espontáneo, íntimo, extrovertido con que el autor mantiene a los lectores pendientes del próximo episodio que comienza en las líneas siguientes, con la única solución de continuidad que da la fecha de un nuevo día, también colmado de acontecimientos.
Si bien todo el libro se ocupa especialmente de García Lorca, a los demás contertulios y personajes del mundo artístico y de la política también se les dedica buena atención. Así cuenta Morla del estreno con gran bombo en mayo de 1931 de la obra en verso Fermín Galán de Rafael Alberti, acto muy criticado incluso por la progresía ideológicamente próxima al autor de la obra, no por su estructura poética, considerada de valor sino por extemporánea, de mal gusto en ese momento y con abandono de la sala por parte importante del público. El motivo del fracaso lo explica Morla por el escaso tiempo transcurrido desde el fusilamiento en Jaca del protagonista de la obra un joven capitán republicano que se había sublevado contra la monarquía. Parte de la opinión pública seguía muy sensibilizada a aquella ejecución y se consideraba que eso había contribuido a la caída de la monarquía.
Otros hechos igualmente o más dramáticos ocurrieron también durante la República; las quemas de conventos en mayo de 1931 a un mes de inaugurada y en 1934 la revolución de Asturias con su secuela de asesinados por los insurgentes, las siguientes matanzas contra los sublevados y luego fusilamientos de soldados que se negaban a cumplir las órdenes de represión contra los amotinados. Otro elemento que pesó como una losa en el devenir republicano fue el Estatuto de Cataluña. Estos acontecimientos, sin embargo, no aparecen explícitos en la narración de Morla que los refleja a través de sus personajes en sus diálogos, probablemente por darlos por muy conocidos y frescos en la mente de sus contemporáneos, pero hay pasajes que el lector de hoy puede comprenderlos mejor teniéndolos en cuenta.
Precisamente Morla relata que en el Teatro de la Ópera situado en la ‘Plaza Fermín Galán’, nombre que sustituyó al de Isabel II en homenaje al mártir republicano antes mencionado, daba una conferencia don Miguel Maura ex Ministro de la Gobernación, ocasión en que confiesa ser él, como miembro del Gobierno provisional “...responsable de todo lo acontecido hasta entonces, excepto de la quema de conventos y del Estatuto Catalán” y ridiculiza con mordaz ironía esa “ley tan deplorable que más parece que es España la que forma parte de Cataluña”.
Con su espontánea franqueza, cuenta Morla en sus diarios no sólo los momentos sublimes de sus amigos intelectuales, también figuran algunas miserias. Vicente Huidobro califica de ‘idiotas’ a todos los poetas y artistas que le vienen a la cabeza y de ridiculeces sus creaciones. Sólo él queda en pie. Rafael Alberti, en ausencia de Federico se destaca entre los poetas que asisten a las tertulias, cuenta Morla, y agrega “son amigos; pero se me antoja que no lo serán siempre. Están preocupados los dos ‑el uno del otro‑ y se observan”
En Europa entonces ocurrían hechos gravísimos. Mussolini se apodera de Abisinia. Hitler ha lanzado una campaña contra los judíos, algunos encuentran refugio en España. También llegan de Alemania ideas ‘científicas’ sobre la raza superior, la eliminación de los débiles... El profesor Nicolai, biólogo alemán y comunista es invitado por su correligionario Vicente Huidobro a dar una charla sobre la oportunidad de hacer avanzar la humanidad hacia ¡el Superhombre! Al final opiniones encontradas entre los contertulios hasta que Federico suelta la más apropiada: ‘es un perfecto imbécil’.
