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Por Eduard Soto Guerrero, desde Quito * 
Los excesos tumbaron al presidente Lucio Gutiérrez en Ecuador

El Congreso lo destituyó y lo acusó de abandono del cargo. Lo sucede el médico Alfredo Palacio, quien ya recibió el respaldo de los militares.

Con un helicóptero despegando a las 2:30 de la tarde del palacio presidencial de Carondelet, en Quito, llegaron ayer a su fin los dos años y tres meses del gobierno de Gutiérrez, en medio de la enorme movilización social que ya antes había despojado del poder a Abdalá Bucaram (1997) y luego a Jamil Mahuad (2000).

Su lugar fue tomado, en una improvisada ceremonia, por el vicepresidente, Alfredo Palacio, que juramentó ante una extraña mayoría parlamentaria reunida en un edificio aledaño al del Legislativo, que tuvo que ser desalojado ante la llegada de cientos de manifestantes.

Extraña mayoría porque apenas consiguieron 60 votos de los 67 necesarios (dos terceras parte de un parlamento de 100, como señala la Constitución.

“Ha terminado la dictadura," dijo Palacio una vez posesionado. "Hoy ha terminado la prepotencia y el miedo. Hoy se refunda la República en donde los caminos florezcan y reine la dignidad y la esperanza."

Gutiérrez fue destituido por abandono del cargo y poco después la Fiscalía emitió en su contra una orden de captura por “el delito flagrante de ordenar a la Policía y los militares salir a reprimir a los manifestantes”. Dos muertos y 44 contusos dejó su acción, según la Cruz Roja.

De esta forma, Ecuador ve cómo cae su tercer Presidente elegido democráticamente en menos de 9 años y ajusta seis mandatarios en el mismo periodo.

Pero Palacio, el nuevo Presidente, no encontró el panorama despejado. Hasta bien entrada la noche estuvo asediado en un edificio de la Unesco por cientos de manifestantes que le exigían que convocara de inmediato elecciones. Tuvo que rescatarlo un grupo de militares que lograron abrirse paso para llevarlo ante al Ministerio de Defensa, donde se reunió con el alto mando militar. Luego dio una rueda de prensa en la cual esbozó la posibilidad de convocar una Asamblea Constituyente.

“Democráticamente, (ir) a una consulta popular que cambie totalmente la estructura de nuestra nación y nos proyecte al siglo XXI”, dijo.

Este fue el episodio final de una ardua jornada en la que la gente salió a las calles decidida a tumbar a Gutiérrez.

“Y va a hacer y va a caer, Lucio va a caer”, gritaba la multitud en un clamor repetido que fue creciendo con la marcha de los acontecimientos.

Por eso, cuando los medios de comunicación anunciaron que una mayoría del Congreso había declarado cesante al presidente del Legislativo, Omar Quintana, se empezó a intuir que la declaración de cese del presidente Gutiérrez era cuestión de minutos. Y así fue.

Punto de quiebre
Lo único que faltaba era que el Ejército, el bastión en el que se había apoyado Gutiérrez, le diera la espalda. Y eso no tardó en ocurrir. “Por la patria, por la paz, retiramos el respaldo al presidente Gutiérrez”, dijo el jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas Ecuatorianas, Víctor Hugo Rosero.

La caída de Gutiérrez se veía venir. En un país acostumbrado a que las protestas callejeras hacen temblar los cimientos del poder, Gutiérrez tuvo que afrontar varia semanas de movilizaciones que se fueron radicalizando.

Para algunos expertos consultados por EL TIEMPO, la caída de Lucio Gutiérrez comenzó a los seis meses de iniciado su mandato, cuando destituyó a varios ministros del partido indigenista Pachacutik, cuyos votos habían sido fundamentales en su elección.

Esto provocó la ruptura de su alianza de gobierno, y desde entonces se quedó con apenas siete representantes en el Congreso, lo que lo obligó a empezar a negociar alianzas.

En medio de este panorama, y cuando ya casi se daba por hecho que la oposición iba a conseguir los votos necesarios para destituirlo en diciembre pasado, hizo una jugada de ajedrecista: se alió con el partido roldosista, liderado por el ex presidente Abdalá Bucaram, que había sido destituido en 1997; y también con el del magnate bananero Álvaro Noboa (Prian). Pero era una alianza muy cara. Versiones de prensa argumentaron que el apoyo de Bucaram lo consiguió tras comprometerse a hacer lo posible para que los juicios por corrupción en su contra se anularan. Y el de Noboa, al prometerle ayuda para que el fisco dejara de apretar a algunas de sus empresas. 

Así las cosas, y ya con una nueva mayoría legislativa, el Congreso sustituyó en diciembre pasado a 32 jueces de la Corte Suprema de Justicia por magistrados afines al Gobierno. Y pasó lo esperado. Como por arte de magia, fueron anulados los procesos por corrupción contra Bucaram, Gustavo Noboa, y contra el ex vicepresidente Alberto Dahik, los tres en exilio.

Pero la presión social consiguió que Gutiérrez cesara la Corte y empezara a negociar en el Congreso la conformación de otra.

Era tarde. La gente se desbordó a las calles y lo pusieron contra las cuerdas.

El helicóptero gacela del ejército ecuatoriano llevó a Gutiérrez a una guarnición militar y luego a la embajada del Brasil, donde lo espera el exilio.

* Para El Tiempo, Bogotá / Abril 21, 2005
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