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Dos escritos de Amir Valle *
Hoy: Reflexiones para espantar el miedo
Pensemos, colegas, pensemos. Dejemos de mirar solamente al pasado y fijémonos en la historia cultural del país desde 1959 hasta el momento en que escribo estas líneas. Andar con orejeras, como los viejos caballos de tiro, mirando al piso y doliéndose del cansancio vivido, resulta muy conveniente para quienes han acallado nuestras voces en todos estos años, sean fidelistas, llanusistas, aldanistas, pavonistas o, como dicen algunos adecuándose a los nuevos aires de la política, raulistas.
La reaparición de ciertos personajes siniestros de una parte de la oscura historia cultural cubana de los últimos cuarenta y ocho años, en espacios y horarios de mucha audiencia, no es que puede resultar síntoma de algo, como dicen algunos en los mensajes del debate suscitado, ni que sean anuncios de cambios que puedan regresar el mal, como han escrito otros, ni mucho menos que se hayan desenterrado tiranosaurios depredadores de las letras y las artes en Cuba. Lo sucedido obliga a dejar de lado los eufemismos, las ingenuidades, y las cegueras discriminatorias. A ello me refería en uno de mis mensajes cuando pedía que empezáramos a llamar a las cosas por su nombre, entre todos, en un diálogo plural, respetuoso e inclusivo. Lo que debemos tener claro, entonces, es que lo sucedido resulta, simplemente, más de lo mismo y responde a esa llamada Política Cultural de la Revolución que hemos sufrido todos estos años.
Pero reflexionar anclados en ese punto significa dejar de lado las viejas rencillas, los egoísmos personales, las heridas sufridas, las revanchas por cobrar, y pensar en algo esencial: vivimos un momento en que se está definiendo, rearmando, reformulando el destino de un país, y los intelectuales, si siguen divididos por todas esas circunstancias, seguirán teniendo el triste papel del inútil callado que aprueba lo que otros piensan y deciden, en lo que constituye un bochorno para la historia de la intelectualidad en un país donde estuvimos siempre a la cabeza de todos los grandes movimientos políticos y sociales que se dieron, incluído el del proyecto original de la Revolución Cubana. Aún cuando muchas de esas rencillas, muchas de esas divisiones y muchas de esas heridas sean totalmente justificadas, se impone ser menos egoístas y pensar no en nuestro dolor personal, no en lo que perdimos o nos quitaron, sino en los dolores y las traiciones que sufre la Nación, y en los agujeros negros que existen en esa Nación, por nuestro conformismo intelectual, nuestros miedos, y nuestras ausencias como protagonistas del pensamiento social de las últimas décadas.
César López, en un acto de honestidad absoluta, escribe: "te comunico, con José Martí, 'Yo soy honrado y tengo miedo." Y es fundamental entender que no se llegará a un análisis real de todo lo sucedido si no se reconocen los miedos que nos han sembrado, pues toda la discusión y cualquier reflexión estará viciada por las limitaciones y autocensuras dictadas por el miedo.
Como Retamar una vez, deberíamos empezar preguntándonos: ¿A quién debemos el miedo? Y la respuesta es una: el miedo no está donde no lo han creado, no está donde no existen razones para el temor. Entonces, ¿por qué sentimos miedo de hablar?, ¿por qué no llamamos a las cosas por su nombre y a los culpables por sus culpas? Y mucho más: si yo estuviera equivocado y todo dentro de la Revolución y de su proyecto cultural fuera limpio, iluminado, puro, ¿por qué razón se tiene tanto miedo?
La Revolución exclusiva
Muchos mensajes de este debate resultan la mejor prueba del carácter exclusivo del proyecto cultural revolucionario y del fuerte impacto de sus preceptos en la mentalidad de buena parte de la intelectualidad cubana. ¿Qué razones puede tener alguien para excluir de un debate intelectual a los que llama contrarrevolucionarios? ¿Hasta cuándo los intelectuales debemos soportar esa máxima de corte fascista que impone que Cuba es para los revolucionarios, la universidad es para los revolu-cionarios, etc? ¿Hasta cuándo los intelectuales cubanos, en un acto contrario a nuestra naturaleza, vamos a ser cómplices de presupuestos que limitan las libertades sociales y de pensamiento? ¿Por qué debemos aceptar el concepto de revolucionarios, contrarrevolucionarios que nos ha sido impuesto? Esa arma ha sido usada de modo magistral por quienes nos han dividido y lamentablemente no hemos sabido, ni tenido el valor necesario, para generar un pensamiento sólido, maduro, valiente, que se oponga a esos designios.
De ese modo, me resulta muy peligroso escuchar a Paquita Armas decir que "no creo, por el momento en que vivimos, que sean días para entablar un debate sobre este tema vía electrónica," porque en su opinión "Al enemigo no hay que darle, como decía el Ché, ni un tantito así." ¿Ese intelectual que vive, por razones diversas y muy complejas de nuestro proceso, en otros países, es un enemigo? ¿Pedirle a ese intelectual (que es muy posible se haya ido debido al Pavonato y sus derivaciones) que busque con nosotros una estrategia para evitar desde la Cultura que los verdaderos valores de la Nación se pierdan, es darle armas al enemigo? ¿Acaso los revolucionarios se sienten tan desvalidos que tienen que acudir al escamoteo y al ocultamiento de sus errores para sobrevivir al enemigo?
