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POR ARTURO G. DONADO, La Habana
La Libertad de Pensar: la cuestión de la democracia en Cuba

La cuestión de la democracia en Cuba no es una cuestión de nombres de sistemas políticos, de capitalismo o socialismo; no es meramente un dilema entre revolucionarios y contrarrevolucionarios, entre izquierda y derecha, es justo la asunción de lo que la palabra democracia significa. Y por definición la democracia es aquello que compete en primer lugar al “demos”, al pueblo. Es por tanto, aquella forma de sociedad que expresa el espacio público como opción primaria de la toma de decisiones, de participación, del modo humano de estar con los otros. La democracia, en esencia, es la forma de gobierno de la libertad. Y la cuestión de la democracia en Cuba, la cuestión a la que se enfrenta la nación de una manera ineludible, es la eterna cuestión de la libertad.

Limitar el asunto a un diferendo entre revolucionarios y contrarrevolucionarios, entre enemigos y amigos de la Revolución, entre Cuba y los EUA, entre cubanos dentro de la isla y cubanos de fuera, es viciar su esencia, la esencia de la libertad. Permitir que quede reducido a esos términos es seguirle el juego a los enemigos de la libertad, sea de la tendencia que sean. Los que intentan plantear la cuestión de ese modo, aun cuando se llamen a sí mismos defensores de la libertad, perpetúan el estado de cosas actual, porque lo esencial de la democracia es el sueño de la libertad espiritual, no el nombre que se le otorga a ese sueño.

La cuestión no es esa, la verdadera cuestión a que nos enfrentamos como nación es sí se pone en primer lugar la libertad de pensamiento, de expresión, conciencia y asociación, la libertad desde la cual es posible la prosperidad y la realización humana en sociedad, o los prejuicios ideológicos, los intereses mezquinos, los hombres adocenados a fuerza de mentiras y miseria, los cobardes, los corruptos, los necios y los que sólo pretenden utilizarlos y manipularlos, deciden el porvenir de la nación.

La libertad remite a la existencia de derechos individuales, de garantías judiciales, y sobre todo, a la participación en el establecimiento de la ley. Pero básicamente, la libertad presupone la existencia de hombres libres, de ciudadanos y no meros habitantes, es la medida de la autonomía del hombre. Los dilemas entre individuo y sociedad, entre estado y ciudadano, desvirtúan la esencia de la democracia, parten de la negación del ciudadano que constituye e instituye la “polis”. La libertad es el sentido de ser de la política, o sea, de los que constituyen la polis, de los ciudadanos. Y la política no es  tan sólo la ciencia del poder, como suele enseñarse en los círculos académicos; no es sólo un juego de intereses, de minorías que compiten por la preferencia de la mayoría; no es tampoco un mercado del poder, no es sólo materia de partidos, ni de ideologías ni de simple economía, es por definición la vida de la polis, el espacio público del hombre, la sociedad civil si se prefiere; por tanto, la política, como dijo Hannah Arendt, o es democrática o no es política.

La cuestión de la democracia en Cuba es entonces la cuestión de saber si los que creen en la libertad, los que creen que la libertad de conciencia, de pensamiento y expresión es una fe por la cual y para la cual vale la pena vivir, tienen la suficiente fuerza para hacer que su visión logre imponerse; o si los que pretenden la reducción del individuo a un sistema, a una ideología, se llame capitalismo o socialismo o lo que sea, los que sólo piensan en el lado material, los que asumen la desidia y la indolencia como normalidad, son al final quienes se impongan.

La democracia no es sólo un asunto de instituciones; la existencia de instituciones democráticas sólo está garantizada si un número de ciudadanos suficientemente fuerte, un número de hombres autónomos, dispuestos a defender su creencia en la libertad, soportan estas instituciones. Nuestra historia no los ha enseñado con claridad. La constitución del cuarenta fue la más avanzada del mundo, no garantizó la democracia ni el mantenimiento de la libertad. La garantía de la libertad, de la democracia, es la existencia de hombres libres, repito, y la última esencia de la libertad es irreducible a sistemas o ideologías, se confunde con la última y primera esencia de ser humanos.

La democracia, al ser el gobierno de hombres autónomos, es un gobierno de individuos adultos, es un gobierno de riesgo y responsabilidad, es por consiguiente, una forma de gobierno trágica, expuesta al yerro, pero dispuesta a enmendar sus errores. La libertad conlleva a la responsabilidad individual; si los hombres deciden sus leyes, si participan en el gobierno de la polis, si instituyen la polis, entonces sus decisiones son su responsabilidad. La democracia es pues una cuestión de ética, de lo que es correcto e incorrecto, es cuestión directamente emparentada al sentido de ser humanos.

