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POR FEDERICO JIMÉNEZ LOSANTOS, Madrid *
El héroe de nuestro tiempo: Ronald W. Reagan (1911-2004)
Ronald
Reagan ha sido el político más importante del
siglo XX, el que se abre con la revolución soviética
y se cierra con la caída del Muro, el siglo de la ignominia,
del totalitarismo, de Auschwitz y el Gulag, la centuria del asesinato
en masa que abrió el infame Vladimir Ilitch Ulianov, el más
lúgubre y > grandioso de los criminales en serie, y cerró este
viejo optimista, ese anciano que se desvaneció en la infancia
descuidada de antes de la memoria, que sólo podía haber
nacido en los Estados Unidos, que sólo desde la propia reflexión
política y vital norteamericana podía llegar a las
conclusiones ideológicas que le permitieron cambiar el panorama
internacional y que sólo desde el Poder y el poder de
los USA pudo efectivamente imponer ese cambio en todo el mundo.
Reagan no fue sólo el hombre que supo ver lo que había
que hacer, sino cómo hacerlo. Reagan no fue sólo el
político que supo captar la esencia del gran combate del siglo
XX, el de la libertad individual contra la tiranía colectivista,
sino cómo utilizar el poder del Estado, del más poderoso
de los Estados contemporáneos, al servicio de la sociedad,
de todas las sociedades libres, empezando por la suya propia. Reagan
fue el político liberal que, con su pequeña hermana
británica Margaret Thatcher, entendió la obligación
moral que tiene todo líder democrático contemporáneo
de librar la batalla de las ideas y de la propaganda contra la hegemonía
izquierdista en los medios de comunicación. Para lo cual era
preciso levantar acta de que la libertad estaba perdiendo y el comunismo
estaba ganando la Guerra Fría, pero que era moralmente necesario
y por tanto políticamente obligado darle la vuelta a la situación
y derrotar al Imperio del Mal, el creado por Lenin.
Lo admirable de Reagan no fue sólo su determinación
política, su sentido de las obligaciones antes que de las
contemplaciones, su convicción de que no hay razón
de Estado que justifique la dimisión moral, sino la coherencia
intelectual de su política nacional e internacional: América
no podía liberar al mundo del colectivismo si antes no se
liberaba a sí misma; el mundo no podía liberarse a
sí mismo si no contaba con América. Por eso, Reagan
financió la guerra más costosa de la Historia con la
más colosal rebaja fiscal que ninguna gran potencia haya emprendido
nunca. Reagan bajó el límite de la presión fiscal
del 75% al 50% y luego, mediante pacto con los demócratas,
al 27 %. De sesenta tramos y escalas las redujo a cinco y a dos.
En cuanto a las infinitas deducciones, desaparecieron, con buena
parte de las asesorías en triquiñuelas fiscales.
Y la economía norteamericana, contra la opinión de
los expertos, despegó como un Pershing 2, símbolo de
la determinación militar de los USA y de la Alemania Occidental
de Helmut Schmidt, y se desplegó como un inmenso cartel de
cine frente al polvoriento Imperio soviético y sus flamantes SS-20. Lo formidable de Reagan era que la libertad predicaba con
el ejemplo: los norteamericanos vivían mejor defendiendo el
modelo de sociedad abierta, liberal y democrática, que imitando
o rindiéndose ante el socialismo. Los años 80 del pasado
siglo, los años de Reagan, los vivimos en blanco y negro porque,
dígase lo que se diga, las grandes opciones morales y políticas
no son cuestión de matices sino de la capacidad y la voluntad
de elegir. Y Reagan eligió por sí mismo, por su país
y por todos nosotros. Y eligió bien, porque sabía bien
lo que quería.
Entonces, en 1980, cuando Reagan llegó a la Casa Blanca, la
URSS y el comunismo avanzaban en todo el mundo y los USA retrocedían.
Era el peor momento para la libertad desde el desembarco de Normandía.
Y ahora, precisamente cuando celebramos su sexagésimo aniversario,
podemos constatar hasta qué punto si Estados Unidos volvió a
ser lo que nunca debió dejar de ser, fue gracias a Reagan,
pero también cómo, igual que entonces, en la Vieja
Europa, la patria de Lenin y Stalin, Hitler y Mussolini, anida un
rencor inextinguible hacia la libertad. Entonces, cuando Reagan viajaba
a Europa, y en concreto cuando venía a España, la Izquierda
sin remedio, instalada en el Poder y en el rencor, lo recibía
con las viñetas de Peridis en "El País",
en el que la cara de Reagan regentaba un cuerpo que era la cruz gamada
nazi, y el vicepresidente del Gobierno del PSOE, Alfonso Guerra,
se iba a Hungría para recordar, a la sombra de los tanques
del 56, de qué lado estaba él en la Guerra Fría.
En lo sustancial, nada ha cambiado: el PSOE ya no defiende en España
la progresividad fiscal sin límites, pero entre Estados Unidos
y lo que tiene enfrente (Sadam, Chirac, Schroeder) elige lo que tiene
enfrente. Ayer, el Gulag; hoy, la nostalgia de aquel tiempo en que
parecía que el socialismo iba a triunfar fatalmente en todo
el mundo. Una fatalidad que evitaron muchos (Thatcher, Wojtyla, Sajarov
y tantos anticomunistas heroicos) pero, entre ellos, uno sobre todos:
Ronald Reagan, el héroe de nuestro tiempo. El tiempo en que
la libertad demostró que frente al totalitarismo sólo
cabe la lucha y que en esa lucha misma está el germen
del triunfo.
* Para LibertadDigital.com, Madrid / Junio 5, 2004
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