Con esas simples palabras, seguro sin darse cuenta, Paquita Armas pone en el tapete un tema espinoso: apuesta por detener el debate vía email para evitar que oídos inconvenientes se enteren de esta desastrosa verdad, del mismo modo en que Cuba niega el acceso libre y abierto a sus ciudadanos para que no puedan descubrir muchas otras verdades que no les han sido dichas y circulan libremente en internet. Es más de lo mismo, otra vez la exclusividad: la internet y la información que en ella se encuentra es sólo para los revolucionarios, pero en este caso, como diría Orwell en su Rebelión en la Granja, todos los animales son iguales, pero unos son más iguales que los otros, ese privilegio el gobierno (de modo aún más exclusivista) lo reserva solamente para algunos revolucionarios que son más revolucionarios que los otros.
¿Con qué derechos se pretende seguir excluyendo al que piensa distinto del cada vez más necesario proceso de pensar a Cuba? Y más aún: ¿Hasta cuándo ese proceso de alimentar la Nación con el pensamiento ciudadano va a ser privilegio de unos pocos que, desde el poder, imponen lo que debe pensarse sobre algo que pertenece a todos? ¿Hasta cuándo nos vamos a burlar de José Martí, ese intelectual al que tanto se pone de ejemplo, olvidando que él dejó bien claro con su pensamiento que la Patria es de todos, es ara y no pedestal, y no es feudo ni capellanía de nadie?
La intelectualidad ¿unida?
No recuerdo ni conozco que en otro momento desde 1959 hasta hoy se haya producido en la historia cultural cubana un hecho similar: los intelectuales se unen, más allá de sus muchas diferencias, más allá de sus capillas y sus guerras personales, en un grito unánime y justo contra un hecho insólito que, debido a la experiencia política y cultural de estos años, no debería sorprender a nadie.
Pero eso indica algo: jamás la intelectualidad cubana ha estado unida.
Waldo Leyva en su mensaje dice "si no detenemos estas manifestaciones, la unidad, que con tanto cuidado, sacrificio personal y entrega hemos logrado..." Y yo pregunto, como dije en uno de mis mensajes: "¿no creen ustedes que si en otros momentos hubiéramos tenido esa misma posición, se hubieran podido evitar tantos descalabros, tantos exilios y tantos silenciamientos sucedidos en las últimas dos décadas? Espero que este suceso no quede en una unidad temporal de la intelectualidad para oponer su voz y criterio a un fenómeno del pasado que hizo daño y que esa unidad sirva para revisar otros fenómenos que han sucedido y suceden."
No ha existido unidad alguna, Waldo, todo lo contrario. La política cultural de la Revolución ha seguido excluyendo a quienes han pensado distinto, a quienes se le han opuesto, o a quienes no se le han sumado. Miles de ejemplos podemos poner todos y cada uno de nosotros. Y si puede hablarse de Unidad en todos estos años, entonces habría que hablar de la Unidad impuesta y la Unidad rebelde. Ha existido, sí, una Unidad de aquellos intelectuales y artistas al lado de la Revolución y su proyecto de Cultura.
Pero Ojo: es una unidad impuesta y excluyente, porque si no estás allí simplemente no estarás en la Cultura y eso ha impuesto reglas bien rígidas que no deben violarse. En esa Unidad están los que creen en la Revolución, los que viven a costa de ella, los que se suman al carro para ver qué cuota del pastel cultural pueden comer, y los que no encuentran otro camino. Es una unidad falsa, viciada por los totalitarismos y las discriminaciones impuestas por el proyecto político. Una unidad a la sombra y bajo la égida del poder.
Y existe otra unidad, esa sí libre y de algún modo rebelde. Esa unidad cómplice, conspirativa, irreverente, pero siempre silenciosa, que compartimos todos cuando sabemos que el poder no nos escucha. Allí, en sus marcos, es donde realmente se están produciendo hoy, como un caldo de cultivo espeso y explosivo, las verdaderas variantes del pensamiento social que primará en Cuba en los tiempos futuros que todos sabemos que se avecinan (o al menos eso nos decimos en esos momentos de complicidad, ¿lo recuerdan?). Es esta una unidad esperanzadora, aunque sea una prueba de ese miedo que nos han inculcado todos estos años. Es una unidad contra el poder.
La levedad del síntoma
Poco antes de sentarme a escribir estas reflexiones desde Cuba y desde esos otros países donde los cubanos habitan su Cuba propia, la que nadie les ha podido arrebatar, llegaban varios mensajes preguntando: ¿Sabes algo de la reunión con Abel? Y he contestado: nada sé, pero pierdan las esperanzas, nada pasará. Sé claramente lo que allí sucederá. Abel se pondrá de parte de los intelectuales citados para hablar del problema. Como siempre, sorteará los momentos incómodos con sus chistes y sus juegos de palabras (Abel, es un hombre con un sentido del humor excelente, no lo olviden, y esa es un arma muy útil para los políticos). Al final prometerá canalizar el asunto, pedir responsabilidades, etc. Y todo quedará en ese lugar.
