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A Powell y Rice, hermanos de raza

Carta abierta a Colin Powell, Secretario de Estado, y Condoleezza Rice, Asesora de Seguridad Nacional de los Estados Unidos

Tania Quintero
Octubre 22, 2002

En las últimas cuatro décadas nueve presidentes han pasado por la Casa Blanca. Y Fidel Castro sigue ahí. Con su uniforme verde olivo. Comandando los destinos de Cuba desde su despacho en el Palacio de la Revolución.

Lo normal, lo lógico, es que en 43 años por lo menos ocho mandatarios hubieran gobernado en la Isla, fruto de elecciones libres y respaldados por una Constitución que no permitiera más de dos períodos en el poder. Mas esto no ha ocurrido.

Esta situación anormal e ilógica se podría resumir en pocas palabras: Es que Castro es Castro. Él pertenece a esa rara especie de animales políticos contemporáneos que todavía no está en extinción y a la cual también pertenece Ariel Sharón y Jean-Marie Le Pen, entre otros.

Cuba y Estados Unidos son como dos narizones: no se pueden besar. En una y otra orilla en todos estos años ha primado la obstinación y el enfrentamiento. Estados Unidos jamás debió haber roto las relaciones diplomáticas con la Cuba de Castro. Tampoco de la isla debieron irse políticos, empresarios y profesionales. Cubanos que habían llegado a situar el país entre los más desarrollados del continente, pese a altibajos internos y que en la dictadura de Fulgencio Batista tuvo sus peores momentos.

Al abandonar el navío, este quedó prácticamente abandonado. En manos de un solo timonel. Toda esta etapa sin precedentes en nuestra centenaria república y que parece no tener fin, pudiera estar a punto de finalizar si, por un lado, el gobierno de Fidel Castro reconociera la existencia de una cada vez más extendida oposición pacífica y de grupos con propuestas válidas como el Proyecto Varela; tratara de lograr un diálogo y emprendiera un programa de reconciliación nacional que incluyera una amnistía política general como la decretada por Batista en 1955 (y que permitiera a Castro y sus seguidores salir de la cárcel, después del fallido intento de asaltar el cuartel Moncada en 1953). Y, por otro lado, el gobierno de Estados Unidos, dentro del cual ustedes ocupan decisivos cargos, se percatara de lo obsoleto que resulta el embargo; lo dejara sin efecto y diera paso a una serie de medidas encaminadas a normalizar las deterioradas relaciones entre Cuba y los Estados Unidos.

La realidad ha demostrado el fracaso de la política mantenida hacia Cuba por las administraciones estadounidenses desde 1959 a la fecha. Entonces ¿Por qué no emprender un camino nuevo, distinto, nunca antes recorrido?

La vida le dio la razón a Henry Kissinger cuando propició el descongelamiento de las relaciones de Estados Unidos con China y Vietnam. Es innegable que la situación política, económica, social y en materia de libertades y derechos humanos ha tenido posteriormente una evolución positiva en esas dos naciones.

El problema, a mi modo de ver, es que la isla de Cuba perdió para Estados Unidos el encanto que en el pasado tenía. Cuarenta y tres años son demasiados años. Junto con el olvido, brotó la indiferencia y el desamor. Dejamos de ser la perla de las Antillas. El otrora paraíso turístico de los americanos, ahora lo es de canadienses y europeos. A ello se suma el deterioro de ciudades como La Habana, que se desplomaría al paso de un huracán fuerza cinco y el empobrecimiento de una población que habita en viviendas deplorables, sumergida en un sinnúmero de penurias.

Sin embargo, en estos largos años algo novedoso ocurrió. Una comunidad cubana, pujante y laboriosa, huyendo del “comunismo”, se asentó en los Estados Unidos. Lo ideal hubiera sido que hubieran permanecido en Cuba. Pero allá demostraron de lo que es capaz el hombre cuando se siente libre de escoger su destino. Gracias a ellos, hoy miles de familias dentro de la isla pueden vivir un poco mejor, por las remesas monetarias periódicamente enviadas.

Muchos de estos cubanos arribaron a Estados Unidos bajo el status de refugiados políticos y en la actualidad abundan los emigrantes económicos. Casi todos se quedan en la Florida, Estado donde han erigido un poderoso lobby anticastrista. Sus opiniones son valoradas a la hora de Washington tomar decisiones relativas a Cuba. No estoy en contra de tener en cuenta sus argumentos y me enorgullece de que en el Congreso de los Estados Unidos tres compatriotas tengan voz y voto, así como de que un ministro del gobierno de Bus también sea cubano.

Pero considero que es imprescindible que tanto ustedes como el Señor Presidente y funcionarios como el Sr. Otto Reich, puedan contar con los criterios de cubanos radicados en Cuba. Sobre todo de aquellos que desarrollamos una labor al margen del control estatal, como es mi caso. (De 1974 al 95 me desempeñé como periodista en los medios oficiales y desde hace siete años lo hago dentro del centenar de mujeres y hombres que de un extremo a otro de la isla hemos contribuido a desarrollar el periodismo independiente).

He escrito una docena de trabajos sobre el tema negro, tabú en Cuba. En el último, titulado las campanas no doblan todavía por los negros, redactado el 8-04-02, terminaba así: “Queda la esperanza de que el talento negro se imponga más allá de los delitos, la música salsa y el ring de boxeo. Y con dificultad, venciendo toda clase de obstáculos, los negros demuestren un día ser capaces de ocupar posiciones tan elevadas como en Estados Unidos, pese a su enraizado racismo[1], hoy ocupan Condoleezza Rice y Colin Powell”.

Cuando escribí ese artículo no imaginaba que un día me animaría a hacerles esta carta abierta. Después de haber conocido en La Habana, en mi domicilio, al periodista Clarence Page, columnista del Chicago Tribune residente en Washington, me decidí a redactarla.

No lo hice un día cualquiera. La escribí el lunes 27 de mayo, cuando en Estados Unidos se celebraba el Memorial Day. Una fecha que en el 2002 sirvió para recordar a las víctimas de los atentados terroristas del 11 de septiembre. Una efemérides que el Presidente y la Primera Dama conmemoraron en Normandía, sitio muy especial en la historia estadounidense. Escribí, además, poco después que el expresidente James Carter estuviera en Cuba y sin tapujo hablara ante un público políticamente adverso en la Universidad de La Habana. Un viaje histórico del cual los cubanos esperamos resultados concretos.

Inspirada en esta atmósfera, les pido que se olviden de Fidel Castro y su modo totalitario de gobernar. Se los pide alguien que por escribir este texto puede ir a la cárcel. Una mujer que conoce de cerca lo que es el asedio y la represión.

Piensen, por favor, en los millones de cubanos de a pie. Negros, mulatos, blancos. Mujeres y hombres quienes a pesar de 43 años de incesantes actos antiimperialistas y sostenido discurso antiyanqui, no odian a los americanos. Por el contrario, aman a lo más puro y noble del multiétnico y multicultural pueblo de los Estados Unidos de América.

Gente sencilla como yo, próxima a cumplir los 60 años, que no pierde las esperanzas de antes de morir ver a las patrias de Lincoln y Martí convivir civilizadamente, como ahora conviven dos grandes enemigos de antaño: Rusia y Estados Unidos.

Tania Quintero Antúnez
Dirección: Carmen 12, apto.3,
entre 10 de Octubre y San Lázaro
Lawton 10700
Ciudad de La Habana
Cuba
Telefax: 537-992439

[1] Así apareció en el periódico Granma donde se reportó la 74 edición de los Oscar.

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