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POR EL DR. ÓSCAR ARIAS SÁNCHEZ, Madrid *
Al servicio de la democracia, la paz y el desarrollo

Amigas y amigos:

Vuelvo a esta tierra en donde he sembrado tantas flores del jardín de mi espíritu. Vuelvo a la tierra de Garcilaso y de Santa Teresa, de Cervantes y de Lope de Vega, de Quevedo y de Calderón de la Barca, de Bécquer y de Espronceda, de Unamuno y de Ortega y Gasset. Vuelvo a la tierra en donde pedí apoyo para el Plan de Paz centroamericano, y en donde brotó un caudal de esperanza para irrigar el fin de la guerra en nuestra región.

Vuelvo a la tierra en donde comprendí muchas de las claves del progreso, y en donde se leen rótulos que señalan el camino hacia un destino mejor para nuestros pueblos. Pero sobre todo, vuelvo a la tierra en donde me esperan algunos de mis más entrañables amigos. Saludo a Enrique Iglesias desde este podio y desde el centro de mi cariño. Le agradezco la oportunidad de hablarles esta mañana, pero le agradezco aún más su amistad. Le agradezco haber sido un vigía de las mejores causas del ser humano. Y para usar una expresión de su coterráneo, Mario Benedetti, le agradezco el habernos enseñado, desde Europa, lo que quiere decir ser un buen latinoamericano.

Hace pocos días entregué la Presidencia de la República de Costa Rica. Me presento ante ustedes no como un líder con poder, sino como un hombre con voz. No como un gobernante que puede imponer, sino como una persona que puede convencer. Soy un ciudadano más, pero un ciudadano comprometido. Y créanme que eso hace toda la diferencia.

Me convocan a este recinto desvelos que comparto con la mayoría de ustedes. También a mí me preocupan algunos aspectos de la actualidad latinoamericana. También a mí me preocupan las señales de humo que la región envía desde la otra acera del Atlántico. También yo he comprendido, con una espina en el corazón, que América Latina sigue siendo un quebradero de cabeza: una región surcada por maravillas y oportunidades, pero asediada por peligros y trampas. Una región unida por un mismo idioma, cobijada por una misma fe, articulada en torno a una misma identidad, pero dividida en torno a ideologías gastadas. Una región que es una promesa, pero también un riesgo; una ilusión, pero también una advertencia. América Latina se encuentra, una vez más y como siempre, caminando sobre la cuerda floja del tiempo.

Casi doscientos años de vida independiente no han sido suficientes para otorgarle a nuestra región la madurez necesaria para alcanzar un mayor desarrollo. Seguimos siendo una tierra de ocurrencias, en donde la imaginación y la creatividad sirven más para  escribir novelas mágicas, que para diseñar políticas públicas eficaces. Seguimos siendo una tierra en donde el populismo renace como mala hierba, abonado por la frustración de más de una tercera parte de la población, que vive en la pobreza. Seguimos siendo una tierra con una débil cultura política, en donde los individuos se identifican poco con el Estado y a menudo reniegan de su condición de ciudadanos.

En muchos sentidos, América Latina es una actriz improvisando en una obra sin guión ni director. Nuestra región está sedienta de liderazgo responsable. Está sedienta de análisis científico. No estamos acostumbrados a evaluar críticamente nuestra realidad. No estamos acostumbrados a confrontar las palabras con los hechos. No estamos acostumbrados a tomar decisiones basados en la evidencia empírica. Por eso agradezco tanto la oportunidad que nos brinda la Secretaría General Iberoamericana en esta ocasión, y en muchas otras, para aproximarnos a la realidad latinoamericana seriamente, sin poses y sin agenda, pensando sólo en el bienestar de esos seiscientos millones de personas, que claman porque logremos corregir los vicios que durante tantos años nos han amarrado a un pasado que se niega a ser pasado.

América Latina le rehúye a la autocrítica. Desaprobar aspectos de nuestros gobernantes, de nuestros Estados o de nuestros pueblos, se considera una actitud antipatriótica o entreguista. Pero yo creo que hacerse de la vista gorda ante los defectos de un país, o de una región, es todo menos patriotismo. Es miedo, es conformismo y es irresponsabilidad. Si América Latina ha de abandonar la cuerda floja, si ha de pisar tierra firme en la búsqueda de un futuro mejor, será necesario que reconozca francamente sus propios desafíos y sus propios problemas.