Como las aguas se revolvieron, quizás algún pobre diablo cargará en el ICRT con las culpas. E incluso podrían poner a un locutor a leer una disculpa por el error. Nada más. Bien sabemos todos que el ICRT y la prensa cubana han sido siempre instituciones controladas directamente por las altas esferas del poder en la isla. Los que la han dirigido son hombres de primera confianza de ese poder y espero que nadie olvide que el actual director es un hombre con grados y porte de militar que salió de esas filas armadas dirigidas por quien hoy preside interinamente nuestro país: Raúl Castro. Llamemos a las cosas por su nombre, colegas. Nos van a dar, nuevamente, gato por liebre. Y lo peor, como han dicho algunos en varios mensajes, esto no es nada, hay que estar preparados para otras cosas que pueden venir.
Esperar una disculpa pública de quienes hicieron esos programas y (ojo) los trasmitieron en espacios de alta audiencia (no en cualquier espacio), es una ingenuidad. El pueblo a quien se le transmitieron esos programas es el mismo que en los últimos veinte años ha visto minimizados, manipulados con censura antihistórica y esquematizados en un blanco y negro bochornoso, los programas de estudio de su historia patria. Para esos espectadores Pavón y Serguera hoy son héroes. Y para echar por tierra esa ofensa a la inteligencia que es vestirlos de héroes en nuestra televisión (¿o debería decir la televisión del Partido Comunista?) sería necesaria una reconstrucción de los hechos siniestros de los que ellos fueron protagonistas y muchos de ustedes víctimas; sería necesario explicarle al pueblo aquellos ahora llamadosque muy bien Ena Lucía Portela llama actos criminales y que yo, como dije en mi mensaje, sigo creyendo fue una estrategia bien planificada (desde entonces y hasta hoy) para mantener errores a raya a los intelectuales que, bien sabían los que arrebataron el poder a Batista, habían tenido una participación decisiva en muchos momentos álgidos de nuestra historia.
La Revolución, colegas, con el máximo lider a la cabeza, ha tenido una pésima memoria. Y esos errores no son recordados, son eliminados de los libros, no existieron y, como le he escuchado decir a ciertos colegas de la izquierda, „son difamaciones del imperio“. E incluso, no lo olvidemos, el mismo Proceso de Rectificación de Errores fue llevado a cabo por los mismos autores de aquellos errores, sin que reconocieran sus propias culpas (o dejándolas caer sobre chivos expiatorios), viciando lo que de rectificación pudo haber tenido ese proceso.
¿Cómo permitirnos soñar que ahora van a revivir esos errores, precisamente ahora cuando está al mando del país quien estuvo directamente detrás de muchos de aquellos desastres y operó los hilos de esas tristes marionetas que fueron Pavón, Aldana y compañía? Como dice uno de los mensajes, es fundamental saber quién dio la orden para que se hicieran esos programas. Pero yo agregaría: más importante es averiguar a qué política y a qué estrategia responden órdenes como esas. Y encontraremos una respuesta clara: la política siempre ha sido la misma, con matices, con leves modificaciones de acuerdo a la inteligencia o la estupidez del Pavón de turno.
Si no buscamos en la raíz del problema, si no vamos a las esencias, este síntoma tendrá la levedad de un suspiro y seguirán pasando las cosas que hasta hoy han pasado. Me aterra ver cómo algunos quieren echar todas las culpas solamente a estos fascistas devenidos en dirigentes culturales. Desiderio Navarro dice: "¿Acaso somos realmente un país de tan poca memoria que no recordamos ya la penosa situación a la que fueron reducidas nuestras instituciones por obra del Consejo Nacional de Cultura...?" Me quedo sin palabras. Y para no ser yo quien diga, busqué un fragmento del documental Seres extravagantes, que cuenta la historia de Reinaldo Arenas y muchos otros diferentes, entre ellos algunos de ustedes. Allí, en una tribuna, cierto personaje famoso, ataviado con un sombrero de guano, dice: "En nuestra capital, en los últimos meses, le dio por presentarse cierto fenomenito extraño, entre un grupo de jovenzuelos y algunos no tan jovenzuelos, que les dio por comenzar a hacer pública ostentación de sus desvergüenzas. Así, por ejemplo, les dio por empezar a vivir de forma extravagante, reunirse en determinadas calles de la ciudad, en la zona de la Rampa, frente al Hotel Capri..." ¿No lo adivinan? Los que fueron condenados por sus diferencias sexuales no deberían olvidar ese discurso. Y quienes quieran una respuesta a los verdaderos responsables de la tragedia cultural vivida en aquellos años y en las etapas posteriores, hasta hoy, sólo tienen que buscar en sus discursos siempre exaltados de aquellos años. Encontrarán cosas asombrosas. A muchos, por encontrarlas y comentarlas nos han llamado apátridas, mercenarios del imperio y en el mejor de los casos, no revolucionarios.“
Nosotros, los más nuevos
Entre todos los mensajes me llamaron la atención dos de modo especial: los poetas Norge Espinosa y Sifredo Ariel. Ellos, desde posiciones distintas, manejaban dos tesis: los más ofendidos, decían, por obviedad deben ser los afectados por aquella etapa, en lo cual tienen razón, pero apuntaban no haberla vivido aunque recibieran "apenas ramalazos de su agónica resaca," (Sifredo) y "Mi generación no tuvo que sufrir a ninguno de estos personajes. Sufrió a otros, copias de menor poder, a los que hemos visto entrar en el rango de no-personas, cuando poco a poco comenzó a flexibilizarse el diálogo que ellos mismos negaban."
