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Declaración
del Grupo de Trabajo de Guías Espirituales en el exilio

Toca profundamente nuestro corazón de cristianos la dolorosa experiencia que sufre el pueblo de Haití, víctima de un arrasador terremoto que ha cobrado miles de vidas, ha destruido físicamente edificios y viviendas, y ha dejado en el desamparo a más de un millón de empobrecidos seres humanos.

Ante el desolado panorama haitiano nos sentimos obligados, en primer lugar a asumir una solidaria alianza espiritual con todos los que sufren. Nuestras oraciones no faltan y nuestro amor por los que deambulan desorientados y desesperados se hace firme y permanente.
Nos sentimos también solidarios con los que lloran por sus muertos y desaparecidos. Nos acogemos a las palabras de Jesús: “Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados”, y en su Nombre queremos convertirnos en instrumento de consolación para con  los que están aturdidos por la inclemencia de un dolor inenarrable.

Entendemos, sin embargo, que en Haití hay también necesidades materiales urgentes e incalculables. Saludamos con admiración a todas las entidades de gobiernos del mundo que han enviado al pequeño país caribeño sólidas contribuciones económicas y expresamos nuestro agradecido respeto a las numerosas instituciones religiosas y cívicas y a los pueblos en general por la generosidad manifiesta, el espíritu de sacrificio asumido y la compasión traducida en ofrendas, trabajo y donaciones.

El terremoto de Haití ha despertado en el mundo una piadosa actitud de dolor, misericordia y conmoción. Sabemos que Dios se manifiesta de forma especial en las horas de tragedia. Queremos hoy repetir con el salmista bíblico estas palabras: “No temeremos aunque la tierra sufra cambios y aunque los montes se deslicen al fondo de los mares, aunque bramen y se agiten sus aguas, aunque tiemblen los montes con creciente enojo”. Y concluimos con esta certera expresión:
“Dios es nuestro refugio y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones”.

Un llamado a todos los creyentes: ¡intercedan ante Dios para que prevalezca en Haití la paz, la reconciliación y el espíritu de lucha y de supervivencia ante la adversidad!

Recordemos que Jesús nos enseñó que nuestras obras de caridad nos serán reconocidas por Dios en los cielos: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer, tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero y me recibisteis; estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a mí”, nos dirá el Señor cuando por El seamos recibidos. ¡Lo que hagamos hoy por Haití y su pueblo sufriente estaremos haciéndolo por Jesús! Ese es el gran aliciente para que se despliegue nuestra generosidad.

¡Bendiga Dios al pueblo de Haití y bendíganos a quienes en su Nombre debemos ser instrumentos suyos para restañar lágrimas, curar heridas, proveer pan e impartir consuelo!.

Miami, Florida, Enero de 2010

A nombre de los Guías Espirituales,
Obispo Onell Soto, Moderador
Obispo Mons. Agustín A. Román, y
Rev. Martín N. Añorga

Enero 26, 2010
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