Las
tres caras de la moneda
Por: Enrique Collazo, para Cubaencuentro.com
Abril
12, 2004
En
1986, Fidel Castro imprimió otro brusco golpe de timón
en la economía y la sociedad cubanas al proclamar el denominado "Proceso
de rectificación de errores y tendencias negativas".
El mismo no era más que un regreso al concepto antimercado
que caracterizó los peores años de la década
del sesenta.
Al igual que entonces, la férrea centralización
de las decisiones de política económica, las movilizaciones
masivas y el voluntarismo, fueron la tónica imperante.
La diferencia residía en que ahora la URSS, principal
aliado y benefactor del régimen, se aprestaba a tomar
un rumbo político que perseguía incentivar al máximo
la relación mercantil en la obsoleta estructura económica
soviética. Muchos no dudaron en afirmar que la perestroika
de Gorbachev y la rectificación de Castro llevaban un
inevitable curso de colisión.
Hacia
finales de los ochenta, con el desplome del comunismo en Europa
del Este y, posteriormente, con el desmembramiento
de la otrora potencia en 1991, los cubanos se preguntaban por
qué su gobernante no introducía con urgencia algunas
reformas en la dirección del mercado para reactivar desde
dentro la economía cubana frente a la desaparición
de sus antiguos socios comerciales.
Sin
embargo, el poder se mantuvo en sus trece y, lejos de permitir
al menos la reaparición del mercado libre campesino, lo
que hizo fue implementar un costoso y disparatado "Plan
Alimentario", que buscaba la autarquía a partir de
periódicas movilizaciones de la burocracia habanera hacia
la agricultura. El estrepitoso fracaso no se hizo esperar y ya
para 1993, el gobierno canceló las convocatorias "al
verde" y nunca más se volvió a mencionar
aquel plan.
Para
el verano de ese año, la situación de penuria
generalizada parecía presagiar un estallido social. Con
el fin de conjurar tal peligro, el gobierno introdujo ciertas
medidas orientadas a una reanimación del mercado interno,
a pesar del descontento de Castro y otros dirigentes de línea
dura. No obstante, esas medidas sólo estaban concebidas
para superar la difícil coyuntura, y las mismas se adoptaron
con extremo control estatal para que no ocurriera lo mismo
que en la URSS.
Las
reformas más importantes se introdujeron entre agosto
de 1993 y septiembre de 1994. Las que más interesan, en
este caso, fueron la legalización de la tenencia y circulación
del dólar, el envío de remesas por los cubanos
que viven en el extranjero, una mayor flexibilidad de las visitas
de estos a la Isla y la creación de tiendas estatales
destinadas a vender productos en dólares a toda la población.
De igual modo, se autorizó la circulación del llamado "peso
convertible", y en 1995 la apertura de casas estatales
de cambio de divisas (CADECA).
Existen
dos tasas de cambio entre el dólar y el peso,
ambas oficiales, pero para propósitos y tipos de transacciones
diferentes. La tasa oficial para comercio internacional ha sido
establecida por decreto y funciona a la par. Por su parte, la
tasa extraoficial —la cual resulta muy importante para
la población— varió alrededor de 1 dólar
(USD) igual a 20 ó 22 pesos cubanos (CUP) entre 1998
y 2001, hasta 1 USD igual a 26 CUP en la actualidad.
El
acreditado economista cubanoamericano Carmelo Mesa-Lago (Economía
y bienestar social en Cuba a comienzos del siglo XXI, 2003),
remitiéndose a fuentes cubanas, expresa que el cambio
podría ser de 40 pesos o más, si no fuera porque
el gobierno ha congelado la tasa de cambio oficial. En el mismo
estudio, Mesa-Lago señala que algunos economistas cubanos
argumentan que el mantenimiento oficial de la paridad cambiaria
y la sobrevaloración del peso provoca incentivos negativos
para las exportaciones y la productividad, razón por la
cual ellos apoyan la convertibilidad del peso basada en una relación
mercantil y no en medidas restrictivas animadas por razones políticas.
Inicialmente,
la legalización de la circulación
del dólar buscaba captar la mayor cantidad de moneda
extranjera mediante el incremento de las ventas en las shopping,
donde,
como se sabe, las tasas de impuestos alcanzan hasta el 240%.
La
introducción del "peso convertible", en
1995, constituyó también un recurso para capturar
cierta cantidad de dólares circulantes. En una segunda
fase, el proceso de dolarización se extendió cuando
algunas empresas e instituciones fueron alentadas a autofinanciarse
en dólares y a sufragar algunas de sus rentas en esa moneda.
Por último, el Estado impuso honorarios e impuestos a
los ciudadanos, pagaderos en dólares.
Existen
varias fuentes generadoras de dólares para la
población cubana. La más importante la constituyen,
sin duda alguna, las transferencias familiares, cuyos flujos
se han incrementado sin cesar. Una segunda fuente reside en la
compra de bienes y servicios por parte de turistas a sectores
no estatales y no reportados por la economía (por ejemplo,
los pagos por concepto de alojamiento en un apartamento privado,
en vez de en cualquier hotel).