Si hasta ese momento las reuniones donde los Morla reflejan un ambiente festivo aunque a veces fuese acalorado, según progresa la narración esa alegría va mermando gradualmente hasta desaparecer del todo. El proceso no es más que un reflejo del creciente deterioro político y social que vive el país. En 1933 hay elecciones que gana la derecha. Lerroux, Jefe de Gobierno, es criticado tanto por la derecha como por la izquierda. La situación en Cataluña se agrava, se habla del peligro de una guerra civil. A Morla y sus contertulios les parece que el país es ‘un volcán a punto de erupción’. En septiembre de 1934, con motivo del traslado de los restos de Fermín Galán a Madrid, una facción del Partido Socialista intenta llevar a cabo un plan para derrocar el Gobierno, es detectado a tiempo y abortado. Al mes siguiente se produce la revolución de Asturias. Censura de prensa y Estado de Guerra en todo el país. Huelga general en Madrid, vagas noticias de Barcelona hablan de la Generalitat en rebeldía. Se produce un tiroteo en Atocha, las calles se ven vacías, los comestibles escasean. Los diarios progubernamentales EL Día y ABC informan que eso era nuevo movimiento rebelde que ha sido sofocado, pero en las calles se cachea a todos las viandantes que deben ir con los brazos en alto. Gabriela Mistral informa que en Cataluña la situación es gravísima y su barrio es un campo de batalla. En Madrid se oyen tiroteos en todas las direcciones. Al día siguiente, 7 de octubre los diarios ABC y El Debate, los únicos que aparecen, informan que el país “está atravesando por un grave momento”. La Generalitat se declara Estado independiente. Por la tarde se oyen veloces camiones militares por Madrid y ráfagas de ametralladora. A la mañana siguiente cadáveres tirados en las calles.
Azaña es detenido en Barcelona. Los tribunales militares dictan sentencias de muerte por los incidentes de Asturias, tantas que alarman al Gobierno. Rumores de ejecuciones masivas. Fernando de los Ríos cuenta a Morla desde el punto de vista socialista cómo han sido de espantosas las matanzas efectuadas por los guardias de Asalto y las ejecuciones en masa de los soldados que se negaban a disparar y le confidencia que Azaña ha sido confinado en un barco donde le despiertan cada media hora... Unos meses más tarde la opinión conservadora republicana le llega de Miguel Maura; considera la situación sin solución, el espíritu revolucionario persiste, los obreros están soliviantados, los altos oficiales del ejército son todos monárquicos y de teniente hacia abajo todos socialistas revolucionarios.
Nada de esto impide que las tertulias continúen, eso sí, cada vez menos festivas, más sobrias. El clima político sigue deteriorándose a pesar de la censura de prensa implantada en octubre de 1934 con motivo de los sucesos de Asturias y continúa en vigor hasta el 8 de enero de 1936 en que se levanta para facilitar las actividades preelectorales. Las elecciones tienen lugar el 16 de febrero con el triunfo de la izquierda. Se forma un gobierno del Frente Popular, nuevos disturbios, se reimplanta la censura. Otra vez incendios provocados en edificios de Madrid y quema de iglesias en provincias. A los pocos días arde en Madrid el periódico fascista La Nación y las iglesias de San Luis y San Ignacio, el nuevo Gobierno permanece impasible. Izquierdas y derechas se radicalizan, la sociedad está irremediablemente dividida. El maniqueísmo se manifiesta con fuerza en las tertulias de Morla, no hay término medio, se es de derechas o de izquierda, predominan estos últimos. La excepción a los extremos son precisamente García Lorca de quien Morla apunta “ ...puedo afirmar que jamás le vi interesarse ‑ni de lejos‑ en la política violenta generadora de las luchas fratricidas...”, y el propio autor que se manifiesta claramente republicano, antimonárquico, lo cual no le impide ser severamente crítico denunciando los errores y los excesos de la República y de prever un final próximo, desastroso.
