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POR JOSÉ NÊUMANNE, São Paulo *
El inoportuno escarnio de Lula y Fidel

Aún peor que la inoportuna sonrisa ante el anuncio de la muerte de un obrero negro fue la afirmación del presidente brasileño, que trataba a la víctima como verdugo y no como mártir de la brutal tiranía cubana.

Los políticos brasileños −no importa en que partido militen o militasen− no consiguen resistir al encanto de los barbudos que bajaron de la Sierra Maestra e invadieron a La Habana en una Nochevieja para acabar con la dictadura corrupta, decadente e improductiva del sargento Batista.  Jânio Quadros creó una polémica inútil al condecorar al Comandante Ernesto Che Guevara en 1960, cuando el mundo sabía que los bonitillos que pusieron fin al juego y a la prostitución no estaban bromeando, sino que devinieron un sangriento callo en el pie del gigante al norte del Mar Caribe. Fernando Henrique se derretía de gusto cuando oía las lisonjas de Fidel Castro, aún cuando éste ya no era el látigo de la Utopía marxista, sino apenas un tirano viejo e intolerante que reprimía a la oposición liberal y a los homosexuales con una crueldad que mataría de envidia a los dictadores militares derechistas del resto del continente.más    

 
Algo, sin embargo, hay que reconocer.  Usando su jerga favorita, se debe afirmar que “nunca en la historia de este País” nadie llegó al extremo que se expuso Lula al ser retratado al lado del holgazán de Fidel como ilustración de la noticia de la muerte, por huelga de hambre, de un disidente.  Había una complicidad tan grande en aquella sonrisa a dos, que sus facciones llegaron a asemejarse, como se dice que ocurre con el marido y la mujer que han convivido durante mucho tiempo.  Y el momento era impropio: el mundo estaba indignado con el desenlace del episodio de rebeldía que protagonizó Orlando Zapata, negro, obrero, y mártir.

Marco Aurélio García, siempre alerta en el papel de Cobero-General de la República y de los amigos del Jefe, se apresuró a recordar −y ahora con razón− que el antiguo niño emigrante del Nordeste y exlíder sindical en el ABC paulista, no trajo innovaciones especiales en la relación de Brasil con Cuba, solamente rota durante la dictadura militar.  Pero también es un hecho que ni Jânio, ni Fernando Enrique u otros simpatizantes se dejaron agarrar en aquella trampa fotográfica que desarma cualquier argumento.

Si la madre del presidente, Doña Lindu, fue la sabia versión femenina de Confucio en el sertão [1] que aparece en la película de los Barreto, mico cultural del verano, ella ciertamente debería haberle aconsejado que hay momentos en la vida en que no conviene reir.  Ante la pérdida de un hombre −amigo, enemigo o indiferente− sólo se espera de un ser humano digno una reacción de seriedad y compunción.  Y el escarnio flagrante en los rostros semejantes de dos viejos compañeros no supera en cinismo a la declaración de Lula de que él siempre fue contrario a las huelgas de hambre, como si la víctima deviese victimario sólo por haberse enfrentado a su ídolo y guía.

[1] En español sertón, proveniente de desierto.  El sertão es una vasta región geográfica semi-árida del Nordeste brasileño

* Para el Jornal da Tarde, São Paulo / Marzo 3, 2010
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