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Elías Amor Bravo, Valencia
El turismo en Cuba hacia el futuro

El ministro cubano de Turismo, Manuel Marrero, en declaraciones a Granma, ha culpado a Estados Unidos, como no podría ser de otro modo, de la caída del turismo español a Cuba en 2007. Según él, “la adquisición por sendas empresas estadounidenses de los operadores españoles Pullmantur e Iberojet está en el origen de la caída experimentada por el número de turistas españoles que eligen a la Isla como destino de vacaciones”. No creo que el ministro esté en lo cierto a tenor de los datos más recientes.

Según datos de la Oficina Nacional de Estadística de Cuba, en 2006, último año para el que se dispone de información oficial, de un total de 2.221.000 turistas llegados a la Isla, sólo 30.000, el 1,35% del total, lo hizo a través de cruceros. La mayoría de turistas lo hizo lógicamente por medio de avión, 2.150.000 el 97% del total. La cuestión es que el ministro Marrero sabe muy bien que en ninguno de los años anteriores, de 2001 a 2006, el número de viajeros en cruceros superó esa cifra de 30 mil, siendo la media de este período de unos 16 mil al año. Pretender explicar el resultado del sector turístico cubano en 2007 en base a unos acuerdos empresariales, parece que tiene poco sentido.

La historia reciente del turismo de cruceros en Cuba arranca de 2004 cuando precisamente Pullmantur inició sus operaciones en la Isla con los primeros 500 turistas que elegían este modelo para llegar de vacaciones a la Isla a bordo del buque Holiday Dream. El objetivo de Pullmantur, entonces empresa española, era convertir a La Habana en una especie de puerto de referencia para la empresa, fomentando recorridos por el interior de la Isla con interés turístico. La apuesta, aparentemente, se basaba en la idea de que existía un mercado para el turismo de cruceros español a Cuba, que la Isla podría convertirse en un competidor caribeño solvente frente a otros destinos en la zona, y que todo ello iba a permitir la consolidación de una actividad en aumento con el beneplácito de las autoridades. Los planes de la compañía eran presentados por la propaganda oficial del régimen castrista como un éxito de gestión, y se anunciaba la continuidad y la promoción de más viajes para turistas procedentes de México o Brasil.

La historia reciente es conocida. A finales de 2006, Royal Caribbean se hizo con el control de la firma española Pullmantur, de Marsans, en una operación dirigida a reforzar la marca europea de la multinacional estadounidense de cruceros. La decisión permitió a Pullmantur atender sus deudas y mantener el nivel de empleo. Poco después el grupo estadounidense Carnival no tardó demasiado tiempo en reaccionar y firmó un acuerdo de asociación con la española Iberojet, a través de Orizonia Capital, dirigido igualmente a consolidar el negocio de cruceros de Iberojet.

Para el ministro cubano de turismo estas dos operaciones empresariales explican el intenso descenso del número de turistas españoles a Cuba producido en 2007. Las cifras no coinciden. Sobre todo si se tiene en cuenta que en 2006, como ya se ha señalado, antes de que se firmaran los acuerdos por parte de las dos compañías estadounidenses, la cifra total de viajeros en cruceros a Cuba no superaba los 30 mil al año.

Basta de bobadas. Como sucede tantas veces a lo largo del último medio siglo, los planes de la burocracia rara vez se cumplen en la economía cubana. La evolución del turismo de cruceros a la Isla no ha sido una actividad rentable, si se piensa que Pullmantur, en el momento de su compra por Royal Caribbean a finales de 2006 mantenía unas deudas acumuladas de 347 millones de dólares. Y ello, si se piensa que el Caribe, en su conjunto, es uno de los mercados mundiales más importantes de turismo de cruceros. No vamos a pensar que esta abultada cifra viene provocada tan sólo por la apuesta que se hizo por Cuba en 2004, porque la compañía ha tenido un despliegue mucho más importante a nivel mundial; pero no cabe duda que el fracaso del turismo de cruceros a Cuba ha supuesto un duro golpe para una compañía que, por otra parte, está absolutamente legitimada a realizar los acuerdos que estime convenientes para salir de la crisis y afrontar con éxito su orientación al futuro. Son estas decisiones empresariales estratégicas las que no caben en la mente del planificador de la economía cubana que, educado en la obediencia al máximo líder, no admite la mera posibilidad de un pensamiento alternativo. 
 
Si el turismo total procedente de España se encuentra en “picado”, también habrá que analizar las causas. En efecto, primero de un total de 194.103 turistas españoles en 2005 se ha descendido a 185.531 en 2006, una caída del 5% de acuerdo con las cifras oficiales. A falta de datos oficiales, en 2007 el ministro ha citado una cifra de 133 mil españoles, un descenso aún mayor del 28% en el último año que el ministro Marrero atribuye al turismo de cruceros. Los datos confirman el fracaso.

El desarrollo del turismo en Cuba es fundamental para que el país avance. Nadie cuestiona esta idea que, además, cuenta con experiencias de éxito en numerosos países. Lo que no se puede hacer, porque carece de todo sentido, es apostar por un sector que está condicionado por la demanda libre, la movilidad y la libre elección, con sistemas de planificación e intervencionismo estalinista. Al turista hay que ofrecerle servicios privados de calidad y competitivos. Hay que ensayar continuamente productos y servicios nuevos, dejándole libertad absoluta para que pueda elegir y decidir dónde comprar, dónde comer, dónde disfrutar de su tiempo de ocio. El viajero tiene que sentirse, cuando visita otro país, mejor o al menos igual que en casa.

Cuba, en este momento, no ofrece estas posibilidades porque no funciona la iniciativa privada, no existe mercado libre, ni tampoco existe un marco adecuado para el ejercicio de los derechos de propiedad, que son inherentes a la actividad hostelera y receptiva. Apostar por la construcción de más hoteles, campos de golf, sin iniciativa privada es una temeridad. No es una cuestión de formación profesional, ni de renovación de la oferta o de mejora de la gastronomía, es una cuestión de apuesta por la propiedad privada y la libertad de empresa en un sector estratégico. El turismo no es una actividad a la que se deban dedicar los burócratas intervencionistas, sino para capitanes de empresa que asuman el reto de estar al día con nuevos productos y servicios.  Por supuesto que está vinculado a la vida social y económica de la población, como subraya el ministro Marrero, pero entonces, por qué ni siquiera los cubanos con moneda convertible pueden acceder a la planta hotelera de 4 y 5 estrellas existente en el país, lo que impide la consolidación de un turismo nacional, base para el desarrollo del sector. Menos demagogia y más resultados prácticos, más libertad económica y menos intervención y control. El turismo puede llegar a ser una actividad fundamental para Cuba, pero no con estos dirigentes ni con este modelo.

Febrero 8, 2008
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