El
País, España, 24 de julio, 2000 Nota
del Editor de la ULC: Con razón o sin ella, la Ley Helms Burton ha golpeado,
y duramente, el proceso cubano de apertura al capital extranjero. Esta
es la versión oficial. Porque, en las palabras de un empresario
cubano residente en Cuba hace más de diez años, "más
que estos obstaculos exteriores, lo que más frena la llegada
de capital fresco es la propia voluntad del gobierno cubano".
El gobierno cubano es lerdo en sus negociaciones, hay titubeos políticos,
es imposible contratar mano de obra sin pasar por el Estado, no hay
marco jurídico claro, la burocracia alarga las gestiones más
simples... Es decir, que en el Manual del Inversionista, Cuba es el
caso que hay que evitar. Ni que lo hicieran adrede
Los tropezones
cubanos del capital extranjero España, que creó en
1989 la primera empresa mixta, va a ser este año el mayor inversor MAURICIO
VICENT
Hace 11 años un grupo español constituyó en
Cuba la primera empresa mixta con el Gobierno de Fidel Castro. Aquella
aventura, llamada Cubacan, fue un experimento. La Habana autorizó a
ese primer grupo inversor la construcción de tres hoteles en
la playa de Varadero, un negocio de 50 millones de dólares que
resultó un éxito.
El sector turístico,
y específicamente los hoteles Sol-Palmeras, Meliá Varadero
y Meliá Las Américas, fueron el tubo de ensayo donde
las autoridades probaron la apertura al capital extranjero y evaluaron
sus beneficios e inconvenientes, en momentos en que necesitaban con
desesperación una alternativa de dinero fresco tras la debacle
socialista. Una década después, de por medio la ley Helms-Burton
-y los titubeos económicos del Gobierno cubano-, la inversión
extranjera en la isla se ha consolidado y crece, pero con mucha lentitud. Asociaciones
mixtas Los últimos datos oficiales ofrecidos en julio
por el Ministerio de Inversiones Extranjeras y Colaboración
Económica (MINVEC) reflejan el siguiente panorama (al cierre
de 1999). El volumen total de la inversión extranjera asciende
a 4.300 millones de dólares, pero esta cifra incluye tanto el
dinero desembolsado como el comprometido (que equivale aproximadamente
al 40%). Y de las 374 asociaciones mixtas que existen hoy, en 1999
fueron aprobadas 58, lo que supone un incremento del 17% de la inversión
en relación a 1998. Italia, Canadá y España
poseen los mayores volúmenes de negocios. Hasta 1999, Italia
y Canadá eran los líderes gracias a las fuertes inversiones
de la compañía italiana Stet (que invierte más
de 800 millones de dólares en la rehabilitación, modernización
y gestión de la telefonía cubana) y a la canadiense Sherritt
(unos 600 millones en la producción de níquel y en el
sector del turismo y la agricultura). Sin embargo, los negocios hispano-cubanos
firmados en los últimos meses han variado el panorama. La
entrada de Altadis, que compró en febrero por 500 millones de
dólares el 50% de las acciones de Habanos (la empresa cubana
comercializadora de puros) y el reciente acuerdo alcanzado por Ibersuizas
para construir una fábrica de cemento en Santiago de Cuba (una
inversión de 150 millones de dólares), probablemente
situarán a España este año como primer inversionista
-desde hace años ya es el primer socio comercial de la isla-. Pese
a estas grandes inversiones, el flujo de capitales hacia Cuba sigue
siendo pobre. Basta un dato para demostrarlo: en 1998 la inversión
española, sólo en Brasil, Chile y Venezuela, superó los
7.400 millones de dólares, casi el doble de lo que ha recibido
Cuba del mundo entero en diez años. Las razones que explican
la lentitud del desarrollo inversionista son varias. Van desde la hostilidad
de EE UU, plasmada en leyes que persiguen y sancionan a los empresarios
extranjeros que invierten en la isla en propiedades nacionalizadas
a estadounidenses después de 1959 -antes de ese año una
buena parte de los cañaverales, tierras y empresas cubanas eran
de ciudadanos de ese país-, hasta la propia política
económica cubana, que fija estrechos márgenes para la
inversión y adolece de no pocos obstáculos burocráticos
y lagunas legales. Sin duda, la ley Helms-Burton ha golpeado,
y duramente, el proceso de apertura al capital extranjero. Las autoridades
afirman que su principal resultado no ha sido el que los inversionistas
ya radicados en la isla cancelen sus compromisos (aunque algún
caso se ha dado), sino su efecto disuasorio. "Nadie sabe cuántas
empresas han dejado de entrar en Cuba para evitarse dolores de cabeza
con EE UU", ha dicho en alguna ocasión Castro. Eso, sin
contar las cartas y amenazas directas del Departamento de Estado, e
