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POR MONS. CARLOS MANUEL DE CÉSPEDES Y GARCÍA-MENOCAL, desde La Habana
María Cristina Herrera: ¿cuándo nos conocimos?

Ni ella, ni yo lo podíamos establecer con precisión cuando hablábamos del tema. En los años cincuenta –probablemente hacia fines de 1953 o 1954– hubo un encuentro de las Juventudes de Acción Católica, en Santiago de Cuba, en el que yo participé como parte de una pequeña delegación de los universitarios católicos –JEC Universitaria– de La Habana, pues era presidente del grupo de la Facultad de Derecho. Yo no había ingresado todavía en el Seminario. Poco después, en La Habana, en la Universidad Católica Santo Tomás de Villanueva, tuvimos un encuentro zonal (Caribe, México y América Central) de la Sección correspondiente –MIEC (Movimiento Internacional de Estudiantes Católicos)– de Pax Romana, el organismo internacional católico –con sede en Friburgo, Suiza, que reunía en una sección a los universitarios y en otra a los profesionales. Yo formaba parte del comité organizador de este pequeño congreso que, en aquel entonces, valoramos mucho. Vino un grupo muy representativo de Santiago. María Cristina debe haber estado en ambos eventos mencionados, pero no recuerdo que ese eventual contacto haya dado pie para la amistad tan sólida que llegamos a tener con posterioridad.

En 1956 yo ingresé en el Seminario y en 1959 fui enviado a estudiar la Licencia en Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Estando en Roma, no dejé de tener contactos con los movimientos de Acción Católica en Cuba y con la JEC Internationale (más que con Pax Romana), cuya sede estaba en París. De hecho, participé en 1961, en Mainz, en una reunión internacional del organismo, a la que no vendría nadie de Cuba. Los estudiantes universitarios cubanos, católicos o no, estaban comprometidos con otras tareas en el verano de 1961. María Cristina, como otros muchos, marchó de Cuba ese año y poco después se instaló en Miami. Desde que nos habíamos conocido superficialmente en Santiago, en los cincuenta, esa cuerda académica, enriquecida por las cuestiones relacionadas con la presencia de la Iglesia en el ámbito académico, nos unió siempre. Descubriríamos después, cuando ya no éramos simplemente conocidos, que había sido ella, la cuerda académica y la presencia de la Iglesia en el mundo de la cultura, la razón de que nos hubiésemos olfateado y buscado el uno al otro.

Una vez que organizó su vida personal y académica, algunos años después, María Cristina fundó el Instituto de Estudios Cubanos, cuyo objetivo era lo que su nombre indica, los estudios acerca de Cuba, pero con la tónica del diálogo entre los cubanos, fuesen residentes en el extranjero o lo fuesen en la Isla. Recordemos cuan riesgoso resultaba entonces afirmar la conveniencia de diálogo acerca de las realidades cubanas, entre los cubanos de ambas orillas. A partir de entonces, puedo empezar a hablar de una amistad creciente con María Cristina que perduró hasta su muerte.

En resumen, puedo decir que mi relación dinámica y creciente con María Cristina tuvo aproximadamente 57 años. En los que van desde 1953 hasta 1978, la relación fue más bien epistolar y telefónica; nos identificábamos con diafanidad, pero no mucho más. Desde 1978 hasta su fallecimiento hace pocos días, la amistad fue fraternidad genuina, sin quiebras, cariño entrañable...

En su momento, María Cristina me había invitado a participar, como miembro fundador, en el Instituto de Estudios Cubanos, y no acepté porque en aquellos años sesenta no me parecía muy honesto comprometerme con una institución cuyas actividades tenían lugar casi exclusivamente en los Estados Unidos y por aquel entonces, no lo olvidemos, un viaje a los Estados Unidos era casi equivalente a un viaje a la Luna. Ella me aseguraba, empero, que yo era miembro fundador aunque no participara en las actividades del IEC. Lo cual tiene una cierta lógica: nos escribíamos con frecuencia, nos hablábamos por teléfono y era evidente que los presupuestos del Instituto –Cuba y el diálogo acerca de casi todos los temas imaginables– vibraban en mi cuerda personal ya desde antes de aquellos años fundacionales. Los artículos en el diario El Mundo y, en general, mis textos acerca del tema, dan testimonio escrito de ello.

