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Por
Roberto Brenes y Héctor Ñaupan *
Honduras:
el rugido del ratón
La
tragedia de Honduras parece no tener fin. Al error de Insulza
y los gobiernos latinoamericanos, que siguen prohijando el protagonismo
de Zelaya – y con él, a la revolución bolivariana,
la que no desean en sus países pero legitiman con sus
desaciertos – se suma un precedente equivocado y peligroso,
instaurado por ambos: que nuestros gobiernos privilegien el resultado
electoral subestimando la importancia del Estado de Derecho.
Veamos por qué.
Todas
las constituciones de América Latina establecen, con sus
matices, vacancias a los primeros mandatarios o recortes a los
períodos presidenciales cuando se atenta contra sus disposiciones.
Para ello, se dispone un procedimiento previamente establecido,
que involucra a los tres poderes del Estado, y que puede concluir
con la continuación o recorte del mandato del Presidente.
Además, esas mismas constituciones reconocen el derecho
de los pueblos de nuestra región a la insurgencia, cuando
un gobierno democráticamente electo viola la constitución
que ha jurado defender, y atenta contra las instituciones,
las leyes o los derechos de sus conciudadanos, a quienes debe
servir.
Sin
embargo, la nueva doctrina Insulza, aceptada sin atisbo de
pudor por la mayor parte de nuestros líderes, sostiene que esos
procesos constitucionales de recorte del mandato o vacancia presidencial
no tienen ningún valor, como tampoco el derecho a la insurgencia,
y que los gobernantes pueden seguir en el poder, sin importar
que violenten los derechos fundamentales, o que quiebren sus
constituciones, encontrándose legitimados para cometer
esos delitos por el solo hecho de ser elegidos. Y continuar haciendo
daño, si se reeligen indefinidamente.
Esta
peregrina tesis añade, a sus inocultables taras, la de
su arbitrariedad: sólo se aplica cuando el líder
depuesto obedece los dictados del chavismo. Para muestra, un
botón: ¿Qué hace Insulza ante el flagrante
despojo a Antonio Ledezma de la Alcaldía Mayor de Caracas?
Este abuso simultáneo contra la elección popular
y el Estado de Derecho no merece la atención del secretario
general, como tampoco la carta democrática, que debe encontrarse,
olvidada y desamparada, en algún oscuro rincón
de su escritorio.
La
lección que nos ofrece este patético espectáculo
es que la cobardía nunca nos va a otorgar dignidad. No
olvidemos que no sólo es cobarde quien no se atreve; también,
quien se ensaña con los más débiles. Y como
Honduras es así, los países que se dicen sus hermanos
le imponen sanciones cobardes, las mismas que no le asignan a
sátrapas como Castro y Chávez, por peores felonías.
Por esto, brilla como el sol el coraje de la pequeña Honduras,
casi un ratón, pero que ha rugido como un león
al momento de defender su Estado de Derecho y su soberanía
contra el intruso socialista.
Como
en otras ocasiones, los latinoamericanos de a pie apoyamos
al país víctima, en tanto que sus gobiernos se han
puesto del lado de sus agresores. Esperemos que sea la sensatez
y no el cálculo político lo que prime en las horas
difíciles que viven nuestros hermanos hondureños.
Entretanto, oramos y estamos con ustedes.
*Presidente
de la Fundación Libertad de Panamá y Vicepresidente
de la Red Liberal de América Latina, RELIAL, respectivamente.
Septiembre
15, 2009
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