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POR EUGENIA DE LA TORRIENTE, Nueva York y Madrid *
El secreto de Isabel Toledo


Es posible, sólo posible, que Michelle Obama leyera en febrero de 2007 un artículo en el diario británico The Financial Times que comparaba a los diseñadores estadounidenses con los candidatos presidenciales.  Vanessa Friedman equiparaba a Marc Jacobs con Hillary Clinton por ser ambos muy conocidos y contar con generosos presupuestos.  Pero el objetivo del texto era explicar que más allá de los obvios favoritos había aspirantes con talento.  “Eso deja al Barack Obama de la industria, la cubana Isabel Toledo, como el candidato a observar,” escribía Friedman.

Lo leyera o no, el 20 de enero de 2009, cuando Michelle Obama se vistió para la toma de posesión de su marido, como presidente de Estados Unidos, eligió, precisamente, un diseño “del Barack Obama de la industria.”  Hasta entonces, el nombre de Isabel Toledo era una referencia para entendidos.  Una creadora admirada por otros diseñadores tras 25 años de carrera entregada a la originalidad, la independencia y la experimentación.  Pero, a diferencia de vanguardistas de culto como Rei Kawakubo, ha asombrado con diseños que no buscan la transgresión, sino que respiran pragmatismo y elegancia.

A excepción de un fugaz paso por Anne Klein, Toledo —que este año cumple 50 años— siempre ha desarrollado su trabajo por su cuenta y según sus propias reglas. Forma un peculiar tándem creativo con su marido, Rubén. Oficialmente, ella diseña y él es un artista e ilustrador. Pero, igual que ocurre con sus inclasificables diseños, la realidad es más difícil de empaquetar. “En mi ropa raramente hay separación entre forma y función.  Siempre he creído que el mundo no tiene costuras,” afirma.  Una filosofía que también es aplicable al diálogo que establece con su marido. Viven y trabajan juntos. Si las hay entre ellos, no se ven las costuras.

María Isabel Izquierdo y Rubén Toledo nacieron en Cuba. Sus familias emigraron a Estados Unidos y se instalaron en Nueva Jersey. Sus trayectorias paralelas acabaron cruzándose en una clase de español. Él tenía 13 años y se enamoró de inmediato. Ella, 14, y no le hizo caso hasta que terminaron el instituto. Se casaron en 1984, el mismo año en el que crearon la marca Isabel Toledo. Su pequeña compañía confecciona todos sus productos desde las cuatro plantas que ocupa en la parte baja de Broadway, en Nueva York. Su ropa, siempre exquisitamente confeccionada,  dejó de presentarse en colecciones y desfiles convencionales en 1998 y se vende en un puñado de tiendas de todo el mundo.

Un domingo de septiembre, en el espacioso loft del ático que sirve de estudio y vivienda, Isabel y Rubén Toledo transmiten una pasión y una serenidad insólitas en una industria cada vez más cínica y acelerada.  Las cosas nunca han sido fáciles para ellos.  No hay cheques en blanco ni varitas mágicas en esta historia, aunque tal vez finalmente haya aparecido un hada madrina, Michelle.


¿Por qué dejó de hacer desfiles?

Isabel: Porque para mí era importante que cuando una clienta se enfrentara a la ropa, ésta fuera algo nuevo. Que no hubiera visto antes a una modelo llevándola y, por tanto, hubiera decidido que no era para ella. La moda es descubrimiento y misterio. Mi suerte fue que pude permitirme este gesto porque llevaba el tiempo suficiente como para tener seguidoras.

El grado de exposición ha aumentado muchísimo desde entonces.  Ahora los desfiles se transmiten por Internet, y al segundo están en todas partes….

Rubén: Y por eso, precisamente, todo se vuelve algo trivial y ya no ves nada.