Abiertamente monárquico y esnob era Aurelio Núñez Morgado, el Embajador de Chile, como tal, jefe de nuestro cronista. Su relevancia es deliberadamente devaluada por Morla que no tenía buena opinión de él y hace una breve referencia muy reveladora de su sensibilidad por la aristocracia y también del convulso ambiente político que se respiraba en marzo del 39 con el Frente Popular. El embajador aprovechó entonces la doble oportunidad de vivir en un palacio ricamente dotado de obras de increíble valor: grecos, goyas, sorollas, murillos, al tiempo que favorecía a los marqueses de Campo Real que veían la necesidad de alquilar esa vivienda a un diplomático y así salvaguardar su patrimonio muy vulnerable a un asalto en el convulso e inseguro Madrid. Desde ese momento esto se generalizó y los embajadores, merced a la seguridad que da la inviolabilidad territorial, se convirtieron en ‘conservadores de museos’. La actitud de Núñez Morgado hacia su admirada aristocracia devino en un elemento clave para entender la dramática trama que se desarrolla en el siguiente libro de Morla.
Los desórdenes, huelgas, asesinatos políticos, cargas policiales seguían aumentando hasta culminar en gravedad el 13 de julio con el asesinato de José Calvo Sotelo, parlamentario crítico de los errores del Gobierno y de los desmanes consentidos. Según todos los indicios, los autores fueron los temibles Guardias de asalto. Casi simultáneamente muere asesinado un teniente de la Guardia de asalto, culpan a la derecha. Ambos sepelios acompañados por dolientes de signo tan opuesto se realizan a la misma hora. A su término, enfrentamientos, disparos, muertos...
Los protagonistas, García Lorca y Morla Lynch, según crecía la amistad y la recíproca admiración hacían muchos viajes juntos pero las vacaciones de verano cada cual las pasaba con su familia. Morla en Ibiza y Federico en Granada, naturalmente. Como de costumbre, en julio de 1936 Federico se va a Granada y Morla se dirige a Alicante para coger un barco que le llevaría a Ibiza. Era 19 de julio de 1936, una vez a bordo el capitán recibe la orden de desembarcar a sus pasajeros; Franco se había levantado contra la República. Por esa causa, con las carreteras bloqueadas, Morla queda inmovilizado casi un mes en Alicante hasta que consigue volver en tren a Madrid. Apenas unos días allí, el 1 de septiembre los diarios dan la noticia del asesinato de García Lorca. En su angustia y dolor comenta: ¡Dios mío! Yo que lo consideraba invencible, triunfador siempre; niño mimado por las hadas, querido por todos ‑más que querido‑, ¡adorado!... ¡Y feliz más allá de lo humano!
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"España sufre. Diarios de guerra en el Madrid Republicano," por Carlos Morla Lynch. (Editorial Renacimiento, mayo de 2008, 831 páginas, € 36).
Siendo la secuencia histórica, este es el segundo de los tres libros de Morla sobre España pero en orden de aparición es el tercero y con toda probabilidad el último ya que con él se agota este capítulo de sus diarios. Es más, dejó instrucciones para que a su muerte todas sus memorias fuesen destruidas, al parecer debido a que hace referencias gravemente críticas y justificadas de relevantes personajes contemporáneos suyos, Franco entre otros. Afortunadamente sus herederas decidieron publicarlos soslayando ‘parcialmente’ la voluntad del autor. Según he sabido por una de ellas, han excluido ciertos pasajes que dejan en mal lugar a algún conspicuo personaje aún vivo en 2008. También sabemos que siguen contemplando la idea de destruirlos, lo cual sería una lamentable tragedia; contiene tantos elementos que más bien pertenecen al patrimonio de la azarosa historia de España y que jamás se hubiesen llegado a conocer sin la desobediencia nepótica, además de los que no han enseñado y ahora corren el peligro de desaparecer para siempre.
Este segundo libro retoma la narración del diario de Morla aproximadamente donde acaba el anterior, cuando el autor y su familia se hallaban embarcados en Alicante para ir a Ibiza y se da la noticia del alzamiento de Franco. El capitán del barco recibe órdenes de desembarcar a sus pasajeros y poner la nave a disposición del Gobierno. Albacete cae en manos de los rebeldes bloqueando la carretera a Madrid, lo cual fuerza a los Morla a permanecer inmovilizados en Alicante durante casi un mes, tiempo más que suficiente para experimentar desde allí el drama que comenzaba en toda España. De esta forma en contraste con el permanente jolgorio del libro anterior cuyo principal sujeto era García Lorca y las tertulias en torno a él, éste nos enseña en toda su crudeza la tragedia de la guerra civil que le tocó a Carlos Morla vivir en carne propia y en gran medida protagonizar.
