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Por el Dr. Eugenio Yáñez
¿En qué trampa cayó Rusia en Georgia?
 

FUE LUGAR COMÚN, mientras los fuegos artificiales brillaban en los cielos del Beijing olímpico, repetir superficialmente en mucha prensa en todo el mundo que “Rusia mordió el anzuelo” o que “Rusia cayó en la trampa” en Georgia.

Curiosa trampa donde Georgia perdió el 30% de su territorio en Abjazia y Osetia del Sur, reconocidas hoy por Rusia como “independientes”, potencia que mantiene más de medio millar de tropas en “puestos de control” en territorio georgiano, nación a la que se hace más difícil el ingreso a la OTAN, institución nada precipitada en aceptar la membresía del país que, irresponsable y torpemente, lanzó sus tropas contra Osetia del Sur tal vez creyendo que Estados Unidos llegaría hasta el final para apoyarla, y que los rusos estaban embelesados mirando hacia Beijing.

La disolución de la URSS y el surgimiento de Rusia vieron la luz casi al mismo tiempo que la inauguración de Bill Clinton en la presidencia de EEUU. Tanto él como George W. Bush después, a pesar de contar en el establishement con profundos expertos en el tema, apreciaron erróneamente el escenario geopolítico y consideraron a Rusia como potencia en declive irreversible, basados en las profundas crisis que convulsionaron a la Unión Soviética, la economía maltrecha que heredaba, y las profundas transformaciones socio-económicas y políticas que se sucedían.

Con este enfoque, proclamaron una nueva era y hasta “el fin de la historia”, a la vez que movieron las fronteras de la OTAN hacia el este, acercándolas peligrosamente a los límites de la rodina (patria) y exacerbando las tradicionales paranoias rusas sobre la seguridad del territorio.

Henry Kissinger comprendió el extraordinario celo ruso histórico por la necesidad de cada vez más territorios, y no por gusto los zares lo eran de “todas las Rusias” y no de una sola: las invasiones soviéticas de Checoslovaquia y Afganistán, como las de los años veinte para constituir la URSS, mostraban claramente que los rusos no aceptaban inestabilidad en sus fronteras ni acercamientos territoriales percibidos como amenazantes, y que estaban dispuestos a llegar hasta el final para sentirse tranquilos, aún pasando por el riesgo de cruentos enfrentamientos.

La OTAN en Varsovia o Praga no pudo ser evitada por Moscú, pero no sería lo mismo en Kiev o Tbilisi, sobre todo después de que en casi diecisiete años Rusia recuperara glorias y fortalezas gracias al petróleo y la economía de mercado, a la vez que mantuvo intacto, reorganizado y reducido en aras de eficiencia militar y económica, su poderoso aparato militar y su pavoroso arsenal nuclear. No es necesario ser superpotencia para inspirar respeto, pues varios miles de cabezas nucleares, aunque no existieran los cohetes para transportarlas, no dejan de ser argumentos convincentes.

Para los que no se han enterado, el fuerte de Rusia en nuestros días es la energía, petróleo y gas: sus reservas son fabulosas, su producción es impresionante, y no está vinculada a la OPEP ni otros convenios “políticamente correctos”. Y las fuentes fundamentales del petróleo tienen que ver con el Cáucaso, Mar Caspio y  Mar Negro, donde precisamente se inserta geográficamente Georgia.

Como señala Juan Benemelis (1) “quien controle la región del Caspio determina un polo de poder que contrapesa al del golfo Pérsico, al abrirse una nueva fuente de recursos energéticos al mercado mundial”. Con el “gambito georgiano” Estados Unidos pretendió llevar los oleoductos del Cáucaso a través de Georgia hasta Turquía, vía “Bakú-Tbilisi-Ceiján (BTC)”, soslayando a Rusia, creyendo equivocadamente que los rusos aceptarían pasivamente la jugada.

Por razones no del todo claras, el “dictador democrático” georgiano,  Saakashvili, cuando Estados Unidos se acercaba a un acuerdo con Polonia y la República Checa sobre el escudo global antimisil, creyó contar con el apoyo norteamericano para recuperar a la rebelde Osetia del Sur, apoyada por Moscú desde 1992.

Cuando la prensa superficial creía ver la respuesta rusa al escudo antimisil en bases aéreas en Cuba y Venezuela, los rusos eran estrategas superiores: al primer disparo del ejército georgiano en Osetia del Sur desplegaron arrolladoramente sus blindados sobre Georgia, como en los “buenos tiempos” soviéticos, y avanzaron sobre Tbilisi, “liberaron” Osetia del Sur, ocuparon territorios en Georgia, y posteriormente reconocieron como independientes a esta región y a Abjazia, desmembrando el 30% del territorio georgiano. Cualquier parecido con la Segunda Guerra Mundial no es pura coincidencia.

EEUU hizo lo que pudo: protestar, enviar ayuda humanitaria… y nada más. Con el grueso del poderío norteamericano empantanado en Irak y Afganistán, a tres meses de las elecciones presidenciales, no podía hacer mucho más.

La vieja Europa, organizada en la UE, decidió “presionar” a Rusia: tarea harto difícil presionar a un suministrador básico de petróleo y gas en estos tiempos, que además tiene blindados suficientes para llegar sin mucha demora hasta Portugal. Cuando los europeos amenazaron con limitar la colaboración, los rusos “subieron la parada” rápidamente y la interrumpieron ellos mismos, diciendo que no les interesaba ni la necesitaban.

Jugar con el oso ruso es peligroso, sobre todo si se trata de fronteras y energía a la vez. No ahora, sino desde hace mil años, desde el principado de Rus. Y ahora el mundo está ante un hecho consumado. Declarando que “el Gobierno georgiano puede contar con la asistencia norteamericana”, al anunciar un paquete de ayuda de mil millones de dólares a la pequeña nación, el vicepresidente de EEUU tuvo que hablar en pretérito al declarar muy recientemente en Tbilisi que “Estados Unidos ayudará a restaurar la economía que tenía Georgia antes del conflicto bélico de Osetia del Sur”.

¿Es justo para el mundo y los georgianos el resultado del pulseo? Naturalmente que no. ¿Desde cuando geopolítica y relaciones internacionales se basan en la justicia y no en la fuerza?

Las débiles perspectivas democráticas de Georgia y su incorporación a la OTAN, a pesar de la promesa norteamericana, se debilitaron tras el conflicto, al aparecer ante las cancillerías europeas como un potencial socio belicoso. El poder disuasivo de Europa ante una Rusia intransigente hoy es poco más que una entelequia. Y la posibilidad real de EEUU en estos días de modificar por la fuerza la balanza en la región convence a muy pocos.

¿En que trampa cayó Rusia en Georgia?  Buen argumento para una programación infantil de cualquier televisión en el mundo.

Sin embargo, no para geopolítica en serio. Quién lo dude, pregúntele a Raúl Castro, que fue el primero y el único que apoyó a Rusia desde el primer momento. Y tras el paso de “Gustav” comienza a ver los resultados de ese apoyo temprano.

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(1) Juan Benemelis: Georgia y las furias de Moscú (www.cubanalisis.com)

Septiembre 4, 2008
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