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Elias Amor Bravo, desde Valencia
La vivienda en Cuba: retos y oportunidades

En un excelente trabajo publicado en 1997, Lucía Dammert de la Universidad de Louisville, destacaba cómo la cuestión de la vivienda siempre ha sido un problema para las autoridades castristas. Ya lo fue al principio de la revolución, cuando las estimaciones apuntaban a un importante déficit de viviendas para una población crecientemente urbana. Ya lo fue en la década de los años 70, tras las decisiones adoptadas en pleno período revolucionario que permitieron ensayar soluciones que terminaban en fracaso. También se observaron deficiencias durante los años de revisión de políticas a finales de los años 80, y en pleno “período especial”, cuando se autorizó los movimientos migratorios que trasladaron a varios centenares de miles de personas de Oriente a La Habana, hacinando en las zonas de la capital a centenares de miles de habitantes en condiciones muy lamentables. Y por supuesto, también lo es ahora, y como siempre, el gobierno castrista se propone darle la solución “definitiva”, sin plantearse ni la verdadera naturaleza del problema ni las estrategias mas adecuadas para su atención.

A lo largo de un período de tiempo tan largo, y tan complejo, como el que dura el régimen de Castro, la vivienda siempre ha sido un problema, porque en ausencia de propiedad privada y libertad de creación de empresas, se rompen los dos vínculos fundamentales que determinan el desarrollo de este sector. Si a ello se añade la ausencia de sistemas crediticios o la escasez generalizada de recursos (ladrillos, tejas, carpintería, pinturas, etc), la situación no puede ser mas penosa. El resultado es que el parque de viviendas de Cuba, cuyo último dato estadístico se refiere al censo de 2001, estimado en torno a 2 millones, es insuficiente para atender las necesidades básicas de la población, presenta un alto grado de deterioro físico, sobre todo en amplias zonas de las grandes capitales, no responde a las prioridades básicas de las políticas que se adoptan, y carece de una orientación estratégica, convirtiéndose en fuente de amplio y creciente malestar social.

Y en este punto, Castro vuelve a reconocer la vivienda como un gran problema y el ministro del ramo anuncia un plan, ¿el definitivo?, para hacer frente a los grandes desequilibrios observados.

Desde ahora afirmamos nuestra absoluta convicción de que el resultado vaya a ser positivo, o que incluso se pueda salir de la actual situación con garantías de éxito a medio plazo. Ni siquiera en los mejores años de protección financiera soviética el régimen cubano alcanzaba cifras de construcción de vivienda compatibles con el ritmo de crecimiento de la población. Conviene recordar que el exilio masivo de miles de cubanos, sobre todo a comienzos de los años 60 y concentrado además en un período de tiempo muy corto, permitió al régimen mejorar la situación de escasez que pudiera existir, liberando desde la oferta un abundante parque de viviendas residenciales que fueron entregadas como premios a los leales al régimen, sin ningún tipo de garantía o seguridad de futuro.

Esa situación está en el origen del abandono de la vivienda en Cuba, donde los residentes carecen de cualquier incentivo lógico para realizar cualquier obra de mejora en sus casas, ante la ausencia de un futuro claro para las mismas. La propia propaganda oficial del régimen se ha dedicado durante décadas a crear sombras de duda, al presentar, sin duda con falsedad y un gran desconocimiento de la realidad, a los cubanos del exilio como una invasión que, en su día, exigiría la devolución de las viviendas confiscadas por las autoridades.

Una posible vía de solución, propuesta por Dammert, y con la que se puede estar de acuerdo, consiste en abrir espacios para la iniciativa privada en este sector de la economía cubana, con la presencia creciente de cooperativas y pequeños empresarios que se vinculen con empresarios extranjeros especializados en rehabilitación de espacios urbanos y mejora de infraestructuras, porque no conviene olvidar que si dramática es la situación de la vivienda, lo que se encuentra debajo del suelo, alcantarillado, conducción de aguas para suministro urbano y residuales, todavía se encuentra en un estado mucho peor. El gobierno castrista tiene una opción para abrir espacios a la iniciativa privada, pero dada la reorientación centralizadora de los tiempos actuales, difícil parece ser esta opción.

Otra opción para ensayar es la mejora de la financiación. Aquí tiene el Banco Central de Cuba, dirigido por Francisco Soberón, la oportunidad de diseñar un sistema de cajas de ahorros que facilite a los ciudadanos unos créditos a largo plazo en condiciones asumibles, para la inversión en vivienda, o mejora de la utilizada con las garantías necesarias. La existencia de un mercado financiero en Cuba es necesaria para el dinamismo futuro de la economía, y aquí también existe otra posibilidad de abrir nuevos espacios para el mercado y el desenvolvimiento de la economía.

Y sobre todo, hay que olvidarse de cualquier ensayo estalinista aplicado a la construcción: las denominadas “brigadas” de trabajadores cubanos han mostrado ser un absoluto fracaso y muchos de los que han participado en estas iniciativas han comprobado que sus esfuerzos lejos de mejorar la situación de la vivienda, han ido dirigidos a otro tipo de infraestructuras públicas. Los cubanos están ya cansados de tanta demagogia y de tanto tiempo perdido, y solo piden soluciones para sus problemas por parte de un régimen que carece de futuro.

Julio 4, 2005
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