Hoy quiero hablarles de algunos de los desafíos que la región enfrenta en materia de democracia, de desarrollo y de paz.

Empecemos por los desafíos democráticos. Y empecemos por admitir que, cuando se trata de democracia, América Latina tiene todavía mucho que aprender. Es cierto que abandonamos el yugo dictatorial hace ya veinte años, pero también es cierto que ése fue el primer paso de una caminata que nos hemos rehusado a emprender. Seguimos sin hacer las reformas necesarias para consolidar nuestras instituciones y fortalecer nuestro Estado de Derecho. Seguimos siendo presas del mesianismo y del populismo, enemigos acérrimos de la libertad. Seguimos aplaudiendo discursos revolucionarios que son vacíos en todo menos en su amenaza a la institucionalidad. Seguimos rehuyendo a la transparencia en el ejercicio del poder público. Seguimos siendo incapaces de garantizar la independencia de poderes. Seguimos irrespetando las reglas del juego, y haciendo del incumplimiento de las leyes un deporte nacional.

Como he dicho otras veces, la democracia es mucho más que promover constituciones políticas, firmar cartas democráticas o votar en elecciones pluralistas una vez cada cuatro, cinco o seis años. La democracia no es una camisa que se viste en los domingos y en los días de guardar. Es una forma de vida. Es una manera de hacer las cosas. De nada sirve nacer democráticamente, si se vive autoritariamente; si la política se ejerce desde la imposición, la coerción y la fuerza.

Ustedes saben muy bien a qué me refiero. Hay en nuestra región líderes que se valen de los resultados electorales, para justificar comportamientos antidemocráticos. Utilizan el apoyo recibido en las urnas como un cheque en blanco, y aseguran que su proyecto político debe ser llevado adelante a costa, incluso, de las garantías individuales ajenas. Se trata de un ejemplo clásico de uso perverso de un instrumento político: algo tan democrático como las elecciones, se emplea como escudo para subvertir las bases mismas de la democracia.

El pluralismo, la otredad, la tolerancia, la crítica, son rasgos distintivos de la democracia. Cerrar medios de comunicación, censurar a los críticos, amenazar a los opositores, influenciar en los procesos judiciales contra los adversarios políticos, perpetuarse indefinidamente en el poder, son rasgos indiscutiblemente autocráticos, así vengan de un Gobierno elegido por el pueblo.

Ahora bien, hay que ser justos y hay que ser responsables a la hora de hablar. En América Latina sólo existe una dictadura, y es la dictadura cubana. Los demás regímenes, nos guste o no, son regímenes democráticos. Pero algunos tienen propensiones autoritarias. Ése es el quid del asunto: ya no se trata de la situación que enfrentamos en la segunda mitad del siglo XX, en donde una retahíla de golpes de Estado instauraron dictadura tras dictadura en la región. Se trata, en cambio, de una escala de grises que conforman una paleta muy compleja: todas las naciones latinoamericanas, con excepción de Cuba, son democráticas. Pero algunas son más democráticas que otras. Reconocer la diferencia y tratar de reducirla, debe ser nuestra prioridad en los próximos años.

Si se quiere combatir los rasgos autoritarios en la región, se debe empezar por defender todos los gobiernos elegidos por el pueblo. Advocar la caída de regímenes como los que he mencionado, no es más que tomar bando en contra de la democracia. Si algo nos enseña la dolorosa experiencia de Honduras, una herida aún abierta en el centro de América, es que un golpe de Estado es siempre, siempre, una pésima idea.

La democracia se defiende por vías más sutiles y también más legítimas. Se defiende con la educación cívica, pero no sólo en nuestras escuelas, colegios y universidades, sino también en nuestras familias y comunidades. Se defiende con el diálogo permanente, con debates como éste en donde nuestros pueblos se acostumbren a pensar críticamente. Se defiende con liderazgo positivo, de parte de gobernantes capaces de transigir y negociar. Y se defiende con el ejemplo de países que han logrado disfrutar los frutos de la democracia; de países que demuestren que, para alcanzar el éxito económico, político y social, no existe mejor sistema que el sistema democrático.