Confieso que viniendo de dos amigos tan lúcidos estas aseveraciones, y espe-cialmente agónica resaca y diálogo, me sacan de lugar y por eso quisiera ampliar e ilustrar lo dicho por ellos. ¿A qué diálogo te refieres, querido Norge, si el único diálogo posible que existe es ése de los que pactan con los dictados del poder cultural y político? Si tú vives, querido Sifredo, en esa misma Habana que yo habité (y habitamos) humana y culturalmente hasta hace unos meses, ¿cómo es posible que hables de una agónica resaca?
Pensemos. Supongamos que aquellos tiempos grises pasaron y que, como dicen algunos mensajes, no pueden volver a la tranquilidad cultural de hoy, empañada (reconocen algunos) por imperfecciones y actos irresponsables. Desde que a Pavón y a otros los condenó el Tribunal Supremo o el „paso a retiro“, nada ha sucedido. Perfecto.
Visto así, a quién echaremos la culpa de los sucesos terribles generados a raíz de la conocida "Carta de los Diez," escrita por borrachos y poetas mediocres (¿recuerdan aquel documento que muchos firmaron?).
¿Quién explicará la represión cultural y policial sufrida por el movimiento plástico y teatral de fines del 80 que provocó uno de los más masivos éxodos culturales del país?
¿Alguien recuerda lo sucedido con Diásporas y Rolando Sánchez Mejías que lo llevó a escribir en 1995 su carta abierta a El País denunciando la censura en Cuba?
¿Alguien duda de los años de cárcel sufridos, por poner un simple ejemplo, por Reinaldo Hernández Soto, desde que, usando sus derechos ciudadanos, escribió una carta a Fidel Castro condenando el fusilamiento de Ochoa? Y en fechas más cercanas, ¿alguien es capaz de dudar que haya hoy presos por pensar diferente, sea del signo que sea lo que piensen, entre ellos algunos periodistas y escritores?
¿Son mentiras, no han existido, las presiones, sanciones y hasta expulsiones de jóvenes escritores cubanos por enviar sus obras literarias a la revista Encuentro de la Cultura Cubana (donde curiosamente, otros consagrados de la isla publican y, aunque reciben regañinas leves, nada pasa)?
¿Son mentiras las presiones, recomendaciones de no participar, visitas de los fraternos agentes de la Seguridad del Estado que atienden la Cultura a quienes publicaban o eran amigos de la Colección Cultura Cubana de la editorial Plaza Mayor, incluso antes de que, como se dijo, Patricia Gutiérrez politizara su participación con un discurso donde lo único que defendía era el derecho de autores exiliados a presentar su libro en la Feria a la cual ella era invitada?
Abilio Estévez dice en uno de sus mensajes "hace años que me cansé (o fatigué) y volví la espalda." ¿Alguien le ha preguntado las razones? ¿Se le ha preguntado por esas razones a otros que se han fatigado y se han ido?
¿Alguien se ha preguntado las razones por las cuales en Europa, Estados Unidos y algunos países de América (como dice Magaly Muguercia en uno de sus mensajes) viven hoy nombres imprescindibles de las últimas promociones de escritores y artistas cubanos? ¿Son todos emigrantes económicos, esa cómoda categoría que suele emplearse en el discurso oficial para ocultar otras causas migratorias?
¿Alguien cree, a estas alturas, en las palabras del ministro de cultura cuando asegura que "en Cuba no hay un solo libro censurado?" No pongo mis ejemplos, que desmienten tamaña mentira, pero puedo mencionar a unos cuantos de quienes están leyendo estas palabras. Y si no existe censura, qué impide divulgar y dar a conocer en Cuba esas obras fundamentales que hoy se escriben por cubanos en muchos sitios del mundo. ¿O es que debemos creer que, como Reinaldo Arenas o Cabrera Infante, todos han dicho que no quieren ser publicados hasta que haya cambios políticos en la isla?
¿Qué justificaciones culturales hacen justa la concesión de los Premios Nacionales de Literatura y demás artes, solamente a escritores que han permanecido fieles, o que se han plegado a la Revolución, por motivos distintos? Y piénsese en este derecho violado, a pesar de que muchos de quienes los merecieron, o los merecen, no los aceptarían. Muchos sabemos, de propia voz de nuestros dirigentes culturales, que responde a una política cultural llegada digamos otra vez eufemísticamente desde arriba, ¿verdad, colegas del Instituto Cubano del Libro?
¿Tenemos que creer que es cosa de ciencia ficción las presiones, censuras y represiones sufridas por quienes hace años llevan adelante el proyecto, concurso y revista Vitral en Pinar del Río, de lo cual, para no citar a nadie de ese proyecto, pueden dar fe Pedro Pablo Oliva, a quien acaban de darle el Premio Nacional de Artes Plásticas, o los escritores Raúl Antonio Capote o Ángel Santiesteban, por citar sólo tres testigos?
¿No ha existido acaso la satanización de Antonio José Ponte desde que decidió cuestionar (en el lugar adecuado, es decir, ante los miembros de la UNEAC y en una asamblea) que la UNEAC era una contradicción desde sus mismas bases fundacionales? Y habría que preguntar también: ¿dónde estaba la unidad citada por Waldo cuando lo desactivaron de la UNEAC y por qué no hemos exigido que se le respete su decisión de ser parte del Consejo de Redacción de la Revista Encuentro?
