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Por Estela Noriega, desde Ribadesella (Asturias)
Ribadesella recuerda al astur-cubano Jorge Peón

«Presumía de ser el cubano que mejor cantaba asturianadas». Con esta frase recuerdan los más allegados a Jorge Peón Pérez (La Habana 1922-Madrid 2005), el cubano-español que el pasado martes 12 recibió cristiana sepultura en el cementerio de Linares (Ribadesella). Sobre su féretro, la bandera cubana, recordando siempre el país que le vio nacer y que abandonó tras sufrir las represalias del régimen castrista, hasta el punto de haber pasado 15 años recluido en sus cárceles.

La misma bandera que le despidió en Linares fue la que en 1955 portaba la primera expedición cubana que participó en el Descenso del Sella. Aquel año Jorge Peón, hijo de emigrantes asturianos y fiel a sus raíces, convenció al ministro de Educación y Deporte del país que le vio nacer para que una delegación cubana viniera a Ribadesella. Los piragüistas cubanos no destacaron en lo deportivo pero dieron color y ritmo a la fiesta, «conga incluida», según explicaba siempre Jorge Peón a sus amigos. Ésta es sólo una de las muchas anécdotas que jalonan la vida de Peón, un hombre que nunca perdió el sentido del humor y que era capaz de bromear sobre los muchos infortunios que le habían tocado vivir.

Luciano Peón, padre de Jorge, emigró a La Habana con sólo 14 años. Era un asturiano más intentando hacer fortuna en «las Américas». Lo logró. Montó, con su hermano Adriano, una mueblería, La Moda, con la que prosperaron hasta el punto de que Luciano fue condecorado en dos ocasiones por el Gobierno cubano como empresario ejemplar. Luciano se casó con la también asturiana, de Navia, Carmen Pérez. Tuvieron dos hijos, Jorge y José. Aquel conoció Asturias cuando tan sólo tenía cuatro años. Cada dos veranos regresaban a Ribadesella para disfrutar de las vacaciones en la madre patria. Y caló hondo. «Era capaz de hablar asturiano cerrado, pero con acento cubano», recordaban sus amigos riosellanos.

Jorge Peón y su hermano José se educaron en el Colegio de Belén en La Habana. José compartía aula con Fidel Castro y no era raro que el ahora dictador visitara la tienda familiar para departir con los Peón. El compañero de charlas mientras estudiaban el Bachillerato fue el mismo Fidel que en 1969 firmó el ingreso en prisión de Jorge por «diversionismo ideológico». En la década de los ´40 del pasado siglo, Jorge, muy aficionado al deporte, llegó a formar parte de la selección cubana de baloncesto. A la vez, terminó sus estudios de Arquitectura y montó un negocio propio. El astur-cubano seguía cumpliendo con sus raíces y son muchos los que lo recuerdan paseando por Ribadesella en un llamativo descapotable rojo.

Y llegó la revolución. Castro se hizo con el poder en la isla caribeña y las viejas amistades de colegio dejaron de contar. A Jorge Peón, como a otros muchos asturianos, le confiscaron todas sus propiedades. «Y empezó a luchar contra la revolución y por la democracia», recuerda su hijo, como único argumento para que luego sufriera 15 años de cárcel, desde 1964 hasta 1979. La sentencia decretaba su castigo por lo que llamaron «diversionismo ideológico». Fueron los peores años.

De su paso por los campos de concentración donde se cultivaba caña de azúcar le quedó un recuerdo de por vida: dos cicatrices de sendos bayonetazos que le dieron sus guardianes. Los tres últimos años de condena fueron los más relajados. El régimen quiso sacar partido de sus estudios y él mismo diseñó la cárcel del Combinado del Este. «Siempre decía que quién mejor que un preso para diseñar una prisión», recordaba ayer su hijo José Antonio.

Jorge Peón recuperó la libertad en 1979, puso tierra de por medio y volvió a España. Fijó su residencia oficial en Madrid y mantuvo su fidelidad de siempre a Linares: no faltó nunca a su cita con su casa en la aldea. «Era una bellísima persona», recordaba Marina Quesada, viuda del primo de Jorge, Diego Peón, fallecido el pasado verano y también víctima de represalias en Cuba. «Era un encanto de hombre, no sabes con que gracia comentaba las vejaciones que vivió en la cárcel», aseguraba Inocencia Alonso, prima de Marina Cofiño, la viuda de Jorge Peón. «Era un tío estupendo, un hombre que lo pasó muy mal en la vida y seguía teniendo ánimos para seguir, sin ser rencoroso», recordaba su amigo riosellano Mariano Scola.

Jorge Peón amó Cuba y sufrió Cuba, siempre se enorgulleció de sus raíces y disfrutaba contando a los que le escuchaban su pasado. Las pasadas Navidades se reencontró con el pasado. Estuvo con el pianista cubano Bebo Valdés y pudieron hablar de la vieja Habana y de sus comunes amigos, como por ejemplo, del dueño del siempre emblemático Tropicana.

Jorge Peón, el arquitecto, el asturianista, el amante del románico asturiano (del que siempre decía que tenía «bellísimas proporciones»), el narrador de historias, el deportista, el piragüista aficionado, dejó su historia entre los suyos. Su mujer Marina Cofiño y sus hijos José Antonio y Juan José le recuerdan con orgullo. «Mostraba mucho pesar por la actitud de los políticos españoles, y asturianos especialmente, que condecoraban a personajes políticos cubanos», aseguró su hijo José Antonio con tristeza pero con orgullo de saber que la memoria de un hombre que luchó por la libertad y los derechos democráticos del pueblo cubano sigue viva.

Abril 18, 2005
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