A los habitantes de democracias avanzadas, nos corresponde servir como testimonio de que la democracia sirve; que es útil para construir sociedades más justas y prósperas; que es eficaz para mejorar las condiciones de vida de los habitantes, en particular de los más pobres.

Es importante entender que los pueblos latinoamericanos no eligen gobiernos populistas por afán masoquista. Los eligen porque creen en la promesa mesiánica. Porque creen que construirán sociedades más justas y más prósperas. Hasta que no vean que se equivocaron, y hasta que no comprueben que la democracia y la libertad funcionan mejor en la consecución de un mayor desarrollo, no habrá una verdadera vocación democrática en América Latina.
Cosechar los frutos de las políticas públicas es salvar la democracia. Ése es el segundo desafío del que quiero hablarles: el desafío del desarrollo latinoamericano.

Con muy pocas excepciones, como Tailandia o Nepal, los Estados latinoamericanos son los que han luchado durante más años por convertirse en países industrializados. Casi dos siglos han transcurrido desde nuestra Independencia de España o Portugal, y aún así no existe una sola nación desarrollada en América Latina. Países que surgieron a la vida 100 o 150 años después que nosotros, y que eran mucho más atrasados, como Corea del Sur y Singapur, nos han adelantado en la autopista del progreso. A pesar de nuestros esfuerzos, nos hemos quedado atrás en la carrera mundial.

Las explicaciones para esto son muchas y variadas. Hay factores culturales que han influido negativamente en nuestra capacidad de desarrollarnos, como nuestra resistencia al cambio y nuestra falta de apoyo a la innovación. Pero hay también factores políticos, factores que tienen que ver con una incapacidad de forjar proyectos de desarrollo a largo plazo. Nos falta la habilidad para forjar una visión-país, una idea general de hacia dónde queremos ir. En lugar de fijar el rumbo y poner nuestra nave en piloto automático, los países latinoamericanos cambian de dirección con cada Administración, y envían señales muy confusas al resto del mundo.

En nada es esto más evidente que en nuestro comportamiento en torno a la apertura comercial, en donde América Latina muestra preocupantes signos de esquizofrenia. Hay en nuestra región países que premian las exportaciones, la inversión extranjera y el libre comercio. Hay también países que defienden el espejismo de la autarquía comercial y alimentaria. Negando las oportunidades que descansan en un mundo globalizado, hay quienes sugieren que nos dediquemos a hacer de nuestra América una gran comuna, capaz de sustentar a nuestros pueblos sin ningún intercambio con Estados Unidos, Europa o el mundo árabe y asiático.

La integración comercial no sólo es inevitable. Es, además, profundamente provechosa. Con todos sus errores y defectos, el libre comercio sigue siendo la mejor herramienta que han tenido en sus manos los países latinoamericanos, para potenciar el crecimiento de sus economías, reducir la pobreza y generar empleos de calidad. En lugar de resucitar ideologías del siglo pasado, algunos líderes en la región harían bien en darse cuenta que la ideología del siglo XXI no es el socialismo, ni el capitalismo, sino el pragmatismo, y que todos los países que han tenido éxito en los últimos años, desde Singapur hasta China e Irlanda, han abrazado sin ambages la apertura comercial.

Creo que el libre comercio es fundamental para el desarrollo de nuestros países, pero sé que no es suficiente. Para mejorar la calidad de vida de nuestros pueblos, es necesario que existan aparatos estatales capaces de traducir las oportunidades de un mundo globalizado, en mejores condiciones de vida para los habitantes. Sólo los Estados eficientes y que puedan adaptarse rápidamente, lograrán aprovechar al máximo las posibilidades de este siglo. Y en América Latina, los aparatos estatales son maquinarias escleróticas e hipertrofiadas.

En nuestra región, es terriblemente difícil traducir las promesas en realidades. Nos hemos enredado en nuestros propios mecates, en una maraña de trámites y controles que ahogan la iniciativa pública y privada. Nuestros ordenamientos jurídicos privilegian la forma sobre los fines, los procedimientos sobre los resultados. Hemos permitido que el control se vuelva un objetivo en sí mismo, y no una herramienta para garantizar que las cosas se hagan. Hemos permitido que la rendición de cuentas sea un sustituto de la rendición de resultados, es decir, que sea más importante presentar un informe que hacer un hospital, un centro de arte o una carretera. Y de nada les sirve a nuestros gobiernos cumplir puntillosamente los trámites, si esos trámites no traen frutos concretos para nuestras poblaciones.

