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La revolución cubana: 50 años después

Por César González Calero
Los dos legados de la experiencia cubana

DESDE EL PUNTO DE VISTA SIMBÓLICO, TODO EL CAPITAL DEL SOCIALISMO CUBANO HA QUEDADO REDUCIDO A CIERTOS MITOS DEL PASADO, COMO EL CHÉ GUEVARA .


Los dos conceptos de mayor arraigo en el lenguaje político cubano del último siglo han sido revolución y socialismo. Generalmente, en la simbología gubernamental de la isla y en las percepciones sobre Cuba que predominan en la opinión pública internacional, esos conceptos se funden en un significado único. Con frecuencia, ambos términos son asumidos como sinónimos de la nueva Cuba que surgió en 1959 y que tiene en Fidel Castro su ícono más difundido.

Sin embargo, la propia evolución institucional e ideológica de la isla, en los últimos cincuenta años, nos persuade de que esas dos palabras aluden a realidades diferentes. La revolución fue un proceso de cambio social, económico, político y cultural que transformó la Cuba de la primera mitad del siglo XX. Aquella Cuba, de intervenciones norteamericanas y dictaduras militares, de democracias breves y disparidades sociales, pero, también, de crecimiento económico, vanguardias culturales y pluralidad política, dejó de existir en los años 60.
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La revolución no sólo fue el eficaz despliegue de las guerrillas rurales y urbanas del Movimiento 26 de Julio y el Directorio Revolucionario contra la dictadura de Batista, sino ese cambio histórico por el cual Cuba se convirtió en otro país. A diferencia de revolución, palabra recurrente en la historia política de la isla desde mediados del siglo XIX, el término socialismo ni siquiera aparece en el período del levantamiento armado contra la dictadura batistiana. A no ser en círculos reducidos del comunismo prefidelista, cuyo rol en la insurrección de los años 50 fue minoritario, socialismo era, en aquel entonces, sinónimo de socialdemocracia.

El socialismo cubano vendría siendo el modelo político e ideológico que adopta el Estado insular, entre 1960 y 1961, para conducir la transformación iniciada en 1959. Ese modelo posee una serie de elementos distintivos -economía estatal, ideología marxista-leninista, partido único, sociedad civil controlada, cultura comprometida, lealtad incondicional al líder...- que asemejan mucho el sistema de la isla al de la extinta Unión Soviética y los "socialismos reales" de Europa del Este, aunque su implementación recurra a prácticas diferentes a las de aquellos regímenes.

Las principales demandas de la revolución -alfabetización, industrialización, reforma agraria, reforma urbana, justicia social, distribución equitativa del ingreso, soberanía frente Estados Unidos...- fueron realizadas, en Cuba, por medio de esa estructura jurídica y política. Cuando el campo socialista desapareció, en 1992, Cuba reacomodó con eficacia su ideología -maquilló el marxismo-leninismo con una suerte de nacionalismo revolucionario- y su diplomacia -recompuso pragmáticamente sus relaciones internacionales- pero dejó intacto aquel Estado.

Si aceptamos esta distinción conceptual e histórica entre revolución y socialismo, entonces, tal vez debamos evaluar, por separado, la herencia que ambos dejan a la izquierda latinoamericana actual. Cuba como revolución y Cuba como socialismo fueron y son distintas realidades políticas que informan disímiles referentes ideológicos. La aproximación a ambos por parte de defensores y opositores, de herederos y críticos, está marcada por esas diferencias, aunque la ideología de la isla persista en unificar todos los símbolos bajo una misma entidad legitimadora.

La gran transformación que vivieron los cubanos en los 60 tuvo un innegable componente emancipatorio que causó admiración en las izquierdas anticoloniales del Tercer Mundo. En Cuba se produjo una impresionante socialización de la política, por la cual mejoraron sus condiciones de vida y se involucraron en los asuntos públicos millones de personas que, hasta entonces, percibían escasos ingresos y se mantenían al margen del Estado. Dentro de ese proceso no sólo habría que incluir la alfabetización y el respaldo a la cultura popular, sino la gran inversión de gasto público en salud, educación, vivienda y comunicaciones de los primeros años revolucionarios.