Isabel: Debemos encontrar otra forma de comunicar.  Por ejemplo, el silencio.  Eso fue lo que yo elegí en 1998.  Y funcionó.  Para mí, al menos.  Aunque echo de menos los desfiles, lo admito, y a lo mejor en otro momento vuelvo a hacerlos.  Quién sabe…  Es estupendo cuando no tienes que vender películas.  Cuando la gente ve algo y decide que lo quiere porque le gusta.  Sin que sepan tu nombre o quién eres.  Cuando es la ropa la que comunica tu mensaje y establece el diálogo con tus clientes, éste se convierte en algo muchísimo más valioso.


Madeleine Vionnet es su diseñadora favorita.  ¿Qué le atrae de su trabajo?

Isabel: Siempre digo que lo que Vionnet hacía eran matemáticas románticas.  Si miras sus patrones, como los míos, son muy matemáticos.  Pero si eliges los tejidos adecuados para realizarlos, se convierten en algo sensual.  Por eso, mis vestidos no dicen nada cuando están en una percha [risas].

Sus piezas son casi obras de ingeniería. Además de la experimentación con los patrones, investiga las propiedades de los tejidos y cómo la gravedad afecta a la forma en que el vestido cuelga del cuerpo. ¿Cómo llegó a establecer semejantes métodos de trabajo?

Isabel: Es la diferencia entre un diseñador y una marca. Una marca te vende imagen, productos…  Nosotros tenemos la paciencia y el tiempo para experimentar. Creo que tengo la obligación de innovar. No puedes vender lo que ya está en el mercado. Es decir, puedes hacerlo, obviamente. Pero no está bien. Tienes que tener un cuerpo de trabajo que te pertenezca. Eso es la moda. Ahora lo que hay son productos indistinguibles, todos elaborados en el mismo sitio.

Rubén: El sistema de la moda se ha pervertido y ahora se basa en ofrecer a las mujeres lo mismo, pero procedente de distintas compañías. Eso son las tendencias. Mi mujer siempre dice que el tiempo es el mayor lujo. Cuando dedicas tiempo a pensar en una prenda, la persona que la compra recibe ese regalo: tu tiempo.  Por eso nunca hemos tenido teléfono móvil.  Vivimos y trabajamos en un mismo sitio y tratamos de eliminar las interrupciones para poder pasar el mayor tiempo posible uno con el otro y con nuestro trabajo.

¿Nunca han sentido la necesidad de tener un teléfono móvil?

Isabel: Ocupamos cuatro pisos en este edificio, estamos aquí casi todo el tiempo.  No es difícil encontrarnos.

Rubén: Hemos tenido el mismo número de teléfono fijo en los últimos 25 años.  Todo el mundo en Nueva York lo tiene, está en el mismo listín.

Isabel: ¡Y cuando no puedas encontrarnos, será probablemente porque no queramos!  Además, somos muy organizados.  La gente que depende de su móvil no planifica.  Por ejemplo, los estudiantes que vienen a ayudar.  Les pides una cremallera y cuando están a dos manzanas te llaman para preguntarte de qué color la querías.  “Papelito, habla,” como dice el padre de Rubén.  Si te apuntas las cosas, no vas a necesitar un teléfono para preguntarlas de nuevo.

Así que de redes sociales ni hablamos…

Rubén: ¿De qué?  No tenemos página web ni nada parecido.  Sí correo electrónico.  Pero impartimos clases, damos conferencias.  Cara a cara.  Nos gusta hablar con la gente.  Promocionamos el intercambio comunicativo humano, no el virtual.  La gente nos pregunta: “No queréis que la gente os conozca más?”  Y la verdad es que no.  Yo soy el presidente de la compañía, se supone que soy el hombre de negocios.  Me gusta la idea de que la gente descubra el trabajo de Isabel cuando se lo encuentran.  No es fácil de encontrar, de acuerdo, pero esa es parte de la cuestión.

Isabel: Nos podemos permitir pensar así.  Una gran compañía tiene que estar en todas partes y ser conocida por todos.  Nosotros, no.
Rubén: Volvemos al tiempo.  El tiempo es nuestro amigo.  No tienes por qué conocernos ahora.  Tal vez el encuentro tenga lugar dentro de 10 años.  O nunca.