Espero que no olvides, querido ministro Abel Prieto, aquella reunión en la Biblioteca Nacional donde les dijiste a todos los directores provinciales de Cultura que "había que tener cuidado" con Ponte porque trabajaba para la revista Encuentro, financiada por la CIA, y con Amir Valle, porque está trabajando para "esa señora de la cuál no sabemos qué esperar, refiriéndote a mi trabajo con Patricia Gutiérrez. Lo mismo que dijo Ponte, incluso con palabras más fuertes, lo acaba de decir Paquita Armas en su mensaje: "Que este intercambio de ideas camine tan rápido hace evidente la necesidad de un espacio de diálogo entre los artistas cubanos. La UNEAC dejó de ser lo que era y ahora no hay un lugar donde decir lo que se piensa." ¿La condenaremos por esas terribles palabras?
¿Nadie se ha puesto a pensar en el infierno que está viviendo, ahora mismo, el excelente narrador (y lo digo con todo propósito) y exalumno del Taller de Creación Onelio Jorge Cardoso, Luis Felipe Rojas, por haberse atrevido a fundar, allá en Cacocún, la Asociación de Jóvenes Escritores del Oriente, condenada por el pecado tenebroso de destacar obras censuradas en Cuba, crear y difundir proyectos literarios independientes, luego de su desencanto con las instituciones oficiales?
¿Entonces jamás han sido perseguidas y censuradas por el poder político y cultural las revistas literarias independientes Cacharro(s) y Bifronte (y aunque no quiera debo mencionar mi revista Letras en Cuba y mis cápsulas literarias A título personal, que provocaron, además, el cierre de mi correo en la red Cubarte del Ministerio de Cultura)?
Y finalmente, aunque este listado seguro será ampliado por muchos de ustedes con sólo pensar un poco lo vivido en estas dós últimas décadas, ¿por qué se acaba de prohibir en el más reciente Festival del Nuevo Cine, en La Habana, la proyección del documental Arte nuevo de hacer ruinas, del realizador alemán Florian Boschmeyer, que ha obtenido ya varios premios en festivales internacionales de Europa y Estados Unidos?
Piensen en todo esto, busquen en sus propias experiencias y quizás sea bien distinta la respuesta a las preguntas: ¿Es el Pavonato un fenómeno del pasado?, ¿Los únicos afectados han sido los que vivieron aquella época del mal llamado quinquenio gris?, ¿son ellos los únicos que tienen derecho a sentirse ofendidos y preocupados?
Las cambiantes aguas
Nada terminó, colegas; todo sigue. Es parte de una misma esencia: "Las dictaduras, sean de derecha o de izquierda, no sólo intentan controlar la vida cotidiana del individuo, sino sus creencias y fantasías […]. Las dictaduras no confían en la literatura, porque ésta permite al hombre salir de sí mismo, vivir menos esclavo y saborear la libertad." Eso lo dijo otro de los censurados en Cuba, Mario Vargas Llosa, quien fuera amigo de algunos de ustedes y que, bien sabemos, se apartó de la Revolución cuando descubrió muchas de las cosas que aquí comento, pues bien claro ha dicho ya él mismo que su salida del carro de la Revolución no fue sólo por el Caso Padilla.
Alguno de ustedes dirá: claro, su posición es cómoda, está en Berlín... y quién sabe. Pero recuerden que estas cosas también las dije en Cuba y por eso me hice incómodo. Nadie me paga. No pertenezco a ningún partido político. Asumo una responsabilidad que nos deben: la de pensar por cabeza propia y decir lo que se piense, sea lo que sea. Creo en aquellos sueños de construir un país mejor, un continente mejor, y un mundo mejor. Pero la historia misma ha demostrado que las dictaduras y los totalitarismos no sirven para hacer realidad esos sueños. Cuando alguien puso en la lista de mensajes “Y ya llegó el asunto a la otra orilla” el pecho se me encogió. He pasado un año entero obligándome a creer que estoy aquí por causas distintas. Pero he sido desterrado. Llevo meses pidiendo un permiso de entrada a Cuba que no llega a ningún sitio, a pesar de mis reclamos (y los de mi familia en Cuba) en la UNEAC, el Ministerio de Cultura y el Departamento de Inmigración. ¿Alguien de ustedes puede darme una respuesta de a qué se debe? Yo podría escribir otro artículo tan o más largo que éste con mis historias que allá unos cuantos saben, porque intenté pleitearlas exigiendo mis derechos ¿verdad, Abel?, ¿verdad, Carlos Martí? Ojalá respondan alguna vez a mis muchas cartas, como ojalá respondan alguna vez, con honestidad, a este reclamo que hacen ahora tantos intelectuales.
¿Qué nos queda? Entender que hay que buscar ese diálogo perdido, esa participación activa de la intelectualidad en las decisiones y la vida política y cultural del país en un espectro plural, abierto e inclusivo.
El querido Guillermo Vidal nos mantuvo unidos a muchos de sus amigos, durante muchos años, diciéndonos con aquella mirada suya, tan honesta, cada vez que veía una discusión entre miembros de nuestra promoción (a la cual él se sentía unido aunque no fuera la suya): "Caballeros, si nos dividen, nos joden." No olviden eso.