Si la inseguridad de la aristocracia española comenzó a sentirse en marzo de 1936 con la llegada del Frente Popular al gobierno según se desprende por los traspasos de grandes palacios y obras de arte a la protección diplomática, esta vez es el alzamiento de Franco lo que da la señal de salida para justificar y multiplicar las acciones criminales ampliándolas a toda la clase burguesa o contra quienes tuvieran por tal los llamados ‘milicianos’. Estos eran verdaderos asesinos exaltados, armados por el Gobierno y motivados por el catecismo marxista que justifica con la lucha de clases los conflictos sociales y responsabiliza de las injusticias a la burguesía, la clase a exterminar. De esta forma a pocas semanas de la insurrección franquista unos ‘tribunales populares’ y ‘checas’ montados al más puro estilo soviético conseguían llenar las cárceles de Madrid y comenzaban a proliferar los perversos ‘paseos’ con que inocentes ciudadanos, sin causa previa, eran sacados a punta de pistola de sus hogares para encerrarlos o simplemente asesinarlos dejando un espantoso saldo de cadáveres amontonados en las tapias de los cementerios y en las calles a vista de todos. Era el comienzo del Terror. No sólo ocurría esto por la actitud deliberadamente pasiva de las autoridades, muchas veces los protagonistas eran militantes de partidos de izquierda azuzados por sus dirigentes y por influyentes publicaciones como El mono azul. Este era el periódico oficial de la ‘Alianza Antifascista de Intelectuales’ dirigido por los comunistas Alberti y Bergamín, en él había una sección llamada “A paseo” donde ‘señalaron’ entre otros a Sánchez Mazas y a Unamuno.
En ese ambiente revolucionario los extranjeros residentes, en especial aquellos ciudadanos procedentes de naciones hostiles a la República como Italia y Alemania o de las que reconocieron al gobierno de Franco, comprendieron el peligro que corrían de ser detenidos y las graves consecuencias que esto solía acarrear por lo que acudían a sus respectivas embajadas en busca de protección y de allí eran devueltos a sus países cuando aún era posible. Más grave era la concurrencia masiva a las embajadas y otras dependencias diplomáticas de familias completas de españoles pidiendo protección a sus vidas en peligro inminente de ser arbitrariamente detenidos, dándose varios casos en que las sedes diplomáticas fueron asaltadas por milicianos, sus refugiados sacados a la fuerza y asesinados, resultando también muertos varios funcionarios diplomáticos.
Ante la gravedad de estos hechos los diplomáticos acreditados en Madrid acordaron plantear a las autoridades responsables su disposición a abandonar el país en caso que no se garantizara la seguridad y no se reconociera el derecho de asilo. Para ello nombraron Decano del Cuerpo Diplomático al embajador de Chile, Aurelio Núñez Morgado, de modo que una sola voz en nombre de todos plantease al Gobierno este quasi ultimatum. La España oficial no podía darse el lujo de aislarse internacionalmente en un momento tan crítico de modo que el ministro de la Gobernación se comprometió a respetar el derecho de extraterritorialidad y de controlar a los exaltados, dos compromisos que en el transcurso de la guerra se quebrantaron en muchas ocasiones.