Isabel: Pero de esta forma, cuando un cliente te descubre, te quedas con él.  La conexión es mucho mayor.  En cualquier otro momento podrías arquear la ceja con lo que decimos.  Pero yo lo he experimentado como nunca con Michelle.  Después de 25 años de trabajo, de pronto, ese momento sirvió para conectar con muchísimas personas.  La gente que sintió curiosidad por mí y empezó a investigar descubrió mi universo de una forma única.  No puedes pagar por eso.  Si yo hubiera sido un nombre que la gente ya conocía, tal vez hubieran pasado de largo.


Acaba de lanzar una colección de zapatos muy económicos para la marca Payless. ¿Por qué ha aceptado esta colaboración?

Isabel: Antes el gran público no estaba preparado para mí. Ahora sí.


¿Se debe eso a Michelle Obama?

Isabel:  Exacto. Ese momento selló un matrimonio con el resto del mundo.

Rubén: Hasta ahora, Isabel había recibido propuestas de grandes compañías por las razones erróneas. Querían hacer lo mismo, pero en barato. Payless, en cambio, planteó las cosas de otra forma. Deseaban un producto industrial. Barato, práctico, funcional. Era un concepto nuevo, original.

Isabel: Adoro lo industrial.  Es mi lado estadounidense.  Encontrar la forma más inteligente, eficiente y económica de elaborar un producto.  Solucionar problemas.  Eso, el diseño industrial.  Y me encanta.  Me tentó explorar esa faceta del producto.


¿Cómo decidió qué debería llevar Michelle Obama en un momento tan importante?

Isabel: En realidad, se suponía que iba a llevar otro conjunto. Uno blanco y negro que se puso más tarde, para ir a Buckingham Palace. Pero cambió de idea. Y yo, cuando los diseñé, sabía que el que llevó al final era el correcto. Para empezar, era de un color que no todo el mundo reconocía. Todo el mundo lo describió de una forma distinta. Además, le hacía sobresalir del resto, que iba de azul, negro o rojo. Era un color optimista. Lo obtuve con una superposición. Tenía una muestra muy pequeña de un tejido de encaje de lana en un tono parecido a la salvia. No era dorado, ni tampoco amarillo. Muy natural y agradable. Le coloqué una tela blanca detrás. Se transparentaba y le daba la luz. Pero ese día, cuando el sol lo iluminó, apareció un destello que yo no había siquiera previsto.  La gente creyó que llevaba cuentas bordadas, pero no.  Hizo su propia alquimia en ese momento histórico, enfrente del mundo.  Es una imagen para la historia.  Un honor y una gran responsabilidad.

Rubén: La gente nos conoce desde entonces.  Todo el mundo tiene una historia sobre ese vestido.  Es alucinante.


¿Cómo es Michelle Obama?

Isabel:  Es una mujer increíble. Fue ella quien quiso conocerme, ya que solía comprar mi ropa antes de ese momento. Eso es lo bonito, que la conexión entre mi trabajo y ella ya existía. No fue una decisión arbitraria, ni una imposición. Se siente cómoda con mi ropa. Ese es mi trabajo. Hacer ropa que dé confianza a la mujer que la lleva. Esa confianza puede traducirse en hacerte sentir guapa, poderosa, sensual, vulnerable… o todo a la vez.


Ella utiliza el interés por su ropa para dar notoriedad a diseñadores independientes. ¿Han tenido efecto sus decisiones?

Isabel:  Ha introducido un sentido de descubrimiento. Muchas mujeres están probando cosas nuevas. Se atreven a no seguir las tendencias sin más, sino a investigar.  Ha inspirado a las mujeres a ser más independientes en sus elecciones.  Y valientes.


Usted se enorgullece de ser, ante todo, una costurera. Aprendió a coser a los ocho años y sus primeras colecciones estaban manufacturadas por usted misma casi en su totalidad. ¿Qué le atrajo de dar puntadas?

