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Elías Amor Bravo, Valencia
Tres aspectos diferenciales de la economía cubana

CUANDO SE TRATA DEL ANÁLISIS de la economía cubana, siempre resulta conveniente identificar aquellos aspectos que la hacen ser distinta del resto de economías, y que son el resultado de la pésima gestión realizada por el régimen comunista desde 1959.

Este análisis comparativo resulta fundamental, sobre todo en la actualidad, cuando parece que Raúl Castro se ha decidido a enmendar una historia de errores y de pasos adelante y atrás en la gestión macroeconómica del país. Si resulta posible identificar esas diferencias con claridad se puede obtener una idea del escaso margen de actuación con que cuentan las autoridades para impulsar los cambios, si no se deciden, finalmente, por la transformación real que precisa la economía del país, a saber: mercado y propiedad privada. Las estadísticas del último Informe de CEPAL facilitan este análisis de contraste entre la economía cubana y el resto de países de América Latina.

Uno de estos datos que más llama la atención es la tradicional deficiencia del capital público y de infraestructuras del régimen cubano. 

La imagen que se percibe de país en ruinas, con edificios maltrechos, que sobreviven apuntalados, con unas pésimas comunicaciones terrestres, con graves carencias en los suministros básicos de energía y bienes de equipo, está detrás de una de las tasas más bajas de formación bruta de capital fijo en el PIB. El porcentaje se ha situado a finales de 2008 en el 8,2% para la Isla, mientras que en el conjunto de América Latina alcanza un 21,9%, respectivamente.

Los economistas sostienen que la base sobre la que se construye el crecimiento económico de un país es el capital de infraestructuras, cuya existencia, calidad y suficiencia es condición básica para superar las graves lacras del subdesarrollo y el atraso.

El régimen cubano no sólo ha permitido que ese capital social se destruya sino que, a tenor de lo que muestran los datos, no ha hecho nada por mejorar su cantidad y calidad, quedando a notable distancia del resto de países de América Latina que, en cambio, sí que han estimulado el desarrollo de las infraestructuras en los últimos años.
Las tendencias observadas en el Gráfico 1 son bastante explícitas, y ponen de manifiesto que, ante un gobierno ineficaz en su política de inversiones públicas, el esfuerzo que será necesario realizar para superar el atraso existente sólo se podrá asumir desde la iniciativa privada. Una inversión privada que necesita contar con un marco estable y bien definido de derechos de propiedad, para desarrollar sus actividades de forma continuada, a la vez que se identifican aquellos sectores de la economía cubana que, por sus características, pueden ser más rentables a medio plazo. La política de “socialismo capitalista” no contribuye a dinamizar ese papel de la inversión privada, por lo que se precisan cambios en el modelo para aprovechar las oportunidades. Sólo si Cuba supera su actual déficit de infraestructuras puede alcanzar ritmos estables de crecimiento a medio plazo. Y para ello, es necesario devolver la confianza a las instituciones, consolidando un régimen de derechos de propiedad y economía de mercado. Cualquier opción alternativa puede significar un nuevo fracaso.

Gráfico 1.- Participación de la formación bruta de capital fijo en el PIB (%)

Fuente: CEPAL, 2008

Cabe preguntarse, entonces, qué hace el gobierno cubano con su asfixiante peso burocrático sobre la economía en términos de participación de los ingresos y gastos. Y ello nos conduce a otro de los aspectos diferenciales con respecto a América Latina. En Cuba, los ingresos del gobierno central alcanzan el 44,4% del PIB, un porcentaje que supera con creces (en más del doble) a la media de toda América Latina situada en el 19,2%.

El gobierno cubano controla prácticamente a la mitad de la economía nacional detrayendo por vía directa ese porcentaje de los bienes y servicios producidos en el país, en tanto que sus gastos alcanzan el 48,6% del PIB,  un porcentaje aún mayor que anuncia el descontrol y el despilfarro existente en el manejo de los recursos públicos. A nivel continental, el porcentaje que representan los gastos en el PIB es sólo del 19,6%.

Mientras que esa participación de gasto improductivo e ineficiente no se reduzca de forma significativa, y se favorezca el pleno desarrollo de las actividades económicas privadas, el régimen cubano seguirá siendo incapaz de alimentar a toda su población y reflejando con su modelo, la esencia auténtica del denominado “embargo”: su ineficiencia e incompetencia. Se necesitará tiempo y esfuerzo para recorrer la distancia hacia una proporción más adecuada de la actividad estatal en el conjunto de la economía, pero ese camino es absolutamente necesario para sacar al país de su marasmo estructural. Al igual que antes, cualquier opción alternativa, simplemente no puede funcionar.

Y este análisis nos conduce directamente al tercer aspecto diferencial de la economía cubana en el continente americano: el déficit público. La disparidad entre gastos e ingresos en términos de PIB, un ejemplo adicional de escaso respeto por la gestión pública y de burocracia sin control e ineficiente. En Cuba, donde el Estado controla la mayor parte de la economía, este porcentaje se ha situado en 2008 en el -4,2%, que no sólo es el más elevado del conjunto de América Latina, sino que supera ampliamente a la media continental, situada en -0,3%.

El régimen castrista no ha sido capaz de aprovechar la favorable coyuntura económica de los últimos años para corregir su desequilibrio financiero, como ha sucedido en el resto de América Latina y, más bien al contrario, ha mantenido posiciones deficitarias que no suponen otra cosa que un freno a la capacidad del sector privado para ocupar áreas de actuación que le resultan restringidas. Si no se realizan esfuerzos decididos para reducir el déficit, cuyo origen se encuentra en el pesado conglomerado de subvenciones y ayudas que sostienen el ineficiente aparato productivo del país, difícil será alcanzar una senda de crecimiento estable como la que se necesita para avanzar.

Gráfico 2.- Participación del déficit público en el PIB (%)

Fuente: CEPAL, 2008

La mera observación de estos tres indicadores comparativos pone de manifiesto que cualquier cambio en el modelo económico de Cuba debe abordar con profundidad las consecuencias de una política presupuestaria fracasada, que no ha sido capaz de garantizar las condiciones de vida de los ciudadanos y una mejora continua de sus niveles de bienestar y progreso.

En ese sentido, conviene advertir una vez más que las diversas soluciones anunciadas, como las retribuciones en función de la productividad, o los cambios en la seguridad social y las autorizaciones para la adquisición de determinados electrodomésticos, no van a servir para ordenar las cosas y crear el clima de estabilidad que necesita Cuba para superar 50 años de deficiente gestión macroeconómica. Los datos están ahí para confirmarlo.

Enero 14, 2009
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