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Por Rafael Ferro Salas, Pinar del Río *
Hablando con la mujer más triste del mundo

La visito casi todos los días y siempre me parece poco. Vivo a dos kilómetros de su casa. Ayer me llamó por teléfono para decirme que no tenía nada de comer. Mandé a mi hijo a llevarle algo de lo poco que tenemos. Cuando ella me llamó, yo estaba mirando el Noticiero Nacional en la emisión nocturna de las ocho.

En las noticias, un señor (de cuyo nombre no quiero acordarme) hablaba como representante de la FAO.

Señalaba el funcionario extranjero que Cuba era un ejemplo en el programa de alimentación para la población. Enfatizaba que era justo señalar a las autoridades de la isla como paradigma a seguir en el programa de alimentos para las personas en una nación. Fue en ese preciso momento que ella me llamó por teléfono para decirme que esa noche quizás no comería.

La mujer se llama Josefa Nidia Salas y tiene 68 años. Está jubilada y le quedan algunos amigos que la visitan. Tiene dos hijos. Uno de ellos trabaja como periodista independiente, el otro es delegado provincial en una organización de la oposición pacifica cubana.

Ella, en su juventud, estuvo en la lucha contra Fulgencio Batista y allí perdió a su esposo. Lo mataron con apenas 24 años. El año cincuenta y nueve le llegó con nuevas esperanzas que se le fueron muriendo ante la realidad que nos impusieron después a todos. A modo de agradecimiento sutil, las autoridades la fueron llenando de condecoraciones, pero poco a poco ella se fue dando cuenta del engaño y un buen día las devolvió todas.

En su propia carne ha sufrido del acoso y la persecución que padecen sus dos hijos. Le duele saber que el menor de ellos (ya estuvo preso) se irá pronto de su lado extraído por los aires del exilio impuesto.

Cuando yo la visito le llevo siempre algo; quisiera tener todas las cosas de este mundo para llevarle, pero yo también soy cubano. Muchos cubanos tenemos poco o nada en estos tiempos.

Josefa pasa la mayor parte de sus días en silencio. Se las arregla para llorar en los sitios donde no la vemos los que la queremos.

Una tarde que conversábamos bajo la sombra de los árboles de su patio me dijo: "¡Qué malo es morirse sola! Ojalá y a mí también me hubieran matado antes del cincuenta y nueve".

Sus palabras me estremecieron. No me apena decir ahora que tuve miedo, y debo confesar que sigo con ese temor desde entonces.

Es bien triste que en mi país pasen estas cosas. En cuestión de alimentos un hombre señala al régimen de la isla como ejemplo, y la realidad innegable es que nuestras gentes están pasando hambre.

Llevan a los visitantes a sitios en los que se muestran verdaderos laboratorios de la mentira. Enseñan alimentos de todo tipo que nunca llegan a las gentes, productos que van a las mesas de los turistas y a las casas de la nueva clase que gobierna.

Josefa sufre eso junto a los demás cubanos. Está condenada a padecerlo por partida doble: ella arriesgó su vida para cambiar las cosas un día en Cuba y el resultado fue que empeoraron.

Esa mujer llora entre las cuatro paredes de una casa a punto de caerse. Yo sé que llora en un rincón donde no podemos verla los que la queremos, y lo hace para no dañarnos. La conozco bien porque es la mujer que me trajo a la vida un día: Josefa es mi madre.

* Periodista independiente, para Abdala Press / Octubre 21, 2005
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