Y tampoco olvidemos, como dice Waldo Leyva en su mensaje, que tenemos un compromiso inviolable con las esencias de la Nación, que no son, aclaro, las que nos han impuesto hasta hoy. Esas esencias siguen siendo las mismas a pesar de todo lo ocurrido en los últimos 48 años. Se han enriquecido las esencias. Se han complejizado, a pesar de nosotros y de nuestra abulia, nuestros miedos, nuestros egoísmos y nuestras vacilaciones.
En una de las conversaciones que tuve con el Presidente de la Asociación de Escritores de la UNEAC, el colega Francisco López Sacha, cuando le pregunté cómo podía explicarme a mí mismo la doble moral con la que se trataba política y culturalmente la Colección Cultura Cubana de la editorial Plaza Mayor, me hizo una historia. Me dijo que el general Francisco Franco le ordenó a Dalí pintar un cuadro para su hija. Dalí pintó una mujer de espaldas mirando al mar.
—¿Esa muchacha es mi hija?— quiso saber Franco cuando vio el cuadro.
— Es su hija— asintió Dalí.
— ¿Y qué significa el mar?— se intrigó Franco.
Dalí miró al cuadro y sonrió antes de responder.
— Son las cambiantes aguas de la política, General—
Y así es, colegas. La política, como las aguas, cambia. Los políticos, como las gotas de agua, cambian y van de un lado a otro, según la corriente que les impongan sus deseos y la historia. Nosotros, los intelectuales, aunque también cambiamos, seguimos siendo, en esencia, los mismos. Hagamos honor a nuestro destino, usemos el intelecto con toda la libertad y con la vergüenza que ello exige. Y sin miedos.
Berlín, 11 de enero de 2007
Entonces: La narrativa cubana de los ´90
Una anécdota de los campesinos cubanos cuenta que una mañana el Diablo se propuso encontrar un sitio bien distinto al paraíso, donde nada hubiera de placidez, silencio, cordura. Echó a caminar por todos los mundos posibles e imposibles para la mente humana y un día encontró el lugar que pensó adecuado. La algarabía era tan fuerte, las nubes de humo y polvo eran tan altas y las personas eran tan locas, que estuvo francamente convencido de que aquella no era tierra de Dios. Simplemente podía considerarse como un infierno en la tierra. Tocó al inmenso portón que daba paso a aquellos dominios, y Dios le abrió la puerta. Dios está en todas partes, es la moraleja. Esa es la propuesta de este apurado comentario sobre la narrativa cubana: abrir ciertas puertas de un país insólito y hermoso que dejen ver el camino de su palabra convertida en historias, en cuentos, en el mismísimo instante del fin de siglo.
El cuento… Los cuentistas
Una de las características que diferencian el fenómeno Narrativa Cubana de la Revolución de la escrita por otras promociones anteriores al 1959 es la existencia de núcleos fuertes de narradores en distintas provincias del país. Si en el florecimiento de la cuentística cubana de principios de siglo y en la llamada narrativa de los 50, por ejemplo, podía definirse claramente un agrupamiento de autores en la capital y figuras aisladas en el resto del país, en los cuentistas del período revolucionario junto al gran número de escritores residentes en Ciudad de La Habana (por excelencia, el centro literario de la isla) se desarrollan otros narradores que hacen menos monolítica y metropolitana la incursión en el género.
Los núcleos de mayor desarrollo en el cultivo del cuento se encuentran, además del grupo capitalino, y con ciertos ascensos y descensos en su carácter fenoménico, en el oriente (Santiago de Cuba y Holguín, esencialmente), el centro (Sancti Spíritus, Santa Clara y Cienfuegos) y Pinar del Río, aunque existan también escritores con una obra destacada en otros territorios.
Ese fenómeno es aún más marcado en la cuentística cubana escrita en estas dos últimas décadas del siglo que ya cierra, caracterizada por una confluencia generacional (coexisten narradores del 40, del 50, del 60, del 70, del 80 y del 90) en un momento en que la creación alcanza niveles de calidad muy considerables en todas las promociones existentes, hecho que ha sido señalado por el crítico y narrador Francisco López Sacha como la vuelta del péndulo, ahora en un punto bien alto de su camino.
El período de oro de la narrativa cubana
Denominado así por el crítico cubano Ambrosio Fornet, el período iniciado con el triunfo de la Revolución y terminado en 1972 abrió las primeras vías para el reconocimiento internacional de las letras cubanas. En esos años se dieron la mano en los escenarios literarios cubanos autores como José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Onelio Jorge Cardoso y Lino Novás Calvo (que venían ya con una obra sólida desde la época prerrevolucionaria) con jóvenes narradores que vieron la solidez de su obra en esos primeros años como Guillermo Cabrera Infante, Antonio Benítez Rojo, Eduardo Heras León, Jesús Díaz, Norberto Fuentes, Reinaldo Arenas, Manuel Cofiño, y José Soler Puig, entre otros destacados nombres. Libros como Tres tristes tigres, de Cabrera Infante, Celestino antes del alba, de Reinaldo Arenas, El escudo de hojas secas, de Benítez Rojo, Los pasos en la hierba, de Heras León, Los años duros, de Jesús Díaz, Condenados de Condado, de Norberto Fuentes, Paradiso, de Lezama Lima, El pan dormido, de José Soler Puig y El siglo de las luces, de Carpentier, por sólo citar algunas, hoy constituyen clásicos de la Literatura Cubana de todos los tiempos y demuestran la madurez literaria y proyección universal alcanzada por nuestras letras en un momento similar de auge para la literatura latinoamericana.
