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Elías Amor Bravo, Valencia
Las reformas en el campo cubano: del marabú al tomate

Tal y como cabía esperar, las reformas introducidas por Raúl Castro en el campo cubano no son las que se necesitan para impulsar un crecimiento real de la producción y el empleo en el país.

Noticias procedentes de La Habana anuncian la entrega masiva de tierras improductivas a campesinos para que puedan producir aquellos bienes que consideren más adecuados. Las UBPC, Unidades básicas de producción cooperativa, que habían sido la gran apuesta del régimen durante el período especial, han resultado un rotundo fracaso para sacar al país del marasmo productivo. La elevación, sin precedentes, de los precios agrícolas a nivel mundial, ha obligado a las autoridades comunistas a pedir a los campesinos que cultiven la tierra y que lleven a los mercados de la Isla los productos necesarios para alimentar a una población que ya no tiene expectativa alguna de mejora. Y este esfuerzo se pretende conseguir como siempre, dando una de cal y otra de arena.

De cal. La entrega de tierras a los campesinos, una medida típica de los colectivismos estalinistas, aleja a la agricultura cubana de una de las reformas necesarias para promover su crecimiento sostenible a medio plazo: el retorno a la propiedad privada. Durante el período especial ya hubo alguna experiencia de este tipo, cuando se entregaron los pollitos de las improductivas granjas estatales a las familias para que fueran alimentados en los patios traseros, o cuando se permitió el cultivo de alimentos en los parques urbanos. Todo resultó en un gran fracaso.

Raúl Castro no ha sido capaz de impulsar el único camino posible para que el campo cubano pueda abastecer a la población y generar empleo y riqueza: la consecución de un marco estable de derechos de propiedad en el medio rural de la Isla es el único estímulo que puede servir a los campesinos que accedan a esta titularidad a empeñar sus esfuerzos en procurar los productos y bienes demandados por la población. Cabe preguntarse qué tipo de incentivo puede tener un agricultor o un ganadero cubano para desbrozar el campo abandonado al marabú, o comprar los insumos y los medios materiales necesarios para la producción hasta la cosecha, si nunca será propietario real de la tierra que trabaja. Qué sentido tiene introducir nuevas técnicas que mejoren la productividad o realizar los esfuerzos necesarios para colocar los productos en el mercado, porque esa es otra: ¿quién va a asegurar que los bienes obtenidos en el campo lleguen a los puntos de distribución minorista en ausencia de un sistema de intermediación? Muchas dudas e incertidumbres para que algo pueda salir bien. Parece mentira que el colectivismo castrista no se dé cuenta de cuál es el único camino posible, después de tantos años de fracasos.

Otra de arena. Raúl Castro sabe que vive en un país con una tierra formidable y fértil para obtener dos y hasta tres cosechas al año. Por fortuna para los cubanos, con una elevada población que todavía se encuentra vinculada al medio rural de una forma u otra, y que posee conocimientos, experiencia, y capacidad para desarrollar una amplia gama de cultivos y productos agropecuarios. Lo único que se necesita es proporcionar un marco de estabilidad jurídica a aquellos a los que se va a pedir el sacrificio que supone la tarea agrícola. Y ese marco exige la venta de las tierras a los productores y la constitución de un mercado en el que se puedan vender, comprar, alquilar y negociar los activos relacionados con la producción agrícola. Esa decisión política es la única posible. ¿Qué inconveniente hay para llevar adelante este plan de reformas? La entrega de tierras a los campesinos no va a resolver el problema. Cabe preguntarse qué tipo de incentivos puede tener un agricultor cubano para dedicar su esfuerzo a algo que nunca será suyo, salvo si acierta a vender a muy corto plazo los productos a un buen precio, y si los impuestos no terminan por liquidar sus márgenes.

Ha llegado la hora de liberalizar la economía cubana en el sector agrario. Y esto significa volver a un régimen de propiedad privada, en el que los agricultores puedan comprar, vender, alquilar, libremente las tierras que deseen cultivar. Se debe fijar un procedimiento de restitución de la propiedad agrícola confiscada por el régimen comunista a sus legítimos propietarios, a la vez que se conceden créditos a largo plazo para la adquisición de las tierras que son de titularidad estatal. Poco a poco, la propiedad privada en el campo cubano se tiene que ir extendiendo al nivel que existe en otros países de América Latina, superando así el atraso intervencionista y dando oportunidad de crecer a aquellos que sean más eficaces con su trabajo y su productividad. Ese fue el gran obsequio que la naturaleza cubana hizo para generaciones de inmigrantes españoles y europeos que decidieron trasladar su residencia a la Isla durante décadas.

Las soluciones parciales, como la que pretende impulsar Raúl Castro, nunca han dado resultados. Se necesita valor y coraje político para abandonar el corsé de la ideología política comunista totalitaria que ni ha funcionado ni permitirá a los cubanos mejorar sus condiciones de vida de forma sostenible. Al final, estamos una vez más como al principio, pero habiendo perdido el tiempo para acometer las reformas necesarias.

Abril 7, 2008
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