La cuestión de la democracia en Cuba es entonces la cuestión moral de nuestra nación, de qué tipo de ser humano decide los destinos del país. Es una cuestión de fe, porque la democracia se sustenta en última instancia en la fe de la libertad. No es una oposición ciega, no es sólo un rechazo, sino una esperanza. La fe no es fe contra algo, sino fe en algo. Es una cuestión de presente y futuro, pero también de pasado. Es la cuestión del sentido de ser cubanos, de nuestra historia como nación. De ella depende profundamente el sentido que podamos conferirle a ser cubanos; no de ser revolucionarios o contrarrevolucionarios, comunistas o liberales; no de haberse ido o haberse quedado, sino de ser cubanos. Define si el sueño de los que creyeron en la Revolución, el ideal de los que dijeron que querían ser como el Che, independientemente de la realidad histórica del hombre Ernesto Guevara; el sueño de los que creyeron que una sociedad más justa era posible, los que se sintieron constructores del futuro, tuvo algún sentido o si fracasaron estrepitosamente. Define también si los que se opusieron a la reducción del individuo a masa, los que se negaron a ser rebaño, los que enfrentaron y enfrentan el totalitarismo, los que mantuvieron la creencia en la República, sufrieron y sufren cárcel y represión, los que tuvieron que abandonar el país porque no podían vivir en él, por ser diferentes, mantienen su creencia en la diferencia, sienten y asumen que valió y vale la pena haber actuado así y se niegan a aceptar pasivamente la destrucción de su país, o se rinden a la indolencia y la desidia.

La Revolución Cubana fue un ideal para muchos, y sin dudas lo sigue siendo para algunos. No se debe simplificar y creer que los ideales son perversos per se. El ser humano no puede vivir sin ideales. El ideal se vuelve perverso si, como sucedió en el caso de la Revolución Cubana, es usado para justificar la dominación, la represión, la expresa voluntad de un grupo de imponer su visión como única alternativa posible, como verdad absoluta; si, en nombre del ideal un grupo, unos hombres, un partido, una clase social o lo que sea, se autoproclama centro y mesías del pueblo; si quiere erigirse en tribunal del país, en juez de verdad que condena, excluye, encarcela y reprime a los que piensan diferente, que les exige a los ciudadanos la sumisión y niega la base que hace posible la política: la diversidad humana. 

La sumisión sin embargo, no tiene nada que ver con la esencia de la política, es en todo caso expresión del miedo, de ceguera, de cobardía o ingenuidad, es expresión del poder absoluto. La política no puede reducirse a dominación y dominados; la política insisto, es el lugar público de la existencia humana, es el lugar de la libertad.

Varias generaciones han crecido bajo la Revolución, en ellas hubo un sueño, y hubo también un enorme sufrimiento. La cuestión de la democracia en Cuba es pues la cuestión del sentido de esas generaciones, si todavía son capaces de defender el sueño, el ideal, independientemente del lado que se haya estado, o del que se esté, no una determinada expresión del ideal sino el ideal que puede dar razón a sus vidas, a ser cubanos, o si se rinden ante el desastre, si escogen la derrota.

El fracaso del proyecto revolucionario es ya un hecho, el sueño tuvo y tiene un costo ingente en dolor y sufrimiento. La cuestión de la democracia en Cuba es si pese a ello, los que aman el país, los que sufren el dolor de la nación, piensen cómo piensen, estén dónde estén, asumen la responsabilidad de ser cubanos. Es la de saber si nuestra nación puede decidir su destino, si los cubanos somos capaces de exigir, asumir y mantener la libertad, no un nombre de la libertad, sino la libertad como la participación en el espacio público que por esencia hace la sociedad civil.

Las razones para el desaliento son muy grandes, el daño económico, espiritual, social y moral es enorme y no se puede tratar de ocultar con falsas ilusiones. Pero la alternativa no deja opción, o los cubanos, al menos los cubanos que aún tienen honor y civismo, deciden tomar su destino en sus manos, se oponen a la condición de víctimas, de eternos niños, asumen la responsabilidad de sus errores y sus sueños, o la destrucción, la miseria y la decadencia son las palabras que continuarán describiendo a nuestra isla. O decidimos que la libertad y la prosperidad deben y tienen que ser el ideal de nuestro país, que “la república con todos y para el bien de todos” es aún posible, o hemos perdido totalmente el rumbo como nación y nos resignamos al dolor, la miseria moral y material, el exilio y la ruina, la vergüenza de haber fracasado como cubanos.

Arturo G. Dorado
artusgolden@yahoo.com

Mayo 13, 2010
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