incluso las sanciones contra ejecutivos de algunas empresas como la
Sherritt. "Pero, más que estos obstáculos
exteriores, lo que más frena la llegada de capital fresco es
la propia voluntad del Gobierno cubano", afirma un hombre de negocios
instalado en Cuba desde hace más de una década. Varios
empresarios consultados por este diario señalaron los mismos
problemas: la lentitud de las negociaciones; la imposibilidad de contratar
mano de obra sin pasar por el Estado; las trabas burocráticas,
que alargan las gestiones más simples; el marco jurídico,
en el que existen lagunas -sin ir más lejos, no hay ley inmobiliaria-;
y sobre todo, los titubeos políticos, que hacen que de pronto
se paralicen procesos ya en marcha. Ejemplo de ello es la reciente
suspensión de nuevas inversiones en la construcción de
viviendas para extranjeros. Ésta había sido una de las últimas áreas
en abrirse al capital extranjero, y con mucho éxito. Diecisiete
empresas, varias españolas, ya habían sido autorizadas
a fabricar 2.300 apartamentos en la capital -sólo se ha terminado
un edificio de 29 viviendas-, pero en mayo el MINVEC dio la orden de
parar. La medida generó inquietud en la comunidad empresarial,
pues fue interpretada como un cambio de política y de reglas
del juego cuando la partida estaba en marcha. La ministra de
Inversiones Extranjeras, Marta Lomas, calmó los ánimos
durante un reciente encuentro con un grupo de 60 empresarios españoles
que participaron en la X sesión del Comité Hispano-Cubano
de Cooperación Empresarial, celebrada en La Habana a principios
de julio. Lomas aseguró que no había un cambio de política
y que se trataba de una "suspensión temporal", además
sólo aplicable a La Habana. Los 500 apartamentos ya vendidos
o comprometidos con extranjeros se respetarían, dijo, y el resto
será comprado por empresas estatales, que los alquilarán. Los
motivos para que las autoridades dieron para justificar la medida fueron
diversos: la competencia que se le estaba haciendo al prioritario sector
turístico; los problemas de infraestructura de La Habana, que
hacen imposible asimilar tantas obras a la vez; que sólo el
10% de los compradores de los 500 apartamentos vendidos hasta la fecha
eran extranjeros con vínculos con Cuba, cuando uno de los objetivos
de la apertura era resolver el déficit de viviendas para empresarios
y diplomáticos, y también que la venta de apartamentos
a extranjeros, cuando los cubanos no pueden comprar una vivienda, sino
sólo "permutarla", generaba demasiadas contradicciones
sociales. Vía complementaria El Gobierno tiene
otra razón de peso para estrechar o ampliar los marcos de la
inversión a su conveniencia. "Para Cuba, la inversión
extranjera es una vía complementaria a los esfuerzos económicos
que realiza el Estado, y no un pilar sobre el cual descansará su
desarrollo. Pero se debe entender bien que esta apertura no es circunstancial,
no tiene marcha atrás", dice el vicepresidente cubano,
Carlos Lage. Una cosa es cierta: a pesar a todos los obstáculos
para invertir en Cuba, sean internos o externos, cubanos o norteamericanos,
cada vez son más las empresas que deciden apostar por la isla
y su futuro. Eso sí, lo hacen lentamente, con mucha cautela,
igual que el Gobierno de Castro planifica con toda precaución
y calma su desarrollo económico de cara al nuevo siglo. Una
tarta en porciones La apertura a la inversión en Cuba
se inició en 1989 en el turismo. Las autoridades no querían
abrir al capital extranjero otros sectores por temor a perder soberanía.
Los tres primeros hoteles se levantaron en Varadero por un grupo español
liderado por el canario Enrique Martinón y con la gestión
de Sol-Meliá. Hoy el 23% de los casi 200 hoteles que hay
en la isla y el 38% de las 32.000 plazas, las gestionan 17 cadenas
foráneas. Las principales son españolas Meliá es
líder, (con 14 hoteles), pero también están Club
Mediterranée y Accor, de Francia, la canadiense Delta, la italiana
Vita Club y la alemana LTI. Con el tiempo, y a pesar del rechazo
inicial, se ha permitido invertir en otros sectores y se ha ampliado
el límite de las participaciones del capital extranjero (puede
llegar al 100%, pero raramente se autoriza más de un 50%). Hoy
hay 90 asociaciones mixtas en el sector de la minería, 50 en
el turístico, 30 en la industria ligera y 24 en alimentación.
Hay negocios mixtos en pesca, telecomunicaciones y tabaco. La mayoría
son pymes, con inversiones que oscilan entre 1 y 5 millones de dólares.
De las 374 asociaciones mixtas que hay, 86 son españolas, pero
sólo aportan el 17 % del capital invertido en la isla.
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