Mientras en Madrid y en toda España ocurrían los hechos señalados, Alicante donde nuestro protagonista permanecía contra su voluntad no era una excepción. Allí pudo conocer detenciones arbitrarias, monjas rapadas que huían vestidas de paisanas, jóvenes con miedo reclutados contra su voluntad, otros jóvenes arrestados por ‘radicales’ mientras comían tranquilamente en un restauran, noticias de Valencia informando de oficiales y guardias degollados por ser ‘fascistas’. Un joven periodista perseguido por las tenebrosas FAI y CNT, burlando los controles de Madrid huye a Alicante para pedir ayuda a su antiguo amigo Morla. Éste tras infructuosas gestiones en diversos consulados consigue con la complicidad del cónsul alemán, meterlo en un barco de ese país confundido entre cuatrocientos ciudadanos alemanes que los comunistas habían acusado de fascistas y posteriormente fueron liberados. La liberación de este chico, muy resumida en este libro, fue bastante rocambolesca como más adelante fue la evacuación del marqués de Villabrágina, ambos sucesos vienen ampliamente detallados en el tercer libro. Transcurridos unos días, otro chico, un francés, es detenido por los milicianos que le acusan de portar unas cartas incriminatorias. Esta vez Morla va directamente al Centro Comunista donde lo tienen retenido y con ayuda de sus credenciales diplomáticas más un salvoconducto expedido por Martínez Barrio y la colaboración del cónsul francés consigue convencer a los captores para que lo liberen y finalmente lo embarca con destino a Francia. Puede decirse que estas vidas salvadas por Morla fueron su bautizo de fuego, acción que repitió una y otra vez a lo largo de la guerra, no siempre con éxito...
Había en la personalidad de Morla algún curioso rasgo que le hacía muy atractivo tanto para las personas de su ambiente sociocultural como para desmelenados y analfabetos maletillas y limpiabotas a quienes solía invitar a los toros, a copas y a tabaco. Ese carácter suyo le granjeó una asombrosa cantidad de amistades, no sólo con los intelectuales, artistas, toreros, camareros, etc., que aparecen en el libro anterior sino también con destacados políticos, policías, guardias y funcionarios que le facilitaron en muchas ocasiones la extraordinaria labor humanitaria que desarrolló durante todo el conflicto salvando así miles de vidas. Como se verá, la cifra no es exagerada. Ese carácter suyo del que por lo visto no era consciente sólo se aprecia según avanza la lectura y el lector va acumulando en su memoria una anécdota tras otra hasta que se hace evidente esta clave que explica tantos éxitos acumulados en un ambiente tan desfavorable.
Al volver Morla a Madrid el 18 de agosto de 1936 tras su permanencia en Alicante, la Embajada ya estaba ‘llena de refugiados’. Sin embargo un dato tan importante -el tema central del libro- Morla no lo menciona. La información viene en el libro“Los sucesos de España vistos por un diplomático” publicado por Núñez Morgado en 1941. Ese 18 de agosto, cuando por primera vez Morla se refiere al asilo lo hace como de paso y en relación a un sólo refugiado. Todo un misterio que podría tener su explicación. La atracción que el embajador sentía por la aristocracia le había llevado a alquilar el palacio de los marqueses de Campo Real como sede de la Embajada donde dio asilo a ricos aristócratas, monárquicos y conspicuos miembros de la sociedad que se hallaban en la mira de los milicianos. Así, ‘el’ refugiado, en singular, que menciona Morla es Víctor de la Serna, un destacado periodista buscado por la FAI al que el embajador junto con darle asilo le nombra secretario privado. Este nombramiento no gustó en absoluto a Morla que tenía una opinión crítica de su superior, lo que podría explicar su parquedad al referir los méritos y la magnitud de la labor del embajador en relación con los refugiados.
Además de los refugiados, por la embajada también circulaban obviamente otras personas que ejercían tareas diplomáticas, entre otros, el poeta Pablo Neruda, Fausto Soto y Enrique Délano tres funcionarios de reconocida filiación comunista que veían con enorme disgusto la presencia de aquellos conspicuos refugiados y despreciaban la actitud servil del embajador hacia ellos, hasta el punto de insinuar que Morla debía poner las cosas en su lugar. Neruda y Morla se tenían un aprecio recíproco, éste además de haber influido para su nombramiento de Cónsul de Chile en Madrid lo tenía de huésped fijo en sus tertulias con García Lorca. Pero Morla no compartía ese sectarismo tan propio de aquellos ambientes ‘intelectuales’, y colaboraba con entusiasmo en la protección de los asilados. En su intimidad Morla se confiesa creyente, favorable a la República y al socialismo lo cual no le impide criticar con energía los errores, demasiadas veces criminales del régimen que sus colegas aplaudían.
