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POR NICOLÁS ÁGUILA, Madrid
Cuba siempre Tamargo
Yo no vengo a decirle, don Agustín Tamargo, que sus recias columnas son de pulido mármol, de helénica factura, de clásico acabado... Sus columnas no son las del Anfiteatro, erguidas contra el tiempo con orgullo romano, pues aunque se asemejen por su fuste y tallado, tienen algo distinto y especial en su caso.
Eso además se ha dicho y repetido tanto que sería ofrecerle un elogio prestado. El maestro Agustín, el criollo Tamargo, que escribe como habla dando besos y palos y exhibe con orgullo su verbo huracanado, seguro se merece un símil más cercano.
Nada tienen que ver con ese frío mármol de los órdenes clásicos sus excesos cubanos, su melado de caña, su aroma de tabaco, su congrí oriental y su lechón asado.... No cabe en ese molde, no le cuadra al retrato de un hombre que despierto sueña un sueño exiliado de volver a la patria otro Veinte de Mayo, ya libres del rencor, ya vencido el espanto...
Un hombre irrepetible, de cultura y calado, de afecto y bonhomía, se ha dicho con exacto balance de su obra y su vida al contado. Pues si es es mucho Agustín, es mucho más Tamargo el señor periodista siempre de todo al tanto, de la pluma maestro, del micrófono un mago y en la mesa revuelta revoltoso ordenado.
De espíritu bohemio, sin pose ni engaño, su humildad y respeto te dan su franca mano. Su defecto es sin duda (si es que es defecto acaso) ser siempre a todo trance sobre todo cubano, pero tan obsesivo que sin patria y sin amo lleva a Cuba primero en el pecho colmado y la nombra después en doloroso espasmo. Cuba una y otra vez. Cuba en todos sus actos.
Su columna no es griega, se aparta de ese canon. Se resiste, se niega a ser clasificado nuestro don Agustín y maestro Tamargo según la norma al uso de tirios y troyanos. Su columna tan recia nada tiene de mármol. No es dórica o corintia, está hecha de llanto. Es ron y es café, entre dulce y amargo.
Es el clamor de un pueblo, es un grito encerrado. Es pasión por lo nuestro, es un toque a rebato, es un sordo dolor, es nostalgia y pasado. Es presente imperfecto y es al futuro un canto de esperanza y temor, de optimismo y espanto. Cuba primero y siempre. Cuba como un abrazo.
Su columna no es dórica ni es de molde importado. Es una palma real en el sentido exacto de reina verdadera que señorea el campo. Su columna es la palma que viera el desterrado erguida y elegante entre destellos claros salirle allá en el Niágara en su canto inspirado.
Es esa misma palma del discurso martiano, esa novia impaciente que espera por su amado. Son las palmas poéticas que nos cuenta un relato que iba a ver por la noche un loco iluminado, cubano impenitente sin curarse de espanto como don Agustín diciendo en canto llano: Cuba primero y siempre. Cuba en un sobresalto.
Su columna es la palma, el entrañable árbol vertical e imbatible del palmiche y el guano, que es compendio y es símbolo de lo nuestro cubano. Porque es Cuba primero en el monte o el llano, porque es Cuba después en la prensa o la radio y porque es Cuba siempre. Cuba siempre Tamargo.
Abril 12, 2007
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