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Por Fernando Londoño Hoyos, Bogotá *
Chávez o el mal circo
Si no fuera tan peligroso, el
coronel, camarada, comandante
y paracaidista Hugo
Chávez tendría algo de simpático.
Hay circos que divierten
por su calidad estupenda.
Y otros que divierten de puro
ridículos.
El payaso que
siempre anticipa el chiste, el
mago que no puede ocultar
el truco, el trapecista que termina
invariablemente salvado
por la malla, no dejan de
tener gracia.
La extraña gracia
de lo grotesco. Así es
Chávez y si no fuera porque
en esos desvaríos está jugando
con tantas vidas, valdría
la pena seguir en el palco
presenciando sus maromas.
Chávez comete todos los
errores, viola todos los códigos
de conducta, desafía todos
los poderes. Por lo que
terminará mal, como nadie
ignora. Pero no se sabe cuándo
ni la cantidad de daño
que hará antes de la descalabrada
ineluctable.
Es la única
incógnita de la farsa.
El tiranuelo de Venezuela
se puso de bufanda el principio
sagrado de la no intervención
en el Derecho Interamericano.
Pues por ahora
nadie se lo cobra, porque a
otros ha parecido divertido
seguir el ejemplo. Ha roto las
reglas más elementales del
buen trato entre las naciones.
No hay vulgaridad que
se le escape, insulto que ahorre,
desplante que le falte. Y
unos lo perdonan por miedo,
la mayoría por interés y los
más poderosos por una mezcla
de curiosidad y condescendencia.
La mosca impertinente
siempre tuvo parte
en la historia del león.
Chávez tiembla por los
computadores que Colombia
guarda con inexplicable alcahuetería.
Y mantiene agitado
el circo para que nadie los
recuerde. Le teme al día en
que le corten cuentas por su
tolerancia con el narcotráfico.
Por eso ataca al imperio
antes de que el tal imperio lo
llame a responder por ese desafuero
y antes de que el propio
pueblo venezolano descubra
que por culpa de esa
complacencia se baña en sangre.
Sabe que nunca podrá
salir airoso del primer arqueo
de caja que se le practique
sobre los fabulosos ingresos
petroleros que ha malbaratado,
robado, regalado.
Le huye
al día en que le pregunten,
seriamente, para qué le ha
servido a Venezuela tanta expropiación
de su riqueza productiva.
En sus pesadillas tiene
que presentir la cercanía
de una catástrofe. Con posponerla
le basta.
Ahora lo espantan las
elecciones regionales, que
tiene la seguridad de perder,
por mal concertada que ande
la oposición.
Y duda de la
eficacia del remedio que
pudo usar en otras, el fraude
más descarado. Pero no se
siente capaz de engañar tanto,
en tantos sitios.
Y por eso
está dispuesto a multiplicar
las peripecias circenses con
el solo objetivo de cancelar
esas elecciones. Sin escatimar
gastos. Al fin, el precio
no sale de su bolsillo.
De
modo que hace alianza con
Evo Morales y con el majadero
de Nicaragua para desafiar
a los Estados Unidos y
para completar el número
invita a Rusia a que venga
hasta el Caribe para mesarle
las barbas al Tío Sam.
Tal
vez sea demasiado. Hay cálculos
en los que no conviene
errar. Por ejemplo, en aquello
de molestar a un gigante
sin despertarlo. Los japoneses
lo supieron bien con
aquello de Pearl Harbor.
Sólo que muy tarde. Y en
este caso, también Rusia se
puede llevar un disgusto.
Pero para ella será cosa de
hacer retornar los buques,
como lo hizo Nikita Kruschev.
Pero Chávez no tiene
puerto de retorno.
Como admite que puede
no ser suficiente la crisis internacional,
la monta también
en la parroquia.
Y se inventa
conspiraciones, para
aplastar la parte de las Fuerzas
Militares que no le gusta,
y la parte de la prensa y la
oposición que detesta.
Suponer
que Alberto Ravel, el Director
de Globovisión, quiera
matarlo, no es más que una
fanfarronada. Pero puede ser
más que una advertencia.
Un
tirano amenazado de elecciones
es una fiera fuera de la
jaula. La emprende contra
cualquiera, y antes de ser reducida
lanza zarpazos iracundos.
Es la última parte
del circo. Chávez no sólo juega
al payaso sin gracia, al
maromero sin talento, al ilusionista
sin poder de convicción.
Ahora hace de bestia
herida. Es tiempo de levantar
la carpa. El circo debe
terminar.
* Abogado insigne, político, ex-ministro, columnista. Por su labia en el Congreso, a su padre lo llamaron "Pico de Oro." Don Fernando lo heredó --más la Pluma.
Septiembre 18, 2008
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