Apenas transcurridos un par de días desde la mención al refugiado en la Embajada, Morla comenta, igualmente por primera vez, que en su casa también tiene asilados. Se trata del marqués de Villabrágina y su hermano el conde de Yebes. Estos aristócratas habían sido asiduos concurrentes a las tertulias en casa de Morla y ahora, dado el peligro que significaba su posición social no era de extrañar que buscaran refugio en el mismo hogar que esta vez, con la venia del Gobierno tenía a la entrada un letrero “Embajada de Chile” y guardias para protegerlo. Estos refugiados eran tan sólo los primeros, Morla llegó a asilar en total cincuenta y tres personas en su piso. El 22 de agosto Morla da el primer dato cuantitativo de la embajada; ya hay cuarenta y tres refugiados (y un sólo criado). Ese mismo día se concede asilo a uno más.
Con la prensa permanentemente censurada, Morla se informa por su amigo Paco, guardia municipal, de lo que por su profesión le toca ver. Cada noche hay entre setenta y ochenta asesinatos, pero ha llegado a contar hasta ciento veinte. Describe carretones apretados de cadáveres, “prensados como cuerpos de carneros” que descargan como si fueran ladrillos. La noche anterior han matado al marqués de Silvela y a su hijo, a un tenor y a un diputado de la CEDA. Al subdirector de ABC le dieron tres tiros y lo dejaron por muerto pero volvió en sí pidiendo socorro. Pasó un miliciano con otro detenido listo para matarlo y le indicó a Paco que lo ultimara, éste se negó. En el patio de la cárcel Modelo se sabe que han matado a una veintena de presos, entre otros a Fernando Primo de Rivera y a Melquíades Álvarez. Al amigo Paco lo van a mandar al frente, Morla dirige un escrito al alcalde pidiéndole que lo dejen en Madrid y lo consigue... por un tiempo.
A pesar del dramatismo se dan de vez en cuando situaciones tragicómicas. El domingo se dirige Morla a la embajada donde están celebrando una misa y comenta: “Todos los refugiados están allí. Religión fatua y cortesana esta... Observo la actitud de los presentes, beatos, aparentemente absortos, pero mirando de reojo a ver si me arrodillo, si me persigno o no. Siento esa beatería egoísta e hipócrita y tengo la sensación muy clara «de lo terrible que es esta gente cuando está arriba» ...La beatería gobernando es la tiranía más negra”. Aunque el comentario suene un poco extremo viniendo de quien se declara creyente, no le falta algo de razón. La España heredada de la monarquía era extremadamente pobre y analfabeta en las zonas rurales y quienes tenían el poder político y los medios para resolver la situación, la Monarquía, la Iglesia y la aristocracia no ponían demasiado empeño. La República en cambio emprendió importantes planes de desarrollo especialmente en el campo de la educación.
También Morla lanza críticas irónicas contra la izquierda. Comenta que a los revolucionarios les gusta borrar las huellas del pasado, sobre todo si recuerdan al antiguo régimen. Una de las huellas borradas es el nombre de su calle originalmente Alfonso XII, luego la llamaron Alcalá Zamora y a la fecha de la narración, agosto del 36, es calle de la Reforma Agraria. Pero la parte trágica ocurre en ese mismo lugar y día, hay disparos. Catorce muertos, varios frailes entre ellos. Matar inocentes y cambiar nombres a las calles es lo revolucionario.