En medio de nuestro afán por construir Estados transparentes y por combatir la corrupción, los países latinoamericanos hemos caído en la paradoja del contador de estrellas de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry. Recordarán ustedes que aquel personaje vivía en un escritorio en un diminuto planeta, y contaba todas las estrellas en el cielo, con el único propósito de volverlas a contar. Así también nuestros ordenamientos han creado una serie de controles duplicados, que en el papel pretenden detener la corrupción, pero en la práctica lo que detienen es el desarrollo.

Si América Latina desea traspasar el zaguán del mundo industrializado, será necesario que encuentre un equilibrio entre los contralores y los emprendedores, y modernice sus aparatos estatales para permitir una función pública que sea, a la vez, transparente y eficiente; una función pública que permita elevar las condiciones de vida de  nuestros habitantes, único y último objetivo de la actividad política.

La reforma estatal latinoamericana debe ir de la mano de una reforma fiscal, urgentemente necesaria en una región en que la carga tributaria es, en promedio, la mitad de la de los países miembros de la OCDE. El desarrollo cuesta mucho trabajo. También cuesta mucho dinero. Educar a nuestros niños, cuidar la salud de nuestros ancianos, garantizar la seguridad de nuestros barrios, proteger nuestros recursos naturales, incentivar la investigación, construir infraestructura, demanda más recursos de los que actualmente tienen las arcas públicas latinoamericanas. La más estricta de las disciplinas fiscales no puede estirar hasta el infinito el exiguo 10% del Producto Interno Bruto, que algunas naciones recaudan en ingresos fiscales.

Elevar esos ingresos es urgente para abordar el desafío del desarrollo. Pero no servirá de mucho si no somos capaces de reformar, también, la forma en que gastamos nuestros recursos. Dije antes que América Latina es una actriz improvisando en un escenario, y que nuestros gobiernos no han logrado orquestar una visión-país. Esto se refleja con dolorosa agudeza en los presupuestos públicos de la región, que son la mejor evidencia de la falta de prioridades. La ausencia de pensamiento crítico, que no es lo mismo que oponerse a todo, ha hecho que el gasto público en nuestros países esté divorciado de los sueños de nuestros pueblos, en particular del sueño de vivir pacíficamente.

Éste es el último desafío del que he querido hablarles: el desafío de la paz. El año pasado, los gobiernos latinoamericanos gastaron 60 mil millones de dólares en sus ejércitos, una cifra que duplica el gasto de hace cinco años, en una región en la que sólo Colombia experimenta actualmente un conflicto armado. A pesar de los eufemismos que se empleen para encubrirla, América Latina ha iniciado una nueva carrera armamentista, alimentada por debates ideológicos y por la misma debilidad institucional de nuestras democracias. Mantener el gasto militar en la región es algo que entiendo, aunque no comparto. Pero aumentarlo, duplicarlo, me parece una afrenta a los doscientos millones de latinoamericanos que viven con menos de dos dólares al día.

Lo que es más, es una afrenta a los miles de desaparecidos durante las dictaduras militares, a quienes padecieron la tortura y la persecución, a quienes aprendieron a temblar ante la presencia de un soldado. Una región que lleva la marca de hierro de un pasado autoritario, merece espantar el cuervo del militarismo de los campos de su esperanza.

Los enemigos de Latinoamérica no se combaten con armas y soldados. A menos de que exista ya un cañón capaz de matar al hambre; a menos de que exista ya un rifle capaz de vacunar; a menos de que exista ya un misil capaz de enseñarle a nuestros niños las tablas de multiplicar. Los problemas latinoamericanos se combaten con políticas públicas eficaces, y con un gasto que refleje el tipo de sociedad que queremos construir.