Junto con la destrucción de las jerarquías sociales del antiguo régimen, la revolución, por medio de la militarización de la sociedad y de las estrategias de adoctrinamiento, difundió valores políticos, como los de soberanía e igualdad, que antes eran patrimonio de minorías intelectuales. Ese proceso, a pesar del autoritarismo que desde el principio lo acompañó, contiene el principal legado ideológico y político que han reclamado y reclaman para sí las izquierdas latinoamericanas de hoy: el ejemplo de un Estado que asume la responsabilidad de garantizar la satisfacción de los derechos sociales básicos de una ciudadanía.

El socialismo, es decir, la estructura jurídica y política elegida por los gobernantes cubanos, entre 1960 y 1961, para llevar a cabo aquella tarea demostró ser, desde muy pronto, sumamente costoso. Para sostener un Estado con esa capacidad de gasto público, la economía cubana comenzó a reproducir una dependencia de la Unión Soviética, mayor que la que había sufrido, en la primera mitad del siglo XX, con respecto a Estados Unidos. A la falta de autonomía económica se sumaron los efectos perversos de la socialización política antes comentada: igualitarismo, intolerancia, dogmatismo, homofobia, machismo, censura, represión, encarcelamiento de opositores y exilio de cientos de miles de cubanos.

La idea de la soberanía, al tiempo que se adhería a la nueva cultura política, adoptaba la forma de una confrontación con Estados Unidos, generada por la alianza de la isla con el bloque soviético. El saldo de esa confrontación no sólo es el embargo comercial de Estados Unidos, decretado el 19 de octubre de 1960 -cuando Cuba ya estaba comercialmente vinculada al campo socialista- sino la organización totalitaria de un gobierno que se asume en perpetuo estado de sitio y, por lo tanto, justificado para reprimir toda oposición, aunque sea pacífica.

Es evidente que la izquierda latinoamericana contemporánea sigue admirando la revolución como una remota epopeya emancipatoria. Pero esa misma izquierda, a la vez, ha renunciado a adoptar cualquiera de los componentes estructurales del socialismo insular: partido único, economía estatal, control de los medios de comunicación, ideología marxista-leninista, represión de opositores, confrontación con Estados Unidos. Desde el punto de vista simbólico, todo el capital del socialismo cubano ha quedado reducido a ciertos mitos del pasado, como el Che Guevara, que siguen teniendo fuerza gracias a su reconversión como marcas del capitalismo global.

La mejor prueba de que los legados de la revolución y el socialismo se han vuelto divergentes es que, a diferencia de hace medio siglo, hoy no es la izquierda latinoamericana la que mira a Cuba como paradigma sino Cuba la que comienza a gravitar hacia América latina en busca de apoyos y modelos. El socialismo cubano, que hace medio siglo fue una bocanada de aire fresco entre las izquierdas de la región, representa hoy un sistema obsoleto que coloca en el centro de su subjetivación política al Estado y no a la ciudadanía.

Como realidad, no como legado, la revolución dejó de existir hace décadas, mientras el socialismo aún persiste. Desde 1992, por lo menos, las voces más lúcidas de la cultura cubana han demandado una reforma o un cambio de ese régimen. Los reformistas han pedido una "reinvención" del socialismo y los opositores una transición a la democracia. Pero quienes tienen el poder de conducir ese cambio o esa reforma no se atreven a arriesgar el control del país abriendo su esfera pública y tolerando otras formas de organización económica.

Si el socialismo cubano se reforma o transita pronto a la democracia, las posibilidades de vindicar el legado de aquella revolución serán mayores. Mientras sus líderes apuesten por el inmovilismo, la ruptura histórica que podría incubarse será más traumática que la que produjo la propia revolución. Los próximos años dirán si ese poder se atreve, finalmente, a conceder mínimos espacios a otra economía, otra política y otra cultura que no sean las del Estado. Sea una reforma o una transición, lo que experimente ese sistema, la Cuba del siglo XXI dejará de ser el socialismo que ha sido en los últimos cincuenta años.


Enero 2, 2009
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