Al comienzo decíamos que el libro omite la referencia a un conspicuo personaje del diario que aún vive en 2008, probablemente por haber participado en actos reprochables que lo dejarían en mala posición ante el lector de hoy. Me atrevo a conjeturar que tal personaje es Santiago Carrillo y su eventual responsabilidad en las ‘sacas’ y el genocidio de Paracuellos. Las ‘sacas’, el acto de sacar presos de las cárceles bajo pretexto de trasladarlos, era en realidad para fusilarlos en el trayecto. Morla al conocer esta atrocidad escribe el 29 de noviembre: “...hay una lista aterradora de los desaparecidos en los días en torno al siete de noviembre en que el Gobierno huyó de la capital. Fueron sacados de la cárcel más de tres mil detenidos, de los cuales novecientos no llegaron a su destino”. Seis días después cuenta Morla una conversación mantenida con Schlayer el Representante de Noruega. Este diplomático se había tomado la molestia de investigar personalmente, incluso de fotografiar los cadáveres abandonados en Paracuellos tras su ejecución y de dar a conocer al cuerpo diplomático sus averiguaciones. También había hablado con Carrillo, Consejero de Orden Público para denunciar lo que estaba ocurriendo con las ‘sacas’, a pesar de ello éstas continuaron por lo que Schlayer le acusa de ser el responsable del magnicido. De la reunión con Schlayer, Morla cita las palabras originales del noruego: “C’est une horreur, ces cochons‑ là... J’ai parlé avec ce c... de Carrillo et ce dégoûtant personage, etc... Teniendo en cuenta el rigor y meticulosidad con que el autor presenta los hechos más trascendentes del Madrid de esos días, parece verosímil pensar que el personaje ahora eliminado de sus diarios es Santiago Carrillo.
Las relaciones entre las autoridades de Gobierno y los diplomáticos que albergaban refugiados iban de mal en peor. A Schlayer, con lo que sabía, lo declaran ‘persona non grata’. Un avión civil en que viajaba el Representante de la Cruz Roja con destino a Francia llevando el informe diplomático sobre los crímenes de Paracuellos es atacado y derribado por los cazas. Al titular de la embajada de Chile ‑la que más refugiados albergaba‑ se le vigila de cerca, los teléfonos están pinchados. Luego cuando el embajador hace un viaje al extranjero, es vejado a la salida por los funcionarios que contra todas las normas le revisan el equipaje y lo acusan de sacar documentos comprometedores. Esto determina que Núñez Morgado no vuelva a España y que Morla pase a ser el titular de la Embajada con el cargo de Agregado Comercial. En estas circunstancias recae sobre él toda la responsabilidad de los más de dos mil refugiados repartidos en más de cinco dependencias bajo bandera chilena. El resto del libro narra en primera persona las difíciles relaciones con las autoridades y funcionarios encaminadas a obtener la libertad o detener la ejecución de determinados presos y más adelante las acciones tendientes a sacar de España para enviar a lugar seguro a los refugiados, las vivencias de éstos en las dependencias diplomáticas y las vicisitudes para alimentarlos en un Madrid bajo las bombas rebeldes donde escaseaban progresivamente los alimentos hasta casi desaparecer por completo.
Desde el comienzo de la contienda Madrid vivió una continua zozobra ante lo que parecía la inminente entrada de Franco. La prensa siempre controlada, sólo narraba la derrota segura del fascismo, lo que cada vez se hacía menos creíble. Llegó incluso el momento según Morla en que tantos contaban con la caída del régimen, que empezaban a verse personas bien vestidas y ‘con sombrero’ paseando alegremente, lo que apenas unos meses antes representaba un riesgo de muerte. Con la Embajada llena de refugiados y Franco avanzando, los ‘otros’ amigos de Morla comenzaban a preocuparse de asegurar un refugio a sus amistades para ‘cuando llegara el momento’. Escribe Morla el 7 de noviembre: “Pablo Neruda, aterrado, no pensando más que en sí mismo, cierra el Consulado. Se va mañana temprano por la carretera de Valencia, la única libre con los Alberti”. Pero pasarían veintiocho meses antes que llegara Franco, el período de mayor actividad de Morla negociando la salida de sus refugiados. Los últimos, los que el Gobierno no autorizó a salir, lo hicieron por su pie, saludando la nueva bandera con el brazo extendido. Entonces entraron los refugiados republicanos y Franco se negó a respetar ese asilo mientras que la otra parte lo había hecho con los suyos.
