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El fraude in fraganti
Por Manuel Felipe Sierra, Caracas*
El episodio de las captahuellas (más allá de que el CNE las retire y los partidos
de un sector de la oposición lo acepten) deja al desnudo la naturaleza
fraudulenta del ente comicial y ocasiona un daño irreparable a la institución del
sufragio.
Los alcances de este hecho, sin manifestaciones multitudinarias ni
maquinaciones conspirativas, suponen la mayor crisis política que ha vivido el
proyecto autocrático y cuyo desenlace resulta impredecible.
De ahora en adelante (por encima de la relación numérica entre oficialismo y
participacionismo que se registre el 4 de diciembre), no cabe la menor duda de
que el mandato de Chávez acelera su deslegitimación.
Cuando el CNE retira los dispositivos tramposos que hasta hace apenas unas
horas defendió su presidente Jorge Rodríguez, admite que ha mentido y
engañado de manera contumaz a los electores.
Se comprueba que el revocatorio presidencial de 2004 fue decidido por el
camino tortuoso de la trácala y que las consultas siguientes se han
desarrollado al amparo del más descarado ventajismo.
Pensar que la eliminación de un trámite que se sabía absolutamente inútil pero
que vulnera el derecho al voto exonera de responsabilidad a quienes lo
concibieron, aplicaron y se beneficiaron de él, es un risible contrasentido.
Equivale a someter a un curioso juicio el arma usada en un homicidio al tiempo
que se declara la inocencia del supuesto asesino.
El CNE ya estaba condenado por la opinión pública como el brazo ejecutor de
la estrategia continuista del chavismo.
Los altos índices de ausentismo que se pronostican para el fin de semana se
alimentan de la desconfianza que genera un árbitro bajo justificada sospecha,
pero que ahora ha sido sorprendido in fraganti en una operación propia de los
choros reincidentes.
Los partidos que tranquilizan su conciencia con la concesión que les hace el
CNE suponen erróneamente que con ello se restablece la credibilidad en un
electorado que ahora tiene muchas más razones para recelar de una instancia
electoral estructuralmente viciada.
¿Dónde quedan las “morochas”?
¿Por qué no se aprueba la cuenta manual de los votos? ¿Por qué no se
permite la revisión del Registro Electoral?
Si Chávez fuese un demócrata, tuvo la oportunidad de refrescar el clima
electoral de cara a futuros eventos que involucran su propio destino,
propiciando la postergación de unas elecciones que serán, como lo ha dicho
María Corina Machado, “una página triste en la historia venezolana”, y
estimular de esta manera la participación popular. Y si la conducción de
algunos partidos en contienda tuviera sentido de la necesidad de fortalecer la
democracia, hubiera retirado sin pensarlo sus candidatos para obligar a una
tregua indispensable para la reconstrucción de un soporte esencial del Estado
de Derecho.
¿Por qué alarmarse si ahora una mayoría mucho más aplastante de
venezolanos expresa con su silencio su rechazo a ambos actores?
¿No están, acaso, los dos sectores jugando deliberada o ingenuamente a la
liquidación de la cultura democrática del país?.
* Para El Nacional, Caracas
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