En 1978, María Cristina vino a Cuba como participante en lo que se ha dado en llamar el “diálogo de 1978”, organizado por las autoridades cubanas. Desde entonces y hasta su fallecimiento, nuestra amistad no dejó de crecer. Participé en encuentros del Instituto y en actividades académicas, en España y en Estados Unidos, a los que asistían miembros del Instituto. Cuando pasaba por Miami –lo cual era frecuente en los años ochenta, noventa y en los primeros años de este siglo– no dejaba de ir a su casa de Coral Gables, que era en la práctica no sólo la sede del Instituto, sino también el lugar de acogida a cubanos de pelaje muy diverso, en tertulias académicas y en encuentros amistosos que, en ocasiones, se convertían en grandes fiestones. María Cristina sostenía y animaba.

Lamentablemente, María Cristina nunca pudo volver a Cuba, a pesar de que nunca dejó de soñar con ella, de modo especial con Santiago y con El Cobre y su Santuario. No faltó su deseo, ni faltaron gestiones prácticamente hasta la última hora. Desde la década de los ochenta, las autoridades cubanas no se lo permitieron. Nunca supe por qué, porque por no ser marxista no era, ya que muchos no-marxistas vinieron a Cuba en esos años. Pensar que alguien sospechaba que María Cristina estuviese involucrada en actividades peligrosas para con nuestro país, me resulta tan absurdo que no lo puedo siquiera imaginar. He llegado a pensar que debe haberse tratado de alguna cuestión personal no confesable por parte de algún funcionario cubano que tuviese peso suficiente como para impedir la concesión de la visa a María Cristina. Reducir todo a una cuestión personal desconocida puede parecer simplismo o estupidez. Pero... ¿quién no conoce relaciones rotas y hasta problemas de mayor cuantía, en cuya raíz no hay otra cosa que un asunto personal estúpido e irracional o hasta falso, dependiente de una maledicencia o de una calumnia?

Fue una mujer fuerte, inteligente, generosa, apasionada, culta y sumamente trabajadora. Lo cual se nos agiganta cuando conocemos sus limitaciones físicas que, sólo al final de su vida, lograron aminorarle el ritmo. Fiel sin quiebras a Cuba y a la Iglesia, lo que no significa que siempre asintiera en las cuestiones discutibles, con relación a una o a la otra. Con relación a estas cuestiones discutibles y de hecho discutidas, podía llegar a ser “feroz” para no dejar de ser sincera. Pero su “ferocidad” en el lenguaje no era irracional y, además, aparecía también en la defensa de algún amigo, a sus ojos injustamente atacado, aunque fuese un amigo que no comulgara con sus opiniones. Si el amor a la verdad que percibía era grande y característico de su personalidad, su culto a la amistad no lo era menos.

Mucho podría seguir escribiendo acerca de María Cristina, muchos los detalles que enriquecieron nuestro cariño fraterno recíproco, pero eso me sacaría de lugar por la excesiva extensión. Su pasión por Cuba y por la Iglesia, que es también mía y todos nuestros amigos lo saben, nos ha brindado cimiento sólido. Como me lo brindó también en mi amistad igualmente fraterna con Raquel La Villa, otra cubana académica, muy pero muy querida por mí, fallecida hace pocos años, también en Miami. Por alguna razón que yo desconocí siempre, María Cristina y Raquel se distanciaron. Cuando me di cuenta de que, fuese lo que fuese la causa de la separación, no se trataba de cuestión insuperable, serví de puente una vez más y tuve el gusto enorme de que rehicieran su amistad, de santiaguera indomable –María Cristina– y de habanera irrenunciable, Raquel. La argumentación para la reconciliación no fue otra que el raciocinio en torno a los móviles de nuestras vidas, Cuba y la Iglesia. Raquel se nos fue primero y nos espera en ese “lugar” al que el amor paterno de Dios nos tiene destinados. Y mientras me llega el turno de ocupar mi puesto en ese lugar ansiado, contemplo los retratos de ambas que guardo como relicario de la amistad que nos unió
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Octubre 1, 2010
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