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"Informes diplomáticos sobre la guerra civil española," por Carlos Morla Lynch. (RIL Editores, Santiago de Chile, 2003).
Al término de la guerra civil Chile dio por concluida la misión diplomática de Morla en España enviándolo inmediatamente a servir en la Alemania de Hitler, pronta a entrar en guerra. En Berlín hizo editar un libro titulado Memoria Presentada al Gobierno de Chile Correspondiente a mi Labor al Frente de Nuestra Embajada en Madrid Durante la Guerra Civil. 1937 – 1938 – 1939. Hans Winter, Buchdruckerei, abril de 1939.
Informes Diplomáticos es la segunda edición de aquel, contiene todo el texto original más un extenso estudio sobre la interesante biografía del autor, su amplia formación en Japón, América y Europa, etc. Comparando ambas ediciones merced a un ejemplar que poseo del original de 1939 (en vías de desintegración) he encontrando dos curiosas diferencias. Se han corregido (casi todas) las innumerables faltas de ortografía y sintaxis originales debidas supongo, a la ausencia de un corrector de castellano en la editorial alemana, y luego algo sorprendente; al final del original, Morla que se había jugado la vida defendiendo las de sus refugiados de derechas, es víctima de un grosero acto de desprecio hacia su persona por parte de los oficiales de Franco cuando acude a Burgos a presentarles a su sucesor, entonces anota sus reflexiones: “... honda tristeza me infunde la ingratitud de los hombres de esta tierra... Honda tristeza, digo, que nace del profundo afecto que les tengo. ¡Mil veces ser yo quien soy, con la razón que tengo, con las abnegaciones y gratitudes que encierra mi alma antes que ser el burdo militarote – y hago la diferencia entre ‘militar’ y ‘militarote’– que con su mentalidad mezquina, exenta de toda compasión, ofende a España y se ofende a sí mismo”. En la nueva edición esta frase viene mutilada haciéndola terminar en ‘mi alma’, cercenado así toda la referencia al ‘mezquino militarote’. ¿Por qué? Mi hipótesis: cuando el libro se editó en Chile Pinochet vivía aún...
El contenido de este libro, lo primero que publicó Morla sobre la guerra civil, resume los informes que enviaba al Ministerio chileno desde que lo pusieron a cargo de la Embajada el 19 de abril de 1937 por ausencia del titular, hasta el final de la guerra. Esos Informes son un fiel reflejo de los acontecimientos registrados en su diario, incluso en el estilo literario. Puede decirse que en cierto sentido es la primera versión de España Sufre, ya que esta contiene aproximadamente el mismo material que los Informes ampliado a la fecha del alzamiento, el 19 de julio del 36, de modo que quien haya leído España Sufre puede hasta cierto punto prescindir de la lectura de Informes. Pero a quien interese profundizar en los arcanos de la guerra y sus personajes encontrará en Informes interesantes pormenores adicionales.
Por ejemplo los detalles que da Morla en Informes sobre su ofrecimiento de asilo a Miguel Hernández son más amplios que en España Sufre y no dejan lugar a dudas que el poeta lo rechazó igual que la advertencia del peligro que corría ante la inminente entrada de Franco en Madrid. A pesar de haber publicado Morla esa información en 1939, Pablo Neruda que asistía casi a diario a las tertulias de Morla y gracias a él había sido nombrado Cónsul en Madrid, en su libro póstumo Confieso que he vivido tuvo la desfachatez de acusar a su benefactor y ‘amigo’ de ser el culpable de la muerte de Hernández por no haberle dado asilo. Una más que probable explicación de esta calumnia contra Morla viene en el prólogo de España Sufre de Andrés Trapiello.
Febrero 27, 2009
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