El período gris
Las influencias literarias mal adquiridas de lo peor del realismo socialista, la politización de la cultura cubana hasta niveles que propiciaron el esquematismo y la creación de modelos literarios permitidos por la lucha ideológica del momento (fenómenos hoy reconocido por las autoridades culturales y políticas cubanas), entre otras muchas causas generalmente de origen no cultural, convirtieron a los años que transcurren entre 1972 y 1980, aproximadamente, en una tierra estéril donde sólo siguieron destacándose algunos nombres surgidos antes de la Revolución y en la época dorada ya mencionada, destacándose la obra de Dora Alonso, Onelio Jorge Cardoso, Reynaldo González, José Soler Puig, y surgiendo algunos nuevos nombres entre los cuales la crítica destaca la escasa creación (interrumpida por la muerte a los 30 años) de Rafael Soler (hijo de Soler Puig), con dos colecciones de cuentos imprescindibles para la historia de la narrativa de la Revolución: Noche de fósforos y Campamento de artillería.
El despegue del péndulo
El narrador y crítico cubano Francisco López Sacha denomina así al período que inicia con la década del 80 y que aún no termina. El desarrollo acelerado de dos movimientos narrativos diferenciados y sólidos y su confluencia generacional con las otras promociones ya mencionadas han propiciado muchos resultados internacionales importantes (la mayoría de los narradores cubanos residentes en el exterior de la isla con premios internacionales ya tenían una obra sólida en el momento de su salida del país) que han colocado a la Literatura Cubana de fin de siglo entre las primeras de habla hispana en todo el mundo.
Esas dos promociones: la del ochenta (que se inicia a fines del 70 y consolida en esa década) y la del noventa (que arranca a mediados del 80 y madura en la década del 90), junto a una nueva hornada de muy jóvenes narradores (entre 18 y 21 años) caracterizan y enriquecen el panorama de la narrativa cubana actual. De ahí que el despegue del péndulo sea una realidad y que, una vez llegado a la cima, no haya querido descender.
Si se quiere tener un real acercamiento a lo que sucede hoy en este campo en la isla, debe buscarse de la promoción del 80 (y ojalá disculpen los posibles olvidos) El jardín de las flores silvestres de Miguel Mejides, Un tema para el griego de Jorge Luis Hernández, El cumpleaños del fuego de Sacha, Donjuanes de Reinaldo Montero, Habanecer de Luis Manuel García, Casas del Vedado de María Elena Llana, Las llamas en el cielo de Félix Luis Viera, Un rey en el jardín, de Senel Paz y Tuyo es el reino, de Abilio Estévez, o la tetralogía de tema socio – policial de Leonardo Padura que incluye los títulos Paisaje de Otoño, Vientos de cuaresma, Pasado perfecto y Máscaras, y más recientemente la exquisita obra La novela de mi vida. De los narradores del 90 (una lista bien amplia) son importantes Matarile, de Guillermo Vidal, Señor de esperas, de José Mariano Torralbas, El muro de las lamentaciones, de Alberto Garrido, María Virginia se va de vacaciones, de Gumersindo Pacheco, Prisionero en el círculo del horizonte, de Jorge Luis Arzola, Cuentos para adúlteros, de Jesús David Curbelo, Sueño de un día de verano, de Angel Santiesteban, El derecho al pataleo de los ahorcados, de Ronaldo Menéndez, Manuscritos del muerto, de Amir Valle, La hora fantasma de cada cual, de Raúl Aguiar, El pájaro: pincel y tinta china, de Ena Lucía Portela (autora galardonada con el Premio de cuento Juan Rulfo en 2000), La noche del siguiente día, de Sergio Cevedo, Blasfemia del escriba, de Alberto Guerra, Mínimal son, de Ana Luz García, Cuentos frígidos, de Pedro de Jesús López, y Cañón de retrocarga, de Alejandro Alvarez, por citar sólo los más mencionados por la crítica nacional.
También de los más jóvenes narradores, nacidos esencialmente a partir de 1974, o que entran en pleno reconocimiento de su obra después de 1994, hay que destacar ya los libros Bad painting y Noche de ronda, de Ana Lidia Vega Serova, Paisaje de arcilla, de Alejandro Aguilar, Ultimo viaje con Adriana, de Rafael de Aguila, El perdón o la agonía de la vida, de Vladimir Bermúdez y La demora, de Waldo Pérez Cino.
El asunto Novísimos o Promoción del 90
Para ser justos habría que añadir a los comentarios anteriores algo de historia y decir que, como ya se ha dicho en numerosas ocasiones, fue a principios de la década del 80 (1981-1983) cuando comenzó a resurgir con fuerza la narrativa cubana actual, y su entrada a la vida literaria se produjo en un momento en que dos fenómenos interesantes marcaban el quehacer literario nacional: primero, la crítica arremetía contra el recién fallecido y entonces aún no superado período gris que en esos primeros años del 80 y hasta 1988 aproximadamente todavía se materializaba en un sinflictivismo de la cuentística nacional, en lo esencial en obras de autores de la promoción del 80, según lo hacían constar los análisis esgrimidos en varios eventos nacionales de narrativa y crítica, y segundo, comenzaba a evidenciarse con cierta fuerza un nuevo modo narrativo que caracterizaría a los propios narradores del 80, fundamentalmente en libros de Senel Paz, Abel Prieto, Miguel Mejides, y cuentos antologados de Sacha, Luis Manuel, Reinaldo Montero, Arturo Arango y Padura, entre otros.