Una
tercera fuente de aprovisionamiento de dólares la
constituyen los pagos de una parte del sueldo, a sus empleados
cubanos, por parte de empresas extranjeras que operan bajo asociaciones
mixtas controladas por el Estado. La cuarta, y no por ello la última,
son los ingresos en moneda dura devengados por músicos,
profesores, deportistas y otros profesionales cubanos, por
concepto de conciertos, conferencias y competiciones en el
exterior.
Hoy
en Cuba existen dos economías altamente contrastantes:
una basada en dólares y otra en el peso. Ambas funcionan
cual compartimentos estancos y presentan significativas y complejas
segmentaciones. La consecuencia más seria —entre
otras— está relacionada con la distribución
de ingresos y la estructura general de incentivos.
Si
nos atenemos a que el salario promedio de un trabajador cubano
es de 225 pesos al mes y partimos de una tasa de cambio extraoficial
de 25 CUP igual a 1 USD, esto equivale a unos ingresos de nueve
dólares al mes. En cambio, los cubanos empleados en
el turismo, o que proveen servicios auxiliares, o quienes reciben
remesas, etc., perciben una cantidad muy superior a estas cifras.
Esto provoca un poderoso incentivo para que la población
repudie la economía en pesos e intente por todos los
medios insertarse en la economía dolarizada. El resultado
es obvio: se deforman las conductas económicas, tanto
de la gente como de las empresas relacionadas exclusivamente
con
el billete cubano.
Por
otra parte, los que realizan funciones vitales en la salud,
la educación, la agricultura o la industria, reciben menos
por sus esfuerzos que los que de una manera u otra perciben dólares;
de tal suerte, los niveles de vida de aquellos han descendido
en correspondencia con la fuerte contracción de su poder
de compra. La población cubana se ve obligada a gastar
crecientes proporciones de sus magros ingresos en comida y
otros bienes esenciales que adquieren en las shopping, cuyos
precios
exceden con gran diferencia los que alcanza el sector que funciona
en pesos.
Asimismo,
cada vez más alimentos producidos en Cuba se
venden en tales tiendas, lo cual significa unelevado incremento
en el presupuesto destinado para comida en muchos hogares,
y por ello una alta tasa de inflación que soportan las
familias cubanas, particularmente las que no tienen acceso
al dólar,
que son la mayoría.
El sistema monetario dual y la artificiosa tasa de cambio
son problemas que reducen el margen de maniobra de la economía
cubana, de cara a su mercado interno, y su repercusión
en la población resulta ruinosa. Mientras Castro critica
cínicamente el impacto social de la distribución
desigual de ingresos, no se refiere en lo absoluto a la estructura
monetaria bifronte de la economía, generada por las políticas
gubernamentales que provocan que esas desigualdades tengan
lugar.
Para
abolir esta aberración, la circulación del
peso debería consolidarse de Malecón hacia dentro
y no mediante controles y regulaciones coercitivas, sino sobre
la base de medidas que conduzcan a su adopción, como resultado
de la libre elección por parte de la población,
y con su valor sostenido libremente en los mercados monetarios
internacionales. En pocas palabras: si se quiere sacar a la economía
cubana del atolladero en que se encuentra, resulta ineludible
la adopción de un peso verdaderamente convertible y negociable,
pues de lo contrario se mantendrán los escasos niveles
de dinamismo económico, sustentados principalmente en
el turismo y las remesas de la emigración.
La
población, víctima de otro apartheid, esta
vez monetario, tiene una absoluta percepción de las dificultades,
irracionalidades e injusticias que genera el actual sistema,
pero se le margina concientemente, privándole de voz
y castigando sus iniciativas.
Desde
luego que para que la unificación monetaria tenga
lugar, sería menester que el poder cubano implementara
diversas políticas, en primer lugar en relación
con las tasas de cambio. Esto significa, grosso modo, permitir
que la tasa de cambio se mueva constantemente, aunque de manera
gradual, hacia un nivel determinado por el mercado.
En
segundo lugar, elaborar una política monetaria que
tenga como objetivo fortalecer el papel del peso, a la vez que
el del dólar se debilite gradualmente. Para ello es necesario
que se adopten diversas medidas que incrementen la demanda de
la moneda nacional en toda una serie de actividades económicas
que hoy funcionan, exclusivamente, con la moneda norteamericana.
En
el riguroso estudio del economista canadiense Archibald R.
M. Ritter (La Unificación de los Sistemas Monetarios Duales
y los Sistemas de Tasas de Cambio en Cuba, 2003), se afirma que
entre las muchas medidas de política económica,
indispensables para fortalecer el peso cubano, estarían
aquellas dirigidas a estimular el crecimiento de la pequeña
y mediana empresa. Esto permitiría un más ágil
desarrollo de bienes y servicios exportables, así como
la expansión de la actividad económica nacional.
Según este académico, tales disposiciones promocionarían
las exportaciones, incrementarían la demanda internacional
del peso cubano, harían más abundante el dólar
en la economía cubana, terminando por fortalecer la posición
del peso. Conjuntamente, sería necesario liberalizar a
fondo la economía, ejecutando políticas fiscales,
modificando el actual sistema de seguridad social y el de precios
y salarios.
