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Por Oscar Espinosa Chepe, La Habana *
Influencia de la economía cubana en las relaciones sociales
Lamentablemente en esta ocasión debemos reconocer que la crisis que azota a Cuba por tantos años, no solo está vigente, sino que se refuerza.
El proceso acumulado de descapitalización de los activos nacionales ha alcanzado niveles desproporcionados. La industria azucarera está en camino a su extinción y, otra fuente de la riqueza nacional en el pasado, la ganadería vacuna, sigue igual curso.
Aunque desde hace tres años se carece de estadísticas oficiales, por informaciones parciales se conoce que el 42,0% del fondo habitacional está en malas y regulares condiciones, indicador que algunos especialistas consideran pudiera ser superior si se agregara al análisis las viviendas de las villas miserias, enclavadas en las periferias de las ciudades y pueblos del país.
Datos adicionales muestran que alrededor del 50,0% del agua bombeada para el consumo productivo y doméstico se pierde en el trayecto por el mal estado de las redes de distribución.
Los viales no pueden estar en peores condiciones, factor que acelera la descapitalización del escaso y anticuado transporte automotor disponible, además de ser fuente de repetidos y lamentables accidentes.
A este panorama se agrega el calamitoso estado del sistema de alcantarillado, en muchos lugares infuncional por la desatención y la falta de mantenimiento.
De este examen no puede excluirse la acelerada obsolescencia del sistema electroenergético nacional, con unidades generadoras con una explotación promedio de 25-35 años, con tecnologías en su mayoría desechadas por los productores, azarosos procesos de inversión prolongados muchos años, un mantenimiento casi siempre desfasado a causa de la improvisación, la carencia de recursos y el continuado consumo en los últimos años del carburante nacional con alto contenido de azufre.
Los problemas no se reducen a los existentes en las unidades generadoras. En la transmisión y distribución del fluido, también están presentes serias dificultades con subestaciones anticuadas y faltas de mantenimiento, redes en mal estado, postes podridos, transformadores deficientes y recargados, acometidas defectuosas y breckers domésticos faltantes y en malas condiciones, de los cuales se calcula deben ser sustituidos 1.9 millones.
Producto de la calamitosa situación del sistema electroenergético nacional y su obsolencia técnica tiene lugar en las redes de transmisión y distribución una pérdida de energía producida del orden del 17-18,0 %, cuando lo normal sería no sobrepasar el 10,0 %.
La lista de los sectores inmersos en un proceso creciente de descapitalización no se limita a los ejemplos citados. En la práctica abarca en mayor o menor grado a toda la economía, con montos de inversión bruta anual que no rebasan la depreciación de los activos nacionales. Un fenómeno que incluye a la educación y la salud, donde con posterioridad a 1959 se había mantenido la continuidad del avance logrado desde la inauguración de la república a inicios del siglo XX.
Paralelamente a la constante desvalorización de los activos tangibles, transcurre un proceso de descalificación de los recursos humanos, que interactúa con el material, provocando una intensificación de la desvalorización mutua. Un proceso que podríamos calificar de dialéctico.
Esquemáticamente podríamos situar la descapitalización de los recursos humanos en dos grandes vertientes. La primera, como la continuada pérdida de de la calificación productiva y científico-técnica de la fuerza de trabajo del país y, en segundo lugar, –a mi juicio el más terrible aspecto- el deterioro de los valores espirituales, elemento perverso que afecta directa o indirectamente a toda la población.
Ciertamente resulta un tema que por su amplitud e importancia es imposible agotar en el marco de un solo debate. No obstante, nos esforzamos en describir sus principales rasgos.
La descapitalización productiva y científico-técnica de la fuerza de trabajo cubana se expresa por distintas vías. Una es el permanente éxodo de profesionales y técnicos hacia el exterior, en busca de mejores condiciones de realización de sus capacidades, para encontrar una vida más digna en compañía de su familia. En segundo término está el abandono masivo de las profesiones estudiadas por otras menos complejas, pero más lucrativas, dada la inversión de la pirámide social imperante. Con el continuado alejamiento de sus profesiones muchas personas pierden las habilidades adquiridas, descalificándose a mediano plazo.
Asimismo existe muy poco interés laboral por parte de la mayoría de los profesionales y técnicos, producto de la carencia de incentivos en los centros de trabajo. Los especialistas que siguen ejerciendo sus profesiones por lo general no están motivados en seguir elevando sus calificaciones y mantenerse actualizados. Conocen que aunque elevaran sus conocimientos, ello redundaría nulamente en el nivel de vida de sus familias.
Por otra parte existe el obstáculo de la falta de información científico técnica, así como de intercambio profesional con contrapartes extranjeras. Situación que pudiera ser por lo menos paliada si nuestros profesionales, técnicos y científicos tuvieran libre acceso a Internet; cuestión bastante limitada por consideraciones políticas.
