S E C C I O N E S
Nosotros
About us
Contáctanos
Enlaces - Links
Suscríbete
Buscar - Search

 Balzac y la costurera cubana
Por: Rosa Montero, para El País Semanal (Madrid)

Junio 6, 2004

Hay una preciosa novela titulada Balzac y la costurera china, de Dai Sijie, que explica cómo la posesión de un libro occidental era causa de muerte durante los peores años de maoísmo, y cómo el ser humano puede preservar lo mejor de sí mismo, hasta en los momentos más oscuros, gracias a un acto de rebeldía tan nimio y tan humilde como prestarse libros o aprendérselos de memoria, cosa que ya contó el gran Ray Bradbury en su estremecedora novela Fahrenheit 451. Y es que, cuando todas las libertades exteriores están en peligro, la línea última de la resistencia pasa por la libertad de pensar y de soñar; y por la posibilidad de escuchar los sueños y los pensamientos de los otros. Los libros son el punto de encuentro de nuestra diversidad, el rumor colectivo de la vida. Acceder sin trabas a los libros es acceder al mundo entero.

Les voy a narrar la pequeña historia de Ramón Humberto Colás, un psicólogo cubano de 42 años que fue expulsado de su trabajo por sus actividades disidentes, consistentes en intercambiar con sus amigos libros y periódicos prohibidos por el castrismo y en participar en grupos de debate. Un día, el represaliado Ramón y su esposa Berta Meixidor (que también perdió su empleo por no querer divorciarse), estaban viendo por televisión la VII Feria del Libro de La Habana. Era el mes de febrero de 1998, y un periodista planteó a Castro una pregunta preparada: “¿Hay libros prohibidos en Cuba, comandante?” Fidel aporreó el pecho y tronó “En Cuba no hay libros prohibidos, lo que falta es dinero para comprarlos.”

A Ramón se le encendió una lucecita: “Si las cosas son así, entonces pongamos en circulación esas obras que todos escondemos en nuestras casas.” Colocó en su sala toda su biblioteca, unos 1,200 volúmenes, y clavó un cartel en la escalera: “Biblioteca Independiente Félix Varela.” Y empezó a prestar los libros a todo el que los quisiera, sin coste alguno. Como Ramón defiende la lectura sin censura, había obras del Che, de Marx, de Engels; pero también de Solzhenitsin, de Milan Kundera, de Octavio Paz o Vargas Llosa, autores anatomizados por el régimen.

La iniciativa tuvo un éxito tremendo. Ramón llegó a tener cien lectores inscritos y otros doscientos que no se atrevieron a inscribirse, y nunca perdió un solo volumen. Otros cubanos siguieron su ejemplo y se empezaron a abrir bibliotecas independientes en toda la Isla. La noticia salió en la prensa de Miami y llamó la atención en el mundo entero: comenzaron a recibir libros de todas partes, desde el Pen Club de Canadá hasta el Parlamento sueco. A los seis meses, el fenómeno había adquirido tales proporciones que el régimen contraatacó con la creación de las Casas Bibliotecas, unos centros barriales que resultaron un fracaso, porque sólo disponían de los libros oficiales de siempre: el Che, Fidel, Martí. Entonces, el castrismo se puso a confiscar en la aduana los volúmenes que les enviaban. Tengo ante mí la fotocopia de un documento de 2003 en el que se decomisan, “por atentar contra los intereses generales de la nación,” el libro Juan Pablo II, ese desconocido y unos folletos con la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Pero los libros seguían y siguen entrando, llevados por turistas, por políticos, por instituciones religiosas. De manera que el régimen empezó a atosigar a los bibliotecarios. A Ramón le detuvieron y encarcelaron más de veinte veces.

El 23 de agosto de 1999, 26 agentes de la seguridad vestidos de civil llegaron al domicilio de Ramón y se lo llevaron detenido. Le soltaron al día siguiente y entonces se enteró de que ya no tenía casa. Los agentes habían metido a su esposa, a su madre de 75 años y a sus hijos pequeños en un automóvil y se los habían llevado deportados a una granja militar. Pero no pudieron confiscar su biblioteca: los vecinos se movilizaron y se llevaron todos los libros, repartiéndolos por sus propios pisos.

Ramón y su familia vivieron en la granja militar y luego se trasladaron a casa del suegro. El hostigamiento era tal (incluso contra los niños, en la escuela) que consiguieron el estatuto de refugiados de la ONU y salieron de Cuba en 2001. Ahora residen en Miami y siguen trabajando para apoyar el proyecto. Actualmente hay en Cuba 107 bibliotecas independientes: modestas, precariamente instaladas en cocinas o salitas, pero obcecadas y libres. En la ola represiva del año pasado cayeron 17 bibliotecarios. Fueron condenados por el conjunto de sus actividades a penas que llegan a los 20 e incluso 24 años de prisión. En el miserable y absurdo régimen cubano, leer se ha convertido en un acto heroico.        

Imprimir este artículo. En "Archivo," "Configurar página", establezca los m árgenes izquierdo y derecho en 0.15 pulgadas.