Es
obvio que existe pleno consenso sobre la necesidad de implementar
una reforma profunda del régimen monetario actual y, con él,
de la economía cubana. Dichas propuestas son respaldadas
por algunos economistas cubanos desde hace años, pero
han sido rechazadas sistemáticamente por el poder, el
cual, lejos de avenirse a razones, está dando pasos muy
concretos para limitar la circulación del dólar,
después de que su uso haya permitido conectar al país
de forma más estrecha con la economía internacional.
El
año pasado, el Banco Central prohibió a las
compañías estatales que utilizaran el dólar
para sus transacciones domésticas, obligándolas
a usar el peso convertible. Dicha medida tiene como causa principal
la falta de liquidez.
Recientemente,
el régimen ha adoptado nuevas medidas
para reducir el movimiento del dólar, en un esfuerzo más
por recortar las débiles reformas de mercado iniciadas
hace más de una década. Es normal que en un país
insolvente, las empresas estatales, con el fin de recaudar dólares,
desplieguen un entramado de actividades secundarias que ahora
el gobierno está limitando para recuperar el control de
una economía manipulada por el Estado en más
de un 90 por ciento.
El
ministro de Economía y Planificación, José Luis
Rodríguez, afirmó en diciembre ante la Asamblea
Nacional del Poder Popular que se estaba revisando el uso del
dólar por las empresas estatales y que se iba a restringir
su margen de acción. Tales restricciones significan otro
paso hacia atrás en el proceso de reformas del período
1993-1995, paralizado y revertido a partir de 1996.
A
esto se añade que lejos de volver su mirada hacia el
mercado nacional y propender a la unificación monetaria,
el régimen, frente a la penuria de divisas, concentra
sus operaciones en el extranjero.La política cubana de
promover las inversiones en el exterior denota un reconocimiento
tácito de que el clima económico actual dentro
de Cuba resulta muy poco atractivo para muchas firmas foráneas,
incluyendo aquellas que son propiedad del Estado cubano y están
dirigidas por él.
De
acuerdo con un reciente estudio del Instituto de Estudios Cubanos
y Cubano-Americanos de la Universidad de Miami, durante
varios años, la compañía cubana de turismo
Grupo Hotelero Gran Caribe ha estado realizando franquicias
en el exterior del restaurante La Bodeguita del Medio. En México
hay cinco, a los que se suman otros en Dubai, París,
Praga y Varsovia. *
La
mayor firma estatal de turismo de Cuba, Grupo Cubanacán,
tiene una participación en un hotel en el balneario mexicano
de Cancún, en asociación con el grupo español
Sol Meliá S.A., y administra otro en la isla cercana de
Cozumel, dijo el estudio. Cubanacán también es
socio de la china Suntine International-Economic Trading Co.
en la construcción de un hotel de cinco estrellas y 700
habitaciones en Shanghai. En esa misma ciudad, ya abrió el
restaurante La Gloria Cubana.
También La Habana ha licenciado tecnología de
medicamentos genéricos y productos biotecnológicos
cubanos originales, para adquirir participaciones en instalaciones
de producción e investigación en Irán, India,
Malasia y Namibia. El gobierno también ha licenciado
la manufactura de las guayaberas en Namibia, y elabora los
helados
cubanos Coppelia en Malasia, en una empresa junto con Jawala
Corp.
Semejante
movimiento inversionista del capitalismo de Estado cubano en
el extranjero, revela que a Castro no le interesa en
absoluto sacar al pueblo cubano de la ruina en que se encuentra,
para lo cual convendría levantar las restricciones sobre
la pequeña y mediana propiedad privada cubana y fortalecer
el papel de la moneda nacional.
Por
el contrario, a las corporaciones castristas lo único
que les interesa es maximizar sus inversiones, tal y como hace
cualquier empresa capitalista, y para ello no dudan en asociarse
al capital internacional para operar más allá de
sus fronteras. El estudio anteriormente citado confirma esta
observación al señalar que "con más
del 20 por ciento de la inversión extranjera directa,
ahora dirigida hacia actividades empresariales y empresas conjuntas
fuera de Cuba, y un ingreso neto de capitales internacionales
insignificante en Cuba misma, las empresas estatales de Cuba
se han dado cuenta de que ellas también pueden obtener
un mejor rendimiento sobre las inversiones en otro lado".
Resulta una burla
macabra que el corporativismo castrista desdeñe
la enorme potencialidad que encierra la economía cubana
y oriente sus inversiones hacia el extranjero en pos de conseguir
las divisas con las cuales preservar su hegemonía, mientras
mantiene a un pueblo entero en la más intensa y prolongada
condición de pobreza que haya soportado jamás. ¿Por
cuánto tiempo más el castrismo, poniendo en juego
sus variados recursos, a pesar de su larga agonía y el
creciente deterioro de la situación, podrá retener
el poder y someter con mano de hierro al pueblo cubano?
*
(N de la R) La "sucursal" de Marbella cerró en 2003. Mala comida,
pésimo servicio y música errática. Varios de sus empleados
(cubanos contratados en la Isla) se quedaron en España.
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