No hablo a partir de una utopía romántica, sino a partir de la experiencia de mi propio país. En el año 1948, Costa Rica se convirtió en el primer país en la historia en abolir su ejército y declararle la paz al mundo. Desde entonces, destinamos los recursos públicos al desarrollo humano de nuestro pueblo, y somos hoy un país mucho más desarrollado, y mucho más seguro, que la gran mayoría de países latinoamericanos. Nuestros habitantes no conocen el horror de una dictadura. Nuestros jóvenes no saben lo que es el servicio militar. Nuestras madres no lloran la muerte de sus hijos en el campo de batalla. Hemos confiado nuestras vidas en manos de la humanidad y la humanidad no nos ha defraudado. Todo logro que hemos construido durante las últimas seis décadas, lo hemos construido, en parte, gracias a los dividendos de la paz.

A mí me encantaría que todos los países latinoamericanos siguieran el camino de Costa Rica, pero ésa es una idea a la que lamentablemente no le ha llegado su hora. Sin embargo, creo que la reducción de un porcentaje de los recursos destinados al aparato militar, no sólo es posible, sino que sería una de las mejores estrategias de desarrollo que puede adoptar la región. Significaría la liberación de una liquidez vital para la inversión social, y una muestra de coherencia entre el gasto público y los valores que decimos predicar.

Sería un paso ético para América Latina. Un cambio de paradigma que empiece a sustituir una cultura profundamente belicista y negativa, por una cultura colaborativa y positiva. Sería demostrarle al mundo, y demostrarnos a nosotros mismos, que no sólo sabemos cosechar victorias en el campo de guerra, sino que sabemos cosecharlas en el campo de la vida, en el campo donde se libran las más decisivas batallas del ser humano. El mayor dividendo de la paz está en ese cambio ético, en la certeza de que el futuro es mejor en el tanto sea construido con los demás, y no contra ellos.

Amigas y amigos:
He hablado con franqueza de algunos de los problemas de América Latina. Pero no he hablado con desolación. Si la autocrítica es esencial para que los pueblos alcancen un mayor desarrollo, es mucho más esencial la esperanza. Y vengo ante ustedes colmado de esperanza, inundado de fe en las posibilidades que descansan en el regazo de Latinoamérica.

Creo que llegará el día en que, desde estas tierras españolas, ya no se verán señales de humo negro del otro lado del océano, sino los signos de una región que finalmente maduró, que despertó a un nuevo día, de la mano de la democracia, el desarrollo y la paz. Muchos años hemos equivocado el camino. Pero mañana podemos empezar de nuevo. Mañana podemos elegir sabiamente entre las opciones que nos presenta el tiempo. Y ya no caminaremos por la cuerda floja, ya no andaremos a tientas ni en las sombras, sino que seremos esa tierra que tantos sueños despertó entre los marineros de Colón.

Con la ayuda de personas como ustedes, América Latina puede consolidar sus instituciones democráticas y abandonar los vicios autoritarios. Puede alcanzar el desarrollo y hacer eficaces a sus Estados. Puede construir la paz y desterrar al fantasma del militarismo. Puede hacer todas estas cosas, si muchas voces, miles de voces, exigen un cambio. No tengan la menor duda: no son el Hombre y la Mujer con mayúscula los que escriben la historia, sino los hombres y las mujeres con minúscula, los ciudadanos comprometidos que no renuncian a la esperanza.

Decía García Lorca: “si muero, ¡dejad el balcón abierto!”. Hoy les pido que dejen el balcón abierto, que sigan mirando el horizonte, que sigan confiando en Latinoamérica. Dejen el balcón abierto que un día, ojalá pronto, verán humo blanco del otro lado del océano.

Muchas gracias.

* Nacido en Heredia, Costa Rica (1941). Presidente de Costa Rica dos veces: 1986-90 y 2006-10. Estudió en las universidades de Costa Rica y Boston (Estados Unidos), y luego en el Reino Unido, en la London School of Economics y en la Universidad de Essex, en la que se doctoró. Desde 1969 hasta 1972 fue profesor de ciencias políticas en la Universidad de Costa Rica. En 1987, recibió el Premio Nobel para la Paz por sus esfuerzos en llevar paz y estabilidad a Centroamérica. Figura, con honores, como uno de los grandes demócratas de toda la región. Según datos de la CEPAL, Costa Rica ha sido el país de mayor crecimiento económico durante el período 1950-2008.