Isabel:  Yo tenía esa edad cuando vinimos a Estados Unidos. Mi madre quería que tuviéramos una niñera, pero mis hermanas —la mayor tenía 11 años— se consideraban demasiado adultas para eso. Mi madre camufló a la niñera como una profesora de costura. Fui la única que aprendió. Empecé a coser muñecos y luego a hacerme mi propia ropa. Me encantaba. Me gustaba la sensación de control absoluto. Y podía expresarme a través de lo que me ponía. Era muy tímida y dejaba que mi ropa hablara.

¿Qué decía su ropa cuando se conocieron?

Rubén: Isabel llevaba una camisa de lino azul marino y unos pantalones cortos amarillo pálido.  Yo soy pintor, pero su sentido del color ha sido siempre mucho mejor.  Mezcla colores de una forma única.  Los labios pintados de rojo y las cejas muy finas.

Isabel: ¡Es increíble que te acuerdes!

Llevaba los labios rojos a los 14 años?

Rubén: Isabel siempre se ha protegido con la ropa.  De adolescente, construía una imagen tan llamativa como para que no fuera necesario decir una palabra.  Y así mantenía a los chicos lejos de ella.  ¡Debías tener nervios para acercarte a ella!



Desde finales de los 70 apenas se han separado. ¿Cómo se mantiene una convivencia personal, profesional y creativa tan intensa y duradera?

Rubén: No puedo imaginar vivir de ninguna otra forma. Nuestra relación crece cada día. Cuando pienso en cómo éramos cuando empezamos a salir juntos, veo una planta joven y frágil. Ahora somos un robusto y viejo árbol.  ¡Es tan enriquecedora esta estabilidad!  Aunque ella es una persona distinta a la que yo conocí a los 13 años.

Isabel:  Nos hemos permitido cambiar. No me aferro al molde del hombre con el que me casé.  Estamos abiertos a crecer.

Rubén: Mi mujer ama la independencia.  No trates de encasillarla o de meterla en una caja.  Y hemos construído este negocio a la medida de su personalidad.  Por eso, no pretendas clasificar su trabajo o que encaje en un cliché.  No la llames moderna o clásica.  No la llames nada, de hecho, porque no lo soporta.  Es una creadora independiente, sin fronteras ni etiquetas.


La política de colaboración entre ustedes se extiende a una red de artistaas y creadores afines. ¿Tienen la sensación de pertenecer a una comunidad creativa?

Rubén: Conocimos a la gente de Studio 54, a Andy Warhol, Keith Haring y los demás, cuando éramos muy jóvenes. No había restricciones de edad, de raza o de nada. Éramos unos chicos cubanos de Nueva Jersey y aprendimos de esa escuela. A escuchar a gente distinta y enriquecernos con experiencias y vidas absolutamente diferentes.  Desde entonces tratamos de crear con esa misma apertura y pluralidad.


En este momento, la moda estadounidense parece especialmente fecunda. No dejan de aparecer diseñadores jóvenes que son inmediatamente saludados como genios. ¿No están exagerando un poco?

Isabel: Ves a chicos con talento, con mucho talento, y sientes ganas de decirles que tengan un poco de paciencia, que no se dejen llevar por la ansiedad de ser descubiertos inmediatamente. Porque dejas de crecer cuando eso sucede.

Rubén: Cuando nosotros empezamos, en 1984, crecimos bajo el radar.  Es cierto que desde el principio aparecimos en los medios, pero nadie nos patrocinaba.  Vivías temporada a temporada, tenías que organizarte para vender, pagar el alquiler y poder continuar.  Fue duro, pero aprendimos a valernos por nosotros mismos.

Isabel: Hoy ves a chicos que a la segunda temporada ya son reverenciados y financiados de una forma art¡ficial, y eso es malo para ellos.  Les impide crecer.