Todos estos elementos negativos han ocasionado, y continúan produciendo, una constante sangría, para la economía y la sociedad en su conjunto, del recurso más importante para el desarrollo de un país en la actualidad: el capital humano. Así se despilfarran también cuantiosos recursos y esfuerzos invertidos en su creación.
Igualmente, la continuada crisis económica, política y social afecta extra-ordinariamente a la ciudadanía mediante la pérdida de valores espirituales, lo cual adopta maneras multiformes. Podría mencionarse la doble moral asumida por las personas como vía de “adaptarse” a la disciplina política imperante. Una circunstancia humillante que deja marcas lacerantes en la autoestima de los seres humanos.
Con el trabajo honrado la inmensa mayoría de los cubanos no puede vivir, debido a la precariedad de los salarios, pagados en lo fundamental en una moneda cuasi-inservible que el propio estado que la emite no acepta como medio de pago para la compra de bienes y servicios ofertados en sus tiendas.
El salario promedio, después del último incremento acaecido en mayo, es de 312 pesos mensuales. Un litro de aceite comestible corriente se vende en las tiendas estatales a 2.15 CUC (pesos convertibles), equivalentes a 53.75 pesos. De ello puede deducirse que el salario promedio incrementado no alcanza para adquirir 6 litros de aceite comestible corriente.
Respecto a los jubilados, la pensión mínima, recibida por más del 50% de las personas retiradas, incluido el incremento reciente, es de 150 pesos mensuales, cantidad insuficiente para comprar 3 litros del citado aceite comestible corriente.
Este panorama explica el motivo de que muchos profesionales están desesperados por buscar las codiciadas monedas convertibles, pues les resulta imposible vivir con sus devaluados salarios en pesos corrientes. Un maletero en un hotel exclusivo para turistas extranjeros –un trabajo útil y respetable- puede ganar en propinas durante unas horas lo que para un cirujano especializado en operaciones de corazón resulta imposible obtener en meses de dura y complicada labor. Estado de cosas que se mantiene desde hace muchos años.
Esta situación absurda ha provocado, en el mejor de los casos, una dependencia de muchos ciudadanos de lo que puedan recibir de sus familiares y amigos radicados en el exterior; contexto que coadyuva a una cultura de mendicidad, desfavorable para el desarrollo de hombres y mujeres con sanos valores humanos.
Las personas que no tienen apoyo del extranjero afrontan situaciones angustiosas dado que, producto de las prohibiciones oficiales, realizar actividades económicas que complementen los magros salarios por la vía legal es casi una misión imposible.
Por eso los actos delictivos y la corrupción crecen sin cesar. De esta forma muchos compatriotas desesperados y empujados por las circunstancias se acostumbran a delinquir; transitando de ilegalidades “leves” al principio hasta hechos más graves posteriormente.
En la conocida senda del envilecimiento a que conduce el delito en este ambiente nefasto, prevaleciente desde hace muchos años en la sociedad cubana, crecen las nuevas generaciones y se asienta una nueva moral decadente sobre sectores poblacionales que, desorientados, identifican como algo inevitable este aberrante y anormal escenario.
En este clima, no debe sorprender que la Fiscalía General de la República anunciara recientemente haber detectado 16 000 delitos en empresas estatales durante los últimos tres años. Tampoco que las cárceles estén repletas del “Hombre Nuevo”, esencialmente de compatriotas mulatos o negros, precisamente de los estratos más humildes de la población, sin acceso a la imprescindible moneda convertible por carecer en su mayoría de familias en el exterior.
Resulta paradójico que al mismo tiempo que los medios de difusión reproducen una machacona propaganda nacionalista, como nunca antes en nuestra historia, el deslumbramiento por todo lo extranjero cada día se refuerza más, en especial en la juventud. El sueño de hacer otra vida en el exterior, abandonando para siempre el suelo patrio, se ha convertido en una obsesión para un elevadísimo número de cubanos.
En el último sorteo de visas convocado por la Sección de Intereses de Estados Unidos en Cuba, en 1998, más de medio millón de cubanos presentaron solicitudes. Una cifra muy superior resultaría si se agregaran los familiares de los solicitantes. Si el gobierno cubano permitiera un nuevo sorteo, como lo ha solicitado Washington, la cantidad de solicitudes de visas crecería a niveles mayores, especialmente en jóvenes, como consecuencia de los crecientes niveles de insatisfacción observables en la sociedad.
La actual crisis de valores producto de un callejón sin aparente salida de la economía, y que interactúa a su vez en este terreno provocando un continuado desinterés laboral, baja productividad y una extendida corrupción, adicionalmente se expresa en un egoísmo mezclado con una degradante y grosera concepción materialista que niega la espiritualidad de los hombres.
Así se abren paso conductas generalizadamente basadas en la hipocresía, la mentira y la falta de civismo, todo lo cual desemboca en males observados a diario: prostitución (en sus distintas variantes), alcoholismo, droga, robo, y otros, conformadores de una larga lista.
* Para "Vitral," Pinar del Río / Octubre 27, 2005
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