La promoción más amplia en esta narrativa que podríamos llamar de fin de siglo es, sin dudas, la de los narradores del 90 o que la crítica ha denominado "Novísimos". Ya se ha reconocido que el protagonismo nacional inicial de la cuentística joven en esta promoción correspondió precisamente a escritores de Santiago de Cuba (José Mariano Torralbas, Alberto Garrido, Amir Valle), Guantánamo (Ana Luz García Calzada), Holguín (Roger Daniel Vilar), Las Tunas (Guillermo Vidal), Camagüey (Jesús David Curbelo, Gertrudis Ortiz), Sancti Spíritus (Gumersindo Pacheco), Ciego de Avila (Jorge Luis Arzola), Pinar del Río (Alfredo Galiano, Jorge Félix, Andrés Jorge) y en menor cuantía, La Habana (Roberto Rodríguez Lastre, Alberto Rodríguez Tosca).
La llegada de los últimos años de la década (1987) viraría la balanza hacia la cuentística escrita en la capital con la aparición fundamentalmente de otro importante grupo de narradores que lograron casi de golpe la condición de fenómeno literario a partir de otras propuestas temáticas y formales de impacto: los frikis o rockeros (Sergio Cevedo, Ricardo Arrieta, José Miguel Sánchez, Ronaldo Menéndez, Raúl Aguiar, Karla Suárez y Verónica Pérez Kónina, reunidos en el grupo literario El Establo).
Estos grupos son los que abren la década del 90 con una irrupción cuentística sin precedentes en la narrativa de la Revolución, a pesar de que la mayor parte de esas obras no resultaran publicadas por la realidad terrible del período especial.
Luego, a principios del 90 surge en La Habana el grupo literario "Diáspora", que comienza a hacerse notar por sus propuestas en los planos temáticos, formales, estructurales y éticos, con logros de indiscutible calidad, fundamentalmente, en la obra de Rolando Sánchez Mejías y en cuentos de algunos de sus miembros.
Estos finales de los noventa han sumado nuevos nombres a esa realidad nacional del cuento a la que nos hemos referido. Citando los jóvenes más destacados de algunas provincias podríamos mencionar a Héctor Prieto, Yomar González y Gleyvis Coro (Pinar del Río), Edgar London, Aymara Aymerich, Ana Lidia Vega y Susana Haug (Ciudad de La Habana), Pedro Luis Rodríguez (Sancti Spíritus), Carlos A. Pérez Triana (Matanzas), Vasily Mendoza (Ciego de Avila), Juan Manuel Maestre (Las Tunas), Katia Gutiérrez (Guantánamo), Rubén Wong y Alicio Venero (Santiago de Cuba), Michael Hernández (Holguín), Rafael Vilches, Delis Gamboa y Manuel Navea (Granma) y Nelton Pérez (Isla de la Juventud).
Cierre
Siempre habrá un paisaje a mirar más allá de la ventana. Siempre habrá colores, luz y sombras. Siempre habrá palabras para contar historias, cuentos. Quizás conferencias como ésta puedan ayudar a difundir ese amplio fenómeno que es hoy la narrativa cubana. Ojalá otras personas en este mundo de fin de siglo se atrevan, con sus propias manos, y buscando conocer (y conocernos) a abrir, como lo hizo Dios, ciertas ventanas, ciertas puertas que aún por ahí permanecen cerradas.
La Habana, 2002
* Amir Valle (Cuba, 1967). Escritor, Ensayista, Crítico Literario y Periodista. Miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC). Ha obtenido los más importantes premios literarios del país, destacándose en los últimos años el Premio Nacional Razón de Ser de Novela 1999, el Premio Nacional José Soler Puig de Novela 1999 y el Premio Nacional La Llama Doble de Novela Erótica 2000. Ha obtenido importantes premios literarios en Colombia, México y Alemania en los géneros de novela y ensayo y ha sido finalista del Premio Literario Casa de las Américas en tres ocasiones: en cuento (1994) y en testimonio (1997 y 1999).Ha publicado los libros Tiempo en cueros (Cuentos, Cuba 1988), Yo soy el malo (Cuentos, Cuba 1989), En el nombre de Dios (Testimonio, Cuba 1990), Quiénes narran en Cienfuegos (Ensayo, Cuba 1993), Ese universo de la soledad americana (Ensayos, Colombia , 1998), Ciudad Jamás perdida (Novela, Suecia, 1998, traducida al sueco), La danza alucinada del suicida (Cuentos, Cuba, 1999), el libro de testimonio Con Dios en el camino (Siria, 2000, traducida al árabe), Manuscritos del muerto (Cuentos, Cuba 2000), Brevísimas demencias: la narrativa cubana de los 90 (Ensayos, Cuba 2001), Las puertas de la noche (Novela, España, y Puerto Rico, 2001), Si Cristo te desnuda (Novela, Cuba, 2001) y Muchacha azul bajo la lluvia (Novela, Cuba, 2001).
Enero 15, 2007
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