¿Cómo se combina eso con las ayudas a los creadores?  En 2005, usted fue una de las diez finalistas al premio que otorgan “Vogue” y el Council of Fashion Designers of America, dotado con 200,000 dólares…

Rubén: Para formarte como creador tienes que poder correr riesgos.  Tienes que hacer algo que no le guste a nadie, que no se entienda a la primera.  Pero si te colocan en un trono y además te presionan para vender mucho enseguida, pierdes la libertad de cometer errores.  Eso es peligroso, y es lo que estamos empezando a ver en los Estados Unidos.  Está muy bien apoyar a los diseñadores y darles premios.  Pero a nosotros nadie nos dio un premio hasta hace unos años.  ¡Y nos ha ido muy bien!  Es más sano recibir premios a los 50 que a los 20.  Está muy bien apoyar a los jóvenes, pero hay que hacerlo comprando sus vestidos y no convirtiéndolos en genios cuando son bebés todavía.  Entonces frenas su evolución.  Recuerdo una historia que publicó “The New York Times” en 1985 sobre los nuevos diseñadores de Nueva York.  Se analizaba cuál era el que tenía más probabilidades de triunfar, e Isabel tuvo la peor puntuación.  Era demasiado creativa, no tenía apoyo financiero, y estaba casada con un artista… [risas].  Y 30 años después es la única que se mantiene como diseñadora independiente.  A veces, el menos probable es el que acaba teniendo éxito.

Isabel: Porque no tienes esa presión.  La genialidad necesita tiempo.

Rubén: Tienes que dejar a la gente crecer.  Si les pones esa etiqueta demasiado pronto, nunca van a estar a la altura.

¿Apoyaban sus familiares sus inclinaciones artísticas?
Isabel: Mi padre murió antes de que empezáramos y mi madre no creo que se lo planteara excesivamente.  Ella, simplemente, estaba allí.  Y daba de comer a los chicos de Visionnaire [risas], con los que empezamos.

Rubén: Nuestros padres eran refugiados políticos.  Estaban demasiado ocupados por poner comida en la mesa como para preocuparse de otras cosas.  Y eso nos dio una enorme libertad.  Siempre digo que si tuviera hijos, me mudaría a otro país para que pudieran ser inmigrantes, porque eso da una libertad a los niños para adquirir la forma que les toca por naturaleza.  No la que tu deseas que tengan.

Isabel: Aún así, nos ayudaron mucho.  Su padre sigue trabajando con nosotros.  Pero no estaban preocupados por qué íbamos a hacer con nuestras vidas.

¿Son conservadores?
Rubén: Muchísimo.  Lo opuesto a la bohemia.  Su madre es muy independiente.  Como ella.  De todas formas, todo esto en realidad fue algo muy planeado.  Simplemente, cuando necesitamos empezar a hacer dinero, explotamos nuestros recursos.  Ella cosía muy bien, así que cogí algunos de sus vestidos y los llevé a tiendas de Nueva York.

Isabel: Fue muy inocente.

Rubén: Todo partió de la necesidad.  Creo que eso tiene que ver con ser inmigrantes.  Tienes menos límites, menos prejuicios.  Yo pinto, hago fotos, trabajo comercial… no quiero ser considerado un artista en algo concreto.  Ser artista es tener la libertad para ir adonde te lleve tu instinto.

Trabajó como costurera voluntaria reparando trajes históricos en el Metropolitan Museum of Art.  ¿Qué siente cuando hoy ve sus vestidos en un museo?

Isabel: Es curioso, porque trabajando en el museo entendí que la moda no era banal.  Que el trabajo de ciertos diseñadores era importante.  Yo no soy una artista.  Tengo sensibilidad artística, pero si acabé en esto fue porque tenía una habilidad manual: coser.  Pero cuando tuve en mis manos los trajes de Vionnet o Madame Grès, uní arte y oficio.  La costura es un lenguaje y lo aprendí como los niños: por inmersión.

Rubén: Isabel siempre dice que la moda es el aspecto que tiene el tiempo.  Cuando piensas en una época de la historia, la imagen que te viene a la cabeza es cómo va vestida la gente.  Ese es el valor de la imagen de Michelle Obama ese día.

* Para El País, Madrid / Octubre 3, 2010
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